miércoles, 5 de septiembre de 2007

Animales políticos

Que el peronismo no sólo interesa a sus afiliados es algo que sabemos los jujeños. Gobierna esta provincia continuamente desde 1983 y, por lo tanto, su devenir nos afecta a todos.

En aquel año bisagra, la recuperación democrática restableció a Carlos Snopek en su mandato de gobernador. Dicen que el ingeniero solía tener un axioma incuestionable: el primer año de gestión es para planificar; el segundo, para empezar las obras, el siguiente para inaugurarlas[1] y, enseguida, ganar las elecciones.

A pesar de su clara estrategia, Snopek no pudo aspirar a ninguna reelección y no porque desconociera los valores de sus votantes o porque su estrategia electoral no tenía fundamentos. Simplemente ocurrió que los genocidas irrumpieron en 1976 (y, de paso, inauguraron la etapa más nefasta del siglo pasado), por un lado. La Reforma Constitucional, por otro, le impidió presentarse como candidato a un nuevo mandato.[2]

La época de gobernadores truncos

Después, llegó Ricardo De Aparici, un político con cierta habilidad para construir discursos completos pero insuficientes a la hora de gobernar. Él tuvo el triste privilegio de inaugurar una sucesión de mandatos truncos. Su renuncia fue la consecuencia de reiteradas manifestaciones organizadas por el Frente de Gremios Estatales (FGE) que lideraba Carlos “Perro” Santillán. Entonces, los medios –la televisión en particular– fueron fundamentales en el sostén del conflicto que llevaron adelante los gremios estatales por las sospechas de los actos de corrupción del gobierno provincial. Los gremialistas encontraron una suerte de segunda visibilidad en los noticiosos y programas políticos de la TV. Entonces, por primera vez en esta provincia, los medios redefinieron el espacio público.

Eduardo Huascar Alderete, un médico por entonces desconocido saltó de su cargo de vice para asumir como gobernador. Él completó los trece meses que faltaban en el mandato y entregó el cargo al nuevo gobernador electo.

El abogado Roberto Rubén Domínguez asumió, a fines de 1991, después de ganar en elecciones con ley de lemas. Su rival más próximo, Guillermo Eugenio Snopek (sobrino del ingeniero que había fallecido en un accidente automovilístico) quedó postergado después de enredarse en la ley que él mismo había redactado.[3] Al finalizar la elección, tres candidatos se declaraban vencedores: los dos peronistas antes nombrados y Humberto Salum, el candidato radical que había obtenido individualmente más votos y, por lo tanto, se sentía el ganador moral.

Era el tiempo en que el entonces presidente Carlos Menem se atrevía a tirar por la borda todas las conquistas que su partido había edificado a lo largo del tiempo. En Jujuy, esa crisis venía marcada por la muerte de los grandes caudillos (el ingeniero Snopek, en 1991; José Humberto Martiarena, el ortodoxo líder peronista, en 1988 y Horacio Guzmán, el hombre fuerte del Movimiento Popular Jujeño, en 1992) y era, además, el comienzo de los discursos endebles.

Aquellas elecciones provinciales rompieron con las viejas armas electorales del partido Justicialista. El candidato que posteriormente asumió como gobernador contrató los servicios profesionales de un consultor político:

Cuando el Dr. Roberto Domínguez nos convocó para trabajar en su campaña sus posibilidades electorales eran remotas. Domínguez era un abogado brillante, con antecedentes de haber sido fiscal de la provincia sin haber perdido un solo juicio. En ese momento ejercía el cargo de diputado nacional y era reconocido por su preocupación por el desarrollo económico de la provincia y por sus buenas relaciones con el ámbito empresario.[4]

En otro tramo de su capítulo dedicado a Jujuy, Hugo Haime expresa que puede referirse a su accionar como consultor porque “ha pasado el suficiente tiempo para que los protagonistas del relato no puedan verse afectados en términos de confidencialidad de información”. En aquel momento (las elecciones de 1991), las claves de la sociedad jujeña que descubría el consultor eran “una estructura social fuertemente piramidal y una cultura fuertemente patriarcal generaban hacia la clase política una fuerte demanda de Autoridad y Protección”. Y más adelante agregaba:

La demanda simbólica básica estaba constituida por la de un Padre Justo capaz de resolver tres temáticas básicas: Trabajo, Salarios y Orden. Recordemos que la provincia estaba sumida en una grave crisis económica que impedía al gobierno cumplir con sus compromisos esenciales como el pago de salarios en tiempo y forma; sumado ello a una sensación de crisis institucional permanente al haber dejado el gobierno el ex gobernador De Aparici. Las promesas electorales de ésta habían generado altos grados de frustración. [5]

Resulta interesante el trabajo de Haime porque muestra las distintas piezas que fueron utilizadas para la construcción del nuevo gobernador. Entre otras cuestiones, el consultor señaló la existencia de tres segmentos electorales:

1. el sector que propicia un cambio (mayormente ubicado en los sectores medios de San Salvador de Jujuy),

2. el sector de los descreídos de la dirigencia política tradicional que buscan un gobernante con autoridad para frenar el caos (ubicados en el interior), y

3. el sector de los tradicionalistas que esperan la promesa de un dirigente ligado a la tradición provincial que sea capaz de contenerlos con la afectividad.

Domínguez, quizás el último político de primera línea que pisó una librería jujeña, mantuvo varios conflictos con los legisladores provinciales y, dos años después de haber asumido, renunció. Carlos Ficoseco, otro médico desconocido, asumió el cargo y pomposamente anunció que el ultramenemismo llegaba al poder en Jujuy. Sus sueños se derrumbaron como pompas de jabón y en menos de un año tuvo que presentar la renuncia.

Entonces, la legislatura tuvo que elegir el diputado que completaría el mandato. Agustín Perassi, un legislador de Palpalá que hasta entonces no tenía más antecedente que un fugaz paso gremial, fue el elegido. Perassi mostró que podía tomar decisiones (una de ellas fue otorgar un sustancial aumento a la clase gobernante bajo la forma de viáticos y gastos de representación, decisión que su antecesor no había podido efectivizar[6]) y su momento de fama le hizo soñar que podría ser elegido gobernador en las urnas. Hizo una campaña discreta de publicidad (algunas de esas imágenes gráficas serían utilizadas en posteriores campañas), pero no le alcanzaron frente al candidato que ya había aprendido la lección anterior y resultó airoso: “Guillermito” Snopek.

Esta vez, la fórmula triunfante se completaba con Carlos Alfonso Ferraro, un extrapartidario[7] que rápidamente se afilió al partido Justicialista (y que pronto llegaría al grado máximo de autoridad partidaria provincial). Éste había sido el principal periodista local, el que dictaminaba los temas de la agenda de la semana con su programa televisivo El pulso de la semana y que complementaba con otro de intenciones culturales, Nuestro Jueves. Según Pablo Baca, Ferraro era “una avispa el lunes y un pilpinto el jueves”. Es decir, al comienzo de la semana fustigaba a los errores de los políticos y durante el otro hacía ver la vida bohemia y tranquila del mundo de la cultura folklórica y artística.

En una clara intención de mostrarse alejado de los actos de corrupción que se mostraban en la revista Caras con las mansiones de políticos en Buenos Aries, Snopek afirmó al asumir su cargo que tanto él como Ferraro esperaban terminar el mandato “con la misma casa, con el mismo auto y, si nos aguantan, con la misma mujer”.

Esta vez no fue un golpe militar ni la renuncia por presiones populares la que truncó el mandato. Un accidente terminó con la vida del Guillermo Snopek y asumió Ferraro, en febrero de 1996.

Antes habíamos hablado del fin de los grandes caudillos, justo es reconocer que ese espacio vacío fue ocupado por el más exitoso de los periodistas locales. Después, Ferraro trataría de ser el principal enunciador del espacio político, pero ahí ya no se iba a mover con la misma soltura que en los medios audiovisuales.

Las continuas movilizaciones del FGE pusieron en jaque al último de gobernadores trunco y éste renunció en noviembre de 1998. Antes, en una de sus declaraciones se había sincerado ante los medios: “Tengo que entender la bronca de la gente, de los que no trabajan ni pueden mandar sus chicos a la escuela. En algún momento, en su impotencia, la gente tiene que expresarse”. El otrora brillante editorialista admitió lo que de verdad sentía. Sus palabras fueron reproducidas en un diario de tirada nacional y comentadas por otro periodista:

Ya no queda nada para esconder. Que los gobernadores admitan que su gente se siente impotente conlleva la confesión de su propia impotencia para sacarla del pozo. Guiados por el mismo impulso, los jueces se declararán impotentes para condenar a los reos, los detectives advertirán con tiempo que serán impotentes para llegar hasta las últimas consecuencias y, ante cada reclamo, los ministros se llevarán la mano al corazón y murmurarán: “Entiendo, pero soy impotente”.[8]

Carlos Ferraro fue el último político incapaz (casi escribo “impotente”, menos mal que me contuve a tiempo) de completar su mandato. Otra historia estaba por comenzar.

La era Fellner

Eduardo Fellner fue electo por la Legislatura local y completó el último mandato corto de un gobernador. El 24 de octubre de 1999 fue elegido gobernador (superó a su rival Gerardo Morales por tres mil votos); su eslogan prometía asegurar el orden y la paz de la provincia. Su compañero de fórmula, Rubén Daza, en ningún momento intentó pegar el salto de la Casa de Piedra a la de Gobierno (después se despegaría del partido que lo vio crecer y formaría otra agrupación política).

Sólo falta agregar que una de las frases en la que basó su campaña electoral (que no tuvo una plataforma de gobierno) fue que “Jujuy tiene salida”. Con ésta, el oficialismo jugó con el doble sentido de salir del caos y también hizo referencia a una de las obras públicas más ambiciosa: el paso de Jama, obra que había empezado a construir el ingeniero Carlos Snopek, en la década del 80.

El resto es historia reciente y casi todos sabemos lo que ocurrió.

Cuestiones abiertas

Este repaso fugaz quizás pueda servirnos para pensar si en las próximas elecciones se mantendrán aquellos segmentos que citaba Haime: los del cambio, los descreídos y los tradicionalistas. Y, si se mantienen, ¿cuál de ellos se impondrá?

Otra cuestión: aquellas demandas de autoridad, contención social y seguridad jurídica, ¿seguirán tan actuales? ¿No habrá que aumentar la cuestión de la seguridad a secas?

Y, por último, ¿el candidato ideal gobernador seguirá tendiendo estos atributos que solicitaba nuestra sociedad hace más de diez años: autoridad y firmeza, dueño de propuestas creíbles y realistas, sensibilidad social y capacidad de gestión? Y, si sigue con esos atributos, ¿cuál de ellos tiene más peso?

¿Será Carlos Daniel Snopek el que mejor encarne los atributos de autoridad y tradición? ¿La historia que tiene su apellido le ayudará a posicionarse claramente en el sector tradicionalista? ¿Y qué le suma Marcelo Quevedo Carrillo, hombre ligado a la producción tabacalera?

¿Qué sucederá con Walter Barrionuevo? No tiene un apellido tradicional pero es el elegido para ir “por el mismo camino”, ¿le alcanzará su lealtad para ocupar el segmento de autoridad y tradición? ¿Y qué segmento sumará el supermercadista Pedro Segura?

Por el lado radical, Alejandro Nieva tiene el perfil de la tradición y, al igual que Carlos Daniel porta un apellido que tiene pedigree político, ¿será Alejandro el que seduzca a los tradicionalistas? ¿Tiene fundamentos para convencer al segmento innovador más allá de los carteles en los que coloca el diminutivo de su nombre? ¿Será Pablo Baca el mejor candidato a vicegobernador? ¿Su accionar como abogado de diferentes causas (entre ellas ser el asesor legal de varios gremios, colaborar con los Juicios por la Verdad), la sensibilidad de escritor y un dinamismo que se hizo notar en la parsimoniosa cámara legislativa le darán muchos votos a la fórmula que integra?

¿Serán estas elecciones propicias para Rubén Daza y sus propuestas de creación de empleo y productividad? ¿Él será el que mejor encarne la contención social que reclaman los afiliados justicialistas? ¿Los años que lleva en política habrán forjado su carácter para gobernar con autoridad? ¿Fernando Arnedo en qué segmento se posicionará?

Es la hora de analizar las propuestas de los únicos animales que tienen la cualidad de ser políticos. Sobre ellas hablaremos en una próxima nota.


Las ilustraciones que aparecen en esta nota son obras de H.R. Giger.




[1] Marcelo Lagos y Mirta Gutiérrez afirman: “Se reconstruyeron rutas, viviendas, puentes que habían sido barridos por las inundaciones. En el año 1986, se realizó la mayor cantidad de obras de infraestructura, en especial en materia de defensa de los ríos y puentes en toda la provincia”. Más detalles en “Dictadura, democracia y políticas neoliberales. 1976-1999”, incluido en Marcelo Lagos y Ana Teruel (directores), Jujuy en la Historia, San Salvador de Jujuy, Ediunju, 2006.

[2] El artículo 127 de la Constitucional de la provincia de Jujuy, sancionada el 29 de octubre de 1986, estuvo redactado de manera tal de cortarle toda posibilidad de reelección al ingeniero Snopek y también a toda integrante de su familia que pretendiese sucederle. Expresa dicho artículo: “El Gobernador y el Vicegobernador durarán cuatro años en el ejercicio de sus cargos y cesarán en ellos el mismo día en que expire el período legal, sin que motivo alguno pueda prorrogarlo. Podrán ser reelectos por un período más, pero no ser reelegidos sucesiva o recíprocamente sino con un intervalo legal. No podrán ser candidatos a Gobernador o Vicegobernador, los respectivos cónyuges y parientes hasta el cuarto grado de consanguinidad o segundo de afinidad, o por adopción, del Gobernador o Vicegobernador en ejercicio.”

[3] “El error de Snopek fue presentar cuatro sublemas que lo postulaban como candidato a gobernador –con distintos candidatos a vice– pero presentando números distintos de sublema en cada boleta. Así, mientras en términos matemáticos los cuatro sublemas de Snopek sumaban el 22% de los votos en términos legales dichos votos no existieron. Para la justicia la lista del PJ obtuvo el 47,7%, y dentro del lema, el sublema más votado fue Rojo Federal de Roberto Domínguez con el 18%” (Hugo Haime, La imagen del poder: La consultoría política en acción, Buenos Aires, Corregidor, 1997, p. 171).

[4] Ibídem, p. 171.

[5] Ibídem, p. 171.

[6]Durante la crisis de gobierno de Ficoseco, cuando el sueldo promedio de los estatales era de de 200 pesos, se había intentado elevar la paga del gobernador de 1.800 pesos a 10.000 pesos, de 4.000 a 7.500 peso el de los legisladores y 13.000 pesos el de los magistrados. El intento fracasó por el estado de convulsión social” (Lagos y Gutiérrez, op. cit., p. 294).

[7] “También se hizo común, copiando la ‘moda’ nacional, el tránsfuga (en sentido literal: persona que pasa de un partido a otro) o candidato sin tradición ni estructura partidaria, pero con fondos para financiar el costo de las campañas, asimismo los extrapartidarios que gozaban de de popularidad ganada en otros ámbitos, en el caso local, en los medios de comunicación” (Ibídem, p. 284).

[8] Hugo Caligaris, en La Nación, Buenos Aires, 25 de mayo de 1997, p. 27.

martes, 14 de agosto de 2007

Con vida los llevaron

Nota a la segunda edición del libro Con vida los llevaron: Memorias de madres y familiares de detenidos-desaparecidos de San Salvador de Jujuy, Argentina que aparecerá próximamente.

Este libro apareció con un sello editorial de larga trayectoria en el campo intelectual: La Rosa Blindada. José Luis Mangieri, su director, no dudó ni un instante en apoyar este trabajo, razón por la que le agradezco públicamente. Él puso todo su entusiasmo -los que lo conocen, saben lo que eso significa- para lograr una edición digna que, además, resultara accesible para el bolsillo del lector:

Siempre tuve en cuenta que éste es un libro eminentemente político, lo que no quiere decir que lo he descuidado desde el punto de vista gráfico ni mucho menos. Lo que sí tuve en cuenta es la cuestión económica para que no gravitara en el precio de tapa del libro, entre otras cosas. Tranquilidad, que soy un editor responsable y eficiente (no hay de qué).[1]

Por este motivo, él respetó casi todas mis indicaciones. Es decir, hizo caso omiso a mi pedido para que las notas al pie figuraran en el final de cada página y no en las últimas; tampoco aceptó que cada capítulo comience en una página nueva. Esas decisiones permitieron ahorrar una buena cantidad de papel (esa primera edición tuvo 260 páginas) y, por lo tanto, el precio al público resultó amable.

Otro logro del editor fue que el libro circulara por todo el país y en algunos focos culturales del extranjero. Mangieri concurrió a programas de radio, concedió entrevistas que aparecieron en medios gráficos y el lanzamiento del libro no pasó desapercibido. El mismo acto de presentación fue un hervidero de gente. “No cabía ni un alfiler”, graficó una periodista amiga. Que el libro atraiga a tantas miradas -justo es decirlo- es, además, un mérito de la convocatoria de las madres y los familiares de nuestros detenidos-desaparecidos.[2]

Con vida los llevaron recibió comentarios que aparecieron en medios de Buenos Aires, Rosario, Mendoza y -no podía ser de otra manera- Jujuy. Y también se publicaron notas en Venezuela y Estados Unidos. Por otro lado, no fueron pocas las universidades extranjeras que adquirieron el libro para sus bibliotecas.

A mí me tocó responder a una batería de entrevistas. Las más interesantes fueron las que me realizaron Osvaldo Aguirre, un autor que establece relaciones promiscuas entre el periodismo y la literatura, y un grupo de jóvenes que terminaba la escuela media. Ellos demostraron ser muy buenos lectores y sus intervenciones resultaron las más interesantes. No ocurrió lo mismo con un político que, en el acto en el que el Consejo Deliberante declaró al libro de interés municipal, reconoció no haber leído el libro pero le parecía importante apoyar esta iniciativa. Ayer, la dictadura prohibió libros, amenazó y censuró a autores; hoy, existen funcionarios que no leen, quizás porque consideran a la lectura como un acto innecesario. La relación entre los dos momentos es directa: los regímenes totalitarios no permiten que sus ciudadanos piensen y nuestra democracia todavía tiene muchas cosas que mejorar. Esa analogía demuestra, además, la dificultad de cambiar ciertos modos de pensar.

Otra consecuencia del libro fue un curso que dicté sobre las memorias de la represión dictatorial en Jujuy. Esa capacitación se desarrolló gracias a la organización del gremio de los docentes secundarios y del nivel superior no universitario. Asistieron más de sesenta profesores que demostraron el interés por esta temática (novedosa, para los más jóvenes).

Por sugerencia de Mangieri, editamos la revista de memorias Nadie olvida nada -siete números, entre julio de 2004 y marzo del 2006- que después dio nombre al film documental que realizó Ariel Ogando. En las páginas de la revista, el pasado existía en tiempo presente; tal vez, ésa sea una de las pocas formas en que el pasado puede existir para las sociedades y no sólo para los historiadores.

Estas acciones permitieron crear un público lector, así me confirmaron los amigos libreros de esta ciudad. Y también permitieron que las voces de las mujeres que testimonian en el libro tengan resonancias en medios de alcance nacional y de otros países. Es de destacar, en ese sentido, la presencia de periodistas de la televisión holandesa en Jujuy; ellos registraron opiniones sobre la dictadura militar y lo que determinados políticos expresaron produce vergüenza ajena, algunos aseguraron (así quedó registrado en un video) que siempre brindaron respaldo a familiares de los detenidos-desaparecidos y esgrimieron, como signo de evidencialidad, la declaración de interés legislativo del acto de presentación de nuestro libro y de la revista, como si esas actuaciones fuesen algo más que un acto declarativo que apenas sirve para la tarea burocrática. Un diputado provincial afirmó que no puede colaborar porque “los organismos de DDHH son muy cerrados”; sólo le faltó declarar que los jujeños “somos derechos y humanos”.

En el 2005, gracias a los esfuerzos del ministerio de Educación de la Nación, la universidad local y el ministerio de Gobierno de Jujuy, apareció el cuadernillo Tejer con hilos rotos: Notas y entrevistas sobre una cultura de la memoria que reúne textos que escribí en diversas publicaciones. Ese cuadernillo formó parte del programa de articulación “Universidad y la Escuela Media II”, en el que formé parte como capacitador. Lamentablemente, la edición reducida (cincuenta ejemplares) apenas alcanzó para los docentes que asistieron a capacitarse.

No sólo escribí mucho sobre esta cuestión. El año pasado brindé una charla denominada “La máquina de recordar”, en un acto organizado por el gremio de docentes e investigadores universitarios de esta provincia. En el marco de la conmemoración de los treinta años del golpe de Estado, también formé parte de un panel titulado “Entre el pasado y el futuro, los jóvenes y la transmisión de la experiencia argentina reciente” que organizó el ministerio de Educación de la Nación y la secretaría de Educación de Jujuy. Por otro lado, lamenté no concurrir, por razones de compromisos laborales, a un encuentro internacional organizado por el Núcleo de Estudios sobre la Memoria que dirige Elizabeth Jelin en Buenos Aires.

Estas actividades señalan el interés creciente que tienen los escritores, periodistas, docentes, investigadores universitarios y jóvenes por una herida que nunca fue cerrada. Y también marcan la, por lo menos, dudosa posición de algunos actores políticos locales. Es decir, los trabajos de la memoria realizados en Jujuy son muy visibles, aunque esto no signifique que se ha cerrado la investigación ni que exista un compromiso de la dirigencia política. Es posible que esto sea así porque, entre otros motivos, está faltando pasar del recuento de los hechos trágicos que nos tocó sufrir a un análisis crítico y reflexivo de los mismos.

Por lo demás, todavía nos faltan relatos que completen el rompecabezas que empezamos a armar hace algunos años. Por eso, en esta edición hay espacios en blanco (ahora lo podemos dejar de manera evidente porque contamos con un subsidio de cuatro mil pesos del poder Ejecutivo provincial, un dinero que nos quedó de la revista Nadie olvida nada y la ayuda de la universidad local).

No obstante lo expresado, entre la primera edición y ésta, el número de capítulos se incrementó en más de un decena (varios han aparecido en la revista de memorias ya nombrada).

Mi tarea sigue siendo la misma que en la primera edición: más cercana a la de un editor que a la de un autor. El método que he empleado ha sido el montaje literario que, como ya expresé, no descarta los espacios en blanco. Esos espacios son un vacío que, en el caso especial del capítulo “Donde habita la muerte”, es una demanda contra el asesinato de Dominga Álvarez, Alicia Ranzoni y Juana Torres.

Que esta edición aparezca con el sello de una editorial universitaria no significa que pierda su carácter político. Como bien lo expresó el Dr. Enrique Arnau, en su discurso de asunción como rector de la Universidad Nacional de Jujuy, ningún universitario (ningún ciudadano, agregamos nosotros) puede estar al margen de las memorias de la violencia política y de la represión dictatorial. Por lo tanto, esta edición que mantiene su constitución inicial -inalterable, de acuerdo a mis convicciones-, sigue siendo una obra que contiene historias acerca del poder (militar, empresarial y religioso), de los militantes que querían transformar la realidad, de las víctimas y los familiares que resistieron.

Es, por lo tanto, un libro político.

San Salvador de Jujuy, febrero de 2007


[1] Correo electrónico de José Luis Mangieri del 10 de febrero de 2004.

[2] Sospecho que fue el último acto público al que concurrieron militantes de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) y la Corriente Clasista Combativa (CCC). La presencia de grupos que se miraban de soslayo ya hacía temer que vendrían días de difícil convivencia entre los grupos sindicales de Jujuy; pero eso ya es otra historia.

viernes, 10 de agosto de 2007

Un poema rescatado de la papelera de reciclaje

La deuda interna


en el barrio
yo era un chico que se peleaba con su viejo
hasta que un día
él me llevó a un baile de la jotapé
yo no entendía mucho
pero admiraba a aquellos muchachos
que se reían
y fumaban cigarrillos imparciales
ninguno de ellos pensaba que se venía lo peor

la memoria que tengo ahora
no es gratuita
me viene por mi familia
y el patrullero que se paraba todos los días
en la esquina de mi casa
mi viejo,
entonces,
estaba organizando
─con mucha imprudencia─
la federación de centros vecinales de palpalá

la vida era intensa para mí
cuando mi viejo
me llevaba en el manubrio de su desvencijada bicicleta
era una bici de mujer
pero la usábamos todos sin distinción de sexo
en el caño que baja hasta la rueda delantera
tenía un cartelito que decía:
“luche y vuelve”

(el general volverá en un avión negro,
decía un vecina
y me mandaba a ver si no estaba bajo mi cama)

ahora escribo
para aquellos que perdieron a sus hijos
y siento que
─de alguna manera─
pago parte de mi deuda
por aquellos días intensos

martes, 31 de julio de 2007

Periodistas

Adelanto del libro que editará la Universidad Nacional de Jujuy próximamente

Prólogo

Esta compilación fue pensada, inicialmente, como material de lectura para mis compañeros del gabinete de Prensa y Difusión de la Universidad Nacional de Jujuy. Después, entendí que estos artículos podrían servir a un público lector más amplio.

Convencido de que la gestión de la información no puede estar desligada de cuestiones formales (el tono, el ritmo, cierta estructura), como de cuestiones ideológicas en las que se selecciona qué contar y a quién presentar como protagonista, he seleccionado estos textos que pueden servir a periodistas como material de apoyo en su práctica concreta.

El lector encontrará en las páginas que siguen material referido a tres cuestiones muy ligadas: la lectura, la escritura y la práctica periodística. Todos los artículos exceden a la mera enunciación de un tema y señalan la destreza simbólica de sus autores en el uso de la palabra.

Casi todos ellos tienen, o han tenido, una presencia constante en medios gráficos. Otros son consultados de manera asidua por esos medios. La totalidad se ha profesionalizado en la acumulación de un capital intelectual y, por lo tanto, ha reflexionado largamente sobre la tríada mencionada en el párrafo anterior.

La escritura y la lectura son acciones centrales del trabajo periodístico. Ese trabajo es uno de los que más ha evolucionado en el largo paso de la modernidad. Poco queda del oficio de mala fama (“prefiero que en casa sigan creyendo que toco el piano en un burdel”, satiriza Manuel Vicent después de unas elecciones en las que los ganadores no fueron tan ganadores ni los perdedores tan perdedores como habían pronosticado sus colegas) y es una de las actividades centrales en la formación de discursos que circulan por los medios más influyentes y, a menudo, forman la opinión pública.

En la lucha simbólica por imponer sentidos, los periodistas –o mejor: algunos periodistas– son envidiados por otros actores sociales que también utilizan las palabras con destreza. A menudo esa rivalidad está dada por el lugar que ocupa cada oponente. Así, el año pasado, cuando la revista Ñ de Buenos Aires dedicó su edición del 21 de marzo para conmemorar los treinta años del inicio de la última dictadura, sólo el editor José Luis Mangieri, entre tantos entrevistados, recordó a escritores del interior (entre ellos, a Alcira Fidalgo de esta provincia) que fueron víctimas de los genocidas del 76. Esta cuestión no pasaría desapercibida por varios lectores.

Así, unos días después, el poeta Ernesto Aguirre envió un correo electrónico con la pretensión de que la publicación de difusión nacional lo incluyera en la página destinada al correo de los lectores. El texto decía:

Como si fuesen pocas las coincidencias registradas por la historia argentina entre hechos ocurridos en Capital Federal con similares sucesos en el interior y, luego de leer la edición de Ñ dedicada a recordar el golpe militar sufrido por dicha capital un 24 de Marzo de 1976, debemos sumar una más. Curiosamente, un 24 de Marzo, aquí –en el interior–, padecimos un golpe militar de similares características represivas idénticas al que ustedes denuncian. Sería beneficioso para ambos pueblos inaugurar, cuanto antes, alguna vía que nos permita un intercambio de información. Algún día (¿por qué no?), podríamos contar con un panorama más generoso sobre tanta historia padecida y casi, casi, compartida.

¿Hace falta aclarar que el mensaje de Aguirre nunca fue publicado? La tensión no sólo existe por un lugar de privilegio para la construcción de representatividades culturales; también aparece por el uso de la fina ironía. La única diferencia, en este caso, es que la primera puede imponer rápidamente una manera de ver y entender; en tanto que la queja del poeta tiene que esperar una oportunidad, como la de la presente edición, para ver la luz.

Creo que tampoco hace falta aclarar que toda la cuestión no pasa por la dicotomía centro / periferia. La nota de opinión, tanto de un periodista como la de un escritor (en esta compilación se evidencia la estrecha relación que existe entre ambos sujetos de la modernidad), es siempre un espacio de independencia emergente que, por ser tal, incomoda a los poderes establecidos.

Es por lo recién expresado que mientras preparaba el índice de este proyecto tuve siempre en claro que la escritura es inseparable de la lectura y que una buena crónica se diferencia de un texto literario sólo porque la primera ha sido escrita con mayor urgencia temporal. En ningún momento pensé en lograr una síntesis que unifique la problemática que aquí se presenta. He preferido mostrar la riqueza de una cuestión, antes que buscar una resolución inexistente a los problemas de la comunicación.

Los textos hablan por sí mismos y no hay necesidad de que yo haga un resumen. Sólo quiero hacer notar que la compilación no ha sido aleatoria. El mérito –si cabe este término– ha sido lograr una convivencia respetable entre las distintas ideas que aquí se presentan. Ideas que, en no pocos casos, se enfrentan entre sí y que juntas producen una fértil pluralidad de perspectivas.

Lamento ofrecer al lector algunos textos de manera fragmentaria. Pero el diseño total me empujó a cortar algunos artículos para que el conjunto tenga un delicado equilibrio. Más lamento no poder incluir otros por obvias razones de espacio. Me hubiese gustado introducir, por ejemplo, textos que se refieren al periodismo científico o al cultural. Manifiesto esto porque la divulgación de la ciencia es una tarea incipiente que desde nuestra Universidad desarrollamos con mucho entusiasmo. Por esa razón, hemos planificado la aparición de un próximo libro con artículos de investigadores universitarios que se dirigen a un público no especializado. Mientras tanto, será tarea del lector elegir otras combinaciones posibles que las presentadas en este libro o, en los casos en que los textos no aparecen en su totalidad, completarlos o buscar el contexto de los artículos citados.

Por otra parte, el periodismo cultural es la gran deuda que tiene este país. Apenas un puñado de autores han reflexionado sobre esta cuestión: Jorge B. Rivera, Jaime Rest, Beatriz Sarlo, Pablo Chacón y Jorge Fondebrider. En Jujuy, Néstor Groppa ha practicado largamente esta especialidad, rastros de esa práctica quedaron registrados en uno de sus libros –Abierto por balance–, pero ha obtenido un reconocimiento escaso en lo que se refiere a su función específica:

Nunca me consideraron periodista porque aquí es periodista el que informa sobre un choque, un robo, una violación, un gooooool, la construcción de un cordón cuneta, un contrabando, es decir todas las insoslayables pequeñeces que reunidas hacen a la cultura. El que difunde esa cultura que muchos han resumido en poemas, cuentos, teatro, etc. del lugar en que viven pero no usan las frases convencionales y los lugares comunes gramaticales del “periodista” corriente, no es periodista y pasa a ser, en el atlas plantarium del lugar, una extraña especie vegetal en una maceta incómoda que no se sabe bien dónde ubicar.

La aclaración de Groppa como rara especie también sirve para anunciar la necesidad de contar con un volumen con textos de autores locales, cuestión que –me apuro a decirlo– también figura en nuestra planificación.

Finalmente quiero agradecer a los columnistas que han autorizado la reproducción de sus trabajos, a las autoridades universitarias que han aprobado esta edición y al Departamento de Investigación del Instituto de Formación Docente y Capacitación Nº 2 de Tilcara que permitió que ocupe un cuatrimestre en una de las actividades que más placer me brinda: leer.


Índice

Leer y escribir por Beatriz Sarlo

Leer, vicio impune por Eduardo Berti

La era de la fragmentación por Luis Alberto Quevedo

Focus por Vicente Verdú

Kriptonita en los pulmones del Che por José Pablo Feinmann

El cachorro asesinado por Ernesto “Che” Guevara

Territorio comanche por Arturo Pérez-Reverte

La realidad transformada en mero show por Víctor Hugo Ghitta

Tele que me hiciste mal… por Ariana Vacchieri

La enfermedad del deseo por Nicolás Casullo

La lengua larga de los candidatos por Orlando Barone

Casting por Susana Viau

Mi programa no era un coto cerrado por Bernard Pivot

Una nueva disciplina: la mediología por Ana María Vara

Defensa de la caja boba por Luis Alberto Quevedo

Monstruo por Hugo Caligaris

El día que los marcianos invadieron la tierra por Raúl Alzogaray

La violencia de la mediocridad por Claudio Fantini

Los que escribimos y firmamos lo hacemos para ganarnos el puchero por Roberto Arlt

Un libro de Roberto Ar, o Art, o algo así por Abelardo Castillo

¿Quiénes son esos sujetos desplazados? por Ricardo Piglia

El ocaso de la función crítica por Carlos Gazzera

La historia que escribo en caliente y nadie me la quiere publicar por Rodolfo Walsh

Nacer en Madrid por Horacio Verbitsky

Recuerdos de periodista por Gabriel García Márquez

Esa carta por Lilia Ferreyra

La herencia pendiente por Osvaldo Aguirre

Se oyen las musas por Carlos Gamerro

El hombre que fue su propio experimento literario: Truman Capote por Silvina Friera

Una fiebre por Truman Capote

Guiños por Jorge Lanata y Ernesto Tiffenberg

El periodista independiente es aquel que dice cosas que al poder no le gusta por Joaquín Morales Solá

Vestirse y ser desvestido por Sandra Russo

El periodismo es un oficio por Andrew Graham Yooll

Periodistas por Manuel Vicent

El fiscal de Viena: Karl Kraus por Diego Rottman

Yo por Karl Kraus

Escribir: modos y vidas por Guillermo Piro

El lector y sus límites por Beatriz Sarlo

Cumpleaños, hipermodernidad y masoquismo x Enric Castelló

Blogs: ¿La nueva información? Por Adriana Schettini

domingo, 29 de julio de 2007

Vacaciones de invierno

Esta es una foto rara. La tomé la semana pasada, mientras paseaba por Tilcara.

El día se estaba yendo y yo saqué mi cámara para captar las última luces. Al costado derecho se ven las sombras de unos árboles. Al centro, los adoquines de la calle de la iglesia y la vieja escuela Normal. Al fondo, unos cerros imponentes.

Digo que es una foto rara porque, en la plaza del pueblo, había cientos de turistas que buscaban el mejor precio del mismo recuerdo. Todos iban con sus cámaras en la mano y con alguna prenda de lana de llama.

Una vez, un turista profesional (esos que siempre salen de vacaciones a lugares recomendados) le preguntó a un tilcareño qué era lo más tradicional del lugar. El visitante quería congelar el momento en que él estaba al lado de la tradición tilcareña. Sin dudarlo el informante le indico a otro turista que iba con su cámara lista para gatillar y dijo: "Eso".

A pocas cuadras de la plaza central hay adoquines solitarios. Más allá del centro siempre hay visiones que valen la pena.

miércoles, 4 de julio de 2007

La fiesta literaria más importante de Jujuy

Manuel Ortega, Max Cachimba, RC, Gustavo López y Tincho Bertolone.

Como cualquier lector activo, soy parte interesada de la Feria del Libro. Además, colaboro con algunos contactos literarios, pero empujo –sin cansarme mucho– desde atrás; hago esta aclaración porque esta nota no tiene la distancia crítica que debería tener cualquier nota seria. En rigor, ahora que lo pienso, ninguna de mis notas tiene esa distancia, pero las responsables de esta publicación me dan licencia para mezclar el placer con el trabajo. El resultado es esta especie de Fernet con Coca que todos los meses aparece en esta publicación.

El protagonismo organizador de la Feria lo tienen los amigos de la librería Horizonte, el responsable del Teatro de La Vuelta del Siglo y otros personajes sueltos que prefieren estar en el anonimato. Hay, además, varios auspiciantes (nombro a los que figuran en el programa): la delegación local del Instituto Nacional del Teatro, la editorial Perro Pila, la secretaría de Turismo y Cultura de la provincia, Simecom, el programa Café Cultura Nación, la Asociación de Trabajadores del Estado, la empresa de ómnibus ETAP, el Club Hostel, la Universidad Nacional de Jujuy, el Ente Autárquico Permanente, el hotel Ohasis y la agenda cultural Mi Salida.

También están los lectores a los que se les ofrece un menú más que variado. La programación se hace con la ayuda de organismos del Estado (por lo general, se trata de escritores que tienen títulos que reconocemos en las vidrieras de las librerías); contactos aislados que ofrecemos los últimos de la fila (casi siempre buenos escritores, músicos y/o editores desconocidos por el público masivo); ofrecimientos que hacen editoriales de neto perfil comercial para presentar a sus autores; el apoyo de los escritores de Salta y Jujuy; de las editoriales locales; de las revistas y de cualquier persona que tenga ganas de exponer un producto cultural. El menú que resulta es apto para todos los gustos y uno puede elegir libremente con qué alimentarse y casi no hay peligro de indigestión.

Resulta imposible referirse a la totalidad de los actos que se desarrollaron. Por eso, voy a hablar sólo de algunas cuestiones. Para empezar, fue todo un acierto desarrollar el taller de edición alternativa que coordinó Gustavo López de la editorial Vox de Bahía Blanca. El editor llegó con los libros más atractivos de la Feria. Todos magníficamente diseñados, empaquetados y con mucho material no convencional para el objeto libro: gomillas, posavasos, piolines, calcos, publicidades de bailantas, radiografías y otros residuos. La combinación de todos estos elementos hace acordar a los cuadros que Berni construía con material recogido de basurales (algunos fragmentos de la revista Ñ que colocan como páginas de guarda de un libro bien podrían haber salido de ese lugar, digo por cierta calidad dudosa que ofrece ese periodismo de Buenos Aires).

Otro taller importante fue el de historieta que dictó el rosarino Max Cachimba. Ustedes ya saben que todavía algunos sectores de la sociedad ven a la historieta como un género menor; son los que creen que la historieta es a la historia, como la camiseta es a la camisa. Es decir, algo que está a flor de piel, pero que conviene no mostrar. El autor que apareció en la Fierro, una de las mejores revistas del género, demostró que la historieta es un arte mayor.

Hay muchos puntos positivos que no van a entrar en esta página por razones de espacio. Apenas me quedan una líneas para decir que faltó café y vino en el teatro. Fue, para alegría de los amantes de la vida sana, una fiesta libre de humo y de bebidas fuertes. La única excepción ocurrió en el festejo por la aparición del libro La olla coya de Tincho Bertolone, cuando el cocinero-murguero nos convidó unos excelentes vinos. El recuerdo de esos tragos casi me hace olvidar que, en este número de La Revista, estoy escribiendo demasiado y casi sin cansarme.

Salud.

Esta nota se publicará en La Revista, nº 34, San Salvador de Jujuy, julio de 2007.

Ver este tema en el blog de Guillermo Piro.

martes, 3 de julio de 2007

Dicen que soy aburrido

Si uno tuviera que asociar un color con las palabras que utilizan los políticos de Jujuy, ese color debería ser el gris de los hospitales. Casi todos los funcionarios públicos se expresan con una medianía que se parece a una expresión enferma. Fulano es del partido; con mengano se puede; gestión pepito; zutana diputada; XY se la banca, el suertudo al gobierno, el patrón al poder: he aquí un listado incompleto de la poética de la mediocridad jujeña.

Todo lo anterior sirve para contextualizar la sorpresa que cualquier lector siente cuando lee las expresiones del senador Guillermo Jenefes que aparecieron en la edición impresa de ServiPren del 29 de junio del corriente. La entrevista fue realizada por Rosario Agostini, quien muy hábilmente logró que el político citado salga de la monotonía expresiva de la clase política.

La parte más colorida es cuando el senador (y empresario) le contesta a la senadora (que tuvo sus primeros minutos de fama en el canal de adivinen quién) Liliana Fellner. Ella había afirmado, según su actual compañero de bancada y otorgador de espacio televisivo, que no se precisa ser dueño de un medio para dedicarse a la política.

Jenefes afirma que es político porque se ha ganado su lugar, aunque no precisa cómo fue la construcción de ese espacio. Digo esto porque no sabemos, por ejemplo, cuándo perdió el pelo: si ocurrió en su militancia en la juventud peronista o en alguna de las luchas sindicales o en la clandestinidad contra la dictadura. Tampoco sabemos cómo fue su inserción en la opinión pública de manera tal que el pueblo (¿se acuerdan de esta palabrita?) decidiera darle su apoyo. Aval que, sin dudas, lo tiene.

En los dos últimos párrafos de la entrevista, Jenefes demuestra que las palabras críticas de Liliana Fellner le llegaron a la másmédula del corazón y, en consecuencia, pega duro. Expresa que el espacio que él ganó es similar al que también se ha ganado “Liliana, que es Fellner”. Repite cuatro veces la fórmula que incluye el nombre de pila de la senadora o alguna referencia (“ella, senadora”) seguido del apellido magnánimo de esta provincia.

Según el entrevistado, la senadora “ha sido una luchadora de la cultura” y que el lugar donde luchaba era un espacio que él le había cedido. Allí nació su “pasión por la cultura y sus aportes a la provincia”.

El poder, lo sabemos, se puede ejercer de muchas maneras. Quizás, la más común sea por medio de la dominación; es decir, cuando alguien tiene la dependencia de otros. Es evidente que la mayoría de los políticos que supimos conseguir ignoran otras formas de poder como aquellas que brindan autonomía para que todos estemos mejor. Para no dar tantas vueltas: existe el poder de dominación y existe –aunque lo veamos poco– el poder del servicio. Éste último significa garantizar los recursos para que todos ganemos en autonomía y cambiemos la injusta realidad en la que vivimos.

Releo lo que escribí y me doy cuenta que soy tremendamente aburrido. Que no puedo ni siquiera aproximarme a la atractiva nota de Agostini, a quien envidio por su capacidad para descubrir oro en medio del barro. Y, debo reconocerlo, envidio muchísimo más a nuestros senadores no por el lugar que bien se ganaron, pero sí por su militancia incuestionable y por el lugar que tienen en la historia de la cultura de Jujuy.

Esta nota se publicará en La Revista, nº 34, San Salvador de Jujuy, julio de 2007.

miércoles, 20 de junio de 2007

Me ofrezco para hacer metáforas

No sé cómo la que hoy es mi suegra no me expulsó de su casa. Le dije que era escritor y quería casarme con su hija. Ahora, con la tranquilidad que dan los años que nos separan de aquel hecho, sospecho que me subestimó demasiado y no pensó que cumpliría con mi palabra.

Un amigo poeta se casó a la misma edad con esta justificación: “¡Y qué se puede hacer en Jujuy después de los treinta años!”. Confieso que yo no estaba seguro de mi decisión matrimonial; en rigor, casi nunca estoy seguro de nada. Ni siquiera sé cómo responderé el día que mi hija me diga que está por empezar una convivencia. De lo único que estoy seguro es que su pareja no será del mundo literario. Afortunadamente, los padres lectores apabullamos a nuestros críos con demasiados libros y ellos terminan odiando todo lo que tengo tufillo a literatura y se dedican a vivir la vida. Y lo bien que hacen.

Sospecho, además, que los padres de una señorita en edad de merecer añoran para su hija un candidato que tenga solvencia económica. Por mi parte, me conformo con que no sea contador, remisero o policía municipal. Tengo sobrados motivos para no desearlos como parientes políticos y no pienso detallarlos en esta nota.

Sí quiero decir que es muy difícil que cualquier padre no levante una mirada de sospecha si su futuro yerno es alguien que trabaja con cosas intangibles como metáforas. Podemos ser borgeanos pero sabemos que las metáforas no dan de comer, ¿o no?

Imagen de poeta

Para colmo los poetas y los folkloristas han construido una imagen de bohemia que incluye a la noche, el alcohol y los amores fugaces. Una mezcla explosiva para cualquier familia políticamente correcta. Aclaremos que muchos borrachos se las dan de artistas porque así justifican su adicción, pero no tienen escrito ni una zamba que valga la pena tararear.

No obstante lo anterior, sospecho que esa imagen empezó a modificarse. Los mejores escritores actuales no se van de la universidad dando un portazo. Muchos son docentes, otros abogados, algunos periodistas y muy pocos son veterinarios, militares y odontólogos; todos tienen una formación enciclopedista muy sólida realizada con lecturas afiebradas.

Algunos ejemplos pueden ayudar a entender esto que digo: Jorge Accame, docente; Susana Aguiar, docente; Ernesto Aguirre, periodista part time; Alberto Elías Alabí, docente; Jorge Albarracín, docente y empleado bancario; Pablo Baca, abogado y legislador; Elena Bossi, docente; Mario Busignani, abogado; Patricia Calvelo, docente; Jorge Calvetti, periodista; Nélida Cañas, docente; Álvaro Sebastián Cormenzana, músico; Marcelo Vicente Constant, docente; Libertad Demitrópulos, docente; Raúl Dorra, docente; Fernanda Escudero, docente; Miguel Espejo, periodista; Andrés Fidalgo, abogado y docente; Raúl Galán, docente y funcionario; Godofredo Garay, abogado; Víctor Ocalo García, docente y arquitecto; Néstor Groppa, docente y periodista cultural; Mita Homs, contadora; Federico Leguizamón, comunicador social; Tito Maggi, odontólogo y docente; Estela Mamaní, docente; Marcelo Mariani, docente; José Luis Melano, docente; Ildiko Nassr, docente; Ángel Negro, veterinario; Raúl Noro, periodista y docente; Antonio Paleari, militar; Susana Quiroga, docente; Fortunato Ramos, docente; Carmela Ricotti, docente; Blanca Spadoni, docente; Ramiro Tizón, abogado; Héctor Tizón, juez; Sixto Vázquez Zuleta, docente; Luis Wayar, periodista; Domingo Zerpa, docente.

A muchos de estos escritores les sobran horas de potrero literario como a muchos universitarios les sobran horas de cursos de posgrado. Tanto unos como otros se miran con cierta envidia, justo es decirlo.

Hablar al flato

Leopoldo Marechal, un peso pesado de la literatura que estuvo postergado durante mucho tiempo por ser peronista, termina su célebre novela Adán Buenosayres con la frase: “Solemne como pedo de inglés”. Él sabía muy bien que ese final sería muy distinto si hubiese escrito “flato” en vez de “pedo”. Conclusión: no siempre hay que hacer lo literariamente correcto.

En nuestra provincia, la mayoría de las veces, los avisos que corresponden tanto a la publicidad como a la propaganda son hechos al reverendo flato. Así, cada vez que hay un aniversario o se conmemora una fecha, aparecen en los diarios numerosos avisos que dicen lo mismo: todos saludan, felicitan y desean buenos augurios de la misma manera. Si la musa inspiradora de estos improvisados “creadores” publicitarios se encarnara en una mujer, todos se acostarían con ella. O lo que es lo mismo: todos se engañarían entre sí. De hecho: casi todos se engañan a sí mismos cuando se definen como creativos publicitarios.

Pero la culpa no es del que crea el aviso, sino del que lo paga. Hoy, los mayores culpables de que existan malos avisos en los medios son los funcionarios públicos. Seguro que todos recordamos aquellos avisos que nos hartaron en el verano: “Maneje a la defensiva”. Fue en esa época que ocurrieron la mayor cantidad de accidentes de tránsito en nuestras rutas. A los creadores de esa frase habría que hacerles un juicio por el crimen de lesa publicidad.

Otra frase que carece de todo gancho y creatividad es el lema: “Trabajamos para todos los jujeños”. ¿No es acaso la premisa normal que debería tener cualquier gobierno democrático? ¿A quién se le ocurrió semejante genialidad? Pero la que es la peor de todas es aquella frase que, al lado de la palabra “Gestión”, coloca el apellido del funcionario de turno.

El poder de las palabras

Nuestros gobernantes (esos que dan las órdenes para que se paguen los avisos institucionales) deberían aprender que las metáforas sirven para abrir las mentes. Al revés de los avisos que ellos a menudo publican y que tienen una visión demasiado estrecha acerca de lo que quieren publicitar y carecen de vuelo poético. Sospecho que es muy difícil que entiendan esto que digo ya que, como lo expresó la directora de esta revista hace dos números, la secretaría de Cultura de la provincia paga por ediciones de dudosa calidad. Las obras y los autores, casi siempre, son incuestionables; lo dudoso, en este caso puntual, es la factura editorial.

Por el contrario, las empresas japonesas conocen bien el poder que tienen las palabras. La empresa Honda, por ejemplo, innovó en el mercado automovilístico cuando sus directivos dieron la orden de trabajar bajo una metáfora que sería críptica para muchos de nuestros funcionarios: “La teoría evolutiva del automóvil”. Ésa fue la metáfora que originó la creación del Honda City, el innovador coche urbano que desplazó a los aparatosos coches americanos que hasta entonces reinaban en el mercado.

Las metáforas, por lo tanto, son palabras que para más de un funcionario local sonaría a estupidez. Las metáforas son palabras que no contienen órdenes cerradas (recuerden las que citamos más arriba) y que contienen el germen del carácter imprevisible de la innovación.

Una última cuestión: ¿hace falta aclarar que las personas más capacitadas para hacer metáforas son los poetas? Hace falta: las personas más capacitadas para hacer metáforas son los poetas. No lo digo para que algún funcionario me contrate; lo digo para que mi suegra me siga invitando a comer tallarines los domingos.

Esta nota se publicará en La Revista, nº 34, San Salvador de Jujuy, julio de 2007.


jueves, 14 de junio de 2007

Olvidáte de olvidar

Texto que será leído mañana en el Congreso de Escritores del NOA que se realiza en Salta.






Ludmila Catela da Silva, Elizabeth Jelin y el autor de este texto en radio Nacional, San Salvador de Jujuy, 2006.




Este encuentro tiene objetivos ambiciosos. Sus organizadores pretenden que los invitados reflexionemos sobre lo regional y lo global; que analicemos las tensiones entre la literatura, la sociedad y la educación; que establezcamos relaciones entre la oralidad y la escritura, entre otras cosas.

Desde ya les digo que no esperen gran cosa de mí. Tampoco crean que vine para escaparme de la rutina laboral y llegué hasta aquí para saludar a amigos queridos y reclamarle algún libro que dejé en consignación al librero de Rayuela. He trabajado para preparar esto que digo. Aún así, insisto en que los objetivos son enormes y mis resultados son deformes.

Para empezar, voy a cambiar el lugar del acento del título de este trabajo. En el programa que ustedes tienen, donde dice: “Olvídate”, tan gramaticalmente correcto, debe decir: “Olvidáte”. Nosotros, en el norte –o, para no ser tan pretencioso, en Jujuy– no hablamos con un español correcto. No decimos: “Mozuelo, anda al almacén”; nuestra oralidad se expresa de la siguiente manera: “Chango, andá al almacén”. ¿Entienden las profesoras de lengua por qué solicito una licencia para cambiar el lugar del acento? Espero que sí, y si no la seguimos al final, en el momento reservado para las preguntas y la discusión.

Pasemos ahora al trabajo propiamente dicho. No creo que exista ningún ser humano sensible que pueda ignorar el sufrimiento de una madre. Si el testimonio de la madre es desgarrador por vivir una situación límite, es casi imposible que lo podamos ignorar. Algo de estos nos pasó seguramente a todos; algo de esto me pasó a mí.

Después de escuchar el relato de una madre sobre su hijo o hija que fue víctima de la dictadura, es muy difícil permanecer como si nada; en mi caso sentí que algo debía hacer. Además, me considero un buen lector de poesía –género subversivo por excelencia– en el que las palabras muchas veces hacen estallar un polvorín en el interior del que las lee; arsenal que hasta entonces era ignorado por el propio lector. Con esto quiero decir que, por mi formación lectora, no puedo ignorar esas palabras que me contaron las mujeres de Jujuy y explotaron en mi interior: dictadura, desaparecidos, madres, vida, verdad, justicia.

Memorias de una decisión

En 1980, un entonces desconocido arquitecto ganó el Premio Nobel de la Paz y a mí, como a gran parte de los argentinos, ese acontecimiento me descolocó. Tres años después, a mediados de abril, Adolfo Pérez Esquivel llegó a Jujuy para dar una serie de conferencias. Asistí a una de ellas y, cuando él afirmó que en Jujuy existieron lugares donde se torturaba, yo miré a quien estaba a mi lado y los dos pusimos caras de asombro. En rigor, casi todos los asistentes nos sorprendimos.

Enseguida, una mujer ya grande y morocha se puso de pie, era Eublogia Cordero de Garnica, madre de dos jóvenes detenidos-desaparecidos y sobreviviente del Centro Clandestino de Detención (CCD) de Guerrero. Ella se levantó la pollera, nos miró con la tranquilidad de no ser mal interpretada y expresó: “Yo fui torturada. Éstas son las marcas de la picana”. Yo ya había leído una entrevista[1] de Mona Moncalvillo a varias integrantes de Madres de Plaza de Mayo, pero sentía que la represión ocurría allá lejos. El testimonio de Eublogia me hizo ver lo cerca que estaba todo.

Después, me enteré que dos escritores jujeños habían estado en el exilio. Uno de ellos se llama Andrés Fidalgo; el otro, Héctor Tizón, el reconocido narrador. Ellos volvieron en 1982. Entre 1984 y 1986, formaron parte de la Comisión Extraordinaria de la Legislatura de Jujuy que se encargó de registrar las denuncias de las personas que fueron mal tratadas por la dictadura. Después de las leyes de “punto final” y “obediencia debida”, la Comisión se disolvió y Tizón se dedicó a consolidar su obra, ya reconocida por la crítica[2] y el gran público. Por su parte, Fidalgo retomó sus anotaciones, profundizó sus investigaciones y, varios años más tarde, publicó su libro Jujuy / 1966-1983.

Bueno, antes de seguir, tengo que hacerle una confesión pública a mi amigo Ernesto Aguirre que debería estar aquí presente. Hace veinte años, tuvimos una conversación de varias horas que yo después desgrabé y edité. En un momento del diálogo, el poeta expuso una idea que durante mucho tiempo me acompañó y –a la vez– me incomodó:

Yo creo que no puede haber nadie que afirme que no ha sido contaminado por los ocho años de dictadura militar, por ejemplo. Es imposible. A pesar de que en la poesía no exista la denuncia de la tortura, de la desaparición, no importa; pero que somos afectados por la circunstancia que vivimos, eso creo que está fuera de toda discusión.

Esta idea quedó en algún subsuelo de mi mente. Tuvieron que pasar muchos años para que yo empezara a reflexionar sobre la cuestión de la dictadura, nuestros desaparecidos y la construcción de las identidades narrativas. Recién el año pasado, cuando presenté los resultados de una encuesta a escritores de Jujuy, tomé conciencia que existía una promoción de jóvenes autores que nacieron alrededor de 1976. [3]

Los primeros años de la democracia marcan el tiempo en que Olga Márquez de Aredez no marchaba sola (después una imagen de un film documental la dejaría congelada en soledad); Andrés Fidalgo preparaba las primeras nóminas de detenidos y desaparecidos, y también preparaba la primera lista de represores y personas vinculadas con actos de represión que alguna vez la justicia deberá investigar. Era el tiempo en que casi todos nos indignábamos con las atrocidades cometidas durante la dictadura. Pero llegaron la obediencia debida y punto final o, para decirlo sin eufemismos, las leyes de protección al torturador. Leyes que aprobaron los legisladores que supimos votar, como por ejemplo los tres jujeños que a fines de 1986 aprobaron la ley que puso un límite de ¡dos meses! a las citaciones judiciales y posibilitaron que los torturadores sigan en libertad. Y, en ese momento, casi se enfría todo.

Los familiares siguieron con su discurso inclaudicable que resumieron en tres palabras clave: memoria, verdad y justicia. No olvidar para no repetir, dice el primer mandato; conocer qué paso, por qué sucedió y quiénes estuvieron involucrados en esos sucesos trágicos; y, finalmente, buscar la justicia, sentar en el banco de los acusados a los responsables de los crímenes de lesa humanidad y –aunque pocos los dicen– a los ideólogos, los empresarios que los solventaban y a los funcionarios religiosos que perdonaron lo que no había que perdonar y que no denunciaron lo que había que denunciar.

El clima intelectual de fines de los ochenta se mostró oscuro para el movimiento de Derechos Humanos. En esa oscuridad, Carlos Menem, el 6 de octubre de 1989, firmó los decretos de indulto que beneficiaron a 216 militantes y 64 civiles. En Jujuy, una funcionaria del gobierno provincial (y con un pasado de agitación cultural que todavía es posible reivindicar) expresó a la televisión local que ella estaba de acuerdo con la medida presidencial; a pesar de la firmeza de su enunciado, ella sabía que su decisión sería repudiada por el ambiente cultural que frecuentaba.

Con mucho tacto, los familiares de los desaparecidos buscaban posibles firmantes al petitorio que, en vano, enviarían al Presidente. Es necesario aclarar que la diplomacia empleada por aquellos se debía a que muchos jujeños se negaban a firmar el pedido de nulidad del indulto. Las tres palabras seguían inclaudicables; pero muchos hacían como que no las oían.

En 1999, Andrés Fidalgo, uno de los faros de la intelectualidad jujeña, me convocó para colaborar con él (mi tarea fue muy secundaria, por cierto) en su libro sobre los años de plomo en Jujuy. Trabajar con él es un honor y le debo gran parte de lo que sé sobre la dictadura a él. Vaya desde acá, un agradecimiento al maestro.

El 2001 marcó un punto de inflexión en las luchas por los Derechos Humanos. El juez Gabriel Cavallo declara la “inconstitucionalidad y la nulidad insanables” de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. En nuestra provincia, los familiares de los detenidos-desaparecidos solicitaron la apertura del Juicio por la Verdad (un puente para superar el vacío de justicia que habían creado las leyes del perdón y los indultos), pero las audiencias recién comenzarían dos años después. En la conmemoración de los 25 años del Golpe, –además de las organizaciones de DDHH– participaron activamente: ex presos políticos, periodistas, poetas, músicos. La convocatoria a los actos fue una de las más numerosas y también ese año se presentó la primera investigación sobre la dictadura en Jujuy: el libro Jujuy, 1966-1983 de Andrés Fidalgo. A partir de esta obra se elaboraron otros libros, revistas y documentales. La máquina de rememorar se activó y muchos destaparon sus orejas.

Dos años después asumió Néstor Kirchner. Una de sus primeras medidas fue ordenar el retiro a las cúpulas militares. Ese año se anularon las leyes de la impunidad. En Jujuy, muchos políticos (que todavía no sabían cómo pronunciar el apellido presidencial) cambiaron su discurso. Seguramente los buenos lectores recordarán aquello que Paul Valery opinaba sobre la corrección literaria: se trata, en rigor, de la reforma espiritual de uno mismo. Nuestros hombres públicos ignoraron al poeta francés y, con mucho empeño, buscaron las palabras y los gestos más suntuosos para quedar bien con su nuevo líder. Es decir, se volvieron políticos ornamentales.

El 24 de Marzo de 2004, la ESMA fue transformada en Museo de la Memoria y fueron retirados, de las paredes del Colegio Militar, los retratos de Jorge Rafael Videla y Reynaldo Benito Bignone, ex directores y también dictadores. Un día antes, en el salón Auditórium que está al comienzo de la calle Independencia, habíamos presentado nuestro libro de memorias Con vida los llevaron. Unos meses después apareció el primer número de la revista Nadie olvida nada; al año siguiente, un video documental que tiene el mismo nombre y, al poco tiempo, otro titulado Retazos de la memoria.

El 2005 el movimiento de Derechos Humanos sufrió un golpe duro: Nélida Pizarro, la compañera de Andrés Fidalgo murió a fines de ese año. En marzo del año siguiente aparecería el último número de la revista que ella había empujado.[4]

En marzo del año pasado, el principal vocero del Partido Justicialista de Jujuy afirmó que “si es necesario, haremos una autocrítica”. Muchos creen –erróneamente, por supuesto– que todas las atrocidades ocurrieron en cualquier lugar menos aquí; que el horror estuvo concentrado en la ESMA o en otro lugar, pero nunca en Jujuy. Por eso no se animan a afirmar que es necesario hacer una autocrítica. Mirar el pasado con coraje implica reconocer que José López Rega, alias “El Brujo”, fue un militante peronista; que la banda parapolicial denominada Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) operaba antes del golpe del 24 de Marzo; y que Avelino Bazán, dos años antes de aquel infausto día ya estaba cuestionado y por esa razón tuvo que renunciar a su cargo en la Dirección Provincial del Trabajo. ¿Acaso es un detalle menor pensar que los integrantes de la Triple A se sumaron a los Grupos de Tareas que detenían, torturaban y arrojaban a los militantes al mar? ¿Acaso es un detalle ínfimo decir que Bazán fue tildado de subversivo y que un compañero senador por Jujuy –que sabía perfectamente lo estaba sucediendo– no hizo nada por defenderlo? No, nada de esto es menor como tampoco lo es que Avelino Bazán, el dirigente obrero más respetado de Jujuy, figure en las listas de desaparecidos.

El deber de todo aquel que trabaje con ideas es pensar en todo aquello que escapa a la lógica del mercado, la prudencia de las instituciones o el razonamiento fugaz de los medios masivos. Un trabajo intelectual digno consiste en ir en contra de lo políticamente correcto, oponerse a aquello que se cree seguro y examinar las certezas propias con el mismo rigor con el que examinan las ajenas. Pero expresarlo es más fácil que instrumentarlo.

No es una tarea simple reconocer que uno tuvo que esperar muchos años para investigar un tema que nos concierne a todos; que uno pensó a la tortura desde una lógica binaria: el detenido es un mártir que aguanta todo –incluso la muerte– o es un delator que entrega sus compañeros y su dignidad. La militancia de los setenta, ahora lo sé, no se reduce a un padrón de héroes y entregadores.

En un momento, mientras investigaba algunos datos de unas detenidas-desaparecidas, tuve indicios –nada más que eso– de que una mujer había delatado a varias de sus compañeras. Revisé las circunstancias, me concentré durante varias semanas para encontrar pruebas o testimonios definitorios, pero no encontré nada que confirmara aquella suposición. Sí comprendí que, frente a la tortura sin límites, uno no tiene ninguna autoridad para condenar la decisión que tomó la persona torturada. A partir de ahí, sentí que aquella lógica binaria dejaba de tener existencia.

Ahora, está instalada la idea de que el actual presidente promueve una política de DDHH que produce una ruptura con las ideas instaladas en la sociedad. Eso, con perdón de la investidura presidencial, es una tontería. Lo que el gobierno nacional hace es insistir en una búsqueda que hace rato fue enunciada: memoria, verdad y justicia. Algunas medidas, en especial las realizadas en Buenos Aires, tienen un carácter notable por cierto; pero la política de DDHH que prevalece, desde el 2003, es la de una acentuación contundente de una línea prefigurada, pero no es una política de ruptura. Por otro lado, ¿alguien (re)conoce una medida concreta del gobierno nacional que se aplique en las provincias? Yo, que soy parte interesada, conozco sólo una: el preseminario regional de NOA “A treinta años del golpe” que se desarrolló durante dos días de julio de 2006. Y nada más.

En estos tiempos, la construcción de ideas es un derecho de todos. Esa tarea, para no pocos de nosotros, es también una obligación. Sospecho que, con distintas variantes, los familiares de los detenidos-desaparecidos, ex presos políticos, periodistas y poetas de Jujuy, hemos empezado a pagar esa deuda que no deja de crecer.

Narrativas del horror: ¿un realismo trágico?

La construcción de las narrativas acerca de las violaciones a los DDHH es un trabajo que llevó –y que lleva aún porque es un proceso nunca terminado, siempre en constante construcción– años. Ya hemos visto que tuvieron que pasar varios lustros para que el tiempo de la rememoración y la reflexión se haga presente.

Existen distintas disciplinas del conocimiento que permiten acercarse a esas narrativas. Tanto la sociología, la historia, la antropología, la teoría política, la crítica cultural[5], la psicología, el psicoanálisis, el periodismo de investigación, la economía y otras, permiten enfocar esta problemática desde sus especificidades (demás está decir que sería saludable que lo realicen). No obstante esta riqueza metodológica y, por razones de formación, he trabajado con la metodología que brinda el análisis del discurso.

No se trata de un análisis descriptivo y analítico, es también un análisis social y político. Esto significa que como investigadores tenemos una tarea importante con la sociedad: dilucidar, comprender sus problemas, y el Análisis Crítico del Discurso se ocupa más de problemas que de teorías particulares.[6]

El problema de estos familiares ha sido cómo narrar el horror que les tocó vivir. Para eso tuvieron que reconstruir los acontecimientos trágicos, rememorar aquellos hechos y ordenarlos de manera de ser comunicables. Todos los testimonios tratan de seguir un desarrollo temporal de manera lineal. Para esto, se apoyan en estructuras narrativas conocidas que van desde una leyenda regional[7] a películas de vasto alcance.

Cada vez que un relato llegaba al nudo o complicación, parecía como si tiempo se “engrosara”. Es decir, narraban sobre un pasado expandido que se diferenciaba notablemente de los otros momentos. Era, en esos momentos, cuando las mujeres presentes en la reunión asentían, agregaban y complementan los dichos de la que relataba. Se trataba de una complicación por la que todas tuvieron que pasar. Las huellas de esos hechos están en las mentes de estas mujeres y, posiblemente, sean esos momentos los que más celosamente cuidan y tratan de repetir casi de la misma manera para no deformarlos.

Ahora bien, ¿cómo se deben narrar estos hechos que son traumáticos? ¿Pueden los familiares ser objetivos cuando recuerdan el horror? ¿Es posible ser objetivos de lo que se descubre al escuchar y sobre las consecuencias de escuchar ese sufrimiento?

Para responder estas cuestiones partamos de una situación difícil de negar: las aberraciones de la última dictadura –hechos que están probados no sólo en el Juicio a las Juntas– existieron. Por lo tanto, contar lo que sucedió es inevitable; eso hicieron los testigos que dieron su testimonio, eso hicieron los entrevistados que aparecen en libros recientes y eso hacen estas mujeres de Jujuy. Digamos más: los propios familiares quieren que estos hechos se sepan. Para que se afirme: “Así ocurrió”.

Ahora bien: no todos los relatos tienen una estructura argumentativa completa y además tienen algún vacío temático ya que es imposible la reconstrucción total. Por lo tanto, los testimonios grabados –por más que traducidos al papel insuman un millar de páginas o las que sean– no pueden formar una memoria grupal ni mucho menos se les debe exigir que comprendan la situación contextual del momento. Pero no por estas deficiencias son innecesarios; por el contrario, constituyen narraciones claves para entender “lo que no debió ocurrir”.

Ya mencionamos que existen distintas disciplinas científicas que pueden aportar para el análisis de los aquellos trágicos años. En consecuencia, mucha sería la exigencia que estaríamos colocando sobre los hombres de estas mujeres si, aparte de pedirles que rememoren lo ocurrido, les exijamos que sus relatos se articulen de manera objetiva, articulada y completa[8].

La narración, por otra parte, es una actividad propia de los narradores; es decir, de los escritores. A ellos deberíamos remitirnos para exigirles una completa estructura que cuente sobre lo ocurrido. (Escribí “estructura” y no contenidos porque ya sabemos que la reconstrucción total es una ilusión inútil.)

De la misma manera que, en la década del sesenta, se hablaba del “Realismo mágico”[9] que daba a conocer a un numeroso grupo de escritores que renovaron el campo literario; la literatura posterior a la dictadura recién empieza a tener una presencia sólida a fines de la década del ochenta. Entre ambos momentos hay diferencias notables ya que,

si el espléndido y múltiple movimiento de los sesenta venía generado por una gran confianza en el sentido de la Historia y en las posibilidades de la cultura de contribuir a un cambio social ─la Revolución Cubana, el boom de la literatura latinoamericana, el peso que en América y en el mundo tenían los debates entre intelectuales, eran algunos de los factores que actuaron como estímulo─, si esa narrativa, en suma, fue compelida por la esperanza, la narrativa actual, si viene de algo, viene del desencanto y de la muerte.[10]

Sin embargo, una de las claves de esta narrativa es que no contiene escenas de tortura explícita, no se trata ahora ─para hacer un parangón con la década del sesenta─ de un “Realismo trágico”. Sucede, eso sí, que las tragedias realizadas por la dictadura están en el imaginario de muchos creadores y “emerge solapadamente, como a contrapelo del relato”, como afirma Heker.

Tanto en las narraciones de los autores que fines de los ochenta como las de estas mujeres de Jujuy, se pueden encontrar no sólo reconstrucciones de escenas duras sino que existe, además, una deliberada intención de reflexionar sobre lo ocurrido (“contar para que no vuelva a ocurrir). Ellas, con sus relatos, van más allá de decir: “Así pasaron las cosas”. Con los años han tratado de entender porqué se dieron muchas de las acciones que tuvieron que vivir. De esa manera, construyen una explicación a lo vivido, que es como decir: “Esto no debió pasar”

Entender el sufrimiento por el que tuvieron que pasar (y cuyas consecuencias recién empezamos a percibir) es el primer paso que enfrentamos los que las escuchamos. Por eso son necesarias investigaciones que expliquen lo sucedido. No solamente para que no vuelva a suceder, sino, fundamentalmente, para que la pesada carga histórica no sea soportada sólo por ellas.

Por medio de diversos soportes (placas, videos, boletines, libros, murales, etc.) ellas tratan de mantener vigente la problemática de los desaparecidos de Jujuy. Para eso re-viven lo sucedido. Para que ese trabajo no sea en vano y se convierta en un re-morir es necesario que las escuchemos.

Una literatura de la oralidad

Realicé entrevistas a familiares de desaparecidos durante dos años seguidos. Fueron entrevistas de todo tipo. En algunas, en especial las que correspondían a las madres de mayor edad, todo ─hasta lo más trágico─ estaba envuelto con un sentimiento de ternura e incluso con una vuelta de humor. Al comienzo, yo no podía creer que me estaban relatando algo tan doloroso y, en medio del relato, contaban un chiste como si nada.

Otras entrevistas fueron muy densas y estaban cargadas con silencios muy significativos. Costaba mucho llegar a las situaciones del secuestro o de violencia sobre los cuerpos. Con Nélida, la mujer de Andrés Fidalgo, unas horas después que ocurrieron algunas de estas entrevistas teníamos la necesidad de hablarnos por teléfono para compartir algunas impresiones y descargar un poco la tensión acumulada. Hubo momentos en que todos necesitábamos un psicólogo y, de alguna manera, esas entrevistas funcionaron también como terapia grupal; claro que estuvieron coordinadas muy defectuosamente por mí.

Cuando las entrevistas se editaron y adquirieron la forma de páginas encuadernadas, las personas que me habían dado su testimonio pudieron verse a sí mismas en un ordenamiento cronológico que hasta entonces no lograban vislumbrar en su totalidad. Recién entonces la oralidad de aquellos testimonios se materializó en un libro.

Al momento de privilegiar qué partes incluir, preferí incorporar las historias de la vida privada de los desaparecidos y de sus madres. No me propuse investigar sobre memorias “encuadradas”, es decir discursos que ya están institucionalizados y que gozan de buena presencia en la opinión pública, aunque no así con las memorias particulares. En muchos casos, los rituales de conmemoración actúan por repetición y no dejan espacio para construir las memorias locales que, en general, entran en conflicto con las memorias oficiales (tal es el caso de las disputas que existen entre las distintas versiones que buscan explicar los actos de violencias que ocurrieron a fines de julio de 1976 y se conocen como el “Apagón de Ledesma”).

Por otro lado, como expresa Walter Benjamín, las construcciones de que hacen la mayoría de los historiados son comparables a instrucciones militares que acuartelan y acorazan la verdadera vida. Mientras que la anécdota funciona como un levantamiento callejero. La anécdota nos acerca a lo que se narra, permite que las historias entren en nuestras vidas.

Final abierto

Los años que nos separan de la última dictadura son los que nos permiten recomponer la fractura que la Junta Militar impuso a sangre y fuego. La sutura narrativa de las consecuencias del autoritarismo proporciona una lectura reflexiva que no escapa a los debates políticos, ni a las tensiones que produce en el campo académico e intelectual. No hay solución redentora al problema de los desaparecidos; esto es así porque nunca los problemas complicados se resuelven con soluciones fáciles y rápidas.

Por eso, he vuelto sobre un tema que es imposible negarlo, por más dolor que produzca. No creo haber encontrado alivio a la molesta ─pero no por ello menos cierta─ opinión de Aguirre.

Por último, quisiera decir que investigar esta cuestión me ha cambiado a mí. No he podido cerrarla y todavía sigo juntando testimonios y relatos. La máquina de narrar no sólo se activó en los lectores. Ya dije que desde que escuché el primer relato de un familiar supe que esta historia me llamaba, ahora siento que me sigue llamando y con más fuerza aún.


[1] Revista Humor, Nº 92, octubre de 1982. Buenos Aires: Ediciones de la Urraca.

[2] Uno de los aspectos por lo que se destaca la obra de Tizón es el tratamiento que el narrador otorga al paisaje y la memoria popular. Para profundizar el pensamiento de este autor sobre la condición del exilio, véase la entrevista que le realizó Boccanera (1999).

[3] Así, resulta emblemática la fecha de nacimiento de Fernanda Escudero, poeta salteña que vive en Jujuy, ella nació el 24 de marzo de 1976. Tanto esta poeta como muchos de sus compañeros de generación han sido niños bajo la dictadura y han crecido corporalmente de manera distinta de los niños que crecen bajo una democracia. Esto está demostrado por biólogos y discursivamente nosotros hacemos referencia a esta circunstancia cuando expresamos “lo tiene incorporado”.

[4] En el editorial de aquel último número escribimos: “Hay golpes en la vida que son muy fuertes. Esto lo sabemos muy bien los lectores de esta revista y quienes la hacemos. Cada detención es un golpe, cada desaparición es un golpe, cada militante que nos falta es un golpe. El peor golpe -también lo sabemos- comenzó en aquel 24 de marzo de 1976. Nélida Pizarro de Fidalgo, el motor principal de esta revista, murió el 6 de diciembre pasado. Cuando José Luis Mangieri propuso que hagamos un boletín para informar las actividades de madres y familiares de detenidos-desaparecidos de Jujuy, ella se encendió y no paró de activarnos. Todavía hoy sus palabras siguen sonando sobre los que tenemos deudas con ella. No sabemos cómo seguirá esta revista. Nos sobran los motivos para dudar acerca de su continuidad. Lo dijimos: hay golpes en la vida que son muy fuertes”.

[5] Además de las disciplinas que se detallan se podría analizar el aporte que realizan las obras de carácter estético que se introducen en la problemática en cuestión. Como veremos más adelante, la literatura puede ─y, de hecho, lo hace (aunque de manera incipiente)─ contribuir a crear marcos de representación de la masacre.

[6] Teun van Dijk (2000), El discurso como estructura y como proceso. Barcelona: Gedisa.

[7] En su ensayo sobre el “Apagón de Ledesma”, Ludmila da Silva Catela resalta que la figura de “los ladridos de los perros” es una constante que se repite en los relatos de sus entrevistados. Posiblemente esa repetición se deba a que la leyenda del Familiar, muy presente en la zona, contiene una escena similar. El ensayo (“Apagón en el ingenio, escrache en el Museo”) forma parte del libro de Ponciano del Pino y Elizabeth Jelin (comps.) (2003), Luchas locales, comunidades e identidades. Madrid: Siglo XXI.

[8] “Quizás estemos asignando demasiado valor a la memoria y demasiado poco valor al pensamiento” afirma Susan Sontang (2003) en Ante el dolor de los demás. Madrid: Alfaguara.

[9] Héctor Tizón, con un tono no carente de ironía, manifestó al respecto que el “Realismo mágico” es un invento para europeos entusiastas: “Yo simplemente recordé que mi abuela cuando se acercaba la noche, tocaba las manos y les decía a los peones: ‘Saquen las víboras de los cuartos que se van a acostar los niños’. Eso en Holanda es realismo mágico; en mi tierra es realismo pedestre”. Más detalles en Speranza (1995).

[10] Heker, Liliana (comp.) (1996), Después: Narrativa argentina posterior a la dictadura. Buenos Aires: Ediciones Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.


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