viernes, 9 de junio de 2006

Encuesta a la literatura jujeña contemporánea


[Prólogo a Encuesta a la literatura jujeña contemporánea, San Salvador de Jujuy, Perro Pila, 2006.]



Un estado de la cuestión

“Dios perdone mis olvidos; que yo, mis recuerdos.”
Néstor Groppa, Abierto por balance



La idea de este trabajo surgió en una reunión preparatoria de la Feria del Libro del presente año. Partíamos de una certeza: la primera edición de la Feria había resultado el evento literario más importante de esta provincia y, por lo tanto, pensábamos que –en la nueva programación– debíamos incluir la presentación de una pequeña encuesta para determinar cuáles eran los diez libros más importantes de Jujuy, según la mirada de sus escritores.


En la distribución de tareas, me tocó hacerme cargo de la producción. No bien regresé a mi casa pensé en agregarle un par de preguntas y, después de desechar otras, preparé un cuestionario que superó la idea inicial. Pensé que se me había ido la mano y, por una cuestión de pereza intelectual, no tuve el ánimo de podar nada.


Para mi sorpresa, el grupo organizador de la Feria no sólo vio con buenos ojos mi desmesura sino que, sin reparar mi mal uso de un verbo, se puso a distribuir copias de la encuesta a un numeroso grupo de escritores y les pidió a éstos que invitaran a sus pares. Sin esa distribución amena y no tanto (en especial cuando se acercaba la fecha del cierre) esta tarea hubiese resultado un fracaso.


Todos sabemos que el mapa no es el territorio. Las respuestas que aquí se presentan, por razones de tiempo y distancia, no incluyen a todos los escritores que viven en Jujuy. Forman –eso sí– un plano que representa, aquí y ahora, un estado de la cartografía literaria.


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Algunos números. En 1969 apareció Poesía y prosa en Jujuy, un “muestrario cronológico de la literatura”, según advertía Néstor Groppa (1928), quien realizó la selección junto a Héctor Tizón (1929), Miguel Ángel Pereira (1926) y Andrés Fidalgo (1919). En ese libro figuraban cuarenta autores. Casi un cuarto de siglo después, en 1993, Groppa y Fidalgo, solicitaron a setenta autores textos literarios para incluir en el tomo II y así actualizar la muestra que, finalmente, contó con sesenta y un escritores.[1]

Han pasado más de diez años, el número de escritores se ha modificado; sin embargo, el número de librerías que promueven libros de autores locales no creció. Si en la segunda mitad de la década del cincuenta, la única librería que promovía productos de arte y literatura de autores locales era la que funcionaba en la sede de la revista Tarja; hoy sólo dos realizan esa función: Horizonte y Rayuela, la primera con treinta años de vida y la segunda con veinte.[2]

En las dos librerías podemos ver un número grande de escritos de poesía; en orden descendente siguen las obras de narrativa, ensayo y teatro. Los dos últimos géneros ocupan un lugar minoritario: las obras de teatro, editadas hasta el año 2000, no eran más de veinte; en tanto que el ensayo (a menudo erróneamente confundido con una monografía calificada o un documento evaluador de una carrera universitaria) es otro género no muy practicado.[3] Es una lástima que esto sea así y no se entienda al ensayo como una dimensión relacionada con el pensamiento y la reflexión, sobre todo cuando estas acciones brillan en un libro, que sólo uno de los encuestados citó (de manera indirecta), y que es fundamental para la región, me refiero al Panorama de la literatura jujeña[4] de Andrés Fidalgo.


Hablemos ahora de los géneros más practicados. La narrativa publicada hasta 1990 –a pesar de tener autores destacados: Daniel Ovejero (1894-1964), Libertad Demitrópulos (1922-1998), Héctor Tizón y Leonor Picchetti (1942)– no se visibiliza como un conjunto de coordenadas que determinen un espacio literario consolidado. Para confirmar esto, basta con repasar las pocas antologías dedicadas al género. Recién en la última década del siglo pasado, un considerable número de narradores se afirma a través de sus obras: Jorge Accame (1956), Alberto Alabí (1959), Pablo Baca (1958), Elena Bossi (1954), Marcelo Constant (1954), Ricardo Dubin (1963), Miguel Espejo (1948), Mita Homs (1939), Ildiko Nassr (1976), Susana Quiroga (1942), Mónica Undiano (1958). De ellos, el más prolífico es el primero de los nombrados (publica, por lo menos, un libro por año, en los últimos lustros), en tanto que Baca es el narrador surgido en los noventa que más reconocimiento tiene para figurar entre los autores más valiosos de la literatura jujeña. Un mayor desarrollo tiene el género que veremos a continuación.


Entre 1970 y 1990, 78 autores –afirma Fidalgo– publicaron más de cien títulos de poesía. Esta afirmación que parece promisoria se desdibuja un poco si pensamos que

entre los 78 autores registrados, pocos mantienen una labor sostenida; menos, tienen conocimientos vinculados con el oficio de poeta; y más escasos todavía son quienes manejan, con suficiencia o artesanía, los materiales con los cuales operan. Aun cumplidos esos requisitos (ya se sabe), los logros suelen ser ocasionales no sólo en conjunto, sino dentro de la obra de un mismo autor.[5]


Entre los autores que señala el ensayista, figuran algunos de los integrantes de la primera generación literaria de importancia en Jujuy: Mario Busignani (1908-1990), Jorge Calvetti (1916-2002), Néstor Groppa y el mismo Fidalgo. Por otro lado, coexisten, según se desprende del mismo artículo, dieciocho poetas[6] que son “reconocidos o meritorios” de la –por entonces– nueva promoción. Las respuestas que se presentan en las páginas que siguen permiten afirmar que Fidalgo fue demasiado generoso con algunos de ellos.


Nadie duda de que el tiempo sea el que mejor zarandea los libros y, con esa acción, separe a las mejores páginas de la hojarasca. Los años estaban a favor de Santiago Sylvester (1942) cuando publicó una antología de la región[7]. Él incluyó a trece poetas de esta provincia (si se exceptúa a Carlos Hugo Aparicio, quien nació en 1935, en La Quiaca, y vive desde su infancia en Salta) entre los seleccionados. Siete nacieron en las primeras décadas del siglo pasado: Busignani, Domingo Zerpa (1909-1999), Raúl Galán (1913-1963), Calvetti, Fidalgo, Demitrópulos y Groppa. El resto está integrado por autores nacidos entre 1949 y 1959: Cañas, García, Aguirre, Accame, Baca y Carrizo.[8]


Una rápida lectura de los años de nacimientos nos informa de que no existe un movimiento poético continuo; en rigor, no existe un movimiento literario que permita hablar de tradiciones (como bien interroga Aguirre en la presente encuesta). La falta de continuidad puede ser consecuencia de los siguientes hechos:


a) Algunos autores publicaron tardíamente sus obras o sus libros aparecieron en un interregno muy espaciado, razones por la cual no fueron tenidos en cuenta en el momento que se prepararon antologías o estudios generacionales. Es posible que en este razonamiento estén comprendidos, entre otros, Tito Maggi (1913-1994), César Adán Olleta (1930), Gloria Elena Quiroga de Macías (1933), Ana María Gius (1936), Susana Hubeid (1936), Mita Homs (1939), Raquel Murillo (década del ’40), Sergio Roberto “Ututo” Usandivaras (1941), Susana Quiroga (1942) y Luis Wayar (1945-2000).


b) Entre los escritores desaparecidos y víctimas del terrorismo de Estado, entre 1974 y 1983, figuran dos relacionados con nuestra provincia: José Carlos Coronel (probablemente 1944) y Alcira Fidalgo (1949). El primero militó en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), motivo por el que estuvo en prisión; lo amnistió el gobierno peronista de 1973 y, ya como integrante de Montoneros, murió en un enfrentamiento armado en setiembre de 1976[9]; había publicado el libro de poemas Gestos y algo más. Alcira Fidalgo, por su parte, fue secuestrada el 4 de diciembre de 1977 por Alfredo Astiz y su grupo de tareas, posteriormente fue vista en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA); gracias a los papeles conservados por su madre, un cuarto de siglo después, apareció Oficio de aurora que contiene poemas que, hasta ese momento, eran inéditos.[10]


c) Otros autores posiblemente no fueron tenidos en cuenta por la dificultad de conseguir sus obras ya que ellos se trasladaron al exterior y allí editaron gran parte de su producción. Es el caso de Federico Undiano (1932-2000), Raúl Dorra (1937), Ana Pelegrín (1940), Miguel Espejo (1948) y Pedro Salvador Ale (1954). En los últimos años, Espejo retornó a la provincia y, entre los años 2000 y 2002, se desempeñó como director de El Tribuno de Jujuy (desde allí promovió un interesante como efímero suplemento cultural); en tanto que Dorra lo hace con cierta frecuencia debido a los cursos de posgrado que dicta en la universidad local; estos regresos posibilitaron que los lectores tengan acceso a una producción que, de no ser por esta circunstancia, estaría denegada.


d) Los escritores nacidos en la década del sesenta tienen sus obras inéditas o son muy pocos, pero –como sea– tienen poca visibilidad. Conozco solamente a cinco: Pablo Aguiar Cáu (1969), Claudia Scurta (aún inédita en libro), José Saúl Sánchez (1962), Marcelo Mariani y Ricardo Dubin. Es probable que esta promoción literaria sea una de las más golpeadas por la última dictadura.[11] Sin posibilidad de expresarse en sus años juveniles, con hermanos mayores dispersos y callados[12] o en el exilio, ellos vivieron la difícil situación de ser muy chicos para tener una participación militante en la década del setenta y muy grandes para el activismo juvenil de la recuperación democrática en la que algunos entraron como el furgón de cola. Entre las dos épocas –es decir, en “los años de plomo”–vivieron sin ejercer el sentido critico de la existencia.[13]


e) La falta de una política editorial que otorgue continuidad a las distintas promociones y redite aquellas obras de valor que han sido agotadas. Esta cuestión, como veremos, es más fácil de enunciar que de ejecutar. Algunos de los escritores que aparecen en esta encuesta tuvieron o tienen que ver con políticas culturales relacionadas con el Estado pero esa acción no dejó, por lo menos hasta la fecha, una marca que merezca ser tenida en cuenta; la única excepción a esto que digo es el extraordinario trabajo que Néstor Groppa realizó en la Secretaría de Publicaciones de la Universidad Nacional de Jujuy. Antes de seguir quiero aclarar que la presencia de aquellos escritores en las políticas públicas favorece a las instituciones en las que éstos participan, eso sin ninguna duda; pero no puedo dejar de plantear la siguiente cuestión: si nuestras instituciones públicas tienen como objetivo asegurar el funcionamiento antes que privilegiar el espacio de reflexión y crítica, ¿pueden ellos desarrollar sus inquietudes –que incluyen la reflexión y la crítica– sin problemas frente a un Estado que los mantiene? Y ahora me surge otra: ¿pueden existir actividades culturales sin la ayuda del Estado?


f) La inexistencia de una crítica literaria que analice, clasifique y ordene las obras de aquellos que, por diversas razones, no cuentan con el reconocimiento que se merecen (tal es el caso, señalado por varios encuestados, de Picchetti). La crítica debería decir aquello que la literatura no puede decir, no sólo porque está sometida a otras legalidades, sino porque su elemento esencial es indagar en aquello que la literatura oculta. Las respuestas que se presentan en las páginas próximas ayudan a entender cómo está compuesta la topografía del campo literario; pero ni siquiera la ubicación de unos y otros en tradicionales y vanguardistas, en marginales o integrados, es suficiente. Es necesario, además, construir una teoría literaria.


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Esta encuesta. ¿Cómo es un escritor? ¿Qué piensa de su oficio? ¿Es un oficio? ¿Cómo se forma un escritor? ¿Cómo se ve a sí mismo? ¿Qué opina de sus pares? ¿Por qué algunos no contestan todas la preguntas? ¿Es otra forma de respuesta? Algunas de estas preguntas son contestadas en las páginas que siguen, otras a lo mejor nunca tengan respuestas.


Las preguntas de esta encuesta se enviaron a más de cincuenta escritores. La única condición que debía cumplir cada encuestado era poseer, por lo menos, un libro editado. Entre los escritores que faltan, hay dos cuyas ausencias merecen ser justificadas: Andrés Fidalgo y Héctor Tizón. Al primero no quisimos molestarlo porque sabemos que no pasa por un buen momento y, además, su tarea crítica, ordenadora y promotora del campo intelectual local ha sido una de las más fecundas; razones por las que pensamos no solicitarle una nueva intervención, sino (re)volver sobre algunas de las cuestiones que el escritor ya reflexionó. Tizón, por su parte, al momento de distribuirse las preguntas de esta encuesta, se encontraba en Europa.


La experiencia de un libro de conversaciones con Ernesto Aguirre y una encuesta realizada para una revista[14], me permitieron verificar la importancia que tienen las respuestas de los escritores para el conocimiento de la literatura.


Las respuestas tienen, por lo menos, un punto de confluencia: todos tienen algo que decir acerca de su trabajo literario. A lo mejor se pueda realizar, dentro de algún tiempo, otra batería de preguntas para ver el grado de evolución de determinadas estéticas. Y es seguro que, como en ésta, también existirán preguntas sin respuestas.

[...]
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Valiosos. Salvo una escritora que se pregunta si su nombre puede estar entre los más valiosos, el resto prefiere autoexcluirse a la hora de nombrar a los escritores más importantes. El nombre de Néstor Groppa aparece destacado entre las preferencias de los encuestados (obtiene catorce menciones, en tanto que el segundo más nombrado tiene ocho). El lugar que tienen los diez escritores más nombrados se presenta a continuación:

  1. Groppa
  2. Tizón
  3. Aguirre y Baca
  4. Alabí, Calvetti y Carrizo
  5. Cormenzana, Demitrópulos y Galán


Es posible que las ubicaciones de Groppa y Tizón no sorprendan a ningún jujeño. Como sea, una de las funciones de esta encuesta consiste en confirmar supuestos que están en el aire y que todavía nadie los volcó al papel. Quizás sea necesario agregar que, mientras la gran mayoría de las tiradas de los libros de quien ocupa el primer lugar no superan los cuatrocientos ejemplares[15], el segundo publica en editoriales de Buenos Aires que, por lejos, superan aquella cantidad y, por lo tanto, sus libros poseen una distribución por todo el país.


La elección de los nombres de Calvetti, Demitrópulos y Galán, escritores ya fallecidos, no proviene de los escritores jóvenes. Estos parecen haber fijado su mirada en los escritores contemporáneos (Maximiliano R. Calderón así lo explicita: “Voy a limitarme a la literatura actual”). Esta predilección por los escritores que están en actividad también se manifiesta en algunos autores nacidos en la década del ’50 (así lo entiende Ángel Negro cuando afirma: “Después de santificar a los mayores” y, sin nombrar a esos mayores, menciona a cinco poetas de su promoción).


Una mención aparte merece la aparición de Álvaro Cormenzana entre los más nombrados. Sin libro publicado, él se ubica en un lugar importante dentro del campo literario. Es, sin dudas, uno de los mejores poetas de los nacidos en la década del ’50 y, en consecuencia, es un crimen de lesa poesía que su libro inédito Poemas del Jigante siga en esa condición.


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Imprecisiones. No tengo dudas de que formulé mal la sexta pregunta. En vez de solicitarle una lista con los diez libros más importantes, coloqué “un estante” en el enunciado que complicó varias respuestas. Así, ante la imposibilidad de decidirse por un libro de cuentos, Accame mencionó que prefiere –de manera genérica– “los cuentos de Héctor Tizón”; Aguirre también respondió sin precisar cuando se refirió a la obras de Groppa y Calvetti; Calderón y Carrizo nombraron libros indeterminados (“uno”, “alguno”, “uno cualquiera”) de determinados autores; Constant fue más tajante y mencionó una sola obra; Dubin hizo lo mismo con otra, pero la citó de manera indirecta; Escudero propuso alguna antología que todavía no existe; Homs llenó el estante con libros de Groppa y otras cosas; Killcana, tal vez influenciada por la fiebre mundialista, armó un equipo de fútbol; Ramos y Undiano sólo mencionaron autores pero no sus libros; Negro no se anduvo con pequeñeces y, salvo en un título, apostó por más de diez libros sin mencionar los títulos; Ortiz habló de antologías en general; Tregini salteó elegantemente esa pregunta. Los únicos que cumplieron con la consigna fueron: Alabí; Bossi; Chedrese; Nassr, Quiroga y Espejo, quien puso su cuota de ego cuando afirmó que casi todos los libros que seleccionó le fueron “dedicados por sus autores”.


Como si fuera poco, un título de Groppa (Anuarios del tiempo) apareció, en una oportunidad, con la precisión del número del tomo; en otra, la escritora que lo eligió aclaró que se trataba de los ocho tomos (es decir, incluye a uno todavía inédito) y también resultó citado sin precisar tomo ni si se refería a la totalidad de la obra. En este caso, resolvimos unificar las menciones en un solo título por considerar que la obra de este autor es muy consistente y pareja.


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Los libros más importantes. Teniendo en cuenta las dificultades planteada más arriba, hemos optado por sumar sólo aquellos títulos que fueron citados de manera explícita, salvo en los casos en que las obras de los autores se podrían deducir fácilmente (como el libro de Mamaní y los dos de Picchetti). En consecuencia, según los encuestados, los libros más importantes son:

  1. Los pájaros del bosque de Picchetti
  2. Obras completas de Galán
  3. Anuarios del tiempo (T. I al VII) de Groppa
  4. No esperar nada más de las estrellas de Baca
  5. Bitácora del aire de Alabí
  6. Río de las congojas de Demitrópulos
  7. La marca de Carrizo
  8. La casa y el viento de Tizón
  9. Música para corderos de Constant
  10. Obrador de Groppa
  11. Puya-Puyas de Zerpa
  12. Segovia o de la poesía de Accame
  13. Tarja de AAVV
  14. Con vida los llevaron de Castro


La novela de Leonor Picchetti (1942) es señalada, ya lo dijimos, como un libro que no tiene el reconocimiento que se merece. Jaime Rest –quien realizó la presentación de la obra–, señaló que Los pájaros del bosque[16] relaciona a su autora con importantes escritores: Proust, Joyce, Henry James, Colette.[17] Fidalgo, por su parte, agregó:

Además de las relaciones o similitudes anotadas, son advertibles las de Henry Miller, en la medida en que este autor prescinde de estructuras formales, bucea en la sexualidad con frecuencia obsesiva y rechaza la razón. Pensamos que también media por lo menos el conocimiento de los más destacados representantes de la “nueva novela” francesa: Alain Robbe-Grillet, Michel Burton y Nathalie Sarraute. El monólogo interior, la corriente de conciencia (con su antecedentes surrealista de automatismo psíquico), el empleo simultáneo de tiempos dispares, etc., a la vez que acuerdan fuerza expresiva, la apartan de la retórica en uso y de los tabúes sexuales. Con lo cual queda señalada la originalidad de esta autora, especialmente respecto de muchos prosistas jujeños.[18]


Muchos de los encuestados manifestaron su incomodidad a la hora de mencionar un número limitado de obras (como bien lo aclara Accame: se trataba de un estante “muy mezquino”). Por otro lado, si comparamos las preferencias por estos títulos con la pregunta anterior en la que se solicitaban los nombres de los autores más importantes, vemos que no se produce una separación tan marcada. Por el contrario, la diferencia entre los títulos que ocupan los tres primeros lugares es de apenas de una mención. Esta falta de una obra descollante hace posible un triple empate en los tres primero lugares e imposibilita elegir diez títulos. Por lo tanto, el estante se volvió más generoso –o, si lo prefiere el prolífico narrador, menos amarrete–: entraron quince libros (uno de los títulos, la reedición facsmiliar de la revista Tarja, apareció en dos volúmenes en 1989).


El único autor que aparece con dos libros distintos es Groppa, éste también está involucrado directamente con la revista recién citada (fue uno de sus cinco directores); cuestión que permite confirmar que su obra es muy pareja y de gran valor.


En un principio llama la atención que no figure ningún libro de Aguirre (autor que ocupa un lugar importante según vimos en la tabla anterior), esa ausencia es posible de ser explicada por la dispersión de sus votos en cuatro libros. Algo similar ocurre con Calvetti y Dorra –si bien éste para un grupo numeroso todavía es un autor poco conocido, cuatro de sus obras son señaladas como significativas.


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Campos, quintitas y lotes intelectuales. El lugar que ocupan los escritores de Jujuy dentro del campo literario es una cuestión que todavía no ha sido muy estudiada. Muchos de ellos mismos prefieren no dejar por escrito posiciones que sí se pueden escuchar en bares del centro, en los pasillos de la Facultad de Humanidades o en una conversación en alguna librería.


Lo sabemos: es más fácil no opinar. Así, no se corren riegos y cada cual riega su propia quintita. Además, de esa manera no se avivan giles que después pueden volverse en opositores. Cuidar el terreno propio significa estar conforme con una sociedad cada vez más uniforme y egoísta; me resisto a creer que esa mezcla fatídica de cualidades sea lo mejor que nos pueda suceder. Las opiniones –y esto lo sabía muy bien Walter Benjamin– son a la inmensa maquinaria social lo que el aceite es a las máquinas. La cuestión que debe tener en cuenta todo intelectual que se precie de tal, es armar un discurso certero. No conozco la fórmula para lograrlo, pero estoy seguro que la eficacia literaria se logra con un riguroso intercambio entre la acción y la escritura, entre la escritura y la acción; aunque el espacio que uno ocupe sea un reducido lote.


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Fundadores y recién llegados. El campo literario jujeño se construyó lentamente con el accionar de algunas figuras paradigmáticas (Zerpa, Galán, Tizón) y, fundamentalmente, con el trabajo grupal de los directores de Tarja (Busignani, Calvetti, Fidalgo, Groppa[19]). Por otro lado, el suplemento literario que dirigió Groppa, durante más de cuarenta años, funcionó como instancia natural de entrada de los nuevos escritores al parnaso local. Ingreso que, como lo recordó Aguirre, no significó un pase libre.[20]


El ambiente de los escritores contiene disputas aunque éstas no siempre se manifiesten a viva voz. Si bien puede ser analizado en un determinado momento –ése es uno de los objetivos de esta encuesta–, el campo ha variado a lo largo del tiempo. Así, en 1984, una poeta que edita su libro gracias a la ayuda estatal supone, o hace suponer, que ella ocupa un lugar importante en el ambiente literario. Los años transcurridos nos permiten afirmar que no fue así, que no siempre el Estado acierta a la hora de distribuir sus recursos y que muchas veces el campo es atravesado por una estrella fugaz o, como dicen los paisanos, por una luz mala.


En los últimos años, los escritores más jóvenes que tienen mayor visibilidad han publicado en dos colecciones editoriales: “La mirilla”, de la Editorial de la Universidad Nacional de Jujuy, y “Cofradía Cero”. En primera hay trabajos de Federico Leguizamón (1982), Patricia Calvelo (1970), Agustín Guerrero, Matías Teruel (1982), César Arrueta, Mariano Ortiz (1974) y Maximiliano Chedrese (1978). En la segunda participan Emilio Temer, Pablo Espinoza (1983), César Colmenares, Gabriela Ahualli, Graciela Alem, Pamela Stemberger, Fernanda Escudero (1976), Ezequiel Villarroel (1983) y Ortiz. La participación del último de los mencionados parece indicar que no se trata de propuestas antagónicas; sin embargo, nuevos posicionamientos y nuevas disputas se acercan. Como siempre, la maquina literaria está ejerciendo su oficio.


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Topografía contemporánea. La mayoría de los encuestados no cree en los dípolos propuestos (escritor tradicional / escritor vanguardista; intelectual integrado / intelectual marginal) o sostienen que son una construcción artificial antes que real o que simplifican un realidad compleja. Es posible que tengan razón.


Sin embargo, nadie –ni siquiera los que no contestaron– duda de que el escritor tradicional por antonomasia sea Fortunato Ramos; hasta él mismo se siente cómodo en ese polo y, por la cantidad de libros que vende, parece que no le va nada mal.


En el extremo opuesto, las pocas respuestas obtenidas (el 10 %) mencionan a Groppa y Carrizo, en primer lugar; enseguida aparecen los nombres de García, Cormenzana, Homs y Leguizamón. Quizás, una definición puede ayudarnos a comprender si los nombres propuestos son acertados o no.


Bien sabemos que el término “vanguardia” proviene del léxico militar, donde designa la “avanzada” de un cuerpo selecto que les abre camino a las tropas que llevarán a cabo la invasión territorial. Las esferas políticas, pero sobre todo las esferas culturales (artísticas e intelectuales) se apropiaron del término “vanguardia”, en la historia del modernismo, para nombrar lo adelantado y precursor de prácticas que “abren camino” bajo el signo rebelde de una batalla contra la tradición y las convenciones.[21]


Posiblemente sólo algunos libros de Groppa puedan ubicarse como obras que pertenezcan a la vanguardia. Recordemos que dos de sus títulos están entre los mejores libros que señalan los encuestados y que él “abrió el camino” de la crónica urbana. Pero no es posible ubicarlo enfrentado –o, por lo menos, no a cielo abierto– contra la tradición y las convenciones; simplemente porque éstas no existieron o estaban en un estado incipiente.


Junto con sus pares de la revista Tarja, dejó una marca que es imposible pasar por alto a la hora de revisar la historia de la literatura jujeña. Una revista hoy olvidada[22] había iniciado un accionar semejante pero sin la repercusión lograda por Groppa y compañía; es decir, en este terreno, había ya una huella señalada.


Ha escrito, además, un libro difícil de clasificar Abierto por balance. Imposible decir a qué género pertenece. Una posible solución sería colocarlo en el género “confuso” (y no se trataría de una actitud peyorativa, sino todo lo contrario). Ahora bien, ¿esto alcanza para ubicar a Groppa como un vanguardista?


Responder ésta cuestión en pocas palabras, como afirma Homs, significaría simplificar una realidad bastante compleja. Con justicia poética, es posible afirmar que la obra de Groppa está a años-luz del polo tradicionalista y que está cerca de la vanguardia. Pero no la encarna.


Quizás, este prolífico poeta se relaciona con la vanguardia por la lucha secreta que desarrolla contra las convenciones.[23] Me explico: desde 1996 es miembro de la Academia Argentina de Letras y, sin embargo, insiste en publicar libros de difícil o nula distribución. Como señala Bossi, él prefiere la circulación local a través de ediciones propias y, con esa decisión, preserva una sana marginalidad para cumplir su registro diario de una ciudad que un día descubrirá el lugar central que ocupa en los escritos de un hombre apartado de las modas literarias y que escribe casi en secreto.


No es una decisión reciente, la actitud que asume Groppa con respecto a sus libros. A comienzos de la década del 80, él afirmó:


Cuando últimamente se ensayaron clasificaciones y agrupamientos antológicos de los años 50, 60 y 70, en ninguno de ellos me incluyeron. Puede ser por dos motivos: escaparme al encasillamiento o no reunir, en mi obra, el mínimo de calidad que exigían los clasificadores y los antólogos. Sin pretenderme único, autor de generación espontánea, descubro que mi vida y mi actividad literaria participan de la singular condición de aislamiento. Temporalmente o por circunstancias del “oficio de vivir”, siempre anduve más o menos solo. “Contaditos mis amigos” (como dice la copla) y algunos, nada tienen que ver con la vida de cultivo literario, artístico. Así me pasaron los años y desconozco, por dar un ejemplo, la redacción de un diario porteño; jamás concurrí a los habituales lugares de tertulia literaria, lo cual no deja de tener sus inconvenientes, máxime si escuchamos al sopesado Macedonio Fernández: “En este país, suponiendo que se pueda ser famoso sin Buenos Aires…”.[24]


Como ya lo expresamos, el campo literario se modifica a lo largo del tiempo. Así, Groppa pasó de ser un excluido de las principales antologías a integrar la Academia. Un paralelismo nos ayudará a entender este pasaje: ahora que un número importante de escritores reconoce a la obra de su comprovinciano Galán, conviene recordar que no siempre fue así.


Galán cuenta que cuando preguntaban en Piedras al 500 sobre el poeta Galán, dónde vivía, el vecino contestaba que ahí, al lado vivía una familia Galán, pero que el señor fuera poeta no era probable, primero porque era su vecino y, segundo, porque lo veía todos los días… Tal vez el salario justo del poeta que reclamaba Galán, sea el de esta inmortalidad que lo acompaña.[25]


Cuando Groppa habla del reclamo de Galán hace referencia a los siguientes versos: “Reclamo mi cosecha de luz,/ el salario justo del poeta./ Devolvedme aquellos días, aquellos sueños,/ aquellas primicias de la tierra”.[26] Después, el poeta mayor aclaró que ese salario


tal vez sea que se los deje vivir, caminar, circular, simplemente. Un salario sí que es vital y mínimo. Hay poetas que sólo piden que se les escuche y otros que se los dejen cantar, nada más. Porque suponen que su canto es el canto de muchos hombres. Esa puede ser una parte del salario que la sociedad debe al poeta. El pago que el poeta pide por sus búsquedas, sus dudas, su silenciosa batalla interior, como que sólo recompensan la imagen feliz y el poema necesario. El poema imprescindible.[27]


Soy consciente de que he abusado con la cantidad de citas del poeta más reconocido por la comunidad literaria de Jujuy, pero la falta de sus respuestas en las páginas que vienen, me obligaron a buscar más. Y, sin embargo, me doy cuenta que esto no es suficiente.


Con respecto a los dos polos restantes (intelectual integrado / intelectual marginal), las respuestas parecen ajustarse más al grado de visibilidad de los escritores que a la función de los intelectuales (Espejo aclaró que “ambos términos no son sinónimos”). Como sea, existe una mirada por lo menos desconfiada a los términos “intelectual integrado” (Aguirre los entiende como un eufemismo que corresponde a cómplice). En este punto, las pocas respuestas (la nominación de Baca apenas alcanzó el 10 % de la muestra) dibujan a mano alzada el siguiente croquis:


· Intelectuales integrados: Baca, Quiroga, Jorge Albarracín (1945), Accame, Carrizo y Elena Leonardi Cattólica de Gimenez (1939).


· Intelectuales marginados: Alabí, Ale, Castro, Cormenzana, Leguizamón, Negro (quien, sin dudarlo, acepta esta ubicación), Picchetti, Teruel y Usandivaras.


La cuestión a dilucidar es: ¿integrados a qué? y ¿marginados de qué? Punteo algunas de las instituciones con las que tienen (o tuvieron) algún tipo de relación varios de los escritores del primer lote: Legislatura, Asociación de Escritores Argentinos, Sociedad Argentina de Escritores, Municipalidad de San Salvador de Jujuy, Secretaría de Cultura, Secretaría de Educación y Fundación Norte Chico.


De los escritores del segundo grupo, hasta donde conozco, nadie forma parte de las instituciones nombradas, o al menos no con poder de decisión. La única excepción es Alabí, quien cumple funciones como delegado del Fondo Nacional de las Artes en Jujuy.


¿Esto alcanza para trazar una línea divisoria entre integrados y marginados? Creo que no es suficiente. Sirve, en todo caso, para indagar sobre la trayectoria individual de cada escritor y analizar si su accionar en alguna de las instituciones nombradas ha producido innovaciones o, si por el contrario, su trabajo intelectual ha involucionado.


En páginas anteriores hablamos brevemente de los tiempos oscuros en los que no había libertad de expresión. Esto implicó que una promoción viviera su adolescencia con el contexto del terrorismo de Estado. Una década después, otra pasó su primera juventud con las privatizaciones menemistas como música de fondo. La diferencia entre ambas radica en que mientras la primera tuvo modelos que resistieron a la opresión y también la denunciaron (pienso en el caso emblemático de Fidalgo), la segunda no tuvo figuras intelectuales en las cuales apoyarse y esto es muy grave porque una provincia –un país–puede admitir que sus políticos sean unos incompetentes, pero no que lo sean sus intelectuales.


Las decepciones de los últimos gobiernos democráticos empujan a los integrantes de la esfera pública –y no sólo a los escritores– a dejar de formar parte de los ilusos desilusionados para ser desilusionados lúcidos. En ese pasaje, las armas de la imaginación y el lenguaje son fundamentales. Por lo tanto, la tarea de los escritores todavía no ha acabado.


San Salvador de Jujuy, 24 de junio de 2006.


[1] En aquel momento –lo digo con cierto pudor–, yo era el escritor que ocupaba las páginas finales; es decir, figuraba como un advenedizo en el campo literario.
[2] No sólo las librerías son un indicador del consumo cultural, una encuesta realizada por la Secretaría de Medios de Comunicación de la Nación reveló, a fines de 2004, el porcentaje de lectores del país: “La muestra, realizada sobre casi 3.000 casos de Jujuy a la Patagonia bajo la supervisión del INDEC, desnudó que el 52% de los argentinos no había leído ni un solo libro en el último año y que el 61.9% de los que decían haberlo hecho no podía recordar el nombre de ningún autor” (“Los argentinos y los libros: Las mil y una formas de leer”, reportaje de Raquel Garzón en Revista Ñ, Clarín, sábado 16 de abril de 2005).
[3] Una parte de la crítica académica que se practica en esta provincia muchas veces centra su mirada en obras que corresponden a líneas poéticas que se contradicen entre sí. Una excepción a este tipo de abordaje está dado por el libro Leer poesía, leer la muerte de Elena Bossi, en él la selección de las obras que se analizan –el objeto de estudio– está resuelta de manera incuestionable. Sin embargo, la preocupación de la autora por el lenguaje académico logra, como consecuencia, una separación excesivamente grande con respecto a la comunidad de poetas que prefieren un lenguaje más concreto por parte de la crítica.
[4] Buenos Aires, La Rosa Blindada, 1975.
[5] Andrés Fidalgo, “La poesía en Jujuy (entre 1970 y 1990)”, en Escritos casi póstumos (Ediciones Culturales San Salvador, 2003, p. 99).
[6] Se trata de: Jorge Accame (1956), Ernesto Aguirre (1953), Pablo Baca (1958), Oscar Augusto Berengan (1949), Elena Bossi (1954), Nélida Cañas (1949), Alejandro Carrizo (1959), Reynaldo Castro (1962), Rafael “Guigui” Calderón (1952), Guillermina Casasco (década del ’50), Álvaro Cormenzana (1954), Víctor Ocalo García (1953), Blanca Spadoni (1944), Estela Mamaní (1955), Ángel Negro (1951), Pedro Raúl Noro (1943), Mario Solís (1950-2000) y Luis A. Wayar (1945-2000).
[7] Poesía del noroeste argentino: Siglo XX (Buenos Aires, Fondo Nacional de las Artes, 2003). El libro incluye obras de 84 autores nacidos o residentes durante mucho tiempo en el noroeste: 13 corresponden a Santiago del Estero, 18 a Tucumán, 20 a Salta, 13 a Jujuy, 9 a Catamarca y 10 a La Rioja.
[8] Curiosamente (o no) este rango de edades coincide con la antología Nueva poesía de Jujuy (Palpalá, Daltónica, 1991) en la que incluí –además de Cañas, Aguirre, Accame, Baca y Carrizo– a Estela Mamaní, Ramiro Tizón (1956) y Álvaro Cormenzana.
[9] En Palabra viva (Buenos Aires, Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina, 2005), libro que recopila textos y biografías de escritores “desaparecidos” por la dictadura instaurada el 24 de marzo de 1976, figura –como fecha del enfrentamiento– setiembre de 1975. Hemos optado por la fecha que da su hija, María Coronel, en la obra de Juan Gelman y Mara La Madrid: Ni el flaco perdón de Dios. Hijos de desaparecidos (Buenos Aires, Planeta, 1997, p. 273-278).
[10] He escrito una breve biografía de la poeta que apareció como prólogo en Oficio de aurora (Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 2002).
[11] Si bien los exilios de Fidalgo y Tizón resultan casos paradigmáticos que ejemplifican la difícil situación del intelectual en regímenes dictatoriales; ambos, al momento de partir, ya tenían una obra literaria consolidada. Por lo demás, no es un dato menor decir que Claudia Scurta fue testigo, en 1976 cuando ella era una adolescente, del secuestro de su madre por parte de un grupo armado al mando del comisario Ernesto Jaig. Unos días después de la detención, Dominga Álvarez de Scurta “desapareció” de la cárcel de Villa Gorriti. Por las atrocidades que cometió, el policía es uno de los más recordados por los familiares de las víctimas de la represión dictatorial en Jujuy.
[12] Aguire y Baca, dos de los referentes de la promoción anterior, publicaron en 1986 y 1989 respectivamente. El primero ya lo había hecho en 1978 y dos años después en una obra compartida, en el caso del segundo se trataba de su primer libro.
[13] “El miedo y el silencio (si era definitivo, mejor) tenían como finalidad poder traficar impunemente. Eso sí, todo fue construido de manera inobjetable para la preservación de los valores morales de nuestro honesto modo de vida, y por supuesto, en nombre de la sacrosanta libertad que había que preservar”, Néstor Groppa en “El cronista sensible”, entrevista de Reynaldo Castro, revista Nexos, nº 1, San Salvador de Jujuy, abril de 1994.
[14] “¿Quiénes son los clásicos locales? Encuesta a escritores jujeños”. Revista Generaciones, N° 2, San Salvador de Jujuy, diciembre de 1996, pp. 9-11.
[15] Cuando lo consulté por una duda que tenía sobre su bibliografía, Groppa me envió un mail donde afirmaba: “Como decía mi amigo [Julio] Ardiles Gray, ‘soy un autor inédito con 30 libros publicados’”. La bibliografía completa del escritor más reconocido figura en el Anexo que está al final de este libro.
[16] Buenos Aires, Falbo Librero Editor, 1964.
[17] Pregón, 10 de octubre de 1964.
[18] Andrés Fidalgo, Panorama de la literatura jujeña, Buenos Aires, La Rosa Blindada, 1975, pp. 174-175.
[19] Además de los citados, la dirección de la revista se completaba con el pintor Medardo Pantoja.
[20] “Yo escribí mis primeros poemas, y claro mi mamá decía que eran extraordinarios, entonces los llevé a Groppa para que directamente los publicara en el diario Pregón. Te cuento que esos poemas hablaban del indio y cuando Groppa los leyó me dijo: ‘Escuchame, ¿vos creés que tenés algo nuevo que decir sobre el indio, algo que no haya dicho Zerpa, que no haya dicho Calvetti, que no haya dicho ningún poeta antes que vos? ¿Vos creés que tenés algo original para decir sobre el indio?’. No –le dije la verdad. ‘Entonces ¿para qué te metes con eso?’ –me contestó.” (Ernesto Aguirre, en El escepticismo militante, Córdoba, Alción, 1988, p. 39.)
[21] Nelly Richard, “Lo político y lo crítico en el arte”, en revista Pensamiento de los confines, Buenos Aires, Nº 15, diciembre de 2004.
[22] Me refiero a Jujuy (Nº 1, septiembre de 1936 – Nº 23, febrero de1940), una publicación que ha sido opacada por su sucesora de la década del ’50 y que debería ser analizada para determinar continuidades o rupturas. Debo este dato a la periodista cultural Belén Romero, quien posee ejemplares de la revista antes citada.
[23] Con esta estrategia coincide Ricardo Piglia cuando afirma: “Los escritores formamos grupos en fusión, bandas en fuga. Hoy la vanguardia (para retomar esa metáfora) es un pelotón perdido atrás de las líneas enemigas, como en una película de Samuel Fuller”, entrevista en suplemento Cultura del diario La Nación, Buenos Aires, 16 de abril de 2006.
[24] Néstor Groppa, en Poesía argentina contemporánea, Buenos Aires, Fundación Argentina para la Poesía, 1980, T. I, parte quinta, p. 2176.
[25] Néstor Groppa, Abierto por balance, San Salvador de Jujuy, Buenamontaña, 1987, p. 42.
[26] Este poema fue publicado en Tarja, número doble 11 y 12, San Salvador de Jujuy, diciembre de 1958.
[27] Néstor Groppa, “El cronista sensible”, entrevista de Reynaldo Castro en revista Nexos, nº 1, San Salvador de Jujuy, abril de 1994.

jueves, 1 de diciembre de 2005

Declaración de amor por el “Viejo” Fidalgo


[Nota publicada en La Revista, año 2, número 19, San Salvador de Jujuy, diciembre de 2005]

Proximamente la editorial Perro Pila presentará el libro de poemas Una marca en la memoria de Andrés Fidalgo. A continuación se reproduce un discurso (leído en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNJu, en el marco de las jornadas de literatura “Persiguiendo signos”, San Salvador de Jujuy, 11 de noviembre de 2004) que hará las veces de prólogo.


Agradezco a los estudiantes de letras que me invitaron a hablar de/ sobre Andrés Fidalgo. Desde ya digo que esto es una declaración de amor por un hombre que hizo mucho por nosotros. Y, cuando digo nosotros, no me refiero sólo a los escritores.

Para empezar, la idea de homenaje produce en mí sentimientos contradictorios. Por un lado, me parece bien que este tipo de acto se realice en vida del homenajeado y no que el reconocimiento sea post mortem. Muchas veces, nos damos cuenta de cierta felicidad sólo cuando la perdemos. Por eso, digo, me parece bien el reconocimiento en vida. Dudo, eso sí, que estas palabras estén a la altura del referente en cuestión.

Pero, por otro lado, la idea de homenaje me molesta porque suena a respeto solemne. El homenaje a veces tiene características similares a las de un velorio y, casi siempre, tiene un tufillo parecido al que emana en determinadas fechas patrias y religiosas. Es entonces cuando algunos políticos se disfrazan de gauchos o simulan –si eso es posible– cara de coya para honrar a la Pachamama. Como no podía ser de otra manera, el mismo Fidalgo desconfía de los homenajes: “Porque es bien sabido que tales ceremonias arrecian cuando el supuesto favorecido se está yendo, algo así como discretos empujoncitos para que se vaya nomás”. [1]

Enmascarado en el humor, Fidalgo dice una verdad que no debería ser descartada en este acto. Ese tipo de humor es un recurso que aparece en gran parte de su obra.[2] No hablo del humor en general, porque el autor emplea uno en particular. Si bien el humor de Fidalgo puede producir la risa –y muchas de sus páginas pueden ser leídas a carcajadas–, les advierto que no se trata de una simple broma; el que piensa eso, se equivoca. Afirmo esto porque una angustia secreta está al acecho en las palabras de Fidalgo. Es un humor que no produce diversión; antes que eso, él practica un humor negro que hace que el lector se ría de sí mismo, con todo lo dramático que tiene esa situación.

Pero no me propongo –no al menos aquí– desarrollar un análisis de los rasgos de la escritura de Fidalgo. Voy a contar sobre cómo un activo escritor ha ampliado –y lo sigue haciendo– el campo intelectual; tarea que desmiente, de manera parcial, a la hipótesis de Pierre Bourdieu sobre la lucha por la legitimidad cultural. Ya volveremos sobre esta cuestión.


Fidalgo y yo

Fidalgo, además de ser figura central del movimiento por los derechos humanos de Jujuy y un apellido sobresaliente en la historia de la literatura jujeña, es alguien que está ligado a múltiples historias. Yo me voy a referir a una de ellas, a una historia menos grandiosa que las dos que nombré al comienzo de este párrafo. Voy a hablar de la historia quizás más atorrante: la mía.

Como tantos, yo sabía que Fidalgo era un escritor importante. Que había sido uno de los cinco directores de Tarja y que su Panorama de la literatura jujeña[3] es un libro indispensable para esta región. De Tarja mucho se ha dicho y no tengo tiempo aquí para aportar más. Sí quiero recordar una cuestión referida al Panorama que me enteré hace poco. Fidalgo ya había mandado el manuscrito a la editorial La Rosa Blindada cuando, el 20 de noviembre de 1974 (dentro de unos días se cumplen treinta años), quedó detenido a disposición del Poder Ejecutivo de la Nación (PEN). Nunca fue fácil ser abogado de gremialistas y presos políticos, mucho menos lo fue en la década del setenta. El asunto es que aquella vez, Nélida –la mujer de Andrés, no hay que olvidar la importancia de la lugarteniente Nélida en todo esta historia– le envió un cheque a José Luis Mangieri, el director de la editorial política que todavía hoy promueve libros que muerden. La intención de la mujer era apurar la edición para que, de ese modo, se revuelva el avispero intelectual por la injusta detención del escritor. A los pocos días, una carta llegó al barrio Ciudad de Nieva. “Negra del alma mía”, así comenzaba. “¿Cómo se te ocurre que le voy a cobrar al amigo en desgracia?”. Además de las líneas de Mangieri, el sobre contenía al cheque roto en tantos pedacitos que era imposible reconstruirlo.

Esa imagen del escritor encarcelado y un libro empujado por su mujer y el editor es una de las más fuertes de la historia intelectual moderna. La esperanza de que un libro puede ayudar a denunciar una injusticia hoy suena a ingenuidad manifiesta, pero en aquellos primeros meses del ‘75 tenía un significado muy fuerte: esa imagen expresaba la dignidad del lenguaje y el compromiso militante.

No existe otro intelectual –no en Jujuy, por lo menos– que encarne esa figura moderna que denuncia con la palabra precisa. Fidalgo es el último representante del intelectual clásico: alguien que se comporta de acuerdo a una ética insobornable, que pone su energía creadora a favor de sectores desprotegidos y que se manifiesta públicamente en contra del poder.

Yo no sabía todo esto cuando conocí a Fidalgo. La anécdota con Mangieri la conocí hace unos pocos años. Ya les dije: Fidalgo forma parte de mi historia como atorrante del campo literario local.

Cuando lo conocí estábamos en medio del fervor de la restauración democrática. Yo dirigía una revista plebeya que costaba un peso y tuve la osadía de dejarla en la librería Horizonte, que entonces estaba en Alvear y Balcarce. Me acuerdo que el librero –un gallego muy culto–, a los pocos días, me dijo: “Tu revista la compró Fidalgo”. De inmediato yo traduje: “Nos leen los escritores importantes de Jujuy”. Él librero vio mi cara y me aclaró que Fidalgo compraba todo el material que se publicaba de los autores locales pero ya no lo escuché. Yo, para qué les voy a mentir, estaba más agrandado que Tizón cuando se enteró de la candidatura para el Premio Nobel de Literatura.

El reconocimiento de Fidalgo como un referente intelectual fue una cuestión unánime para un grupo de poetas jóvenes de los años ochenta. Partíamos de otro faro: Néstor Groppa, quien generosamente había publicado nuestros primeros poemas en el suplemento literario del Pregón y esa circulación hizo que nos conociéramos aquellos que buscábamos hermanos mayores y no encontramos nada más que trabajos sueltos de Luis Wayar, en el mismo suplemento, y la certeza de que otros compañeros de la generación de Wayar no habían vuelto del exilio.

Es decir, partíamos –exceptuando las obras de Groppa y Fidalgo– de la nada. No por un gesto vanguardista, sino porque la literatura, al igual que otros campos, era una tierra devastada por la última dictadura. En ese panorama, la presencia de Fidalgo fue, para todos, un apoyo fundamental[4].

Una de las cosas que más me impactó de Fidalgo es que pensaba a la literatura ligada de manera directa con la sociedad. Él no reproducía esas teorías de modas que enceguecen a algunos profesores ni trataba de hacer encajar ejemplos locales para justificar conceptos globales. Fidalgo encara, en ese sentido, al último de los intelectuales frontales de esta tierra de fronteras.


La década prodigiosa

A fines de los ochenta, ya se había consolidado una renovación poética en esta provincia. Por esa razón, compilé una antología que se llamó Nueva poesía de Jujuy y la persona encargada de presentarla fue –no podía ser de otra manera– Andrés Fidalgo. Recuerdo que conocí a Álvaro Cormenzana el mismo día de la presentación del libro; entonces se hablaba mucho de él y distintas versiones circulaban. Había estado durante los últimos años en Tucumán con altibajos de salud y no sabíamos si él aceptaba la palabra de Fidalgo como el resto de los poetas incluidos en la antología. Me acuerdo que Pablo Baca le había advertido que tuviera cuidado porque para todos (Ernesto Aguirre, Baca, Jorge Accame, Estela Mamaní, Nélida Cañas, Ramiro Tizón) Fidalgo ya era un referente ineludible. Cormenzana amenazaba desde Tucumán: “Si el ‘Viejo’ dice algo que no corresponde, yo le voy a responder”.

Una aclaración. Esto que parece irreverente –y de alguna manera lo es– tiene una explicación: nosotros éramos muy jóvenes y Fidalgo tenía algo más de setenta años. Él ya era, como puede inferirse, un viejo sabio.

Vuelvo al acto de la presentación. Esa noche todos estábamos muy ansiosos. No sólo por la presentación del libro, sino por las palabras de Fidalgo y Cormenzana. Sospechábamos que el “Viejo” nos iba a bendecir porque ya había presentado u opinado favorablemente a algunos libros iniciales de algunos autores incluidos. Temíamos lo que pudiera decir Cormenzana porque para entonces él era un escritor excéntrico: se empeñaba en boicotear cualquier posibilidad de editar sus poemas, además había sufrido varios ataques psicóticos y, paralelamente, tenía momentos de extremada lucidez. En ese momento, muchos considerábamos a Cormenzana como el mejor poeta de la generación posdictatorial.

Aquella noche las palabras de Fidalgo fueron consagratorias para aquella generación. Contrariamente a los pronósticos agoreros, Cormenzana no sólo agradeció al “Viejo” sino que fue el más efusivo con él y, además, cautivó al público presente. No recuerdo la fecha pero estoy seguro que fue en julio de 1991 porque hacía un frío que sólo fue combatido con el vino que robamos del acto de presentación para una parranda que duró hasta el otro día.

Una joda similar armamos en Palpalá, creo que unos meses después, en un Encuentro de Escritores. Vinieron Víctor Redondo de la editorial Último Reino, Cristina Siscar de la revista Humor, varios poetas de Salta, Córdoba y Tucumán y estaba toda la plana mayor de lo que ya se llamaba la Nueva Poesía. Por supuesto que corrió el vino y la planificación se nos vino abajo. Una de las cuestiones que habíamos planificado era un viaje a la Quebrada de Humahuaca. Nélida y Andrés habían quedado en esperarnos en una esquina de Ciudad de Nieva para no tener que trasladarse hasta Palpalá. Pasamos dos o tres horas más tarde de lo acordado. Pensábamos ir por la casa de ellos a pedirles disculpas, pero grande fue nuestra sorpresa cuando los vimos en la esquina señalada, los dos estaban con su bolsito como si en vez de horas nos hubiésemos demorado minutos; como si los importantes fuésemos nosotros y no ellos. Esa fue una lección de humildad que aprendí ese día. Ahora, ya no me emborracho tan seguido pero, cuando lo hago, me convierto en un alcohólico respetuoso de los horarios.

Hablando de horarios, no hace falta haber tomado vino para darse cuenta de que estoy abusando del tiempo que ustedes me prestan. Si están de acuerdo, la corto aquí y quedamos en vernos otro día...

–Fidalgo es un tipo que se merece todo el tiempo, ¿por qué no nos cuenta otras historias de él que no figuran en los libros? –pregunta una estudiante que gusta de leer entrelíneas.

–Bueno, “a pedido del público”, sigo con algunas anécdotas más.

En 1999, nuestro homenajeado cumplió ochenta años y varios nos confabulamos para armarle una fiesta de cumpleaños. Para empezar, varios días antes, lo trajimos a Mangieri, él estuvo clandestino soportando reuniones embebidas de poesía y alcohol. Nélida, por su parte, compró una computadora en la que después se escribió el libro documental Jujuy, 1966-1983, que demuestra, casi sin adjetivos, el accionar represivo del terrorismo de Estado en esta provincia.

Además, en unos días previos, resolvimos entre varios editar un regalo inédito. Porque, imaginen ustedes el dilema que se presenta cuando uno quiere regalar un libro a un escritor que ha leído casi todo; se corre el riesgo de regalar un libro que ya fue devorado por el cumpleañero. Por eso, en la computadora de Alejandro Carrizo editamos un folleto que tenía textos de casi todos lo que habíamos sido “bendecidos” alguna vez por el “Viejo”. Teníamos una foto muy mala y, frente a esa dificultad, decidimos aplicarle una malla digital que nos permitió deformarla hasta que la imagen adquirió un aspecto satírico.

Alejandro, me acuerdo, ya le había puesto el título al folleto: “Homenaje a Andrés Fidalgo”. Yo, en esos meses, me había enterado por un título sensacionalista, que mi abuelo había sido golpeado por el accionar errático de un remisero palpaleño. La noticia estaba titulada como “Octogenario atropellado” y no había pasado de un susto y algunos raspones. No dude un instante y combiné ese título con una película de Leonardo Favio. Así nació el “Octogenario, las pelotas”.

Alguien preguntó si el “Viejo” no se iría a calentar. Entonces, le sugerí a “Alejandrino” (yo le digo así después del poema que publicó en ese folleto) que agregue a la palabra homenaje, en el subtítulo, el prefijo “Anti”. De esa manera, casi de la mano de Nicanor Parra, editamos un ejemplar que se presentó en la casa de Fidalgo el mismo día de su cumpleaños.

Ya en otras oportunidades hablé del libro Jujuy, 1966/1983 por lo que no pienso agobiarlos aquí ni ahora. Sí me interesa dejar constancia de una cuestión que les hablé al comienzo de esta charla: el campo literario se vio enriquecido gracias a la obra de Fidalgo. Digo esto no sólo por su Panorama sino porque él nunca dejó de comprar, clasificar y ordenar las producciones de los autores locales.

En 1993, salió un libro muy interesante que da cuenta esto que digo. Se trata de una “exposición” donde están “casi todos” los que hasta esa fecha han escrito con “cierta competencia y difusión perceptibles”. En el prólogo de ese libro titulado Poesía y prosa en Jujuy: Hasta 1993, Fidalgo afirma: “Alentados, ignorados y en algún caso, perseguidos; por las razones más diversas que oscilan entre la vanidad y esfuerzos o sacrificios encomiables; quienes quieren expresar, comunicar, conmover, cuestionar, por medio de la escritura en función estética, esperamos vean en esta publicación, cierto modo de reconocimiento y estímulo”.[5]

La declaración con que se cierra aquél prólogo es un resumen perfecto del programa de ampliación del campo literario que su autor cumplió al pie de la letra. Por eso, cuando comencé con estas palabras, yo les dije que él desmiente de manera parcial la hipótesis del sociólogo francés sobre la construcción del campo intelectual: Fidalgo aumentó las dimensiones de ese campo pero no propuso –no al menos de manera explícita– la lucha por la legitimidad cultural. Al contrario, su accionar siempre resultó generoso.

Ya les conté que, cuando lo conocí, yo editaba una modesta revista de un peso. Ahora edito otra que se llama Nadie olvida nada, tiene más pretensiones que la de otrora, pero también cuesta un peso (como verán, no progresé mucho). La novedad es que ahora la dirige el “Viejo”, el octogenario generoso, el que alguna vez escribió:

Primero cantó inocente
y con intención después;
no recuerdo su apellido
pero su nombre era Andrés.[6]


[1] Andrés Fidalgo, Escritos casi póstumos, San Salvador de Jujuy, Ediciones Culturales San Salvador, 2003, pág. 116.
[2] No por nada ha escrito un libro –que algunos no supieron digerirlo– titulado ¡Sonría, por favor!, San Salvador de Jujuy, Ediciones Buenamontaña, 1991.
[3] Andrés Fidalgo, Panorama de la literatura jujeña, Buenos Aires, La Rosa Blindada, 1975.
[4] En rigor, había otros jóvenes que también publicaban su revista, pero nosotros no nos reconocíamos en su estética ni los reconocíamos como pares.
[5] Andrés Fidalgo, “Prólogo” en Poesía y prosa en Jujuy, tomo 2, San Salvador de Jujuy, Universidad Nacional de Jujuy, 1993, pág. VIII.
[6] Andrés Fidalgo, Aproximaciones a la poesía, Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 1986, pág. 17.

martes, 25 de octubre de 2005

Escribir en el norte del sur

[Nota publicada en La Revista, año 2, nº 18, noviembre de 2005. San Salvador de Jujuy]


Ésta es la primera vez que escribo a partir del título. Me gusta el impacto que producen -en mí, al menos- las palabras “el norte del sur”. Es como decir el comienzo del fin. Como imagen tiene mucha fuerza porque une dos términos aparentemente contradictorios. Por eso, digo, son palabras que impactan.


El norte es Jujuy, la provincia que habito. El sur es la parte inferior del continente americano, el territorio donde está mi país. Pero también señala otras contradicciones: es una de las regiones más pobres de un país que alguna vez fue rico (ahora sigue estando entre las más pobres, pero la Argentina dejó de ser próspera); es una tierra con fuertes identidades locales en contraste con Buenos Aires que siempre quiso parecerse al modelo europeo; los norteños somos casi todos morochos y honramos a la Pachamama, en un país que, según los manuales de geografía, está compuesto por personas de tez blanca que profesan el cristianismo. ¿Será el comienzo del fin?


Comienzo y fin se dan simultáneamente en estas tierras. Mientras los porteños tienen que (re)leer a las vanguardias europeas de comienzo del siglo pasado, acá un niño puede asistir, sin mayor gasto, a una performance escandalosa -característica propia de la vanguardia. Otros tienen que asistir a un espectáculo de La Fura dels Baus[1] para sentir el vértigo de una “ampliación de fronteras de la experiencia estética y receptiva”[2], mientras que cualquier jujeño que visita a parientes o amigos generosos que ofrecen una comida, hecha en horno de barro, puede asistir -como me ocurrió a mí de niño- al espectáculo de ver carnear a una chancha que lleva en sus entrañas nueve crías que no llegan a ver la luz. En consecuencia, me parece erróneo señalar a lugares metropolitanos como el territorio exclusivo de la vanguardia.


¿Qué significó aquella visión de aquel animal y sus crías en el niño que fui? No lo sé. Pero sí puedo afirmar que la lectura posterior del surrealismo no me produjo ese deslumbramiento que enceguece, aunque sea por unos momentos. “Soy un escritor surrealista”, decía Roberto Santoro, “es decir, realista del sur”. Por mi parte, afirmo que he consumido textos de las vanguardias, no me han indigestado -por el contrario: me han alimentado muy bien-; pero escribo desde esta tierra confusa.


Soy un escritor en el norte del sur. La primera vez que publiqué un poema fue en una revista que editábamos varios jóvenes. De aquel grupo, los únicos que persistimos en la escritura somos Estela Mamaní y yo. En esa publicación, me acuerdo, invitamos a unos hermanos mayores: Raúl Noro, Ernesto Aguirre, Ocalo García, Jesús Ramón Vera y Pablo Baca. ¿Por qué lo hicimos? En ese momento no teníamos mucha conciencia del motivo -me corrijo: era yo el que no tenía mucha conciencia. Ahora, me doy cuenta que cada uno busca reconocerse en una familia.


Me acuerdo que cuando fui a la casa de Ernesto Aguirre, me equivoqué y toqué la puerta de su vecino. Pregunté por Aguirre y aclaré que era un muchacho (¡los dos éramos tan jóvenes!) que tenía barba y que escribía poemas. El dubitativo dueño de casa, me dijo que efectivamente, en la casa de al lado había un joven que tenía barba, pero ignoraba que fuera poeta y, enseguida, largó una sonrisa burlona. Un par de años después, apareció un excelente libro de Néstor Groppa[3], en sus páginas encontré unas líneas dedicadas a Raúl Galán, nuestro primer poeta clásico, y me di cuenta de que hay situaciones que se repiten: “Galán cuenta que cuando preguntaban en Piedras al quinientos sobre el poeta Galán, donde vivía, el vecino contestaba que ahí, al lado vivía una familia Galán, pero que el señor fuera poeta no era probable, primero porque era su vecino y segundo, porque lo veía todos los días”.


Después, Raúl Noro me aconsejó que me presentara ante Groppa, quien por entonces, dirigía el suplemento literario del diario Pregón. Para mi fortuna, Jujuy es chico y todos estamos en lugares fáciles de ubicar. Así que lo visité, Groppa fue muy amable y me pidió algunos poemas que, al poco tiempo, aparecieron en el suplemento. Sé muy bien que no en todas las provincias existen editores de suplementos que funcionan como instancia de reconocimiento a un campo intelectual y literario y, a la vez, como formadores del gusto del público lector sin subordinarse a las reglas del mercado, así que celebro la labor de Groppa.


En 1991, edité una antología titulada Nueva poesía de Jujuy. La selección de los poetas fue hecha gracias a que los seleccionados habían publicado sus primeros trabajos en el suplemento bien editado que recién nombré. Por aquel tiempo, varios no poseían libro propio pero tenían una fuerte presencia que no pasó desapercibida por Groppa: “La página o suplemento que venimos censando, posibilitó la creación de un público lector. El lector es el que a su vez, en cierto modo, crea al escritor. Se puede suponer, con legitimidad, que ese diario local tuvo y tiene mucho que ver con la afloración de escritores y entusiastas aspirantes como nunca había acontecido en Jujuy”.


Unos años antes, en un memorable encuentro de escritores, realizado en Tilcara y organizado por el entonces director del Instituto Interdisciplinario Tilcara, Guillermo Madrazo, conocí a un viejo escritor que venía del exilio y que sería, para mí y para muchos, fundamental. Sobre él voy a hablar más adelante.


Meses después, en una conspiración que nació en un boliche de Salta, donde tocaba el mítico fuelle de Anachuri, el poeta Jesús Ramón Vera y el artista Santiago Javier Rodríguez me ayudaron en la gestación de mi primer libro de poemas. De ese libro, me queda el recuerdo borroso de uno o dos poemas interesantes y nada más. Sí retengo en mi memoria las palabras generosas de quien me brindó un espaldarazo al presentarlo: Andrés Fidalgo, el escritor que volvió al país en los últimos días del ‘82.


Fidalgo encarna la figura clásica del intelectual. No digo esto sólo por su lucha en favor de la dignidad -a pesar de los golpes recibidos-, sino porque él puso orden en ese montón de libros dispersos que era la literatura jujeña. Un excelente ensayo titulado Panorama de la literatura jujeña y una gran cantidad de notas publicadas en diversas revistas y suplementos literarios dan cuenta de esto que escribo.


Ya en el cambio de milenio, Andrés me convocó a colaborar con él en un libro documental sobre las violaciones a los derechos humanos[4]; después su mujer, Nélida, me empujó para que editara el libro de poemas de Alcira Fidalgo, nuestra poeta detenida-desaparecida por los genocidas de la última dictadura. Y a mí, después de haber mamado de ese clima intelectual, se me ocurrió escribir el libro Con vida los llevaron que presentamos el año pasado.


¿Por qué escribí sobre mí? Porque pienso que, a veces, cometemos el error de hablar en nombre de un colectivo cuando no hacemos más que hablar según nuestro propio interés personal y, en consecuencia, damos gato por liebre. Por otro lado, escribí en primera persona porque me hago la ilusión de que, al hablar de mí, puedo compartir situaciones que se repiten con otros escritores. Y, de esa manera, entrego gato por gato; o, si lo prefieren los lectores que viven en el norte del sur: llama por llama.


Podría haber citado a Pierre Bourdieu y hacerme el capanga con sus conceptos acerca del campo intelectual. Podría haber dicho que el campo intelectual se constituye diacrónicamente y funciona sincrónicamente, que existe un sistema de relaciones que incluyen obras, instituciones y un conjunto de agentes intelectuales y que la lógica que rige en este campo es la de la lucha o competencia por la legitimidad cultural. Pero no.


No quise citar al sociólogo francés porque entre los escritores e instituciones que nombré no hubo un sentimiento de competencia sino más bien de solidaridad y agradezco que así sucediera. Por lo demás, escribir en el norte del sur es muy agradable: uno puede vivir en una sana marginalidad. Pocos vecinos saben que escribimos y uno, tranquilo, puede desarrollar su obra. Además, por el hecho de escribir no hay que creerse que uno es referente de algo. Por el contrario, uno debe dudar permanentemente sobre lo que hace.

El otro día, sin ir más lejos, discutí duramente con un vecino. No les voy a contar los pormenores que son más interesantes que estas líneas. Sólo les voy a decir que yo tuve más suerte que Galán y Aguirre ya que, en un momento, mi contrincante me dijo (no sin ironía): “Claro, vos sabés escribir y yo no”. Él no sabe que soy -como diría Luis Franco, un gran vecino catamarqueño- un semianalfabeto que, para despistar, escribe libros.


Ésa es otra razón por la que no quise citar a Bordieu: la lucha no es en el interior del campo intelectual, la lucha es contra algunos de nuestros vecinos.

[1] Compañía catalana que realiza funciones teatrales desde hace más de veinte años. La Fura huye del estatismo mediante partituras musicales de autoría diversa, entre ellas las de creación colectiva a través de Internet. Asimismo, integra en la escena teatral el lenguaje visual del video, que se intercala con textos interpretados por los actores.
[2] Hans Jauss, “Estética de la recepción y comunicación literaria”, en revista Punto de Vista, año IV, nº 12, julio-octubre de 1981.
[3] Abierto por balance: de la literatura de Jujuy y otras existencias, San Salvador de Jujuy, Buenamontaña, 1987.
[4] Jujuy, 1966 / 1983: Violaciones a Derechos humanos cometidas en el territorio de la provincia o contra personas a ella vinculadas, Buenos Aires, La Rosa Blindada, 2001.

Chacarera del expediente

[Nota publicada en La Revista, año 2, nº 18, noviembre de 2005. San Salvador de Jujuy]

El título de esta nota está robado de una magnífica pieza musical de Gustavo “Cuchi” Leguizamón. Aquel músico que solía venir, desde Salta, junto a Manuel J. Castilla para visitar a Néstor Groppa, Andrés Fidalgo y Héctor Tizón, es decir a la plana mayor de la literatura local. Pero no voy a hablar de búsquedas estéticas ni de anécdotas dulces como los vinos de Cafayate que descorchaban. Voy a contar una historia que transcurre entre expedientes de la administración que supimos conseguir.

En una oficina pública de esta ciudad, de cuya repartición no quiero acordarme, hay una señora que debería brindar información de trámites que se gestionan. Pero no. Ahí, no existen carteles que orienten a los ciudadanos que hacen trámites y la persona en cuestión, a menudo, atiende el teléfono con este mensaje de bienvenida: “¿Quién molesta?”; hay, además, un escritorio que más que mueble de oficina parece el parapeto donde se posiciona la gendarme de la administración que juró no dejar pasar a nadie.

Es posible que algunos lectores reconozcan el lugar que describo. Digo esto porque todos los días hay mucha gente que entra a esa oficina con la mejor voluntad de realizar un trámite urgente o, por lo menos, rápido; sin embargo, muchos salen con una mueca en su cara mientras recuerdan, no muy bien que digamos, a la madre de la mujer del parapeto.

Un dato más puede ubicar a aquellos que todavía dudan. En un lugar, por demás visible, de aquella oficina, está la imagen de Santa Rita, patrona de los imposibles.

¿Qué se puede hacer cuando uno llega a esa oficina? Según los entendidos hay varias opciones. La más común es mandarla a pasear mientras nos acordamos de la progenitora que la parió. La de los más pacientes (curioso nombre que indica a aquellos que tienen paciencia, es decir, a los que aguantan sin chistar) es esperar en vano una resolución a su trámite. Otra opción es “la de los bomberos extremistas”, es decir, combatir al fuego con fuego; así, si aquella máquina de detener nos interroga: “¿De nuevo usted por aquí?”, hay que replicarle: “Sí, de nuevo. Y voy a venir todas las veces que sea necesario hasta que usted destrabe al expediente”. Hay otras soluciones que se fundamentan en un trueque de favores, llevarle, por ejemplo, bombones o empanadas; pero esta opción va depender del humor gástrico de la empleada.

Nadie sabe cuál es la mejor solución. A veces una buena puteada funciona y tanto el puteador como el puteado empiezan a llevarse bien; muchas amistades nacieron -aunque usted no lo crea- del calor de estos intercambios verbales. Otras veces, cuando el fuego se combate con el ídem, la repartición se convierte en Troya, y no hablo de la película precisamente. La solución gastronómica casi siempre funciona pero deja el sabor amargo de la coima. La paciencia es la única que no logra nada; aquel viejo chiste del elefante y la hormiga no es más que una humorada que nos deja con las ganas de que pase algo pero nunca pasa nada.

Esta mala atención no es sólo responsabilidad de la persona que (no) atiende al público. También son responsables sus jefes, el director de la repartición y el ministro. Y, aunque parezca una broma del destino, también somos responsables los que la sufrimos y no hacemos nada. Por eso escribo esta nota: esa mujer encarna a la administración que supimos conseguir. Ya sé, no me digan nada, este texto no tiene el estilo que debería tener para ser efectivo. Pero, amigos lectores, créanme: antes que esperar a un imposible milagro, es preferible escribir.

Saludo a ustedes, atentamente.

Berp para creer

[Nota publicada en La Revista, año 2, nº 18, noviembre de 2005. San Salvador de Jujuy]

Hay momentos en que uno tiene el poder. Por lo general, ocurre cada dos años. Uno se acerca a la escuela donde tiene que sufragar y un rostro, desde un afiche, le ruega por un voto que le permita seguir o empezar. No hay nada más lastimoso que la careta de un político en un cartel arrugado. Sucede siempre: al final de las campañas, hay caras más envejecidas que el retrato de Dorian Gray.

De imágenes del poder trata esta nota. Porque ya lo decía una publicidad reciente, en el cuarto oscuro nadie nos ve y allí podemos usar nuestro poder como mejor creamos. Pero no sólo manifestamos nuestro poder cuando votamos, también lo hacemos cuando opinamos sobre los mensajes que recibimos.



***


Para empezar, si alguien –digamos, por dar un ejemplo, integrantes de un partido que otrora estuvo en el gobierno nacional– muestra una relación clientelar entre un funcionario que entrega un bolsón de mercadería a cambio de un voto, no sólo denuncia al actual partido gobernante sino que hace una autocrítica al trunco gobierno en que le tocó repartir dádivas. Digámoslo con todas las palabras: la gente recibe bolsones pero no come vidrio.

Y ya que hablamos de este partido, ¿a quién se le ocurrió la creativa idea de considerar a los telespectadores como infradotados que no saben pensar? Si el candidato hablaba sobre Zapla, el fondo era una imagen de la fábrica; si hablaba del Fondo Especial del Tabaco, atrás aparecía un campo con grandes hojas verdes; ahora bien, cuando hablaba de los juicios millonarios contra el Estado atrás no aparecía el estudio jurídico que se favorecía, se veía la imagen de la institución que se perjudicaba. Algunos candidatos, ¿comen vidrio?

Mención especial merece el slogan “Para defender lo nuestro”. La defensa es una actitud que se presenta después del ataque de otro o, en el mejor de los casos, frente al posible ataque. No es una acción primera porque otro ya pegó primero o lleva alguna ventaja, y lo sabemos: quien pega primero, pega dos veces. Por otro lado, el artículo ambiguo que figura en el slogan no aclara nada. ¿A qué se refiere “lo nuestro”? ¿A aquello que nos pertenece a los jujeños?, ¿o al lugar que les corresponde en la lista a los inamovibles candidatos desde hace varias décadas? La ambigüedad está bien para las expresiones artísticas pero nunca puede ser útil para la publicidad política. No hay dudas: hay creativos que comen vidrio.


***

No crean que no voy a hablar de las publicidades del partido que ganó. Sus imágenes fueron importantes no por las cosas que mostraron, lo fueron por las que no exhibieron. Quizás el candidato más resistido estuvo en estas filas. ¿Cómo ganó? Porque la candidata que lo secundaba aparecía más y así empujaba a aquellos que el primero no motivaba (es decir, a la gran mayoría). ¿Hace falta que alguien mida la cantidad de carteles y minutos de televisión para apoyar esto que digo?

Pero eso no fue todo. El menos carismático ganó, además, por los errores de sus adversarios. De uno ya hablamos más arriba. Otro candidato apostó a nombrarlo por doquier; su campaña se basó en golpear al que después ganó. Estaba por escribir que esta estrategia resultó innovadora pero me olvidé que los dos están /estaban ligados al partido mayoritario. Por lo tanto, no hay innovación de ningún orden ya que el adversario más duro que tiene cualquier peronista es otro peronista.

El slogan de campaña del ganador tampoco fue un alarde de creatividad. Apenas si alcanza a la categoría del refrito de campañas anteriores. El Paso de Jama es la gran obra del gobierno, o por lo menos así se ha instalado a lo largo de la actual gestión, y sobre esa obra se construyó el slogan. Por eso, el mejor “camino” era el que conducían el gobernador y, con un mando a distancia, el presidente.

La imagen del conductor provincial también estuvo sumamente cuidada. Él no apareció en ningún afiche junto a un postulante a legislador y no fue por falta de ganas de los candidatos precisamente. Por el contrario, más de uno pataleó cuando, en la imprenta, un jefecito de campaña le negó la fotografía del abrazo que avala. El conductor no estaba para aparece en disputas menores, sí lo estaba para aparecer junto al presidente porque ambos juegan en las ligas mayores. O, por lo menos, ésa es la pretensión local.


***

No tengo espacio aquí para hablar del diputado electo que tiene la capacidad de hablar de cualquier tema, aunque ignore lo que trata, porque no le teme a la cámara de televisión; ni de aquel otro –también electo– que escribió buenas ideas pero todavía no posee ductilidad para el formato televisivo; ni de tantos otros que no quiero recordar sus mensajes porque me patean el hígado.

Apenas me quedan unas líneas para aclarar que no utilicé nombres propios, salvo el personaje de aquella novela inolvidable, porque no tengo esperanzas de que dentro de dos años los políticos y sus creativos me sorprendan. Entonces, seguramente, para ganarme mi óbolo mensual, volveré a publicar esta nota y nadie se dará cuenta de la falta de actualidad, como sucede con ciertos discursos escolares que se repiten en las fechas patrias.

Ya expresé mi opinión y, por lo tanto, mi poder fue un poco más allá de votar. Releo lo que escribí y me doy cuenta de mi perdición: los lectores de esta revista no comen vidrio. En las próximas elecciones, cuando opine sobre los mensajes de los políticos, tendré que pensar.

lunes, 17 de octubre de 2005

Son mucho más que unas caras bonitas

[Nota publicada en La Revista, año 2, nº 17, octubre de 2005. San Salvador de Jujuy]

Mi sobrino acaba de llegar de Córdoba. Está en esa edad que lee para impresionar a los adultos y sabe que soy fácil de conmover con ese ejercicio. Él lee los carteles de las calles, me repite los nombre de los candidatos y me pregunta quiénes son esos fulanos. Trato de explicarle algo rápido para zafar y hablarle de “El príncipe feliz”, aquel cuento de Oscar Wilde que Borges tradujo a los nueve años. Pero no hay caso, el muy preguntón no me deja zafar.

Ese hombre un poco pelado, le digo. Es alguien que nació a la política así. No tengo una imagen anterior en mi memoria. Un día, hace algunos años, me enteré que era diputado provincial; después supe que era senador y que ahora se postula para seguir. No sé cómo era cuando tenía su cabellera completa. Ni si militaba en su juventud. ¿Hace falta saber cómo era antes para saber cómo es hoy y cómo será mañana?, le pregunté a mi sobrino en un intento de contragolpear y esa pregunta funcionó como si yo me hubiese hecho un gol en contra.

Este otro es como si fuese de la familia, le dije mientras él se paraba frente a un hombre de cerca de cuarenta y cinco años. Es tan conocido que lo vimos envejecer en cada campaña. Cuando empezó tenía una cara angelical y era el candidato que toda madre quería que se fije en su hija. Ocupó casi todos los cargos electivos, pero nunca obtuvo la figurita difícil del álbum. En la última elección a gobernador estuvo cabeza a cabeza con el que finalmente ganó. Como decía un afiche postelectoral de aquella vez: sigue participando.

Aquel otro es un disidente (que se juntó con otro disidente). Dice que se cansó de comer las heces de su partido y, ya que estaba en el cambio, hace poco realizó un oneroso curso para no comerse las eses. Las arrugas que tiene no son tan crueles como en el afiche anterior, a pesar de que ambos tienen casi la misma edad. Si, ya sé que parece un contrasentido: hace dieta y, sin embargo, está más gordo que en la elección anterior.

“Tío, ¿por qué hay más caras de hombres que de mujeres?”, dijo el pibe y yo demoré en contestar. Él, ya les dije que me quería impresionar, me disparó a boca de jarro: “¿Será que las mujeres ocupan un lugar secundario?”. No me quedó más remedio que asentir y entonces comprendí que los rostros femeninos que van en las fórmulas nacionales no tienen la misma alegría de sus compañeros que van en primer término. Es más, una de ellas está tan molesta en la fotografía que mi sobrino quiere agregarle un globito que diga: “Y yo, ¿qué hago aquí?”. Y casi me olvido: hay otra que tiene la sonrisa enigmática de Mona Lisa. ¿Por qué ese misterio?, ¿qué tendrá nuestra Gioconda?

A uno que ofrece su nariz aguileña sin el subrayado del bigote que tenía desde aquella vez que vino Alfonsín en su memorable campaña del ’83, mi sobrino casi no le dio bolilla y yo me alivié porque no hubiese sabido qué decirle más allá de su afeitada. Hizo un poco de ruido con la jubilación anticipada pero, hasta el momento, los resultados no fueron muy convincentes que digamos.

Después salió el tema de los cerros de la campaña radical. Me acordé de una humorada de Borges: cuando uno narra sobre el desierto no hace falta nombrar a los camellos. ¿A quién favorece la imagen de los candidatos con los cerros de fondo?, pregunté en voz alta. “Al de nariz aguileña y cabeza inclinada hacia delante”, grito el niño y, enseguida, largó el remate: “Parece el cóndor andino que hace poco liberaron en la cuesta de Lipán”.

Una cuadrilla de municipales apareció a blanquear las paredes. Nunca me alegré tanto por verlos. El niño quiso saber algo del concejal que hace falta y yo le contesté -con pose de Serrat-: “Niño, deja de joder con esos afiches”. Así que él no pudo criticar a la única mujer que encabeza una lista de diputados (cosa curiosa, ella habla desde un partido nuevo que, según sus propias palabras, es juventud; pero los candidatos a legisladores nacionales son dos personas que extienden a la juventud de manera generosa; bastante generosa).

Tampoco hablamos de la única propuesta de cierta extensión: un cuadernillo de menos de cuarenta páginas que su autor tituló “Un horizonte de propuestas para Jujuy”. Está hecho con el ritmo de una elección, es decir: a las apuradas y con algunos errores tipográficos; no obstante, posee un diseño ágil y las propuestas son sólidas. Me pregunto si este candidato –que casi no sonríe– no sabe que para ganar unas elecciones no hacen faltas ideas sino unas caras sonrientes.

En definitiva, le dije a mi sobrino, tenemos una buena cantidad de candidatos sonrientes. A algunos ya los conocemos tanto que forman parte de nuestra vida. Y, como los conocemos, no les vamos a pedir que escriban propuestas que después se puedan convertir en un peligroso boomerang. Parece que casi todos nuestros candidatos están contentos y tenemos un horizonte de pocas páginas. ¿Qué más se le puede pedir a un montón de caras bonitas?

Caminos un rato en silencio y yo me acordé de una frase de José Luis Mangieri, él último de los editores felices, que dice: “En este país, a los hombres no nos hacen cornudos las mujeres, sino los políticos que elegimos”. Me reí un poco y el inquisidor de la familia volvió a la carga: “¿De qué te reís si vos no sos político?”

Le contesté que me acordé de un magnífico cuento de Oscar Wilde. Es la historia de la estatua de un príncipe que está condenado a sonreír todo el tiempo. Llueve y sonríe. Sale el sol y sonríe. Lo cagan las palomas y sonríe. Siempre sonríe.

sábado, 3 de septiembre de 2005

Aguirre o la ira de la Pachamama


Conciencia crítica y ruptura en el libro Historietas
[Publicado en La Revista, año 2, nº 16, setiembre de 2005. San Salvador de Jujuy]

El libro Historietas de Ernesto Aguirre es una obra clave. No sólo para su autor (es su primer libro) sino para una generación, ya que marcó lo que vendría después. Ahora, la historia es conocida: fue publicado en 1978, en los talleres gráficos Gutenberg, los mismos donde se imprimieron los dieciséis números de la clásica revista Tarja. Fue escrito en medio de la peor dictadura que tuvimos que soportar y tiene el desparpajo y la rebeldía que da la libertad bajo palabra.

Recién en el 2003, acompañado por dos de sus hijos que integran una banda de rock, Aguirre presentó públicamente su obra. Él argumentó que el acto merecía una banda como fondo y, cuando apareció, no existían -o, por lo menos, el poeta no las conocía- agrupaciones locales de esa música. En realidad, había otras razones y de eso quiero hablar.

El 78 es el año que, para los argentinos, la palabra mundial se carga de significación. Esto es así no sólo porque el ex jugador de Gimnasia y Esgrima, José Daniel Valencia, estaba en el equipo titular que debutó en el mayor campeonato de fútbol que se desarrolló en este país; sino porque en el año anterior, los jujeños habíamos conocido el término internacionalización. Recordemos que el 19 de abril de 1977 se inauguraron los vuelos internacionales del aeropuerto (entonces llamado) “El Cadillal”. Estos dos acontecimientos prefiguran lo que después sería la globalización. ¿Y qué tiene que ver la poesía de Aguirre con estos hechos? No hay ningún verso que los recuerde pero sí existe un espíritu de época que se refleja en esta obra.

Por aquellos años la plata se volvía dulce y algunas familias jujeñas decidían hacer caso al pedido de sus hijas que empezaban a convertirse en mujeres: trocaban la tradicional fiesta de los quince años por un viaje a Disneylandia. Mientras tanto, Aguirre, que entonces pisaba los veinticinco, marcaba distancia con la tradición escrita local: escribía, por citar uno de sus temas, sobre Jimmy Hendrix, guitarrista que no terminó freezado como el creador del Pato Donald y -por el contrario- le imprimió una calentura indiscutible a las guitarras que sonaban por distintas partes del mundo.

Cuando salió Historietas pocos lectores se dieron por enterado. Uno de ellos fue Jorge Calvetti, autor que Aguirre no soportaba y lo vociferaba (el tiempo modificará ese punto de vista, tanto que unas de las palabras más sentidas por el fallecimiento de Calvetti serán las del propio Aguirre), el escritor de Maimará respondió de manera lúcida: cuando la universidad local decide hacerle un homenaje, lo invita a Aguirre como gesto de amistad. Néstor Groppa fue otro que lo leyó con buena leche, éste debe haber sonreído satisfecho cuando vio aquel libro inicial; unos años antes, el autor de Obrador le había aconsejado que no escriba sobre el indio ni cerros. “¿Vos creés que tenés algo nuevo para decir”, le dijo y Aguirre, en vez de irse al mazo, barajó de nuevo sus sentimientos y mezcló sus letras con toda la rabia del rock.

No se embarcó solo en la tarea de renovar la poesía de esta región. Junto a Javier Soto y Saúl Solano, dos años más tarde, publicó Espejo astillado. Ambos libros son un tincazo a los testículos de la poesía tradicional jujeña. En ellos hay un ataque directo a la manera de escribir de la mayoría de sus contemporáneos, pero no se trata de una rebeldía sin causas. Para esa época, Aguirre ya había leído toda la literatura jujeña y tenía motivos más que suficientes para oponerse a una tradición que estaba más muerta que una momia de un Omaguaca. Por eso, él la provocó cuando escribió, en 1980, que “los cerros y burros pardos estaban incluidos en el holocausto”.

Después, mucha tinta corrió por los papeles de Aguirre: publicó varios libros que marcaron un cambio en su propia producción. Creo que no soy injusto con su obra si afirmo que los poemas de aquellos primeros libros no son los mejores que escribió. No obstante que los últimos poemas de Espejo astillado ya configuran el autor que vendría después, son poemas de iniciación, de conciencia crítica y de ruptura, pero no los más logrados de su producción poética. Son textos de iniciación porque, salvo los poemas de Versos que escribí para que tocara Jelly (1975) del cordobés Daniel Salzano, casi no hay textos de la literatura argentina con tanta influencia de la beat generation.

Es posible que Aguirre no tenga conciencia del momento que inauguró, ni las cosas que se atrevió a escribir. En una entrevista que, en mayo del 2003, le realizó Jorge Boccanera, el autor minimizó aquella irrupción: “Fue mi primer libro, salió en el 78 con muchas ganas de putear al universo, algo inevitable en tiempo de rebeldía. Yo no creo que marque el comienzo de una nueva poesía en Jujuy. Quizá tenga la virtud de haber sido publicado antes que otros que ya estaban escritos y que compartían el mismo mensaje de ruptura”.

Se equivoca: claro que marcó el comienzo de una nueva poesía. Lo que pasa es que él no tiene la distancia crítica -a pesar de que sí la tiene para dar cuenta de una sociedad opresiva- para mirarse a sí mismo. Por otro lado, no es una tarea fácil aceptar que un libro marca un comienzo, ni siquiera para el propio autor. Además, me consta que tanto Historietas como Espejo astillado estaban arrumbados en alguna librería y casi nadie se interesó por ellos hasta cerca de una década después de su publicación.

A fines de la década del ochenta, realicé una encuesta, a ocho poetas nacidos entre 1949 y 1959, en la que me animé a preguntar -de manera condicional- si Historietas marcó un cambio de rumbo estético. (Aclaro que yo la planteé en condicional porque entonces cada vez que nombraba a aquella obra como de ruptura, lo hacía en voz baja.)

¿Qué decían los poetas encuestados? Alejandro Carrizo generalizó su respuesta y negó que el libro pueda ser considerado como “un eje histórico”; Ramiro Tizón no contestó esa pregunta; Jorge Accame esquivó la respuesta con habilidad (“Me resulta difícil contestar a esta pregunta porque condiciona la respuesta”); Estela Mamaní no argumentó sobre el libro en cuestión pero ubicó a su autor como integrante de una nueva generación poética; Aguirre se guardó la respuesta “por razones obvias”; Álvaro Cormenzana, al igual que las otras preguntas de la encuesta, no contestó nada. Solamente Nélida Cañas y Pablo Baca arrimaron el bochín. La primera contestó que el libro fue “un hito trascendente en la literatura jujeña porque abandona la tradición literaria vigente y el color local que la caracterizaba”. El segundo afirmo que: “Historietas ha sido un libro valioso por muchas razones. Ingresa a la poesía de Jujuy una época, signada por el creciente predominio de la imagen. Es también el reflejo de Jujuy, de cambios culturales que estaban ocurriendo en todo el mundo. Además apareció en el silencio de la dictadura, con el mayor desparpajo y rebeldía, como para recordar a todos el sentido de la libertad”.

El libro tiene el mérito nada desdeñable de ser una parte fundamental de la escasa vanguardia local. Como marca Baca, refleja los cambios culturales que sucedían en el mundo, utiliza el collage gráfico (contiene historietas y dibujos) e incluye temáticas poco desarrolladas hasta ese momento en Jujuy (el rock, la alucinación, el sexo). Cuestiones éstas que hacían impresentable a este libro hace más de veinticinco años.

Presentar Historietas en el año de “nuestro” Mundial de Fútbol hubiese sido imposible o, en caso de haber sucedido, un verdadero fracaso. Los lectores de Aguirre aparecerían recién varios años después[1]. También hubiera resultado peligroso hacer la presentación de un libro que incluye un poema que narra cómo de la ventanilla de un auto aparece una mano “que tiene luz y es de acero”. Y, en una líneas más abajo, sigue con la prohibición de girar a la izquierda porque: “Su cabeza tiene precio./ Es un hermoso paisaje para agregar un pedazo de plomo”.

¿Quién tiene la culpa de este desencuentro entre una obra y sus lectores? No su autor precisamente. Es posible que la falta de instituciones educativas que ayuden a entender obras contemporáneas sea unos de los motivos principales; el otro gran factor -qué duda cabe- es la falta de libertad de expresión.

Con pocos lectores iniciales, aquel libro cuestionó a los libros de poesía que entonces existían, se presentaban y difundían por los medios. Historietas circuló en algunos bares de San Salvador de Jujuy y, a su manera, realizó una acción cultural lenta que años después permitiría que sea presentado en sociedad y -lo más importante- dejó abierta una puerta por la que entró toda una generación.

[1] Un ensayo de Graciela Frega fue el primer trabajo crítico sobre la obra de Aguirre, para más detalles véase Reynaldo Castro (1988), El escepticismo militante: Conversaciones con Ernesto Aguirre, Córdoba: Alción editora.

jueves, 1 de septiembre de 2005

La ciudad ausente

[Nota publicada en La Revista, año 2, número 16, San Salvador de Jujuy, setiembre de 2005]

En esta nota están algunas características de una ciudad próxima reconstruida desde una perspectiva irónica. Esa representación hace que uno la mire desde lejos y esa distancia se vuelve insoportable para todo aquel que la conoce de cerca. ¿Ya se imaginan el nombre ciudad? Sí, es la que están pensando; pero modificada y alterada por la mirada escéptica de un periodista que critica al propio periodismo y, en esa misma acción, se rebaja a sí mismo.



Hay una ciudad ausente que antes ocupaba el mismo lugar que hoy ocupa esta ciudad. Ahora, aquella ciudad sólo existe en la mente alucinada de un columnista de esta revista que no sabe qué escribir para ganarse su óbolo mensual. Como si estuviese bien que alguien le pague por lo que escribe.

En la ciudad ausente, el tránsito vehicular funciona como si todos respetaran las reglas correspondientes; pero los colectivos y los ciclistas pasan en rojo, los remiseros paran de golpe cuando ven a un pasajero, los inspectores piden coimas y los peatones cruzan por donde se le canta. En las paredes, los afiches del partido oficialista presentan candidatos como si fuesen peronistas, pero ninguno de los fotografiados habla de John William Cooke; los de la oposición, por su parte, hacen como si fuesen oposición pero dan conformidad a muchos actos de gobierno.

En las escuelas, hay maestros que enseñan lo que no saben; estudiantes que hacen como si estudiaran y directores que se creen importantes si andan apurados y con los nervios de punta. En los hospitales hay camas que no alcanzan, pacientes que no tienen paciencia, médicos que no pueden medicar y enfermeras que no piden silencio. Y los funcionarios hacen como si funcionaran, pero ni ahí.

En la policía hay un organigrama prolijo como si en esa institución no funcionara la ley del gallinero. No por nada un diputado provincial está presente en casi todos los actos de la ex escuela de policía; institución que, durante la dictadura, cobijaba en su vientre a un centro clandestino de detención. ¿Por qué lo tengo presente a ese legislador? Porque él cacareó, frente un equipo de la televisión holandesa, que los organismos de derechos humanos “son grupos cerrados”; sólo le faltó decir que los habitantes de la ciudad ausente somos derechos y humanos.

En las cajas donde se cobran impuestos hay monotributistas que pagan casi siempre y grandes contribuyentes que hacen como si de verdad fuesen grandes contribuyentes. Pero todos sabemos que todos sabemos.

Alrededor de algunas canchas de fútbol hay carteles que hablan del amor al deporte, como si los torpes no quisieran quebrar a los habilidosos; por su parte, hay árbitros que son arbitrarios y dirigentes que creen que es lo mismo un club que la administración gubernamental. En los claustros universitarios, hay científicos que hacen como si investigaran con tal de cobrar una asignación en negro; muchos de ellos afirman que la ciencia es neutral.

En las calles, la miseria hace que muchos hombres sueñen con ser diputado, concejal o funcionario público como si les interesara el bien común; pero la necesidad no hace de toda mujer una prostituta. Cuando el sueño se hace realidad y un nuevo funcionario entra en ¿funciones?, éste afirma que no hay recursos económicos en la repartición pero que con imaginación va a desempeñar bien su tarea; los que incluyen la palabra imaginación en su primer discurso oficial lo hacen como si tuvieran imaginación.

En muchas casas, hay padres que no quieren repetir las escenas autoritarias que tuvieron que soportar cuando fueron niños y por eso no les ponen límites a sus hijos; como si fuese lo mismo tener autoridad que ser autoritario. Más temprano que tarde, esos padres van a competir con sus retoños para ver quién es más joven.

Y, por último, hay periodistas que escriben como si supieran y otros que publican notas para sentirse importantes aunque nadie los lea. Varios escalones más abajo, hay un columnista alucinado que escribe sobre una ciudad ausente como si la sufriera en carne propia; pero todos sabemos que no es así: aquí, todo está bien.

jueves, 4 de agosto de 2005

El sueño perpetuo de José Luis Magno

[Nota publicada en La revista, año 2, número 15, San Salvador de Jujuy, agosto de 2005]

Una noche de julio, José Luis soñó que estaba en una oficina idéntica a la que tenía en el edificio municipal y le llegaba la orden de recorrer, en su propio auto, los baches de la avenida Éxodo. “¿Será posible que exista -dijo- una oficina idéntica a la mía?”. Se le acercaron algunos legisladores municipales. José Luis estaba sorprendido: “¿Por qué serán tan parecidos a Pablo, “Chuli” y Federico y a todos los de la comisión de Juicio Político? ¿Cómo habrán hecho para llegar hasta aquí si el edificio está cercado?”. Uno de los concejales exclamó: “¡Ahí está José Luis!”. Antes que le digan nada, éste se les adelantó y dijo que iba a demandar a los fabricantes de automóviles por hacer autos que rompen el pavimento. Los concejales se rieron, pero no de la ocurrencia: “¡Que metida de pata! Te confundimos con José Luis, el grande, pero no tenés la altura política de él”. Eran concejales de otro José Luis. “Estimados concejales”, le dijo, “yo soy José Luis Magno. ¿Quién es el intendente de ustedes?”. Los concejales contestaron al unísono: “José Luis” y uno de ellos agregó: “Tiene esos nombres en honor a dos pesos pesados: el primero está tomado de José Humberto, su propio padre; el segundo, de Jorge Luis, el escriba mayor que ya escribió esta página. ¿Quién sos vos para usurpar sus nombres”. Después de esto, los legisladores se fueron entre carcajadas.

José Luis quedó derrotado: “Nunca me han tratado tan mal. ¿Por qué me odian estos concejales? ¿Existirá otro José Luis? Voy a llamar a mi primer candidato a concejal para desenmascarar al falso José Luis”. El sueño era de noche, por eso, mientras se dirigía hacia el Concejo Delirante, vio pasar a la luna rodando por la Senador Pérez y los semáforos le dieron tres luces celestes. Eso hizo que se acordará de un tango y empezó a silbar bajito. Llegó al recinto de sesiones y se sentó en la banca número trece. Vio a un funcionario acosado por la prensa; una periodista llamada Inés le decía que lo veía muy abatido y aquél contestaba que tuvo un sueño raro: “Soñé que estaba en mi oficina y unos concejales no me reconocían y me dejaban solo. Los seguí hasta el Concejo Delirante y me encontré con otro José Luis atormentado por los periodistas”. Al escuchar la entrevista, José Luis no se pudo contener y saltó de su banca: “¡Vine en busca de José Luis; sos vos!”. El funcionario se abrió paso entre los periodistas (Inés quedó golpeada por esa acción) y exclamó: “¡No era un sueño: vos sos José Luis!”. El momento se quebró cuando la voz del Gran Hermano Eduardo llegó desde la casa sahumada con gomas ardientes: “¡José Luis!”. Los dos José Luis temblaron. El soñado se fue; el otro decía: “¡Volvé pronto, José Luis!”. José Luis se despertó, estaba en su oficina del edificio municipal frente a una periodista que había sido golpeada: “Se lo ve muy abatido, ¿qué soñaba?”, dijo ella. Él contesto que tuvo un sueño muy raro: “Soñé con unos concejales que no me reconocían y me dejaban solo...”

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