domingo, 2 de marzo de 2008

El fin de la inocencia 10

Campo literario jujeño en la década del noventa: Sobre los poetas

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Un diccionario[1], acotado por la fecha de nacimiento de los escritores, nos da la siguiente lista: Accame, Aguirre, Alabí, Baca, Berengan, Cañas, Carrizo, Castro (1962), Espejo, García, Leonor Picchetti (1942), Quiroga, Romano Pérez y Mónica Undiano. A excepción de los narradores Alabí y Picchetti, todos han publicado libros de poesía. Sólo cuatro autores han editado libros exclusivamente de poesía: Aguirre, Carrizo, García y Romano Pérez. En tanto que Accame, Baca, Berengan, Cañas, Castro, Espejo, Quiroga y Undiano practican distintos géneros. Como sea, la poesía es el género que más adeptos convoca.

Si bien existen varias antologías, ninguna obtuvo la repercusión que logramos con Nueva poesía de Jujuy (Palpalá, Daltónica, 1991).[2] En esa obra incluimos a Carrizo, Baca, Ramiro Tizón (1956), Accame, Mamaní, Álvaro Cormenzana, Aguirre y Cañas. Un comentario escrito por Baca, y que fue pensado para una reedición de la antología (truncada por el alejamiento adelantado de Fernando De la Rúa y el posterior desentendimiento de la secretaría de Cultura de la Nación), es un testimonio muy ilustrativo de lo que ésta significó:

Con esta antología Reynaldo trazó una línea sobre el final de la dictadura y su trazo se convirtió en algo definitivo. Aunque parezca un poco grandilocuente. Me explico. Durante el Proceso había llegado a dominar el ámbito público de nuestra literatura un cierto tipo de expresión lógicamente muy mala: inactiva, anacrónica, pasiva, incluso inerte. No es que aquellos ilustrados fueran malas personas: supongo que era la época. Pero vino Reynaldo y trazó por ahí una línea y chau. Lo que tuvo sus víctimas, porque fueron unos cuantos los que quedaron afuera. Lo que importa es lo que ocurrió de este lado de esa línea. “Dispersos por dispersas capitales...”, como empieza Borges su “Invocación a Joyce”. Acaso no era para tanto. No se trataba de capitales, sino -cuanto mucho- de barrios. Pero dispersos, es verdad. Y entonces Reynaldo hizo un dibujo y una teoría, un poco reales y un poco falsos como cualquier dibujo y cualquier teoría, pero fue suficiente para la alegría de inventar una obra en común.

Más tarde, otra clasificación más generosa de Fidalgo incluía a los siguientes poetas de la nueva promoción en los noventa: Aguirre, Baca, Berengan, Bossi, Cañas, Carrizo, Castro, Calderón, Casasco, Cormenzana, García, Spadoni, Mamaní, Negro, Pedro Raúl Noro (1943), Mario Solís (1950-2000) y Wayar.[3] Afirmo que el ordenamiento es generoso porque algunos de los mencionados no publicaron ningún libro en los noventa. Si bien esta cuestión no es categórica (habría que pensar en los casos de Cormenzana y Mamaní, poetas que trascendieron mucho antes de que sus poemas aparecieran en libros), creo que todavía falta ponderar más los nombres que son significativos de la década.

En ese trabajo, el ensayista menciona que existen dos grandes áreas dentro del campo literario. Una de ellas está

constituida por los repetitivos, los que insisten en modalidades ya configuradas, sin ni siquiera intentar modificarlas. Sector que integran autores apegados en exceso a la tradición en cuanto a formas y temas literarios; y a variantes de un folklore no vivido de manera integral o no estudiado adecuadamente en sus relaciones con la literatura. También gravita en este grupo cierto localismo empequeñecedor, que termina por proponer (matiz más o menos) el aislamiento cultural. Quedan excesivamente a la vista, deliberadas y superficiales apelaciones al color local, las innovaciones altisonantes a lo telúrico mediante porfiada insistencia en vocablos lugareños que pocas veces justifican su empleo (se introducen o irrumpen en el discurso; no se incorporan necesaria o naturalmente a él). Cosa similar ocurre con la mención de ritos, costumbres, leyendas, casos o historias que, con demasiada frecuencia, pasan a ser más que simple mención, lo central en textos sin elaboración suficientes.

La otra gran área estaría constituida por autores “informados en cuanto a producción poética contemporánea (…), abierta a modalidades diversas, a lo heterogéneo” y dispuestos a correr “ciertos riegos o audacias”. Entre los escritores que Fidalgo incluye en esta segunda área están los diecisiete que ya citamos, ellos serían los encargados de relevar a los poetas mayores: Mario Busignani (1908-1990), Calvetti, Groppa y el propio Fidalgo.

Similar calificación, con respecto al núcleo fundador, realiza Santiago Sylvester en su Poesía del noroeste argentino: Siglo XX (Buenos Aires, Fondo Nacional de las Artes, 2003). El antólogo destaca a Busignani, Zerpa, Galán, Calvetti, Fidalgo, Demitrópulos y Groppa. Entre los de menor edad, incluye a los nacidos entre 1949 y 1959: Cañas, García, Aguirre, Accame, Baca y Carrizo.[4]

Por su parte, Groppa, en una entrevista que le realizó Jorge Boccanera, afirma:

En Jujuy hay buenos poetas, es riesgoso dar nombres, me interesan Ernesto Aguirre, Ocalo García, Álvaro Cormenzana, Susana Quiroga, Estela Mamaní, Reynaldo Castro; prácticamente a todos los publiqué yo en el suplemento del diario Pregón.

Si bien ya hablamos de una generación brutalmente diezmada, hay que puntualizar que los escritores nacidos en los años sesenta son un número menor. Apenas hacen falta los dedos de una mano, para contar a los que tienen obra publicada y nacieron en esa década rebelde. Por lo tanto, podríamos afirmar que se salvaron de la dictadura, pero no del menemismo.

En una nota referida a la bohemia, Carrizo rememora las noches del boliche El Desalmadero que lo tuvo como protagonista y capta el punto de inflexión de los noventa:

Esta bohemia jujeña duró todo el 95 y parte del 96. Allí se cantaba hasta el amanecer, con nostalgia, como vislumbrando una etapa de caída, de abismo, que fue la entrada en la era menemista, en el individualismo, en el fundamentalismo de mercado, del internet y el teléfono celular, de la tarjeta magnética y de la soledad. Fue el inicio del gran bajón cultural en todo el país.[5]

En el campo político mientras tanto, el gobernador Guillermo Snopek perdía la vida en un accidente y, en febrero de 1996, asumía en su reemplazo el escritor que había gestionado una ley para sus pares.

Leer El fin de la inocencia 11




[1] Pedro Orgambide (dirección) y Silvana Castro, Breve diccionario biográfico de autores argentinos, desde 1940 (Buenos Aires, Atril, 1999).

[2] Algunos de los comentarios fueron: Cristina Siscar, “Un documento cultural”, en revista Hum(o)r, n° 295 (Buenos Aires: De la urraca, agosto de 1991); Rodolfo Alonso, “Voces de adentro”, en revista Hora de poesía, n° 75/76 (Barcelona, mayo/agosto, 1991); Andrés Fidalgo, “Nueva poesía de Jujuy”, en suplemento literario del diario Pregón (San Salvador de Jujuy, 13 de octubre de 1991); Jorge Fondebrider, reseña aparecida en Diario de Poesía, n° 21 (Buenos Aires, verano del ’92) y Ricardo Díaz Villalba, “Los poemas transpuestos” en revista Diálogos, letras, artes y ciencias del noroeste argentino, n° 2 (Salta, junio de 1993). Además, hay que destacar que esta antología está incluida en “Treinta años de poesía argentina” de Jorge Fondebrider, uno de los artículos que este autor compiló en Tres décadas de poesía argentina (Buenos Aires, Libros del Rojas, 2006).

[3] Andrés Fidalgo, “La poesía en Jujuy (entre 1970 y 1990), el trabajo había aparecido en una revista de cultura de esta provincia en la década del noventa. Posteriormente, su autor lo incluyó en Escritos casi póstumos (San Salvador de Jujuy, Ediciones Culturales San Salvador, 2003).

[4] Otra antología que incluye autores de todo el país, Poetas 2: Autores argentinos de fin de siglo, selección y prólogo de Juano Villafañe (Buenos Aires, Ediciones Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, 1999), apenas incluye a Baca y Carrizo.

[5] “Noches de bohemia”, en revista Nexos nº 41, El Tribuno (Salta, 16 de febrero de 2003).

domingo, 17 de febrero de 2008

El fin de la inocencia 9

Campo literario jujeño en la década del noventa: Referentes

Leer: El fin de la inocencia 8

Ya dijimos que los escritores establecen relaciones en el interior del campo intelectual.[1] Conexiones que están determinadas por la posición que cada cual ocupa o quiere ocupar. Así, es posible ver a tres parejas que se autodesignan: Accame-Elena Bossi (1954), Accame-Constant y Alberto Alabí (1959)-Carrizo.

Por otro lado –y aunque no son correspondidos– Aguirre y Cormenzana, por separado, son considerados como un par tanto por Alabí como por Carrizo. Baca lo es para Alabí, Bossi, Carrizo e Ildiko Nassr (1976). Groppa es sentido como un par por Alabí y Nassr. Castro lo es para Constant y Nassr.

Además, Bossi considera pares a Dorra y Guillermina Casasco; Alabí a Flora Guzmán; Carrizo a García y Mónica Undiano; Ricardo Dubin (1963) a Estela Mamaní (1955); Nassr, una de las últimas en ingresar al campo literario de los noventa,[2] es la que más pares desea tener: Homs, Patricia Calvelo (1970), Susana Quiroga (1942), Francisco Romano Pérez (1940), López Zenarruza, Rafael Vicente Calderón (1952), Matías Teruel (1982), Cañas, Carrizo, Accame y Bossi; por último, Ramos a Emma Solá de Solá, Zerpa y Joaquín Burgos (1917-1992).

También están aquellos que reivindican su individualidad por encima de cualquier intento unificador o prefieren no explicitar sus preferencias: Aguirre, Espejo, Homs, Negro, Quiroga y Undiano.

Es una lástima que tanto Baca como Cormenzana no hayan contestado la encuesta citada, ya que ambos tienen mucho que ver con la prehistoria de la literatura de los noventa. Ellos, junto a Aguirre, compartieron una breve estadía en Tucumán en la década del setenta que fue fructífera para los tres. Allá, Aguirre y Comenzana editaron dos números de la revista literaria Gorrión. Baca después escribió un largo comentario[3] de lo que significó para él ciertas conversaciones que tuvo con el hasta ahora poeta sin libro. Aguirre, por su parte, escribió un poema-prólogo para el ya casi mítico texto inédito Poemas del Jigante de Cormenzana. Éste, en una entrevista, expresó que de poesía solamente hablaba con Aguirre y Baca.[4]

Durante los noventa circuló cierta moda intelectual que afirmaba que la historia era un producto sin sujetos, pensar de esa manera –ahora lo sabemos– es un error. La historia de la literatura no es un proceso sin sujetos, es un espacio donde la libertad de relacionarse entre pares siempre estuvo a la orden del día.

Una posible inferencia de las relaciones que han establecido nuestros escritores, en el pasado reciente, bien podría ser graficada de la siguiente manera:

Al elegir un par, los escritores fundan su propia imagen; es decir, designan un referente que está a su propia altura. Desde este punto de vista, resulta exagerada la pretensión de Alabí y Nassr de considerar como semejante a Groppa. No es un exceso, en cambio, afirmar que Cormenzana colaboró con sus pares Aguirre y Baca para abrir un camino nuevo. A propósito del rigor estético, afirma el último:

Lo interior es lo más difícil de poner en juego. Así como puede ser bello, puede ser cruel, o miserable. Difícil es dejar que un objeto exterior -el poema- tenga derechos sobre lo más interior. Algo del rigor que exigía Cormenzana, podría explicarse diciendo, ahora, que si ha de tener esos derechos, el poema antes debe ser perfecto.[5]

Los poemas de Cormenzana, como ya se ha dicho, aún circulan como textos para iniciados de una logia secreta. Él, como ninguno, posee el perfil del artista border line: el que sin estudios sistemáticos de música llega a ser violinista de la Orquesta Sinfónica de Tucumán, el que hace letras de rock para chicos que comienzan a armar sus bandas y el que encarna, fundamentalmente, la imagen del poeta que sólo escribe para poetas.

Sin ánimo de considerar cumplidos, ni condescendencias, ni condecorarle insignias, digo de Álvaro Cormenzana lo que él seguramente nunca quiera revelar: la secreta felicidad de un ser desposeído, sin oprobio, ni maldad, que redime palabras por el sólo hecho de hacerlas correr desbocadas hasta levantar al cielo su polvareda.[6]

Ser un desposeído implica, en este caso, no tener libro propio. Significa, además, no estar atado a nada y disponer de agilidad para contraatacar con palabras que tienen como soporte las páginas de una antología agotada y la propia voz del poeta. Cormenzana representa, entonces, el orgullo del solo que no espera nada.

Ahora bien, ¿no es un peligro encerrarse en reducidos grupos? ¿Vale la pena integrar logias a las que acceden sólo los iniciados? ¿Acaso los escritores son bandas en fuga que no dan batalla ni siquiera para defender una ley que les concierne? ¿O son los que detrás de una estética nos transmiten una ética que contiene valores, ideas, libertades y memorias?

Leer: El fin de la inocencia 10


[1] Las relaciones que a continuación se detallan son una consecuencia del cruce de respuestas que los escritores expresan en el libro Encuesta a la literatura jujeña contemporánea ya citado. Desde ya aclaro que no se tratan de relaciones fijas y estables; sirven –eso sí– para determinar un estado del campo en un momento dado. Sería saludable que, con cierta periodicidad, se (re)estructurara el escalafón de autores y textos.

[2] Esta autora, en la dedicatoria de su primer libro Vida de perros (1998), reconoce –de manera pródiga– la condición de maestro que ejerció Alabí sobre ella.

[3] Pablo Baca, “Cormenzana: decirlo todo en una frase”, en Reynaldo Castro (editor), Nueva poesía de Jujuy, op. cit.

[4] Reynaldo Castro, “Álvaro Cormenzana: el enfermo de las palabras”, entrevista publicada en el suplemento literario del Pregón (San Salvador de Jujuy, 27 de diciembre de 1992).

[5] Pablo Baca, ibídem.

[6] Roberto Salvatierra, comentario inédito (Salta, invierno de 2003).


sábado, 16 de febrero de 2008

El fin de la inocencia 8

Campo literario jujeño en la década del noventa: La poesía gana la partida

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La productividad de la poesía, en relación con los otros géneros, se puede verificar en un riguroso análisis de sesenta colecciones de revistas literarias publicadas, en su mayoría en Buenos Aires, entre 1960 y 1990.[1]

Catorce autores de Jujuy aparecen en los registros. De ellos, ocho publicaron poemas: Aguirre (Diario de poesía nº 14); Juana Alcira Arancibia (El grillo nº 6); Bianchedi (El lagrimal trifurca nº 5, Rosario); Calvetti (Hojas del caminador nº 21, Castelar, provincia de Buenos Aires; Macedonio nº 4/5 y Satura nº 1); Carrizo (Mascaró nº 6), Coronel (Latinoamericana nº 2); Groppa (Diario de poesía nº 12; Hojas del caminador nº 29, Castelar, provincia de Buenos Aires; Letras de Buenos Aires nº 2 y nº 26; Megafón nº 9/10, 13 y 14) y Federico Undiano (Eco contemporáneo nº 10). Tres publicaron reseñas: Arancibia (Letras de Buenos Aires nº 24); Demitrópulos (Megafón nº 14) y Espejo (Papiros del siglo veinte, nº 5). Dos publicaron narraciones: Demitrópulos (Puro cuento nº 21) y Tizón (Crisis nº 9, 21, 28, 33; El molinero de pimienta nº 6, Berazategui, provincia de Buenos Aires y Puro cuento nº 13). También dos fueron los entrevistados: Arancibia (Napenay nº 9/10) y Tizón (Crisis nº 21). Otros dos publicaron críticas: Castro (Diario de poesía nº 14) y Terrón de Bellomo (Letras de Buenos Aires, nº 24 y Megafón nº 14). Además, Fidalgo publicó una traducción (Macedonio nº 4/5) y Groppa una carta (Pájaro de fuego nº 41).

La enumeración permite cotejar la proyección que los autores de Jujuy tienen más allá de los límites provinciales. Resalta, además, la buena recepción que tienen las obras de Groppa y Tizón. No hay dudas de que el lugar que ambos ocupan, dentro del campo literario, es central.

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[1] Nélida Salvador, Miryam Gover de Nasatsky y Elena Ardissone, Revistas literarias argentinas, 1960 - 1990: Aportes para una bibliografía (Buenos Aires, s/ mención editorial, 1997). En los casos que no se menciona el nombre de la ciudad es porque fue impresa en la ciudad de Buenos Aires.


miércoles, 16 de enero de 2008

El fin de la inocencia 7

Campo literario jujeño en la década del noventa: Libros no esperados

Leer: El fin de la inocencia 6

Una literatura no sólo se desarrolla por medio de los premios. También resultan necesarias las obras que irrumpen y abren nuevos caminos. En 1987, Abierto por balance (de la literatura en Jujuy y otras existencias) de Groppa surge como una obra no esperada.

El libro pertenece a un género confuso: el autor presenta una crónica afectiva de la ciudad, historias de vida, entrevistas, un repaso de las revistas literarias, un censo de la literatura de Jujuy hasta 1981 y poemas. La mirada retrospectiva del trabajo permite comparar la producción literaria local con la que se produce en otros lados:

Comparo mi ciudad, mi provincia, con lo que creo conocer de otros lados. Por lo que llega a mis manos publicado en casi todo el resto del país. Por los suplementos literarios y culturales (nueve) que consulto semanalmente, deduzco que si en Jujuy hubiera una ayuda económica, y una sabia dirección, –estatal o privada, pero en ambos casos sin condicionamientos que no fueran los de la calidad, por lo menos hacia los costos de hoy, tal como lo supo hacer en Resistencia el banco del Chaco, por dar un ejemplo cercano– la calidad de la edición jujeña (gráfica y literariamente), superaría la que supo tener años pasados, esa misma que se continúa mencionando y haciendo notar en cualquier antología o enciclopedia consultada.[1]

Un año más tarde, apareció El escepticismo militante, un libro de conversaciones que realizamos con Aguirre y que previamente había aparecido mediante entregas en el suplemento literario del Pregón. El autor de Historietas recuerda que en 1976, año en que –por las trágicas condiciones históricas que todos sabemos– el campo intelectual empezó a fracturarse doblemente (varios escritores tuvieron que exiliarse e internamente también hubo cortes disruptivos), él se reunió con otros autores que habían armado un grupo literario:

Bueno, la cuestión es que en la primera reunión que hicimos […] éramos cuarenta. ¡Cuarenta tipos convocados por el hecho de escribir y nada más! Entonces al poco tiempo, con Saúl Solano [1952] y Javier Soto [1952], al que conocimos acá en Jujuy y que se incorporó al programa de radio [Los Habitantes del Sol], éramos como un frente interno dentro del grupo Tiempo, porque reivindicábamos una poesía mucho más abierta, sobre todo en la cuestión temática. Rechazábamos como único tema de la poesía jujeña al coya, al burro, al cerro. Reclamábamos una poesía más urbana y llegábamos así a extremos de reivindicar a la Beat Generation de Estados Unidos. Te digo extremos porque... claro, era una poesía producida en Estados Unidos, nosotros aquí en Jujuy no podíamos producir esa poesía. Lo que rescatábamos, más que el estilo poético, era la actitud de rebeldía que tenía esa gente hacia la sociedad. Nosotros éramos un poco los parricidas, veníamos así a romper con [Raúl] Galán, con Groppa, con Fidalgo, con Calvetti, con todos los poetas “viejos” de Jujuy.

En otro tramo de su discurso, Aguirre dispara sus dardos contra el poeta Carlos Figueroa porque éste defendía, de una manera arcaica, el postulado del compromiso social del poeta. El entonces poeta emergente recuerda:

Entonces, yo le critiqué por qué en Jujuy los poetas pensaban que la única explotación del hombre era o en el surco de caña o en Mina Aguilar. Esos eran los dos temas de denuncia de la explotación. El poeta de Jujuy, escribía un poema sobre el zafrero o sobre el minero y ya era un poeta comprometido socialmente. Yo le preguntaba por qué no escribía sobre el obrero de Zapla, o sobre el barrendero de la Municipalidad, o sobre el empleado de comercio. Eso fue suficiente, se armó una discusión tremenda, se desarmó la reunión y nosotros fuimos así considerados los petardistas de Jujuy.

Estas distintas posiciones reconfiguran el estado del campo literario. Por un lado, estaban aquellos que, como Figueroa, se ubicaban sobre un espacio cultural superado y relativamente inactivo.[2] Por otro, estaban aquellos escritores que venían de la rica experiencia de la revista Tarja y se mantenían con una producción dinámica. Y, finalmente, estaban los poetas jóvenes (Aguirre, Solano y Soto), los parricidas que emergían con cuestionamientos fuertes sobre la constitución del campo y, de esa manera, se diferenciaban de sus pares generacionales (los poetas del grupo “Tiempo”).[3]

El escepticismo militante resulta una obra reveladora porque, además, contiene un estudio previo de Graciela Frega que permite iluminar las distintas posiciones literarias de fines de los ochenta en Jujuy. La distancia geográfica y la formación de la ensayista (docente e investigadora de la Universidad Nacional de Córdoba), refuerzan los sólidos argumentos con los que ella legitima la trayectoria (para entonces ya madura) de Aguirre. Ese ensayo es, por lo demás, el primer trabajo crítico que explica y fundamenta el estado actual de los poetas que emergen durante los años de la dictadura y el gobierno de Raúl Alfonsín.

Hasta entonces, los únicos trabajos que funcionaban como una cartografía literaria eran dos: el Panorama de la literatura jujeña[4] de Fidalgo y Abierto por balance de Groppa. Como se verá más adelante, la tarea de la crítica académica avanza muy por detrás del ritmo de los creadores.[5]

El horizonte[6] de expectativas que se había abierto antes del inicio de la dictadura, pronto se verá frustrado. Así, varios escritores se vieron forzados a marchar al exilio: Fidalgo, Tizón, Espejo y Remo Bianchedi (1950), entre otros. Tres pasaron a integrar la lista de detenidos-desaparecidos: Avelino Bazán (1930), José Carlos Coronel (1944) y Alcira Fidalgo (1949). En tanto que la mayoría vivió –o mejor: sobrevivió– en condiciones de riesgo permanente. En ese contexto, la configuración del campo se desvaneció y, al igual que otros espacios, su lugar fue una tierra arrasada.

El retorno democrático trajo la obligación de reconstruir el campo cultural. Cuestión que no resulta para nada sencilla: el vacío que existía era el producto de la brutalidad asesina. Recuerda Tizón:

[A]penas volvimos del exilio, en el 83, se hizo una mesa en la Feria del Libro en Buenos Aires, para presentar la segunda época de la revista Crisis, y yo le dije a Eduardo Galeano: “Esto no va a funcionar”. Y él contestó: “Pero si está lleno de gente, ¿no ves?”. “Sí, pero no hay nadie de menos de cuarenta”, le dije yo. “No hay chicos, no hay lectores nuevos”.Y es que eso nos pasó a escritores como [Juan José] Saer, [Ricardo] Piglia y yo mismo: no tuvimos parricidas, jóvenes que nos leyeran, cuestionaran y “mataran” primero, para asumirnos luego como herencia. Los diezmó el Proceso. El paso de una generación a otra no fue gradual sino brutal: no hubo trasvasamiento, sino vacío. Y hubo que sobreponerse también a eso.[7]

Los años de represión habían dejado afuera a una generación. En nuestra provincia, los primeros en comenzar la reconstrucción del campo fueron los poetas.


Imagen: "La victoria" de Raquel Forner

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[1] Néstor Groppa, Abierto por balance (San Salvador de Jujuy, Buenamontaña, 1987, págs. 15-16).

[2] La obra literaria de este autor se canalizó por distintos medios periodísticos; pero recién, en 1984, apareció su libro de poemas Luz de otoño. Después, publicó Prueba de fe (1990). Figueroa falleció en los primeros años de la década del noventa.

[3] La posición de Aguirre era tajante: “Además, te digo, no solamente se enojó Figueroa, sino que se enojó la gente del grupo Tiempo, y eso fue determinante para que nosotros nos abriéramos y para que nunca más nos juntáramos. Después ellos hicieron el grupo Brote, que todavía existe”. Más detalles en El escepticismo militante (Córdoba, Alción Editora, 1988).

[4] El libro fue editado por la editorial La Rosa Blindada, en 1975, en momentos en que su autor estaba detenido a disposición del Poder Ejecutivo de la Nación (PEN) por su accionar como abogado defensor de presos políticos.

[5] Es posible que estos grupos no se lleven bien “porque –afirma Beatriz Sarlo– muchos escritores creen obligatoria la hostilidad frente al discurso universitario y, por su parte, el preciosismo amanerado de la academia aburre a cualquiera”, en revista Punto de Vista (Buenos Aires, año XXIX, nº 86, diciembre de 2006).

[6] No casualmente la principal librería de Jujuy tiene ese nombre. Creada, en octubre de 1976, por Elisa Espada y Antonio Ortega Pejó (posteriormente, éste cambió de rubro), Horizonte cumple una tarea que tiene mucho que ver con el desarrollo del campo literario. Las librerías, además de ser emprendimientos comerciales, son instituciones que legitiman los libros, organizan actos culturales y, cuando poseen buenos libreros –como en este caso–, promueven la creación de nuevos lectores.

[7] Entrevista de Raquel Garzón en suplemento Cultura y Nación de Clarín (Buenos Aires, domingo 29 de agosto de 1999).

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Hora cero

Nota publicada en el diario El Tribuno, Salta, lunes 24 de diciembre de 2007.

En mi niñez, las fiestas de fin de año eran equivalentes. Sólo se distinguían porque Navidad la pasábamos con unos abuelos y Año Nuevo con los otros. En las dos siempre había mucha comida porque vengo de familias numerosas.

Mis cuatro abuelos eran trabajadores rurales. Todos semianalfabetos y con una salud de hierro. No sé cómo mi abuela materna llegó a administrar prósperamente un almacén y también ignoro el trabajo que hacía mi abuelo paterno en la sala que todos sus hijos llamaban el escritorio y donde no debía volar ninguna mosca. Los cuatro eran respetuosos de las fiestas religiosas y cortaban las puntas de las orejas de sus gatos para que no los dejaran entrar en la Salamanca.

Recuerdo los preparativos de aquellas fiestas: las mujeres se movían presurosas en la cocina, los hombres preparaban brasas o una bebida con frutas y mucho alcohol; todos tenían alguna obligación. Por eso, mis primos y yo podíamos jugar libremente sin miradas vigilantes. Desde temprano regulábamos fuerzas porque sabíamos que lo mejor estaba, siempre, a la medianoche.

A la hora cero uno podía comer lo que se le antojara y los buenos modales ya hace rato que se habían perdido. Pero no era eso lo que más nos gustaba. Siempre había un tío soltero que nos regalaba petardos, cañitas voladoras y baterías de cohetes. Y, como estaba con unos tragos de más, nos regalaba su encendedor.

Creo que no hace falta decir que dejamos de ser niños cuando tenemos nuestro propio encendedor. Ese pequeño aparato, para cualquier adolescente, vale más que el arco de flechas, la pelota de cuero o el disfraz del Zorro. No sé por qué siempre me hice ilusión que la mujer de mi vida me iba a reconocer por el encendedor.

Después, como todos, concurrí a muchas fiestas, pero las reuniones familiares ya no fueron tan numerosas ni tan divertidas. Me perdí con otras gentes y cuando tenía veinte años creí que una nueva Navidad era posible. Era el tiempo de la posdictadura y yo también, ingenuamente, creía que con la democracia se comía, se educaba y se curaba.

Ya soy grande y no creo en los Reyes Magos. Tampoco creo en el rey que manda a callar a un mestizo presidente. Ni muchos menos en el presidente del norte que invade países con recursos naturales. A propósito, hace un par de años, unos amigos españoles me mandaron una postal digital en la que George Bush colgaba bombas (en lugar de guirnaldas) en un arbolito de Navidad.

Todavía creo en las reuniones de familiares y amigos. Pero no creo que cuando sea abuelo alcance a sentarme en una mesa numerosa como las que armaban mis predecesores. Por otro lado, sé que mi decadencia física es inevitable y por eso he dejado de fumar. Guardo, sin embargo, un encendedor. Es posible que le sirva a un sobrino para que, a la hora cero, deje de ser niño.

Fotografía: "El asado en Mendiolaza" de Marcos López.

jueves, 13 de diciembre de 2007

El fin de la inocencia 6

Campo literario jujeño en la década del noventa: Los premios

Leer: El fin de la inocencia 5

Un premio literario es importante cuando posee, por lo menos, dos características: la institución que lo organiza posee un prestigio reconocido y el jurado está compuesto por escritores importantes. Estas condiciones específicas otorgan validez al premiado y posibilitan que emerjan nuevas obras que se atrevan a producir rupturas con las corrientes establecidas y con las maneras de leer.

En 1986, el libro Café de la luz de Aguirre obtiene el primer premio del concurso organizado por la Fundación del Banco del Noroeste Cooperativo Limitado de Salta. El jurado estuvo compuesto por Walter Adet, César Antonio Alurralde y José Ríos; el primero de los evaluadores escribió en la contratapa del libro:

Un oficio aprendido y dominado en un mundo mágico y personal, reflexivo y a la vez emocionalmente tenso, en imágenes nítidas y delicadas, de gran poder de sugerencia.

Un libro “trabajado” en decantación y en equilibrio. Hay el epigrama, el apunte, pero también los poemas logrados, donde el conceptualismo es siempre tensión lírica. Un hilo sutil que da unidad a los poemas como “Estamos trabajando” y “el oficio de los cuerpos desnudos”.

Una alucinación que consigue el equilibrio por la justeza expresiva. (Grandes hallazgos y una engañosa levedad.)

Al año siguiente, Marcelo Constant (1954), con el libro de cuentos Antología para destruir, gana el mismo premio. El jurado también estuvo a la misma altura de la edición anterior: Alicia Martorell, Raúl Aráoz Anzoátegui y Francisco Zamora. Aquella justificó su decisión con estas palabras:

Narraciones insinuantes de situaciones dolorosas, de vidas anónimas asfixiadas por la urgencia de escapar. Los barrios pobres de las ciudades porteñas, en donde se mezclan como alucinaciones el hastío diario, la ironía, la inventiva social, la melancolía… todo conformando una fábula que nos parece inventada.

Estamos ante un escritor de gran originalidad –creo que todos sentimos el impacto de un lenguaje en donde el pensamiento se distiende velozmente, y sobre todo, el subconsciente exhumado, en casi la totalidad de la obra, sólo el recuerdo de posibilidades.

Un año antes, el libro de poemas Elementos de Carrizo consigue el premio Fondo Nacional de las Artes. El jurado estuvo formado por Jorge A. Madrazo, Francisco Madariaga y Joaquín C. Gianuzzi. En 1987, la obra apareció con el sello de Torres Agüero Editor y tenía, además, otros dos respaldos: un prólogo de Armando Tejada Gómez y una breve carta de Elvio Romero en la contratapa.

Es posible que estos concursos y sus premiados hayan funcionado como antecedentes a imitar para que la dirección provincial de Cultura local organizara, en 1988, un importante concurso de poesía. La institución convocó a un jurado incuestionable (digno es mencionarlo porque también existieron otros concursos con evaluadores de dudosas referencias)[1]: Fidalgo, Rodolfo Alonso y José Clemente; aunque sus nombres no figuran en los libros publicados un año después. Con un criterio que resulta difícil de entender, tampoco figura el orden en que fueron otorgados los premios. De todas formas, el resultado fue el siguiente: el primer premio le correspondió a Crónicas del buen amor de Aguirre y la primera mención a Cuentos de la mujer y el solitario de Baca y la segunda a Punk y circo de Accame. Las dos menciones no habían sido previstas en el reglamento del concurso, pero dado que el jurado consideró importante la calidad de las obras, éste también sugirió la publicación de los libros mencionados.[2]

Tampoco figuraron los nombres de Madrazo, Eugenio Mandrini y Esteban Peicovich en el libro Epifánicas y otros poemas (Buenos Aires, La sociedad de los poetas vivos, 1993) de García. El poeta de San Pedro había obtenido, un año antes, el 2º premio del concurso nacional de poesía “Ramón Plaza” que fue organizado por la citada editorial.

El único premio importante realizado en una ciudad del interior fue el que ganó Ángel Negro (1951) con su libro de poemas Epístolas y fragmentos (Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 1993). El concurso fue organizado por el departamento de Cultura de la Municipalidad de Palpalá, el libro apareció con el sello de una de las más importantes editoriales de poesía y el jurado estuvo constituido por Cañas, Baca y Fidalgo. El último de los nombrados escribió en su dictamen:

Nota predominante es la referencia a estados interiores, el tono de introspección guiado más por sentimientos que por razones. No hay relatos ni anécdotas evidentes, sino lo que pueda haber quedado de algunas experiencias que se recuerdan con distanciamiento adecuado. Así, la emoción no es exacerbada sino más bien, contenida; y la persona del autor no se empeña en ocupar primeros planos. Si a eso se agrega el buen empleo de imágenes o metáforas, es dable reconocerlos como trabajos que responden a notas distintas de la poesía contemporánea.

En 1993, Cumbia de Accame recibió el primer premio del concurso regional para narrativa del noroeste argentino. El certamen fue organizado por la dirección municipal de Cultura y Turismo de San Salvador de Jujuy; los integrantes del jurado fueron Calvetti, Aníbal Ford y Jorge B. Rivera. El libro, con varias modificaciones, recién será publicado en la década siguiente por una editorial de Buenos Aires.

Durante aquel año aparece la obra Primer certamen literario Premio Universidad Nacional de Jujuy. Como si fuese un aviso que prefigura lo que vendría después, la edición dejó mucho que desear ya que no pasó por las manos de Groppa y porque uno de los integrantes del jurado, tuvo que agregar la siguiente fotocopia en los libros:

La impresión de este volumen, que estuvo a cargo del director de la Casa de la Cultura de la Unju, omite (o modifica) aspectos de la convocatoria y de la decisión del Jurado, que pueden confundir a los lectores. Por eso, creo conveniente establecer que la convocatoria se hizo sólo para residentes en la provincia y para dos categorías: Poesía y Cuento. Dentro de ellas, por grupos según edad. A continuación, los detalles. Se recibieron 53 trabajos; 7 no reunieron condiciones formales

I. Poesía

Grupo 1 (13 a 19 años). Participaron 5 autores. 1º y 2º premios, desiertos. 3º Mención especial a Elva Meles.

Grupo 2 (20 a 29 años). Participaron 8 autores. 1º premio Reynaldo Castro. 2º premio Norma Wierna. 3º premio César Yurquina.

Grupo 3 (30 a 59 años). Participaron 17 autores. 1º premio Víctor O. García. 2º premio Nélida Cañas. 3º premio Oscar Berengan.

Grupo 4 (más de 60 años). Participaron 3 autores. 1º y 3º premios, desiertos. 2º premio Elba D’Abate de Zenarruza.

II Cuento

Grupos 1, 2 y 4, desiertos (el 1 por falta de postulantes). Grupos 2 y 4, dos autores cada uno. Grupo 3. Participaron 9 autores. 1º premio Irma Homs. 2º premio Susana Quiroga. 3º premio Nélida Cañas.

La convocatoria se hizo en julio de 1991. El jurado se expidió en setiembre del mismo año. El libro fue presentado el 5 de agosto de 1993.[3]

De todas maneras, ése fue un año prolífico: la municipalidad de San Salvador de Jujuy organizó un concurso de poesía en el que Sofía (in memoriam) de Aguirre y Golja de Accame obtuvieron el primer y segundo premio, respectivamente. Esa vez, el jurado estuvo compuesto por Víctor Redondo, Diana Bellesi y Mangieri. Las obras recién aparecerían editadas dos años más tarde.

Previamente, cuando ningún funcionario era capaz de garantizar la efectiva edición de los libros,[4] Aguirre recibió la propuesta de Noceti de inaugurar la serie “La sombra del agua” de la editorial Cuadernos del Molle, auspiciada por la fundación Norte Chico. El poeta aceptó y, a fines de 1995, recibió –en el mismo día, con una diferencia de horas– dos ediciones diferentes de Sofía...

Antes y posteriormente, existieron otros concursos literarios organizados en esta provincia, pero determinadas razones (entre ellas, la conformación de jurados que no evidenciaban méritos suficientes, la falta de solvencia a la hora de entregar los premios o la inexistencia de una política cultural) hacen que no sean considerados para los fines de este trabajo.

Recién con la salida de Cuatro Poetas (1999) de Accame, un certamen de poesía volvió a ser relevante. Un año antes, la municipalidad de San Salvador de Jujuy había convocado como integrantes del jurado a Santiago Sylvester, Manuel Bendersky y Marta Goldín.

Estos concursos funcionaron ya no como ingresos al campo literario (recordemos que casi todos los ganadores habían publicado sus primeros trabajos en el suplemento que dirigía Groppa), pero sí como maneras de posicionarse dentro del mismo. Significaron, asimismo, la legitimación de sus poetas que, en los noventa, tienen una visibilidad incuestionable. Esta legitimidad también produce nuevas lecturas de una obra que había circulado casi en secreto: Historietas (1978) de Aguirre.[5]

La narrativa, en tanto, era un terreno que todavía tenía que abonarse.



Imagen: "El saco blanco" de Carlos Alonso / Fotografía: Pablo Baca en 1998.

Seguir leyendo El fin de la inocencia 7


[1] Al respecto, Fidalgo afirma que “durante muchos años, la dirección provincial de Cultura auspició publicaciones sin llamado previo a concursar y sin constituir jurados. Así, hubo libros de autores cuyo mérito consistió en satisfacer la dudosa capacidad crítica del funcionario de turno, la vanidad o (eventualmente) alguna coincidencia político-partidista. Parecida falta de mesura hubo en presentaciones o auspicios ‘en vivo’, donde elogios excesivos terminaron por equivocar a público y autores. Sin duda que debe darse lugar a una política de estímulos (en particular a los jóvenes), pero se hace necesario señalar también los distintos niveles de valor, dejando en claro cuándo se trata de reconocimiento de méritos ya alcanzados y cuándo de palabras de aliento. La actitud que comentamos contribuyó y contribuye (ahora con más prudentes limitaciones) a mantener un estado de confusión generalizada; sobre todo en un medio donde el público lector o auditor no está capacitado, en general, para ejercer su propia crítica fundada”, en Escritos casi póstumos (San Salvador de Jujuy, Ediciones Culturales San Salvador, 2003).

[2] “Una sugerencia de este jurado es, para nosotros, una obligación”, dijo Elena Gerónimo de Gonzálvez, directora provincial de Cultura, en el acto de proclamación de los ganadores del certamen.

[3] Fidalgo es el autor de la aclaración. El jurado, además, estaba integrado por: Ana María Postigo de de Bedia, Baca, Terrón de Bellomo y Accame.

[4] Existen varios antecedentes de concursos realizados que no efectivizaron. Sin ir más lejos, al final del gobierno municipal de Horacio Guzmán, obtuve el primer premio en el concurso de poesía “Raúl Galán”, pero, “por motivos presupuestarios”, la obra no llegó a publicarse. Con una naturalidad rayana en la impotencia, el director municipal de Cultura, Ricardo Guzmán (sobrino del Intendente), me dijo que la edición quedaría para la próxima gestión. Afortunadamente, él no volvió a la función pública.

[5] Para un análisis de la recepción de esta obra, véase mi artículo “Aguirre o la ira de la Pachamama”, en El Ojo de la tormenta /La Revista, año 2, nº 16 (San Salvador de Jujuy, setiembre de 2005).


martes, 11 de diciembre de 2007

El fin de la inocencia 5

Campo literario jujeño en la década del noventa: Una ley para escritores

Leer: El fin de la inocencia 4

La década del noventa estuvo precedida de señales auspiciosas. Varios escritores habían obtenidos premios literarios importantes y, además, existió una ley que no pasaría desapercibida en el campo literario.

El 31 de agosto de 1985, la Legislatura de Jujuy sanciona la ley nº 4.178: “De creación de asignación permanente para escritores jujeños”. Había sido promovida por Carlos Alfonso Ferraro (1953)[1], entonces asesor del diputado Pedro Octavio Figueroa (Movimiento Popular Jujeño). La norma establecía en su primer artículo:

Institúyese una asignación mensual permanente para escritores jujeños de nacimiento o con efectiva radicación en la Provincia no menor de diez años, que se encuentren comprendidos en los beneficios de la presente Ley.

Para acceder a sus beneficios, el escritor interesado debía cumplimentar una serie de requisitos: estar radicado en la provincia, tener la edad que establece la ley de jubilación ordinaria, haber publicado un libro, tener una trayectoria de reconocida relevancia y haber obtenido algún premio reconocido oficialmente. La asignación, compatible con cualquier otro ingreso, debía ser permanente y personal. Otro artículo precisaba:

El monto de la asignación permanente creada por esta Ley será el que corresponda a Director de Cultura o su equivalente al momento del otorgamiento del beneficio y se ajustará automáticamente con los incrementos que perciba el haber asignado a dicho cargo.

Al poco tiempo de ser sancionada, diez escritores resultaron beneficiados: Libertad Demitrópulos (1922-1998), Domingo Zerpa (1909-1999), Miguel Ángel Pereira (1926), Marcos Paz (1916-2001), Ernestina Acosta (1928), Félix Infante (1905-2000), Héctor Tizón (1929), Antonio Paleari (1926-1995), Néstor Groppa (1928) y Jorge Calvetti (1916-2002). Al comienzo, los escritores cobraban su asignación regularmente; pero cuando la crisis económica se hizo sentir; los pagos tardaban en llegar. Ya en el gobierno de Ferraro, hubo largos periodos en los que los escritores no veían ni un peso de la ley que había sido promovida por la misma persona que no podía garantizar los sueldos de los empleados públicos y, mucho menos, la asignación para los escritores.

En su libro inédito Los “TIPROFI”: Títulos provinciales de financiamiento, Groppa le dedica varias páginas a la citada legislación. Citamos un fragmento:

Aquí de lo que se trata es que cumplan una Ley ya creada sin mediar pedido alguno (y que honra a quien la presentó y a quienes la aprobaron y al que la promulgó y reglamentó). Además, la Provincia, no asfalta tres cuadras ni la rotonda de Palpalá con lo que les debe (año 1992 y meses, ya renunciados por los escritores pero condicionados a un acuerdo “de caballeros”, que hoy amenaza con volver al incumplimiento por parte del gobierno, por supuesto apelando a la agonía de siempre....9/2/95). Con unos viáticos menos, cumple la Ley. Y en el sentido de las prioridades, no se trata de igualar hacia abajo, porque entonces son incompatibles las suntuosidades y las miserias paralelas que a cada momento vemos aquí, en esta provincia y en todo acontecer real como si esta ciudad, principalmente, y estos señores mudos, bastos y mediocres y trepadores actuaran en un cine-show-función y serie continua, de no parar: un televisor enchufado por Dios y para siempre en el canal de una provincia argentina que en su presupuesto carece de nueve mil pesos mensuales (una caja chica, nueve viáticos, x vales de nafta, el 3 por ciento de cualquier comisión, la tarjeta de un ñoqui, el fin de semana de otro ñoqui y así de seguido hasta el infinito o lo infinitesimal) para cumplir con una Ley.

Y sin lograr audiencia para conversar con el sátrapa o los ladinos de turno para tratar sobre los siete u ocho años que nos siguen debiendo hasta hoy 29/1/97 10:43:40 en una ofensa gratuita a quien nada les debe y los respetó como vecinos. Nada más que como avecindado.

Finalmente, la ley fue derogada en el 2004 a instancias del diputado Miguel Morales (partido Justicialista), quien redactó otra que compromete a la secretaría de Cultura a otorgar un premio anual a los creadores que, hasta el momento de escribir este trabajo, no se efectivizó.


Fotografía: Jorge Calvetti

Seguir leyendo El fin de la inocencia 6

[1] Periodista. Co-fundador de los grupos Tiempo y Brote. Publicó Azuledades (poemas, 1981) y Don Cucha –historias de duendes (cuentos, 1990). Además, escribió y representó un espectáculo unipersonal: Yo con-ver-so… (1989).

lunes, 10 de diciembre de 2007

Personas que no voy a olvidar

El 10 de diciembre de 1948, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Los treinta derechos proclamados se encuentran fácilmente con la ayuda de Google o cualquier otro buscador. ¿Qué sucede cuando recordamos cómo esos derechos se encarnan en nuestra historia reciente?

En los primeros meses de 1984, un vecino me dijo: Yo nunca me enteré de nada”. Por entonces, los medios de comunicación hablaban de lo que antes no habían hablado, nos bombardeaban con información sobre los horrores que practicaron los genocidas de la última dictadura. Qué tentación de escribir aquel refrán que habla del peor ciego; pero no, no voy a escribirlo.

“Si es necesaria una autocrítica, tendremos que hacerla”, dijo un dirigente peronista de lengua larga en un acto por la conmemoración de los treinta años del golpe de Estado. ¿Será necesario revisar los que hizo ese partido en la dictadura? ¿Y lo que hizo en los años previos? ¿No será mucho para una autocrítica? ¿Y qué han hecho algunos dirigentes de hoy en aquel tiempo? Y una pregunta más difícil todavía: ¿qué tendrían que haber hecho en aquellos años y no lo hicieron?

Pasemos ahora a otro partido: ¿se acuerdan del ex diputado nacional que levantó las manos para aprobar las leyes de punto final y obediencia debida y que dijo que eran una necesidad para asegurar la democracia? Es verdad, gracias a esas leyes varios colaboradores del “Proceso” fueron elegidos en elecciones democráticas. Domingo Bussi, sin ir más lejos; hombre que tiene sus defensores en esta provincia. Flor de demócratas.

Pero no tiremos todas las culpas a los dirigentes políticos. Algunos sindicalistas también son inolvidables. Uno de ellos es el responsable de que las voces de las madres y familiares de desaparecidos quedaran afónicas en una de las últimas marchas conmemorativas. No fue de tanto cantar, precisamente. Ocurrió que un reconocido dirigente de los trabajadores estatales no les quiso prestar un megáfono para que lean la lista de los más de cien detenidos-desaparecidos de Jujuy. ¿Ésa será la famosa voz de los que no tienen voz?

Tampoco nos olvidemos de algunos religiosos. Un discípulo directo del otrora obispo de Jujuy dijo que monseñor Miguel Medina salvó a muchas personas. ¿Y con las otras, señor cura, qué pasó? ¿Qué pasó?

¿Y cómo habrá conmemorado en clase aquella maestra que hace más treinta años escribió en el pizarrón de ADEP: “Queremos el golpe”? ¿Habrá hablado con sus alumnos acerca de Marina Vilte? Y si les habló, ¿qué les habrá dicho?

Antes de terminar debe reconocer que fui un imbécil peor que mi vecino. En aquellos años, yo creía que el móvil policial que se estacionaba frente a la casa de mis padres estaba ahí para protegernos. Como todos, ahora sé que los hombres que secuestraban formaban parte de las fuerzas armadas. Es el caso de Alfredo Astiz y su grupo de tareas, responsables de secuestrar a Alcira Fidalgo (la hija de Nélida y Andrés; la hermana de Estela), el 4 de diciembre de 1977, en la entrada a un cine de Buenos Aires, y trasladarla posteriormente a la ESMA.

¿Puedo olvidarme de los genocidas, de algunos políticos, de ciertos vecinos, de gremialistas sectarios, de curas ortodoxos, de maestras dudosas, de mi torpe visión? A lo mejor, un día deje de escribir sobre este tema. Pero de algo estoy seguro: no puedo -ni quiero- olvidar a los Fidalgo. Por el impulso que ellos brindaron para la creación de soportes de las memorias de la represión dictatorial (monumentos, placas, libros, films documentales, revistas). Por lo que hacen. Por los derechos humanos.

Imagen: "El infierno" de León Ferrari

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