lunes, 18 de agosto de 2008

Pendejos

No leen libros. Uno mira a estos pendejos y enseguida saca una rápida conclusión: hablan con un lenguaje reducido, son lentos adolescentes que no maduran, no tienen intereses políticos ni aspiraciones intelectuales. En muchos casos, ni siquiera tienen deseos sexuales.

No todo es culpa de ellos. Le estamos dejando un tiempo con un sentido fuertemente egoísta, donde los temas de discusión son marcados por la televisión y desde un punto de vista mercantil. Sólo lo que genera audiencia puede estar en el aire; lo que circula en los márgenes está condenado a su destino. Así, las voces de los desesperados no se escuchan.

Casi todos los programas de televisión se hacen con esta lógica. Se arman contenidos de acuerdo a los anunciantes. En menor medida, pasa lo mismo con la radio y, desde hace algún tiempo, también con el periodismo gráfico. El periodismo se reduce, de esta manera, a ser el oficio que se ejerce en los intersticios que dejan los avisos pagos.

Resulta fácil comparar la propia experiencia como lector con las de los jóvenes de hoy. Es muy cómodo, pero también engañoso. Uno no puede postular su propio pasado para comprender lo que le pasa hoy.

Uno era un lector omnívoro (si algún pendejo no sabe lo que significa ese término en este contexto se lo aclaro: uno leía todo). Me acuerdo que uno de mis abuelos le dijo a m madre que tenía que llevarme al médico porque yo estaba leyendo demasiado. Esa temprana lección me enseñó dos cosas: hay que vivir con inteligencia en este sistema y no hay que estar de acuerdo con las consecuencias del sistema.

Mi rebeldía consistía en llevarme una linterna para leer historias prohibidas entre las sábanas. Esas lecturas fueron mis únicas clases de educación sexual. Algunas mujeres generosas, un tiempo después, me supieron orientar. A veces creo que todo es una cuestión de suerte.

De nada sirve comparar la juventud actual con la propia experiencia. Eso hacen algunos padres y profesores introspectivos. Creen que la lógica de entonces sirve para entender a este presente confuso y se equivocan.

Mis lecturas apenas sirvieron para formarme o deformarme. Las páginas pornográficas que he leído fueron como simuladores de vidas que no me atrevía a protagonizar. Me permitieron, eso sí, darme cuenta de que tengo que vivir porque hemos sobrevivido a lo peor. Pero no puedo decir casi nada de los jóvenes.

No leen libros. Los pendejos arman sus historias por medio de brevísimos mensajes de textos y por el chat. Son protagonistas de los que cuentan, arriesgan más de lo que nosotros arriesgamos, tienen menos armas que nosotros y, cuando no tienen suerte, pagan un precio muy caro.

Imagen: obra de Marcia Schvartz

domingo, 27 de julio de 2008

Última noticia sobre Andrés Fidalgo

Esta nota fue publicada en la hoja literaria del diario Pregón, San Salvador de Jujuy, 10 de agosto de 2008.

Nunca podré pagarle a Andrés Fidalgo por todo lo que hizo por mí. Presentó mi primer libro. Escribió sobre una antología que edité y que incluía a poetas emergentes. Compartimos comidas y bebidas para sus cumpleaños y otras fiestas de guardar. Y, por encima de todo, fue un amigo generoso.

Un amigo es alguien que no puede estar ausente en dos momentos importantes de la vida: cuando uno tiene problemas de amor o cuando falta el dinero.

Quizás porque teníamos mucha diferencia de edad, nunca hablamos de cuestiones amorosas, por otro lado, él era muy pudoroso para hablar de ese sentimiento. Me acuerdo que cuando me casé, Nélida, su compañera, le dijo a mi mujer que podían prestarnos dinero porque no ignoraban que empezar una familia siempre es algo difícil. Aunque no nos hubiese venido mal un préstamo de ese tipo, lo rechazamos porque sabíamos que lo que es fácil no es especial. Nunca hablamos de este tema con Andrés por culpa de un maldito pudor que también me domina.

Me enseñó a escribir sobre la represión dictatorial en Jujuy. Casi me llevó de la mano por territorios de la memoria y me señaló el norte de este sur. Aceptó dirigir la revista Nadie olvida nada que editamos para las madres y familiares de detenidos-desaparecidos de esta provincia y, además, colaboró con otros compañeros que también están agradecidos.

Después, cuando casi no le quedaban fuerzas (Nélida había muerto a fines del 2005) y su cuerpo estaba ya muy cansado, nos preparó para su despedida. Nos recibía y casi no hablaba, continuaba con sus lecturas y sólo al final de la visita se excusaba. Decía que así fue nuestra amistad, que nosotros no necesitábamos palabras para saber que podíamos contar el uno con el otro. Eso hacía que yo inevitablemente me acordara de nuestros pudores.

Hace un mes lo visité en la clínica donde estaba internado; ya no podía hablar. Entonces, apreté su mano izquierda y le dije que estaba ahí, como siempre había estado él cuando las papas quemaban. Su mente siempre fue muy lúcida por lo que sabía que se estaba yendo. Por otro lado, Andrés fue un ateo confeso y no esperaba nada después de la muerte. En ese momento, lamenté no ser un creyente para ilusionarme con otra forma de vida.

No es fácil vivir sin un amigo. No hay quien lo reemplace porque si el dinero va y (sólo a veces) viene, los males de amor siempre acechan.

Es difícil aceptar que no hay resurrección. Lo acepto por varias razones que no voy a detallar. Sí quiero destacar la más importante: si habría vida después de la muerte, Andrés –sin ningún tipo de pudor– ya hubiera encontrado la forma para hacer circular esa noticia.

Imagen: Perfil del escritor realizado por Alcira Fidalgo, incluido en su libro Oficio de aurora (Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 2002).

domingo, 20 de julio de 2008

Andrés Fidalgo (1919-2008)


Hoy, 20 de Julio, en el Día Provincial de los DDHH y también del amigo, murió significativamente Andrés Fidalgo, un luchador y un amigo.

Fue un intelectual, un poeta con lenguaje claro, un abogado que defendió de presos políticos. Y, por eso mismo, también fue un exiliado. Más tarde, después del horror de la dictadura, la Universidad Nacional de Jujuy lo nombró Profesor Extraordinario Honorario.

Andrés Francisco Fidalgo fue registrado el 7 de marzo de 1919, en una oficina del Registro Civil de Buenos Aires. Días después, el niño nació. Su padre, la persona que lo había registrado con anticipación, utilizó la siguiente lógica: si existen sanciones para aquellos progenitores que se demoran en inscribir a los hijos, deberían existir recompensas para los que se anticipan; el razonamiento no prosperó. Sí prospera, en cambio, un destino marcado por la escritura.

Después, en plena adolescencia, vivió en Córdoba. Allí, en un pueblo a orillas del Río Segundo, terminó la escuela primaria. Al año siguiente, ingresó al tradicional Colegio Nacional Monserrat. Cuando cursó el tercer año, un acontecimiento lo empuja a nacer de nuevo: sus padres, por razones de trabajo, regresaron a Buenos Aires. En consecuencia, se quedó solo. Hizo de mandadero en una pensión donde se hospedó (el dueño es un portero del colegio) y completó el bachillerato.

Más tarde fue soldado voluntario. Cursó la carrera de Derecho. Su vida se parecía al extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde. Desde temprano estaba en el cuartel, a la tarde realizaba protestas creativas a favor de los republicanos españoles que llegan a Córdoba escapando de la dictadura de Franco. En es tiempo, más precisamente en 1943, aparece su primer libro de poemas: Serenata.

En 1950, llega a Jujuy junto a su esposa Nélida y sus dos hijas. Tuvo dos hijas: Alcira y estela. Por mantener una coherencia intachable, en "los años de plomo" estuvo detenido a disposición del Poder Ejecutivo de la Nación, después que salió de la cárcel fue a saludar al obispo Miguel Medina que lo había visitado durante su detención, el cura al verlo exclamó: "Carajo!!!... ¿todavía estás aquí?"; Fidalgo entendió ese y otros mensajes y se fue al exilio. Más tarde -como todos sabemos- mucha sangre llegó hasta el río.

Entre 1976 y 1982 estuvo exiliado en Venezuela. Publicó los siguientes ensayos: La copla (1958); Elementos de poética (1961); Breves toponimia y vocabulario jujeños (1965); Panorama de la literatura jujeña (1975); Bibliografía de la literatura jujeña -en colaboración con Herminia Bellomo- (1990), El teatro en Jujuy (1995) y Jujuy, 1966-1983 (2001). Es autor de los siguientes libros de poesía: Serenata (1943); Toda la voz (1971); Aproximaciones a la poesía (1986); Coplas y variaciones (1989). Ha publicado, además, un volumen de historia: ¿De quién es la puna? (1988), otro de humor: ¡Sonría por favor! (1991) y un libro que recopila textos de diversos géneros: Escritos casi póstumos (2003).

Más allá de su numerosa bibliografía, él fue un poeta generoso que ayudó a ampliar el campo literario. Primero ordenó todo la literatura que existía hasta los primeros años de la década del setenta y publicó su Panorama de la literatura jujeña. Antes, junto a otros escritores generosos como él, contribuyó a publicar Poesía y prosa en Jujuy (1969). Y no se conformó, unos años después, cuando muchos creían que podría jubilarse de la literatura, Andrés y Néstor Groppa, armaron una “exposición” donde están “casi todos” los que hasta esa fecha han escrito con “cierta competencia y difusión perceptibles”. En el prólogo de ese libro titulado Poesía y prosa en Jujuy: Hasta 1993, Fidalgo afirma:

Alentados, ignorados y en algún caso, perseguidos; por las razones más diversas que oscilan entre la vanidad y esfuerzos o sacrificios encomiables; quienes quieren expresar, comunicar, conmover, cuestionar, por medio de la escritura en función estética, esperamos vean en esta publicación, cierto modo de reconocimiento y estímulo.

La declaración con que se cierra aquél prólogo es un resumen perfecto del programa de ampliación del campo literario que su autor cumplió al pie de la letra. Fidalgo, como ya dije, aumentó las dimensiones de ese campo literario pero no propuso ─no, al menos de manera explícita─ la lucha por la legitimidad cultural. Al contrario, su accionar siempre resultó generoso.

Andrés Fidalgo dejó este mundo el 20 de Julio de 2008, día provincial de los DDHH que él contribuyó a rescatar, y también día del Amigo.

Nunca lo vamos a olvidar.



Un fragmento de este texto fue publicado en El Tribuno, Salta, el 27 de julio de 2008.

Más información:

El último adiós

Un poeta que luchó por la libertad

Adiós a un hombre que hizo culto de la palabra

martes, 8 de julio de 2008

Otras voces, otras memorias

El autor de este weblog ofrecerá charlas referidas a las narraciones sobre la represión dictatorial en Jujuy. Las mismas forman parte del programa Café Cultura Nación y se realizarán en cárceles de San Salvador de Jujuy.

La memoria colectiva de una sociedad no es la sumatoria de las memorias individuales. Los marcos sociales de la memoria varían con el tiempo. Las narraciones sobre la dictadura, en algunos casos, se presentan de manera categórica, como si una mancha negra se estampara en una hoja en blanco. En otras ocasiones, los relatos adquieren un carácter mítico. Casi siempre, las memorias que prevalecen son las más difundidas por los medios masivos de comunicación. Así, las páginas del libro Nunca Más –un verdadero monumento de la memoria–, las imágenes de la ESMA y las marchas alrededor de la pirámide de Mayo, muchas veces no dejar oír lo que cuentan otras voces no tan potentes, otras memorias de lugares alejados de los centros del poder.

Las voces de muchos testigos de la represión dictatorial corren el riesgo de transformarse en figuras del olvido. Para que eso no ocurra, presentamos esta charla que contiene narraciones que hablan de San Salvador de Jujuy, narraciones que muestran zonas grises de la memoria y que nos hablan desde el pasado porque aún tenemos historias no concluidas, injusticias no compensadas y, lamentablemente, desaparecidos que vuelven a desparecer.

Las charlas se desarrollarán en los siguientes lugares y fechas:
  • Unidad Penal II: lunes 28 de julio, 9 horas;
  • Unidad Penal III: lunes 28 de julio, 16 horas, y
  • Unidad Penal I: martes 29 de julio, 9 horas.

domingo, 4 de mayo de 2008

El fin de la inocencia 14

Campo literario jujeño en la década del noventa: Salida

Leer: El fin de la inocencia 13

Como ya expresamos, el campo literario se construye a lo largo del tiempo. Existen numerosas variables que lo constituyen y pueden alterar las distintas posiciones que ocupan los escritores. Para que éste se consolide hacen falta, por lo tanto, buenos libros, críticos, libreros, editores, funcionarios calificados, publicaciones literarias y lectores atentos. Además, el campo debe contar con una autonomía relativa.

En Jujuy, los libros que son considerados importantes[1] de los noventa son: Anuarios del tiempo, tomos I y II de Groppa, No esperar nada más de las estrellas de Baca, Bitácora del aire de Alabí, La marca de Carrizo y Música para corderos de Constant.

Los dos tomos de Groppa relatan de manera explícita la cotidianidad de esta ciudad. El estilo poético es totalmente anticonvencional: al verso libre le agrega el hablar coloquial que él registra de las calles y obtiene un lenguaje distinguido que, en parte, explica las tramas de nuestra jujeñidad. Un trabajo inexplicablemente inédito aún (Los “Tiprofi”) es quizás su obra más relacionada con realidad inmediata; en ella, el poeta deja constancia de unas de las épocas más duras que vivimos los jujeños después de las atrocidades de la dictadura. Estos libros no están formados por poemas que se entienden por la coyuntura política y social, por el contrario: son estos versos los que, de alguna manera, explican a los crueles años que vivimos.

Los libros de Baca y Carrizo contienen páginas que ya habían sido editados en libros anteriores. La diferencia radica en que los cuentos nuevos que agrega Baca incrementan el valor de la obra (posiblemente el cuento que da título al libro sea uno de los mejores que se han escrito en la década). No se puede decir lo mismo con respecto a la antología de Carrizo, los últimos poemas que incluye se refieren a leyendas regionales que al ser traducidas al lenguaje poético pierden lo atractivo de su origen popular.

Bitácora del aire tiene el mérito no menor de ser una obra que se puede leer, en diversos párrafos, a las carcajadas. Posee, al igual que los poemas de Groppa, una rápida conexión con la realidad próxima. Quizás estas características justifiquen a los escritores jóvenes (y a los no tanto) que prefieren esta obra.

El título del libro de Constant remite a Música para camaleones de Truman Capote. Éste escribió en el prólogo que su vida como artista podría ser proyectada con el gráfico de una fiebre que tiene altos y bajos. No hay dudas de que la obra de nuestro escritor también puede ser registrada con picos y depresiones. Ya dijimos que él es el único narrador que obtiene un premio importante a fines de los ochenta, después abre los noventa con esta obra que es reconocida por los escritores pero ignorada por los comentaristas (por razones ya apuntadas no coloco la palabra “críticos”) que rondan por las revistas y suplementos literarios. Finalmente, su obra entra en un periodo de silencio que llega hasta los primeros años de la siguiente década.

Una mención aparte merece la obra Venecia de Accame. Estrenada, como teatro semimontado, en junio de 1997, en Buenos Aires, rápidamente obtuvo un éxito que traspasó las fronteras. Al año siguiente, se estrenó en la misma ciudad, con la dirección de Helena Tritek en el Teatro del Pueblo. Además, fue estrenada en quince provincias argentinas. En tanto que, en el exterior, se representó, en 1999, en Montevideo, Nueva York y Santa Fe de Bogotá; un año después, en Santa Cruz de la Sierra, en Londres y en Santiago de Chile; en 2001, en México DF, Montreal, New Brunswick (USA); en 2002, en Lima y en Kranj (Eslovenia); en 2003, en Río de Janeiro, en Lisboa, en Madrid y, dos años después, en Barcelona. La obra, en 1998, obtuvo el premio al mejor espectáculo del off que otorga la Asociación de Cronistas del Espectáculo (ACE) y otros que no vamos a detallar; sí vamos a aclarar que ninguna de esas distinciones fue en Jujuy.

El desentendimiento de los organismos locales en la implementación de una política cultural sostenible, dejó un espacio que nadie ocupó y, lo que es mucho peor, ningún escritor (excepto Groppa y Fidalgo) denunció públicamente. Nadie debería ignorar que la manera de apreciar el arte es uno de los indicadores que permiten medir el grado de la desigualdad social. Es, en esa apreciación, en la que deberían incidir las políticas culturales.

Muchos escritores creían –con una inocencia empujada por la utopía democrática– que el poder político iba a retomar acciones de estímulo cultural, en especial aquellas destinadas a los autores jóvenes; que iba a reconocer a los escritores de larga trayectoria, que iba a fomentar el gusto literario o que iba a reeditar las obras literarias importantes que se encuentran agotadas. Pero nada de eso sucedió.

Tampoco existió una profesionalización en la acumulación de un capital simbólico por parte de los escritores posteriores a la generación de Tarja; por otro lado, ningún escritor recibió un salario aceptable por su tarea específica como tal, ni siquiera hubo un acercamiento al periodismo de opinión como práctica constante rentada. Contrariamente a lo que expresó Espejo en un libro reciente, son muy pocos –en rigor, nada más que tres– los escritores nacidos en la década del 50 que realizan trabajos vinculados con la carrera de Letras de la UNJu. Además, sólo un autor entró de lleno en las leyes del mercado y, aunque su obra carece de valor literario, genera prácticas de ventas que más de un escritor desearía reproducir.

El silencio de los escritores sirve para entender, además, que no siempre es fácil articular respuestas frente al impacto de políticas que erosionan la autonomía del campo literario. Muchas veces la ausencia de palabras precisas no se debe solamente a una cuestión de voluntad; al ser agentes especializados de la producción cultural, los escritores son, además, una representación de lo que somos.

La única obra que apareció con un sentido colectivo fue el folleto de circulación limitada que apareció para festejar los ochenta años de Fidalgo. Esa publicación determina –de manera emblemática– el fin de una época y el comienzo de otra, señala que el campo literario puede estar asociado con el político (en ese sentido, el texto de Mangieri es muy significativo) y que la autonomía literaria está en su etapa final.

Creo que a esta altura del texto no hace falta aclarar que el cambio es una situación que alucina a los escritores. Sí es necesario afirmar que Octogenario, las pelotas no fue planificada por las instituciones culturales ni respondió a la lógica del mercado ni a la demanda de los medios de comunicación; fue el producto de una sana conspiración de escritores porque ellos representan también lo que queremos ser.

En resumen: los noventa comenzaron de manera auspiciosa, varios autores habían cosechado importantes premios, existía una ley para los escritores, una editorial se ponía a la altura de la mejor tradición universitaria, un suplemento literario funcionaba como la gran puerta de entrada al campo literario, existía una funcionaria que tomaba la sugerencia de un jurado como una obligación y, como si fuera poco, una antología y los primeros números de una revista trascendían al espacio local. Después, cada cual se conformó con ocupar un lugar fijo que congeló por unos años al campo, el Estado abandonó su rol de promotor cultural y, recién a fines de la década, apareció la necesidad de reposicionarse para recuperar una lengua y sus sentidos que también habían sido contaminados por el menemismo y su política de sálvese quien pueda. Hubo que darse cuenta que la dictadura nos había afectado más allá de lo que creíamos, que el término “nuevo” no dura para siempre y que la inocencia era algo que también se había perdido.

San Salvador de Jujuy, noviembre de 2007.


[1] Según resulta de las respuestas de los veinte escritores que contestan la Encuesta a la literatura jujeña contemporánea, op. cit.

sábado, 26 de abril de 2008

El fin de la inocencia 13

Campo literario jujeño en la década del noventa: Conclusión 2

Leer: El fin de la inocencia 12

Conclusión 2: Los narradores. ¿Por qué la narrativa –con la excepción de la obra de Tizón– no aparenta ser un espacio consolidado? Pensemos algunas hipótesis: 1) existe un autor paradigmático que opaca al resto; 2) los narradores que surgen en los noventa son autores tardíos que no se animaron en la década anterior a producir rupturas a las corrientes ya establecidas del campo literario y 3) se trata de un género que no es preferido por los lectores.

Intentemos una posible resolución. Efectivamente, Tizón es el autor que más ha trascendido fuera de los límites de esta provincia. Quizás, esa imagen de autor consagrado produzca un excesivo respeto; he escuchado varias diatribas en contra de él, pero sólo una escritora se atrevió a expresarlas por escrito. Esta falta de intención subversiva en el campo narrativo, a mí entender, lo vuelve demasiado rígido, estático y sin vitalidad. No implica esto que hay que injuriar al gran narrador, significa que la irrupción de nuevas maneras de narrar debe lograrse con un gran capital intelectual.

Pasemos a la segunda hipótesis. Salvo Dubin y Nassr que nacieron en 1963 y 1976, respectivamente (obsérvese la diferencia de edad que indica el vacío existente), todos los narradores que editaron en los noventa tenían más de treinta años. A esa edad, cualquier escritor que lee literatura desde los veinte ya debería estar, por lo menos, con una estética definida. Quizás éste sea el motivo para que no exista una obra equivalente a Historietas que, sin ser lo más logrado de Aguirre, marcó un cambio de rumbo en la poesía que después se calificó como nueva.

Por último, la preferencia de los lectores –esto me lo marcaron mis amigos libreros– no es una cuestión de géneros. Es más: uno de los libros que más se ha vendido y se vende es Seres mágicos (1ª ed. 1994) de Bossi, una obra narrativa que, al igual que el poemario Puya-Puyas (1ª ed. 1931) de Zerpa, tiene varias ediciones.

Una cuestión más: en el prolijo gráfico narrativo resultante, Accame y Constant se reconocen mutuamente como pares con todo lo que esto significa. Sin embargo, si observamos la producción de cada uno podemos ver una gran disparidad. Mientras que el primero es el más prolífico narrador de los noventa (publica un libro por año, a excepción de 1991); el segundo, en tanto, abre la década con Música para corderos y no publica nada hasta el 2004. ¿Alguien puede sacar alguna conclusión de esta disparidad entre pares?

Imagen: Fragmento de un dibujo de Néstor Groppa, 1956.

Leer: El fin de la inocencia 14


martes, 8 de abril de 2008

El fin de la inocencia 12

Campo literario jujeño en la década del noventa: Conclusión 1

Leer: El fin de la inocencia 11

Conclusión 1: Los poetas. La constitución del campo poético de los noventa, por lo ya expresado, puede asemejarse a fuerzas que se oponen y se yuxtaponen en la búsqueda de un lugar central. En base al relevamiento hasta aquí realizado, podemos afirmar lo siguiente:

1º) El grupo de los poetas agrupados alrededor de Tarja, a pesar de estar con actividad sostenida, ya no tienen el lugar central que ocupaban en el año 76. La única excepción a este desplazamiento está dada por la obra de Groppa, quien edita, a fines de la década los dos primeros tomos de sus Anuarios del Tiempo. Fidalgo, por su parte, publica su ensayo El teatro en Jujuy (Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 1995) y apuntala, con notas de opinión que aparecieron en varias revistas culturales, a los autores que se legitiman en los noventa.

2º) Existe un fuerte impulso a comienzos de la década. Quizás, debido a la promoción que brindan los concursos detallados, las repercusiones logradas por la antología Nueva poesía de Jujuy y los primeros números de la revista El Duende. Todos estos hechos permitían ver de manera auspiciosa el comienzo de la última década del siglo. La poesía, entonces, constituía una profesión de fe, una especie de doctrina colectiva que fue desvaneciéndose a medida de que los organismos del Estado interrumpían los concursos literarios o los reemplazaban con jurados de dudosos antecedentes. Recordemos que la Universidad clausuraba el ciclo productivo de sus ediciones y, en determinado momento, lo único novedoso fueron las ediciones de Cuadernos del Molle.[1]

3º) Lo que se llamó nueva poesía ocupó, entre 1991 y 1994,[2] un lugar central y posteriormente apareció un tiempo de transición. ¿Por qué un tiempo de transición? Porque después de mucho tiempo, luego de mucho batallar, hay un campo literario establecido. Esa transición significó, entonces, la conservación del lugar que ocupa cada uno. Es decir, el campo literario se volvió estable; la literatura, por lo tanto, se congeló por unos años. Después, aparecieron reediciones y libros que contenían otros libros ya publicados o fragmentos de ellos. ¿Existió un pacto de no agresión en el que cada cual respetó el espacio del otro? Es posible que sí. Como sea, varios escritores recién volvimos a reunirnos en una publicación colectiva[3] cuando Fidalgo cumplió ochenta años y decidimos hacerle un regalo literario.

4º) La fuerte expectativa que existió hasta los primeros años de los noventa también podría ser explicada por el impulso de la renovación democrática en la que, luego de muchos años, un presidente constitucional es relevado por otro que también fue electo por un acto democrático. Además, la incipiente política cultural del Estado hacía pensar que el campo cultural fracturado por la dictadura podría ser recuperado rápidamente. Sin embargo, la posterior quietud del campo literario demostró que la dictadura nos había afectado más allá de lo que creíamos.

Imagen: Fragmento de un dibujo de Néstor Groppa, 1956.

Seguir con: El fin de la inocencia 13

[1] En el transcurso de una mesa-debate realizada el 5 de noviembre de 2007, en la que participaron Aguirre, Alabí y Baca, éste último afirmó que su libro No esperar nada de las estrellas (Buenos Aires, Catálogos, 1999) contenía textos editados por la editorial auspiciada por la fundación Norte Chico porque ésta había realizado una tirada de apenas 400 ejemplares. La declaración, cruzada con los objetivos de Noceti reproducidos en la nota 7, expone lo exagerado que resultaron aquellas palabras que habían sido publicadas en la contratapa del primer libro de Cuadernos del Molle. Además, me consta que muchos jóvenes de Tilcara desconocen los títulos publicados por esta editorial.

[2] En este último año apareció Jujuy, todos estos años de gente, una antología que no tuvo la repercusión de su antecesora de 1991. El texto que figura en la contratapa (sin firma, pero de autor conocido), leído a la luz de lo aprendido por los años transcurridos, resulta sumamente equivocado: “Se asiste al velorio de La Carpa, Tarja, Piedra, Vértice, como antecesores válidos”. A pesar del atenuante de validez, varios integrantes de los grupos dados por muertos todavía tenían mucho que escribir. Sin ir más lejos, basta con leer los libros de Groppa de fines de los noventa y la obra de Fidalgo que, a comienzos del presente siglo, surgió como una plataforma donde se apoyaron distintos trabajos de las memorias de la represión dictatorial en Jujuy.

[3] Octogenario, las pelotas. Antihomenaje a Andrés Fidalgo (San Salvador de Jujuy, 1999). En esta publicación escribieron: Alabí, Aguirre, Baca, Carrizo, Castro, Mangieri, Mamaní y Negro.

sábado, 22 de marzo de 2008

El fin de la inocencia 11

Campo literario jujeño en la década del noventa: Sobre los narradores

Leer: El fin de la inocencia 10

¿Por qué parece que el desarrollo de la poesía es mayor que el de la narrativa? ¿Por qué hay pocos autores nacidos en la década del sesenta? Estas cuestiones quizás habría que buscarlas en varios factores. Un factor fue expresado por Tizón: el paso de una promoción literaria a otra fue brutal. Exilios, desapariciones y censuras hicieron que una generación creciera con varios huecos en su formación. La herida abierta por la dictadura será una deuda que los escritores recién empezarán a pagar con el cambio de milenio.

Otro factor, como ya han dicho hasta el cansancio varios escritores, está dado por la falta de una crítica que oriente, pondere e ilumine sobre las estéticas que se desarrollan y que esas críticas lleguen hasta un público no especializado. Éste es el sector que más necesita el accionar de los críticos; los escritores, ya lo han demostrado, bien pueden desarrollar su obra sin ellos.

Los trabajos críticos fundamentales para entender el estado del campo literario han sido los que publicaron Fidalgo, Groppa y Frega. Es decir, dos escritores que dejaron de lado, por un momento y parcialmente, su función creativa y una investigadora universitaria de otra provincia. Cuando realizamos la Encuesta a la literatura jujeña contemporánea muchos se sorprendieron por el rescate de Los pájaros del bosque de Picchetti por parte de los escritores. Pocos advirtieron que esa novela ya había sido elogiada por Jaime Rest y Elvio Gandolfo, entre otros, y también había sido ponderada por Fidalgo –en 1975– y Groppa había llamado la atención –en 1987– por el silencio de la autora (y el silencio de la crítica, agregamos nosotros).

Es posible que la mayor visibilidad de los poetas se deba, por otro lado, a los modelos rectores de ese género que siempre estuvieron en franco diálogo con sus sucesores. Uno desde el suplemento literario, un lugar por el que entraron casi todos los autores que surgieron después de la última dictadura; el otro desde la tarea de presentador de libros como así también desde las páginas de casi todas las revistas culturales en las que generosamente colaboró.[1]

Tizón, la gran figura narrativa, mientras tanto se dedicó a la construcción de una sólida obra, pero no a establecer puentes con las nuevas generaciones (acción que nadie le podría reprochar ya que no tiene ninguna obligación de hacerlo) ni a elaborar notas que ayuden a entender el campo literario donde se inserta su obra. En páginas anteriores, citamos una declaración del narrador en la que afirma que tanto él, como dos escritores emblemáticos que nombra, no tuvieron lectores que oficiaran de parricidas para después asumirlos como herencia. Esta comparación sí nos permite marcar una diferencia que es mucho más que un reproche: esos escritores habían publicado ensayos que iluminaron el campo;[2] en tanto que Tizón, recién una década después, lanzó un poco de luz sobre esta cruel provincia con Tierra de fronteras.


Fotografía: Héctor Tizón.

Seguir con: El fin de la inocencia 12

[1] A esta altura del texto, creo que ya no hace falta nombrarlos. De todas maneras, ojalá que estas líneas sirvan como un modesto homenaje a quienes le molestan los homenajes y dedicaron gran parte de su tiempo para que toda una masa amorfa de libros y revistas literarias logre transformarse en la literatura de Jujuy.

[2] Me refiero a Crítica y ficción de Ricardo Piglia (Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, 1986) y Una literatura sin atributos de Juan José Saer (Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, 1988). Por otra parte, es digno de mencionar el importante perfil editorial que, por esos años, armó Edgardo Russo desde el Centro de Publicaciones de aquella universidad.

jueves, 20 de marzo de 2008

Periodismo, una actividad peligrosa

Un investigador argentino que trabaja en una universidad de Estados Unidos me pregunta si yo conocía al periodista que mataron en Jujuy. Desde miles de kilómetros de distancia, el científico afirma que el hecho es una tragedia. Quizás, los jujeños todavía no tengamos la suficiente distancia para apreciar la verdadera dimensión de este asesinato.


Un periodista es alguien que cuenta historias. Busca, edita y comunica; es decir, transforma hechos en noticias. Por lo general, los buenos periodistas no tienen mucho que decir pero sí saben qué preguntar. Y, llegado el caso, saben qué es lo que se debe repreguntar. Entonces, un periodista no importa por lo que opina y sí por lo que pregunta.

Cuando el periodista empieza a ser reconocido por sus vecinos, cuando su palabra es escuchada con más atención, él está en condiciones de convertirse en una voz autorizada. ¿Autorizada por quién? Por los integrantes de la comunidad a la que se dirige. Ellos legitiman al periodista.

Muchas veces los periodistas son envidiados por los universitarios. Estos, lo sabemos bien, se han profesionalizado en la acumulación de un saber que muchas veces no encuentra eco en la sociedad. Tiene que ocurrir una desgracia evidente (digamos una contaminación que produce una montaña de plomo en el centro de un pueblo) para que las voces de los científicos sean escuchadas atentamente.

Mientras no ocurra una catástrofe, los periodistas son quienes concentran la mirada del público. Y, dentro de su propio campo, los que ejercen su oficio o profesión en la televisión son los que más reconocimiento cosechan.

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Los teléfonos de una redacción periodística son usados más en llamadas salientes que entrantes. Lo dijimos: los periodistas buscan, indagan, preguntan. Ellos, salvo honrosas excepciones, saben de todo un poco y casi nada en profundidad. Están siempre dispuestos a escribir sobre el último fenómeno mediático; tanto a favor como en contra.

Algunos, aquellos que tienen una fuerte presencia en los medios, ya sea por sus apariciones o sus declaraciones, reciben llamadas desde los centros del poder. He visto a las mejores mentes del campo periodístico local ser tentadas por mandatarios, ministros y aspirantes a políticos. Algunos, esto también me consta, aceptan ciertas prebendas, venden espacios que construyeron a lo largo del tiempo y se dedican a administrar lo que entra y lo que sale. Es evidente, por otro lado, que determinadas presiones son originadas desde los mismos medios de comunicación.

El primer indicador que aparece, cuando una sociedad se degrada, no está relacionado con lo estrictamente económico. El primer síntoma de infamia está dado por la corrupción de la palabra. ¿Cuándo sucede esto? Cuando se difunden tendencias que no existen, cuando se potencian ideas que no merecen ser tenidas en cuenta por las audiencias y cuando sólo habla el que más fuerte grita. Lamentablemente, ya no quedan rebeldes que hagan oír sus voces, pero, a menudo, ese espacio se sigue llenando con sonidos guturales que son afinados por el dinero.

***

Marzo, para los argentinos, es el tiempo en el que la memoria se hace más densa. Significa, a partir de ahora, el mes más cruel para los periodistas jujeños. En la madrugada del miércoles 18, un proyectil calibre 22 dejó sin vida a Juan Carlos Zambrano, jefe de noticias del medio de información local más influyente.

No tengo tiempo ni ganas para analizar la trayectoria periodística del periodista asesinado. Esta tarea bien podría ser uno de los temas de las monografías y tesis que se realizan en la carrera de Comunicación Social de la UNJu: ¿cuáles son los temas que tratan los periodistas en Jujuy?, ¿qué ideas son potenciadas por los medios?, ¿cómo son presentados los distintos actores sociales? Y una pregunta más ambiciosa: ¿de qué no se habla en la esfera pública?

Zambrano ocupó una posición central en el campo periodístico. Fue odiado y reivindicado por importantes sectores de la sociedad. Los avisos de condolencias que aparecieron en los medios gráficos, casi todos firmados por actores sociales reconocidos, y los llamados telefónicos que se difundieron por la radio del multimedia donde trabajaba dan prueba de lo que digo. En algunos casos, varios políticos que lo odiaban en voz baja no tuvieron más remedio que expresar públicamente algo que, en verdad, no sentían. Distinta fue la situación de la audiencia que el periodista supo construir: los llamados anónimos resultaron fuertemente creíbles y no existen motivos para dudar de su sinceridad.

***

Una fuerte sensación de miedo se instaló en la sociedad aquella madrugada funesta. Los compañeros de redacción de Zambrano empezaron a trabajar en busca de indicios no bien se enteraron del asesinato. Ese día, los teléfonos fueron desbordados por los llamados que pedían información, gente que quería saber qué había pasado, por qué había sucedido y cómo fueron los hechos.

Esa vez, la lógica comunicativa se invirtió: el periodista ya no era el que preguntaba sino el que protagonizaba la noticia. Rápidamente empezaron a circular diversas hipótesis, dos se destacaron y ganaron las calles: se trataba de un crimen pasional o era un ajuste de cuentas desde algún resorte del poder.

De nada sirve especular sin pruebas a la vista. Hasta ahora sólo sabemos que hay una persona detenida. Que muchos (y no hablo exclusivamente de los periodistas) tienen miedo. Y que algunos (pocos, afortunadamente) reclaman el regreso de una mano dura que controle la espiral de violencia que crece día a día.

Algo grave sucedió. Un periodista fue asesinado. La posición que ocupaba y la violencia del hecho nos obligan a pronunciarnos para repudiar el crimen. Permanecer en silencio es lo peor que nos puede suceder como sociedad. No repudiar este asesinato sería convertirnos en una comunidad ultimada, tan ultimada como el periodista Juan Carlos Zambrano.

Este texto fue reproducido en El informante digital en marzo del 2008.

domingo, 2 de marzo de 2008

El fin de la inocencia 10

Campo literario jujeño en la década del noventa: Sobre los poetas

Leer: El fin de la inocencia 9

Un diccionario[1], acotado por la fecha de nacimiento de los escritores, nos da la siguiente lista: Accame, Aguirre, Alabí, Baca, Berengan, Cañas, Carrizo, Castro (1962), Espejo, García, Leonor Picchetti (1942), Quiroga, Romano Pérez y Mónica Undiano. A excepción de los narradores Alabí y Picchetti, todos han publicado libros de poesía. Sólo cuatro autores han editado libros exclusivamente de poesía: Aguirre, Carrizo, García y Romano Pérez. En tanto que Accame, Baca, Berengan, Cañas, Castro, Espejo, Quiroga y Undiano practican distintos géneros. Como sea, la poesía es el género que más adeptos convoca.

Si bien existen varias antologías, ninguna obtuvo la repercusión que logramos con Nueva poesía de Jujuy (Palpalá, Daltónica, 1991).[2] En esa obra incluimos a Carrizo, Baca, Ramiro Tizón (1956), Accame, Mamaní, Álvaro Cormenzana, Aguirre y Cañas. Un comentario escrito por Baca, y que fue pensado para una reedición de la antología (truncada por el alejamiento adelantado de Fernando De la Rúa y el posterior desentendimiento de la secretaría de Cultura de la Nación), es un testimonio muy ilustrativo de lo que ésta significó:

Con esta antología Reynaldo trazó una línea sobre el final de la dictadura y su trazo se convirtió en algo definitivo. Aunque parezca un poco grandilocuente. Me explico. Durante el Proceso había llegado a dominar el ámbito público de nuestra literatura un cierto tipo de expresión lógicamente muy mala: inactiva, anacrónica, pasiva, incluso inerte. No es que aquellos ilustrados fueran malas personas: supongo que era la época. Pero vino Reynaldo y trazó por ahí una línea y chau. Lo que tuvo sus víctimas, porque fueron unos cuantos los que quedaron afuera. Lo que importa es lo que ocurrió de este lado de esa línea. “Dispersos por dispersas capitales...”, como empieza Borges su “Invocación a Joyce”. Acaso no era para tanto. No se trataba de capitales, sino -cuanto mucho- de barrios. Pero dispersos, es verdad. Y entonces Reynaldo hizo un dibujo y una teoría, un poco reales y un poco falsos como cualquier dibujo y cualquier teoría, pero fue suficiente para la alegría de inventar una obra en común.

Más tarde, otra clasificación más generosa de Fidalgo incluía a los siguientes poetas de la nueva promoción en los noventa: Aguirre, Baca, Berengan, Bossi, Cañas, Carrizo, Castro, Calderón, Casasco, Cormenzana, García, Spadoni, Mamaní, Negro, Pedro Raúl Noro (1943), Mario Solís (1950-2000) y Wayar.[3] Afirmo que el ordenamiento es generoso porque algunos de los mencionados no publicaron ningún libro en los noventa. Si bien esta cuestión no es categórica (habría que pensar en los casos de Cormenzana y Mamaní, poetas que trascendieron mucho antes de que sus poemas aparecieran en libros), creo que todavía falta ponderar más los nombres que son significativos de la década.

En ese trabajo, el ensayista menciona que existen dos grandes áreas dentro del campo literario. Una de ellas está

constituida por los repetitivos, los que insisten en modalidades ya configuradas, sin ni siquiera intentar modificarlas. Sector que integran autores apegados en exceso a la tradición en cuanto a formas y temas literarios; y a variantes de un folklore no vivido de manera integral o no estudiado adecuadamente en sus relaciones con la literatura. También gravita en este grupo cierto localismo empequeñecedor, que termina por proponer (matiz más o menos) el aislamiento cultural. Quedan excesivamente a la vista, deliberadas y superficiales apelaciones al color local, las innovaciones altisonantes a lo telúrico mediante porfiada insistencia en vocablos lugareños que pocas veces justifican su empleo (se introducen o irrumpen en el discurso; no se incorporan necesaria o naturalmente a él). Cosa similar ocurre con la mención de ritos, costumbres, leyendas, casos o historias que, con demasiada frecuencia, pasan a ser más que simple mención, lo central en textos sin elaboración suficientes.

La otra gran área estaría constituida por autores “informados en cuanto a producción poética contemporánea (…), abierta a modalidades diversas, a lo heterogéneo” y dispuestos a correr “ciertos riegos o audacias”. Entre los escritores que Fidalgo incluye en esta segunda área están los diecisiete que ya citamos, ellos serían los encargados de relevar a los poetas mayores: Mario Busignani (1908-1990), Calvetti, Groppa y el propio Fidalgo.

Similar calificación, con respecto al núcleo fundador, realiza Santiago Sylvester en su Poesía del noroeste argentino: Siglo XX (Buenos Aires, Fondo Nacional de las Artes, 2003). El antólogo destaca a Busignani, Zerpa, Galán, Calvetti, Fidalgo, Demitrópulos y Groppa. Entre los de menor edad, incluye a los nacidos entre 1949 y 1959: Cañas, García, Aguirre, Accame, Baca y Carrizo.[4]

Por su parte, Groppa, en una entrevista que le realizó Jorge Boccanera, afirma:

En Jujuy hay buenos poetas, es riesgoso dar nombres, me interesan Ernesto Aguirre, Ocalo García, Álvaro Cormenzana, Susana Quiroga, Estela Mamaní, Reynaldo Castro; prácticamente a todos los publiqué yo en el suplemento del diario Pregón.

Si bien ya hablamos de una generación brutalmente diezmada, hay que puntualizar que los escritores nacidos en los años sesenta son un número menor. Apenas hacen falta los dedos de una mano, para contar a los que tienen obra publicada y nacieron en esa década rebelde. Por lo tanto, podríamos afirmar que se salvaron de la dictadura, pero no del menemismo.

En una nota referida a la bohemia, Carrizo rememora las noches del boliche El Desalmadero que lo tuvo como protagonista y capta el punto de inflexión de los noventa:

Esta bohemia jujeña duró todo el 95 y parte del 96. Allí se cantaba hasta el amanecer, con nostalgia, como vislumbrando una etapa de caída, de abismo, que fue la entrada en la era menemista, en el individualismo, en el fundamentalismo de mercado, del internet y el teléfono celular, de la tarjeta magnética y de la soledad. Fue el inicio del gran bajón cultural en todo el país.[5]

En el campo político mientras tanto, el gobernador Guillermo Snopek perdía la vida en un accidente y, en febrero de 1996, asumía en su reemplazo el escritor que había gestionado una ley para sus pares.

Leer El fin de la inocencia 11




[1] Pedro Orgambide (dirección) y Silvana Castro, Breve diccionario biográfico de autores argentinos, desde 1940 (Buenos Aires, Atril, 1999).

[2] Algunos de los comentarios fueron: Cristina Siscar, “Un documento cultural”, en revista Hum(o)r, n° 295 (Buenos Aires: De la urraca, agosto de 1991); Rodolfo Alonso, “Voces de adentro”, en revista Hora de poesía, n° 75/76 (Barcelona, mayo/agosto, 1991); Andrés Fidalgo, “Nueva poesía de Jujuy”, en suplemento literario del diario Pregón (San Salvador de Jujuy, 13 de octubre de 1991); Jorge Fondebrider, reseña aparecida en Diario de Poesía, n° 21 (Buenos Aires, verano del ’92) y Ricardo Díaz Villalba, “Los poemas transpuestos” en revista Diálogos, letras, artes y ciencias del noroeste argentino, n° 2 (Salta, junio de 1993). Además, hay que destacar que esta antología está incluida en “Treinta años de poesía argentina” de Jorge Fondebrider, uno de los artículos que este autor compiló en Tres décadas de poesía argentina (Buenos Aires, Libros del Rojas, 2006).

[3] Andrés Fidalgo, “La poesía en Jujuy (entre 1970 y 1990), el trabajo había aparecido en una revista de cultura de esta provincia en la década del noventa. Posteriormente, su autor lo incluyó en Escritos casi póstumos (San Salvador de Jujuy, Ediciones Culturales San Salvador, 2003).

[4] Otra antología que incluye autores de todo el país, Poetas 2: Autores argentinos de fin de siglo, selección y prólogo de Juano Villafañe (Buenos Aires, Ediciones Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, 1999), apenas incluye a Baca y Carrizo.

[5] “Noches de bohemia”, en revista Nexos nº 41, El Tribuno (Salta, 16 de febrero de 2003).

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