Notas de Reynaldo Castro publicadas en diarios y revistas. La mayoría de estos textos abordan cuestiones relacionadas con la literatura, las memorias de la represión de la última dictadura y la ciudad de San Salvador de Jujuy (ubicada en el norte de Argentina, América del sur).
Texto: Los 90 son el fin de los liderazgos tradicionales y el comienzo de los gobernadores impotentes. Imagen: los fantasmas de Carlos Snopek y Horacio Guzmán miran, desde el aire, a la ciudad.
Texto: Son la privatización de las grandes empresas nacionales, algunas con apoyo de los propios gremialistas. Imagen: dos hombres cantan: “Se va a acabar, se va a acabar, esta manía de estatizar, se va a acabar…”.
Texto: Son los cortes de rutas y enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas represivas. Imagen: ¿hace falta descripción?
Texto: Son los tiempos de la tala indiscriminada y el florecimiento de los “arbolitos” Imagen: Forestal talado y vendedores de dólares en la peatonal.
Texto: Son los casamientos arreglados entre las hijas de los tabacaleros con los políticos emergentes. Imagen: Una foto de la sección Sociales del diario local.
Texto: Son los tiempos en lo que Menem ordenaba achicar el Estado y en los que el Frente de Gremios Estatales ganaba las calles. Imagen: ¿hace falta descripción?
Texto: Son los tiempos del “pensamiento único" y la disciplina partidaria de los legisladores nacionales Imagen: Fellner y otros diputados nacionales diciendo “Sí, Carlos”
Texto: Pero también son tiempos de internas feroces, el PJ tenía más de 30 líneas internas. Imagen: Torre de Babel peronista. Un personaje dice: “Soy peronista”, otro (de otro color) dice: “Y yo”, otro (de color diferente) dice: “Y yo”. Finalmente uno dice: “Y entonces, por qué estamos separados? ¿Somos peronistas?”
Texto: Son los años que empezaron con “Chatrán” De Aparici y el “Perro” Santillán. Imagen: manifestación frente a la Casa de Gobierno con un cartel: “Perros sí, gatos no”.
Texto: Son los días de la Ley de Lemas y varios Gobernadores autoproclamados. Imagen: Roberto Domínguez, Guillermito Snopek, Humberto Salum que dicen: “Yo gané”.
Texto: Y también el tiempo en el que el gobernador fue un advenedizo que además no quería renunciar. Imagen: Ferraro que dice: “Si caigo yo que caigan todos”.
Texto: Entonces un maestro ganaba 195 pesos y un diputado provincial 4.000 pesos. Imagen: dos pilas de billetes, sobre la más alta está un diputado que mirá con desprecio hacia abajo; en la pila menor, un maestro. Al lado un niño que piensa: “¿Cómo quién quiero ser cuando sea grande?”
Texto: Son los tiempos de Marcha Federal y el cura Olmedo. Imagen: ¿hace falta descripción?
Texto: Son tiempos de corruptos donde ningún político se suicida y el único que planta su renuncia es Néstor Groppa a la UNJu. Imagen: Groppa deja una pieza llena de libros.
Texto: Son los años del nacimiento de la videopolítica. Imagen: dos TV, en uno Ferraro de saco y corbata en un escritorio. En el otro, el Chato vestido de manera informal y tomando vino con un guitarrista. Cartelito: “Una avispa el lunes, un pilpinto el jueves”.
Texto: Los 90 en Jujuy, en fin, prefiguran lo que la crisis del 2001 en todo el país. Imagen: Un jujeño que mira x TV a De La Rúa y dice. “Esta película ya la vi”.
Armé este libro entre 1989 y 1990, y fue publicado en los primeros meses de 1991 en Jujuy. Entonces apareció con el título de Nueva poesía de Jujuy y, no bien vi el primer ejemplar, me di cuenta que era un título engañoso. Nuevo es algo que irrumpe, que no pide permiso, pero ya cuando se lo califica -en ese preciso momento- deja de serlo.
Por aquellos años, algunos amigos -con absoluta buena voluntad- me convencieron de lo oportuno del título, “hay una nueva poesía que se diferencia notablemente de la ya establecida”, decían no sin fervor. En ese momento tenían razón. Pasado el tiempo, el título empezó a oler mal. Digo que era un título que invitaba al engaño porque muchos, cada vez que hacían referencia a los poetas seleccionados, hablaban de “nuevos poetas”, como si estos recién estuvieran haciendo sus primeros garabatos. Decían: “ahí va fulanito, ese joven que escribe...”, cuando para la gran mayoría la juventud era una visita que ya empezaba a levantarse de la silla. Pero, más allá de la discutible juventud de estos “muchachos”, lo que me interesa aclarar es que la nueva poesía irrumpió gracias a la madurez poética de hombres y mujeres que venían de años de buscar, experimentar y empujar -a ciegas algunas veces- contra una forma de escribir que estaba clausurada para contener un espíritu nuevo. (Insisto: lo que en su momento fue nuevo, no nació por generación espontánea; fue el resultado de un largo camino que tenía -como aquella canción de Silvio Rodríguez- peligrosas sillas que invitaban a descansar.) Ahora que vuelvo a reller estas páginas me doy cuenta de algunas ausencias notoria. Ángel Negro no està incluído porque leí sus poemas recién después de la primera edición; Víctor Ocalo García no tenía razón de estar ausente. Tampoco pueden faltar unas líneas de agradecimiento. Compilar, juntar y editar poemas de distintos autores es, más que una forma de arte, un trabajo de periodismo cultural. En el periodismo, ya se sabe, siempre es importante tener un buen soporte de producción. Importa decir, entonces, que este libro se formó gracias a la producción de muchas personas y el apoyo de distintas instituciones. Hago una lista (incompleta) de quienes colaboraron en la primera edición: Víctor Montoya responsable de la diagramación; Víctor Redondo y Reynaldo Jiménez, quienes armaron los originales; Cecilia Acuña que se bancó la difícil tarea de la corrección de pruebas; Ernesto Monteavaro y Pablo Teruel, autores de las mejores fotografías del libro; las municipalidades de Palpalá y de San Salvador de Jujuy, que apoyaron económicamente; los escritores e investigadores que escribieron acerca de los poetas seleccionados; y, fundamentalmente, los poetas seleccionados que acercaron sus trabajos con total desprendimiento. La circulación de la antología se logró sin utilizar los circuitos comerciales (no porque se los desprecie, sino por tener una vocación de perdedor). Para que la poesía de Jujuy sea leída resultaron imprescindibles algunos escritores generosos que publicaron comentarios: Andrés Fidalgo en Jujuy, Cristina Siscar, Jorge Fondebrider y Julio Bepré en Buenos Aires, Rodolfo Alonso en Tucumán y Barcelona, Ricardo Díaz Villalba en Salta (casi todos están incluidos en el último capítulo de este libro). Otros no publicaron nada, pero sí hicieron una decisiva campaña oral; entre tantos nombro al más desaforado: José Luis Mangieri. En un país que -entre tantas cosas- carece de una política de divulgación cultural hacia el exterior, las posibilidades de viajar merecen una mención especial. En 1996 recibí una beca de investigación del Instituto de Cooperación Iberoamericana que me permitió conocer a escritores e investigadores -Uberto Stabile, Adrián Alemán de Armas y la lista sigue- de España que tienen un discurso que no se contradice con el que armamos por aquí. El viaje, además, fue aprovechado para organizar un seminario que se tituló “Poesía actual de Jujuy” en la sede Iberoamericana de la Rábida de la Universidad Internacional de Andalucía, por su excelente disposición quiero mencionar a algunos de mis anfitriones: Juan Marchena, Braulio Flores, Manuela Fernández y los amigos de la Fundación “Juan Ramón Jiménez”. Las investigadoras Ileana Medina Hernández (Universidad de La Habana, Cuba) y Sara Marcela Bozzi (Universidad Jorge Tadeo Lozano, Colombia) han logrado que algunos de los poetas que integran este libro sean conocidos en esas lejanas y queridas tierras. Andrés Fidalgo fue el asesor espiritual (y material) de esta generación. Él y su esposa, Nélida, fueron generosos amigos que organizaron -entre otras cosas- las mejores comilonas. Los dos nos han enseñado que no hay que tener problemas digestivos a la hora de escribir. (Creo que es la primera vez que escribo sobre ambos en pasado; es posible que ahora soporte el vacío que generaron esas muertes, lo que no toleraré es que nadie diga que hubo alguien más jóven que los Fidalgo).
La importancia que las mujeres tienen en nuestra sociedad es una cuestión que nadie pone en duda; por lo menos, no públicamente. En el siglo que pasó, ellas han luchado para demostrar que pueden hacer las mismas cosas que hacemos los hombres, tanto las mejores como las peores.
Una mujer me recordó, hace unos días, que hay tres cosas que nosotros no podemos realizar: gestar un ser en nuestro cuerpo, parir y amamantar. Ileana Medina Hernández, profesora por vocación y funcionaria del gobierno de las Islas Canarias, afirma que esas acciones garantizan la supervivencia y continuidad de nuestra especie. “Cierto que no podemos hacerlo solas, pero el semen es abundante, ecológicamente barato y generalmente disponible; y el hecho de que necesitemos el apoyo del macho en todo el proceso, no nos quita la exclusividad del hecho biológico”, afirma ella.
En Argentina, Brasil y Chile, las mujeres recién en los últimos años han llegado a ocupar el cargo de presidente. Veamos ahora qué pasa en la patria chica. La presencia de la mujer en lugares de decisión, en las instituciones de Jujuy, aún resulta un tanto problemática. Todavía hay sectores que no aceptan a mujeres en espacios donde se ejecutan políticas. En nuestra Universidad, la presencia de ellas es más que significativa. Además de la vicerrectora, tres mujeres dirigen las secretarías Administrativa, de Extensión Universitaria y Legal y Técnica; las dos restantes (Académica y Bienestar Estudiantil) están bajo responsabilidad de hombres. Si seguimos el orden jerárquico, vemos que las direcciones son administradas en un número equitativo por funcionarios de los dos géneros. El total del personal de la UNJu muestra un leve predominio de los hombres (784) sobre las mujeres (705). Esa leve supremacía se invierte en el terreno de la docencia e investigación. Ellas tienen una mayoría clara en ambos campos, las distintas publicaciones universitarias como la cantidad de mujeres en la dirección de proyectos de investigación así lo legitiman.
En el campo político local, las mujeres que tienen (o han tenido) visibilidad lo lograron tras un sinuoso camino. Recuerdo que, en una entrevista, Pilar Bermúdez –una dirigente histórica del peronismo– decía que en política, la única manera de ascender era convertirse en “mujeres-abrojo”, es decir, pegarse a la botamanga de los pantalones de los dirigentes. ¿Hace falta recordar que Pilar era orgullosamente plebeya, discursivamente incorrecta y que le gustaba lucir una uña de oro? Hace falta porque esas cuestiones la definen y, fundamentalmente, porque ella sabía cómo construir poder desde los márgenes.
Quizás, el hecho de que en la universidad pública los mecanismos de legitimación y promoción están explicitados desde hace casi cien años permite que ellas ocupen el lugar más igualitario de esta provincia. Ahora bien, este avance, ¿permitirá que pronto tengamos una mujer que gobierne Jujuy?; y ahora que ya están legitimadas las novelas de Leonor Picchetti, ¿alguien será capaz de ponderar las obras de Libertad Demitrópulos, Alcira Fidalgo y otras autoras que aún no tienen el reconocimiento que bien se merecen por los lectores?
Una última cuestión, la genética hoy nos plantea nuevos desafíos para la continuidad de nuestra especie, ¿la discusión por los valores que tienen que regirnos nos encontrará en un marco de igualdad entre hombres y mujeres? ¿Es posible que las mujeres tengan mayoría en los espacios relevantes dentro de la estructura pública? Y cuando llegue ese día, ¿los científicos sociales más recalcitrantes hablarán de ellas como una manifestación del vaginocentrismo? La cuestión de las mujeres es tan importante que no puede quedar solamente en manos de las mujeres. Es una problemática que la tenemos que resolver entre todos. Si lo logramos, seremos dignos de pertenecer a nuestra especie.
Hoy a las 19 estaremos, junto a otros compañeros investigadores, hablando a jóvenes en el Centro de Actividades Juveniles (CAJ) del Bachillerato Provincial Nº 15 que está en el barrio Cuyaya. A continuación, un resumen de lo que hablaré.
La juventud, como actor generacional, se manifiesta tempranamente en Córdoba de 1918. Es decir, se adelanta medio siglo al fenómeno cultural que cobrará notoriedad en todo el mundo. Hasta entonces, el factor juvenil no existía en ningún lugar del mundo. La niñez se reemplazaba por la juventud sin ningún estadio previo. Los jóvenes cordobeses lanzan un llamamiento a los hombres libres de Sudamérica y eso mensaje resultó sumamente fructífero. Una brillante generación de políticos, escritores e intelectuales se aglutinó alrededor de los reformistas y ese foco irradió para toda América Latina.
Cincuenta años más tarde, las acciones juveniles ganaron el centro de la escena política. Son jóvenes los estudiantes que paralizan Francia con sus demandas para que la imaginación llegue al poder, son jóvenes los que inician un cambio en la costumbres sexuales de una sociedad timorata y son jóvenes, fundamentalmente, los que encarnan las luchas de los pueblos tercermundistas por su liberación.
En la década del setenta esas primeras acciones de agitación y rebeldía ya tienen sus organizaciones que funcionan como paraguas protectores. Los partidos políticos, tanto de derecha como de izquierda, tienen sectores que se movilizan con el espíritu juvenil. Resulta digno de destacar la presencia de mujeres en las filas revolucionarias, como son los casos de las hijas del guionista de historietas Héctor Germán Oesterheld, Vicky Walsh y Alcira Fidalgo; hijas de escritores emblemáticos las dos últimas.
Las dictaduras latinoamericanas, por esa razón, tuvieron a los jóvenes en su mira. En el caso argentino, la represión fue la más sangrienta del continente, pero también la resistencia a esa opresión fue la más significativa: las luchas de las madres de la Plaza de Mayo (mujeres que, según ellas mismas, fueron paridas por sus propios hijos) resultaron emblemáticas para que la dictadura no se banque más.
La recuperación democrática se nutrió de jóvenes para la reconstrucción de la sociedad. Los centros de estudiantes, los sectores juveniles de los distintos partidos políticos y nuevos escritores, artistas e intelectuales le dieron a los años ochenta un soplo de aire puro a una escena que estaba cargada con el olor de demasiados cadáveres de la dictadura. Otra vez, las consignas volvieron al centro de las disputas políticas y las movilizaciones de fines de esa década encontraron no pocas veces a los líderes de los gremios locales enfrentados contra el poder político de turno.
Fotografía de Belén Revollo
Nuestros años noventa fueron crueles en todos los sentidos. El neoliberalismo copó el centro de la discusión y los políticos locales se alinearon obedientemente con el poder de turno. Un líder social que había calentado sus ideas en el seno del Centro de Estudiantes de la Facultad de Humanidades, Carlos “Perro” Santillán fue uno de los protagonistas clave para la remoción de varios de los peores gobernadores que tuvimos que soportar.
Los jóvenes, a lo largo de todo el siglo XX, fueron el motor fundamental de los grandes cambios de la humanidad. Todos los proyectos utópicos se nutrieron de los jóvenes. En más de una oportunidad, ellos encarnaron a las vanguardias y así forjaron lo mejor y lo peor del siglo que pasó.
A los veinte años, después de haberme enamorado varias veces, fui correspondido por primera vez. Después, descubrimos que no había certezas ni arreglos y nos separamos. Fue entonces que empecé a descubrir a la poesía más delirante. El paso siguiente (o quizás el anterior) fueron las canciones de (des)amor. Más tarde estudié en la universidad y adquirí ciertas poses de criptointelectual; leí sobre el amor líquido, el fin de las ideologías duras y toda la sanata posmoderna. Han pasado más de veinte años, he amado y desamado mucho, es tiempo de volver a mi punto de partida como oyente: esta canción.
En los últimos días del año que se fue, apareció el número de la revista de Frontera. En sus páginas se puede leer información referida a la música, la literatura, el teatro, la arquitectura, las artes visuales, el cine, el comic y la investigación en esta confusa tierra fronteriza.
El consejo editorial está conformado por Martín Goitea, Nora López, Nadia Meriño y Silvana Espinoza. En este primer número (muy tizoniano) participan: Natalia Mamaní, Adrián Temer, Sebastián Velázquez, Jorge Vargas, Julio Lencina, Alejandro Teves, Silvina Montecinos, Elisa Barrientos, Mariano Goitea, Pablo Espinoza, Bruno Rojo y quien suscribe. Las fotografías son de Gladis Coromina, Gimena Lovito, Pablo Alemán, Jorge Vargas y Martín López. De Frontera obtuvo una mención especial en el concurso federal "Abelardo Castillo", organizado por la Secretaría de Cultura de la Nación. Se consigue en las librerías Horizonte y Rayuela, el bar Humanos, la Fundación Séptimo Arte y en quioscos de Jujuy. Contacto: revistadefrontera@gmail.com
Marcelo Augusto Lagos había nacido en La Plata, el 14 de junio de
Fotografía de Sebastián Arias
1953. Se recibió de Profesor de Historia y Educación Cívica en la Universidad Nacional de La Plata, en 1976. En ese nefasto año (había comenzado la peor dictadura que tuvimos que soportar), él llegó a Jujuy. Fue docente en la Escuela Normal y después desarrolló una fructífera tarea como profesor de Historia y Técnicas de Estudio en el Colegio Nacional Nº 1 “Teodoro Sánchez de Bustamante”. Cuando se creó la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales (FHyCS), él completó sus estudios y se recibió de Licenciado en Historia. A partir de entonces, la escritura de la historia regional lo tuvo como su más prolífico autor. Fue un historiador riguroso, números trabajos –los referidos a la industria azucarera jujeña, cuestiones referidas a indígenas chaqueños y a aspectos laborales, dan cuenta de ello–. Además de ser un docente muy querido por sus alumnos de la carrera de Comunicación Social fue un gran armador de grupos de trabajo. La Unidad de Historia Regional (UNHIR) de la FHyCS lo tuvo como un gran referente y bajo su dirección se editaron dos de los libros que más lectores supieron conseguir: Jujuy en la historia: de la colonia al siglo XX (2006, en co-dirección con Ana Teruel) y Jujuy bajo el signo neoliberal: política, sociedad y cultura en la década del noventa (2009). Dictó numerosos cursos para profesores de escuelas secundarias y, de esa manera, hizo mucho más amigable el conocimiento local para nuestros jóvenes. Su propia tarea formativa siempre estuvo a la orden del día: se recibió de Máster en Historia Latinoamericana por la Universidad Internacional de Andalucía y estaba muy próximo a terminar su doctorado. En el año del festejo del Bicentenario, la muerte lo encontró demasiado temprano: hace unos pocos días había aparecido Jujuy: de la Revolución de Mayo a nuestros días, en coautoría con Viviana Conti. Desde el 20 de diciembre de este año, las ideas de Marcelo Lagos viven en las mentes de sus lectores.
La muerte de Néstor Kirchner nos permitió ver la gran número de políticos que lo querían (como si fuese un padre, manifestaron más de uno), declaraciones que hablan de “rendir un justo homenaje” y pero que no explicitan cómo lo van a realizar, emotivas cartas privadas donde se hacen públicas lágrimas por la pérdida del referente y otras babosadas por el estilo.
Abundante avisos gráficos (los dueños de las imprentas y los responsables de publicidad y de los obituarios de los diarios están más que agradecidos) señalan, además, del impacto que produjo la muerte de un ex presidente, la enorme capacidad sentimental de nuestra clase política que hasta antes de la crisis del 2001 ignoraba cómo se pronunciaba el apellido que comienza con K y quién era ese dirigente que venía del lejano sur.
El rey está desnudo, el político es feo. Un viejo cuento nos enseñó que muchas veces los cortesanos temen decirle al monarca de que su mejor traje es, en realidad, la sola piel. Muchos de nuestros políticos locales cometieron el peor de los pecados que pueden cometer: se creen lindos. Sienten que las mujeres los miran y creen que es por la pinta que derrochan; reciben una atención preferencial y lo atribuyen a su carisma personal; nunca se les ocurrirá pensar que es por el cargo que detentan.
Sólo esta creencia puede justificar que se repitan hasta el hartazgo cierto avisos en los diarios locales donde aparecen los retratos de los intendentes hasta para saludar a las madres en su día. No tengo autoridad para decirlo, pero sospecho que el modelo de hombre que nuestras matronas anhelan no es precisamente el que encarnan los políticos que supimos votar.
Si uno busca un discurso político tiene que remontarse a un libro de historia. Lo que se publica en las secciones de política es sólo noticias de políticos pero no noticias políticas. Nuestros diarios hablan de lo que hacen los políticos, pero no hablan de la política como herramienta del poder, como un instrumento capaz de darles más autonomía a sus ciudadanos, para que éstos cuestionen, incluso, las metidas de pata de los propios políticos. Pero lo anterior, quizás, ya es demasiado para las anteojeras de nuestra dirigencia.
Uno puede disentir con los contenidos de los discursos de Guillermo Snopek, José Humberto Martiarena, Horacio Guzmán, Avelino Bazán o Próspero Nieva, pero no puede negar que sus discursos eran políticos. Lo que nos quedó –lo que supimos heredar– es un número de empresarios que dicen que son parte de tal partido y nada más. Podríamos hacer el ejercicio de sacar los nombres propios de los dirigentes y mezclarlos y veríamos que cualquiera puede integrar la lista de cualquier partido.
No estoy reclamando el regreso de los muertos vivos. Estoy pidiendo algo que debería la norma: que los políticos hablen de política, así como los futbolistas hablan de fútbol, los que hacen ikebana de ikebana y los sangucheros de sánguches. Si permitimos que los empresarios se apropien del discurso político, vamos a permitir que nuestras vidas tengan esa poética, una poética de la mediocridad.
Andrés Fidalgo, en su Panorama de la literatura jujeña[1], nos recuerda que la provincia de Jujuy se constituyó como tal el 18 de noviembre de 1834 y que el quichua fue la lengua general (aclara que, subsidiariamente, el aymara también fue practicado). Ambos, junto al castellano, fueron adoptados para difundir los manifiestos de la Junta Patria de 1810, algunos decretos de la Asamblea de 1813 y el anuncio de la Expedición Libertadora de San Martín al Alto Perú.
De las lenguas indígenas, no se ha encontrado literatura escrita; al menos con alcances aproximados a los que hoy damos a esa expresión. Pero resulta evidente su gravitación en cuanto a temas de mitos, fábulas, cuentos, leyendas y canciones, algunos de los cuales han llegado hasta nosotros por vía oral. No es despreciable tampoco, la incorporación de vocablos quichuas y la influencia de ese idioma en la pronunciación diaria (eses silbantes en exceso, aspiración impropia de sílabas que se inician con vocal, etc.).[2]
Fidalgo también expresa que el conocimiento de la biografía de un autor y el contexto social ayudan a comprender la obra literaria. Es decir, el origen social de cada autor, su historia educacional y el tiempo que le toca vivir, nos permite analizar las influencias que esas marcas tienen en toda obra literaria. Esto no significa que tengamos que pensar en clases e instituciones sociales y, después, en las personas como sus simples representantes; por el contrario, en más de una oportunidad, existen autores que se desvían del mandato social recibido y traicionan a su propia clase[3]. Como sea, todos crecemos en relación con un modelo social, por lo que “el supuesto de la creación autónoma –el individuo creativo que actúa con completa libertad– es engañoso e ingenuo”[4].
Un dato importante: la primera imprenta en nuestra provincia comenzó a funcionar en 1856. Su propietario fue Macedonio Graz (en ese momento, diputado nacional en el Congreso de la Confederación en Paraná). El primer periódico fue un seminario dirigido por Graz y su tío, Escolástico Zegada (vicario foráneo de Jujuy), se llamó El orden yapareció el 6 de setiembre de ese año.
Debido a la tardía llegada de la imprenta a Jujuy y a la inexistencia de escritura entre los pueblos originarios, la producción literaria se realizó por transmisión oral y, en consecuencia, afirma Fidalgo, “no había interés en mantener el nombre del autor”. La literatura anónima incluye distintos géneros: la prosa en sus distintas variantes (leyendas, cuentos, mitos, relatos, etc.), pero el uso hegemónico está dado por la transmisión de versos (mayoritariamente por medio de la copla, aunque también por medio de glosas. Lo sustancial de esta poesía anónima, afirma Fidalgo, fue compilado por Juan Alfonso Carrizo en su Cancionero Popular de Jujuy, impreso originalmente en Tucumán en 1934.
Etimológicamente, copla deriva de la voz latina “copula”, unión, enlace. Y se la define como aquella composición poética breve que suele servir de letra en canciones populares. Es una de las formas más bellas y fecundas de la literatura española y tan antigua como la historia de la misma. Desde su origen fueron composiciones destinadas a ser puestas en música y cantadas en regocijos populares. Su carácter distintivo es la naturalidad. Por eso, rechaza las formas rebuscadas y los pensamientos alambicados. Las coplas que pudiéramos llamar “eruditas” son falsa expresión del género, y aunque muchos poetas cultos las hayan escrito, su virtud consistió en adecuarse a las características arriba señalada hasta el punto de disimular técnica y cultura del autor.[5]
Existen distintas variedades de copla que no las vamos a desarrollar aquí. Sí queremos expresar que muchas de ellas son construcciones dignas de cualquier antología, como las que transcribimos a continuación que –con justicia– figura en una selección de textos eróticos:
Paloma quisiera ser
y que me cace el halcón
que me derrame las plumas
y me coma el corazón.
Que el primer periódico estuviera dirigido por un diputado y un hombre religioso nos da la pauta de que para escribir (tanto en periodismo como en literatura) hace falta contar con ingresos fijos y seguros que brinden momentos para la escritura en un lugar y un momento en que dicha actividad no es reconocida como trabajo. Si el tiempo es dinero, entonces, el tiempo libre puede ser obra literaria.
En las conclusiones de su ya imprescindible libro, Fidalgo escribe sobre las personas que escribieron en Jujuy:
[E]n un comienzo lo hizo la minoría ilustrada, en especial miembros de la jerarquía eclesiástica, abogados, políticos de nota (incluso ministros y gobernadores). Cierto que tales cargos no tuvieron nunca en este ambiente la categoría que en otros; pero sólo por excepción trascendieron aquí en la literatura, personas con recursos modestos, de humilde ocupación. Esto determina y explica cierto tono general de conformismo, de literatura amable, un tanto académica, que critica sin golpear; que ocasionalmente ironiza pero no fustiga; que si pone en evidencia abusos o atropellos, lo hace tomando distancia, desde afuera, más por simpatía humana que por pasión de lucha. Algún autor que podría considerarse “comprometido” o “tendencioso”, realiza su obra con recursos poco evolucionados o modestos; con formas simples cuando no elementales.[6]
Si bien el autor no profundiza el origen social de los escritores, deja planteada la importancia de conocer dicha procedencia. Más adelante, él se refiere a sus contemporáneos (recordemos que su ensayo fue publicado en 1975) y expresa que “se invierten los términos de la relación: la mayor parte de los escritores son de modesta extracción o de clase media”. Y finaliza: “El proceso de democratización de la cultura se cumple (no sin altibajos) también aquí”[7].
Es interesante destacar la caracterización que hace Fidalgo de la producción literaria que él contribuyó a ordenar: por un lado, una literatura conformista, amable, académica; por el otro, una literatura que fustiga, que denuncia atropellos y que tiene pasión de lucha. De manera muy sutil, el ensayista armaba su propia genealogía: su obra tiene todas las características del segundo grupo.
Volvamos, por un momento, a la copla. En la década del noventa, Fidalgo publicó una nota en la que narra la siguiente anécdota:
[U]na cursante de la Facultad de Humanidades local que logró (ignoro mediante qué gestiones) viajar a España para intervenir allá en seminarios, encuentros y vaivenes similares, referidos a la copla. A su regreso, comentó “el éxito obtenido” antes quienes siguen investigando qué son esas cuartetas generalmente octosilábicas y asonantadas en los versos pares, desde hace más o menos mil años. (Para no andar con cuentas menuda y sin hacer entrar en el baile a los árabes). Lo cierto es que siguiendo el ejemplo de la joven alumna, intenté vender azúcar al Ingenio Ledesma y, después, hierro a Altos Hornos Zapla. Gestiones a las que debí renunciar tras quince días de ayuno.[8]
Quizás, para algunos, no sorprenda la ironía de Fidalgo, pero estoy seguro de que varios ignoran el carácter tajante de varias de sus intervenciones literarias; carácter que, en más de una oportunidad, significó el truncamiento de una carrera literaria. Un ejemplo de esto que afirmo es el que recuerda Fidalgo, en la misma nota recién citada, a “un profesor cuyos versos persiguen ostensiblemente la regularidad de las formas consagradas, pero que no soportan barquinazos de resultas de los cuales deberá acudirse al mecánico de automotores”. El campo literario –y esto lo vamos a ver enseguida– es un espacio de conflictos y tensiones.
En estas páginas presentamos una historia de la literatura de Jujuy. Escribimos “una” y no “la” porque sabemos que no tenemos el suficiente capital intelectual para ordenar, relacionar y ponderar toda la producción literaria de esta provincia. Es –nada más y nada menos– que una historia casi personal de nosotros como lectores activos y cómplices, más una dosis de sistematización académica que aprendimos a lo largo de nuestra formación[9].
Un primer acercamiento a nuestro objeto de estudio podría hacernos afirmar que existe literatura buena y literatura mala. Que hay escrituras tradicionales y escrituras rupturistas. Poemas costumbristas y folklóricos, por un lado, y, por otro, poemas urbanos y herméticos. En definitiva, una literatura prosaica y otra elevada. El esquema recién planteado es algo tremendista y poco digno para cualquier historia. En consecuencia, vamos a tratar de problematizar la cuestión.
La literatura folklórica, según Groppa, tiene varios modos de ser representada:
Podrían significar la representación de esta literatura Fausto Burgos, el primer tiempo de Domingo Zerpa, el quichuísta [Sixto] Vazquez Zuleta, Félix Infante (en tanto narrador), Fortunato Ramos y el “Chango” Toconás (estos dos últimos como recitadores, aunque ya fallecido Toconás). Todos ellos con variados tonos que van desde el escritor serio y buscador, indagador del medio y de sí mismo (Zerpa y Burgos, que recaló algunos años en la Puna jujeña en su vida rica de tucumano andariego), hasta los recitadores “costumbristas”, esa especie incalificable que con algo de dudosa juglaría deambula por Peñas y Casas de Comida, con mínima autenticidad, cuando no con un esmerado mal gusto.
La cita corresponde a Néstor Groppa y forma parte de su libro Abierto por balance (de la literatura en Jujuy y otras existencias)[10]. En esas breves líneas, el autor menciona varias categorías del campo literario: para empezar, la literatura folklórica que Augusto Raúl Cortázar define así a las “producciones de escritores que han ido a buscar asunto, ambiente, lenguaje o espíritu para sus obras, en la realidad folklórica”. Además, Groppa, califica a Burgos y Zerpa como escritores serios; en tanto que a los recitadores “costumbristas” los descalifica por la estética de sus producciones y da como (mal) ejemplo un poema de Fortunato Ramos[11].
Continuará
[1]Buenos Aires: La Rosa Blindada, 1975. Las ilustraciones del libro corresponden a Raúl Lara Torrez; en el libro no figuran los créditos por razones que explicaremos más adelante.
[3]Por ejemplo, Lucía Mallagray con su libro Heridas por la vida: Huérfanas, prostitutas y delincuentes. Control, disciplinamiento e integración social en Jujuy (1880-1920), San Salvador de Jujuy: EdiUnju, 2009.
[4] Raymond Williams, “La historia social de los escritores ingleses”, en La larga revolución. Buenos Aires: Nueva visión, 2003 [1961], pág. 231.
[7] Una cuestión a profundizar puede ser el origen social de los directores literarios de Tarja: Mario Busignani (abogado), Jorge Calvetti (en ese momento agente sanitario), Néstor Groppa (maestro) y el propio Fidalgo (fiscal). De todas maneras, la cuestión no es tan simple porque después Calvetti sería un periodista con cierta comodidad en Buenos Aires, en tanto que Fidalgo, antes de ser abogado, era suboficial del Ejército; sobre la trayectoria intelectual y social de este autor hay mucho para decir y es, actualmente, motivo de otra investigación.
[8]La nota ha sido recopilada en Francisco Maceiras y Andrés Fidalgo, Escritos casi póstumos de dos autores vinculados con la literatura de Jujuy. San Salvador de Jujuy: Ediciones Culturales San Salvador, 2003, pág. 73. El primer autor es el seudónimo que Fidalgo utilizó en varias oportunidades.
[9] La tarea de censar la literatura ya ha sido analizada por Groppa, quien afirma: “El camino a seguir se abre en dos. Tomo el del catálogo, el camino de “guía telefónica”, aquel de nombres y monótonas enumeraciones, o bien tomo el camino de cornisa que permite visiones amplias, significativas y a la vez simplificadoras durante la contemplación de zonas con el tiempo tenido” (Abierto por balance: De la literatura en Jujuy y otras existencias, San Salvador de Jujuy, Buenamontaña, 1987, pág.13).
[10]San Salvador de Jujuy: Buenamontaña, 1987, pág. 30.
[11] El texto forma parte del libro Poemas costumbristasde un maestro rural. Humahuaca, sin fecha de edición, es probablemente de 1973. La obra cuenta con la adhesión del Bloque de diputados Justicialistas de la Honorable Cámara de Diputados de Jujuy.