domingo, 5 de noviembre de 2006

Ricardo Dubin

Una sombra para las ideas. Tilcara, 2006.

"Sufro de cierta esquizofrenia al respecto. Hay días en que lo hago para quienes siguieron tantas y tan caóticas lecturas como las que yo tuve en los últimos días; otras para los autores de los libros que he leído, los más de los cuales ya están muerto hace rato (pero uno se consuela con la creencia en un cierto diálogo en el limbo de los clásicos); algunas veces lo hago con la clara intención de emocionar a un vecino o de ruborizar a una vecina (es lo que más me gusta porque la devolución suele ser una mirada de picardía impagable y superior al texto que la originó). Depende del día y de mi estado de ánimo. Creo que en el fondo el lector ideal no dejo de ser yo mismo, con la aclaración patológica hecha en la primera oración."

Fernanda Escudero

Con las manos en las palabras, 2006.

"Principalmente escribo para mí, me leo a mí misma y descubro que el lector ideal que proponen mis poemas no tienen una edad definida pero sí una perspectiva ante la vida, tal vez de denuncia y reproche, a la vida misma. Las reflexiones pre y post escritura circulan por los caminos que, creo, todos hemos recorrido en cualquier instancia de la vida, en situaciones límite, en momentos donde la cordura y el traspaso a otros mundos es posible a partir de la palabra."








Miguel Espejo

Con la palabra en la boca, 2006.


"Es difícil, en el momento mismo de escribir, imaginar al mismo tiempo al destinatario de ese hecho circunstancialmente íntimo. Cuando se escribe una carta, un libelo, un artículo periodístico, se tiene la posibilidad de construir una imagen adecuada, en el primer caso, y aproximada en los dos restantes, del lector que se tiene al frente, ya que estos géneros permiten la posibilidad de tener una idea asertiva de un lector de carne y hueso, sobre todo en el género epistolar, y un público determinado en los otros dos. Por ejemplo, un periodista avezado nunca cometerá el error de escribir, en los mismos términos, un artículo que está destinado a aparecer en un diario de élites o que aquel otro dirigido a los sectores bajos de una sociedad. Por el contrario, la creación literaria exige un lector indeterminado, neutro, que no tiene la menor posibilidad de poseer un rostro identificable, por la sencilla razón que el lenguaje pierde su peso instrumental y se desliza a un plano estético. El poema amoroso, por más directo y referencial que sea, por más vinculado que esté a una persona determinada, lo mismo estará hecho, como hubiese dicho Mallarmé, de palabras y no de sentimientos. El cuento o la novela también trabajan prescindiendo de la idea de un lector concreto. De acuerdo a mi propia experiencia, varios de mis relatos están escritos en segunda persona, algunos remedando una carta, y en ningún caso se me ocurrió que debía imaginarme un interlocutor preciso para que el cuento ganara en eficacia. Justamente, la invención de los personajes, que en lengua inglesa se llaman “caracteres”, lleva implícito el desafío de volverlos creíbles en el terreno de la ficción, donde cualquier lector, culto o no, está dispuesto a participar del pacto que ésta implica."

Ildiko Nassr

Mirada de soslayo. San Salvador de Jujuy, 2001.
"Escribo con la inconfesable intención de que me lea el mundo y me ame. Pero eso no se dice, es más atractivo un escritor oscuro, pasivo y encerrado en su biblioteca. Muchas veces soy oscura, pasiva y adoro encerrarme en mi biblioteca con mis libros, amados libros míos (de mi propiedad, se entiende). Dicho lo cual, debo confesar que las miles de mujeres que me habitan tienen opiniones encontradas acerca de lo que le pasa a la escritora. Dudan. A veces sólo escriben para ellas. Y otras quieren el reconocimiento público y mundial. Para eso publicamos, creo. Siempre, sin embargo, es más placentero el trabajo solitario de la escritora entre sus libros, la computadora, las palabras, la imaginación, la mirada, la memoria: los recursos que todo escritor tiene a mano."

Ángel Negro


"En principio, escribir fue una tabla de salvación de mí mismo, palabras a la deriva en la soledad del solo."




Poeta en los márgenes. Palpalá, 1994.

Mariano Ortiz


Toda la voz, 2006.


"No sé si podría decir que escribo para alguien en particular, cada una de mis producciones están orientadas de maneras diferentes. Lo que fue escrito en una época de mi vida, respondía a necesidades e inquietudes de esa época.
Sinceramente nunca me puse a definir un tipo de lector para mis escritos. Quizás mis amigos sean los que de alguna manera están siendo idealizados al momento de producir.
Hasta el momento de responder esta encuesta, nunca se me había ocurrido pensar un lector ideal, creo que tendría que ser uno que se arriesgue a jugar con la polisemia y que no tenga miedo de desacralizar a la literatura."

Susana Quiroga

"Uno escribe primero para uno mismo, por eso decimos que el primer lector es el propio escritor. Y a medida que leemos el texto vamos construyendo al lector ideal, es decir, aquel que comparte las inquietudes estéticas y características de la obra literaria que poseemos y que tienen que ver con la formación y compromiso por la palabra."

Una sonrisa de treinta y dos dientes, 2006.

Fortunato Ramos


"Escribo para todo público equilibrado, con deseos de una cultura general. Especialmente escribo para la niñez y juventud."
El escritor tradicionalista. Humahuaca, 2002.

Calderón, Homs, Killcana, Tregini y Undiano

"Creo que escribo principalmente para mí. Tengo algún grado de indiferencia por los lectores en ese primer estadio. Luego, cuando advierto el irremisible trabajo al que se encaminaría una obra solipista y autorreferencial, intento sociabilizarla un poco pensando en un lector que prefiera los textos abiertos e imprecisos y puede pasar con facilidad de humor a la estética pura. Sin embargo, pese a ello, mi obra fracasa lo mismo."
Maximiliano Rafael Calderón
"Espero que mi lector sienta gusto por la narrativa, que lea con imaginación como para situarse en un mundo ficticio, pero posible en algún punto de la realidad o de la fantasía. Espero que tenga sentido del humor, que aprecie la ironía. Me gustará que fuera exigente –o intolerante, si quiere– en aspectos como la coherencia interna del relato, la verosimilitud, el buen uso de la lengua, la construcción de los personajes. Que lea no solo para entretenerse, sino con algún sentido crítico."
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Mita Homs
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"Escribo para todo y todos. Lector ideal: alto fornido, protector. Alta, 95-60-90."
Marta Killcana
"Escribo principalmente como una necesidad permanente de mi espíritu; imagino que quien me lea podrá ampliar sus conocimientos y sobre todo sus sentimientos."
Dora Blanca Tregini
"Creo que no escribo para alguien en particular, sí escribo para alguien pero siempre es alguien movedizo, nunca es el mismo alguien ni siquiera escribiendo una misma cosa. Y mi lector ideal es aquel que lee algo completo de un tirón, se me ocurre que lo leyó así porque no lo pudo soltar y le encantó lo que leía. Por lo menos es lo que me pasa a mí como lectora."
Mónica Undiano

martes, 3 de octubre de 2006

Vivir con “desaparecedores”


Al momento de escribir esta nota (3 de octubre) no se conoce el paradero de Jorge Julio López, testigo clave en el juicio contra el ex comisario Miguel Etchecolatz. Pero esta columna no pretende -ni puede- arrojar luz sobre ese caso; sí busca analizar el peligro que significa vivir con aquellos que hacen desaparecer a las personas.

[Nota publicada en La Revista, San Salvador de Jujuy, año 3, nº 27, octubre de 2006.]

Para empezar, si existe una tradición en la policía argentina, esa herencia maldita debería llamarse “apriete”. Desde la irrupción de la picana eléctrica en manos de Leopoldo Lugones hijo, pasando por los apremios ilegales del comisario Cipriano Lombilla, jefe de la Sección Especial de Represión contra el Comunismo, y su ayudante, el oficial José Faustino Amoresano (estos siniestros personajes detuvieron, entre tantos, a Esteban Rey, el recordado dirigente socialista de Jujuy); pasando también por el tristemente célebre comisario Ernesto Jaig, el mayor asesino que se paseó por estas tierras durante la última dictadura militar; hasta llegar a las “negligencias” de algunos “malos policías”, como lo expresó Néstor Caffaggi, cuando era jefe de Policía de Jujuy.

El folklore represivo no cambia de la noche a la mañana. Elena Mateo cuenta que, cuando fue a declarar en el Juicio a la Juntas, un auto con dos policías de la Federal la esperaba en el aeropuerto para trasladarla rápidamente a Tribunales. El motivo del auto policial se justificaba porque el avión llegaba sobre la hora de la audiencia y, por lo tanto, ella no podía perder tiempo en el traslado. Grande fue la sorpresa de la dirigente de DDHH cuando, en una frenada inesperada, aparecieron, de abajo de los asientos, armas largas que llevaban los muchachos. Lo dijimos: hay rutinas que son muy difíciles de cambiar.

Hace dos años, familiares de detenidos-desaparecidos de Salta invitaron a sus pares de esta provincia, y a quien esto escribe, a participar en un acto de conmemoración de la Masacre de Palomitas (recordemos que, el 6 de julio de 1976, varios presos de la cárcel de aquella provincia fueron “traslados” para ser fusilados en la localidad recién mencionada). Minutos antes de comenzar la conmemoración, los organizadores nos solicitaron los nombres para leerlos como adhesión al acto. A mí me pareció un gesto demasiado exagerado hacia mi persona y, quizás por vergüenza, busqué un kiosco para comprar unos caramelos. Cuando regresé, el público se había incrementado y, en consecuencia, me quedé en una zona casi marginal. Enseguida llegó un nutrido grupo de policías salteños, uno de ellos sacó una libreta y, a medida que se leían las adhesiones de las personas presentes, registraba los nombres. Como la práctica de la escritura no era su mejor cualidad, en más de una oportunidad el agente escriba tuvo que pedir ayuda a otro para que le recordase cada nombre. Así, los nombres de Nélida Fidalgo, Elena Mateo, Ernesto Aguirre, Claudia Scurta y el mío quedaron registrados en aquella libreta. Como estábamos muy cerca, casi le digo al uniformado que Reynaldo se escribe con “y” griega.

El año pasado, después de participar en una sesión del Juicio por la Verdad, Inés Peña de Álvarez García, otra dirigente local del movimiento de DDHH, fue a buscar su auto y no lo encontró. El hecho, que podría ser considerado un simple robo a primera vista, es altamente sospechoso porque, por esos días, tanto ella como Elena Mateo recibieron llamadas telefónicas para que levanten una serie de denuncias que hicieron a un “desaparecedor” que, desde hace unos años, tiene trabado su ascenso militar en la cámara de Senadores de la Nación.

En su libro La memoria del soldado: Campo de Mayo (1976-1977) (Eudeba, 2003), Guillermo Obiols relata el secuestro y desaparición forzada de un soldado conscripto. Esa publicación narra que uno de los principales sospechosos de esa desaparición, en 1987, se encontraba como jefe de brigada en Jujuy. Pero no hace falta que lleguen “desaparecedores” de otras provincias para comprender que los podemos cruzar.

Un hecho que no voy a olvidar es el día que le hice una entrevista a Horacio Vale, un ex preso político que estuvo detenido durante la dictadura. Después de grabar aquella conversación, los dos caminábamos por la calle de la Legislatura cuando, de repente, él me pregunto si veía al tipo que iba por la vereda del frente. No me dio tiempo a contestar porque enseguida agregó:

-Ese tipo es uno de los que me picaneó.

Yo debería terminar esta nota afirmando que los funcionarios de la Justicia y del Poder Ejecutivo tendrían que hacerse cargo de la seguridad de los testigos que dan cuentan del genocidio que pasó. Prefiero hacer otra cosa, querido lector. Elijo confiar en vos. Me gustaría que hagas una pregunta central: ¿cómo pudo suceder la dictadura aquí? Y también otra más urgente: ¿qué podemos hacer para que no vuelva a suceder?

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