lunes, 5 de enero de 2009

Placeres

Recomiendo el libro más reciente de Federico Leguizamón: Cuando llegó la brigada amanecía en el barrio (Perro pila, 2008). Son cuentos que amplían los límites de la narración. Hasta ahora parecía que todo cuento se desarrollaba en el centro de la ciudad o en la quebrada de Humahuaca o en la puna o en un lugar indefinido que nunca nos contenía. Toda otra región estaba prohibida.

Este autor nació en 1982, en San Salvador de Jujuy. Es el escritor joven que más obra ha desarrollado. Quizás le convendría no publicar tanto y hacer que sus textos decanten un poco; pero los premios que ha obtenido (en el 2006, recibió la primera mención en el IV Certamen Provincial de Poesía que organizó la Secretaría de Turismo y Cultura de Jujuy; un año después, obtuvo la misma mención en el concurso de novela que convocó el diario Página 12; también en el 2007 hizo doblete en los concursos que organizó la Universidad Nacional de Jujuy: obtuvo el primer premio, tanto en categoría poesía como en dramaturgia) indican lo contrario.

Admirado y denostado por sus pares –bah, en rigor, sólo conozco dos opiniones contrarias: una firmada y la otra desde el balbuceo–, él es el escritor del barrio “820 Viviendas”, el que habla de la marginalidad, de las drogas, de la necesidad de redimirse por medio del crimen, de los hombres que golpean a sus mujeres y de una realidad lacerante para esta región: el suicidio como práctica constante de los que no pueden más.

Ha publicado, además, los siguientes libros de poesía: Domingos (San Salvador de Jujuy, 2001), Nada (San Salvador de Jujuy, 2005), Del acusico en la línea B (San Salvador de Jujuy, 2008). Es autor, además, de una obra de teatro: La Salamaca (San Salvador de Jujuy, 2008) y del libro de cuentos: La suma del bárbaro (San Salvador de Jujuy, 2000).

Lo ideal sería leer Cuando llegó la brigada amanecía en el barrio en algún lugar del cementerio “Nuestra Señora del Rosario”, acompañado de alguien del sexo opuesto. ¿Por qué? Porque siempre es interesante mezclar placeres prohibidos.


Imagen: dibujo de Manuel Ortega.

martes, 30 de diciembre de 2008

Un año intenso

Se va este año que fue muy intenso por distintos motivos.


Las muertes de Andrés Fidalgo y José Luis Mangieri son hechos que todavía duelen. Los dos marcaron un camino que nadie puede dejar de ver. Libros, una corriente clara de pensamiento y una lucha intachable en defensa de la libertad: he aquí tres características de ellos que todos –o casi todos– quisiéramos tener.


Mirar lo que Andrés y José Luis han hecho nos obliga a mirar lo poco que hace cada uno. Me comparo con ellos y sé que soy un enano intelectual. Pero sé, además, que mi camino está marcado por algunas señales que dejaron. No sé hasta dónde llegaré y no me importa.


Dije que fue un año intenso. Conocí poetas que nunca había pensado conocer, hablé con otros que recién están empezando. Me hice amigo de unos y me peleé con otros. Como sea, no creo en peleas eternas ni tengo recetas para la felicidad, como dice una letra de Jorge Drexler. Tengo, eso sí, algunas fotografías de amigos que están en mi pared de maestros y eso me basta.


Escribo este blog que se pierde en este fin de año y, de alguna manera, eso me permite repasar marcas que tengo en la memoria.


Rememorar y escribir: dos cosas que hacen que la vida sea intensa. Y una tercera: saber que, cada tanto, alguien lee estas líneas me permite tener de ganas de brindar. A todos los que siguen El norte del sur, entonces: ¡salud!

miércoles, 24 de diciembre de 2008

El pasado que se niega a pasar

Primero fue la noticia que informaba sobre nuevas querellas relacionadas con los delitos de lesa humanidad cometidos por la última dictadura en Jujuy. Después, varios periodistas me escribieron solicitando información sobre Tulio Valenzuela. Por último, esta mañana, Estela Fidalgo (hermana de Alcira, primera esposa de Tulio) me mandó un mensaje en el que me informaba que había aparecido la hija apropiada de su ex cuñado. Todo esto me sacudió emocionalmente.


Paralelamente a estas acciones, yo estaba tratando de cerrar mi año laboral. Hablo en pasado, pero todavía no lo cerré. Tengo que rendir cuentas sobre una obra de teatro que escribió Federico Leguizamón y otra de danza que no llegó a realizarse. Tengo una cuestión personal con los profesionales de la economía y ellos esperan que yo me equivoque.


Por otro lado, quiero escribir historias que no me dejen atado a las narraciones de las situaciones límites ocurridas entre 1976 y 1983, pero siempre vuelvo a ellas.


Cuando leí que Laura Margarita López se había presentado como querellante por la desaparición forzada de su madre, Juana Francisca Torres Cabrera, sentí una emoción que mezclaba alegría y dolor. Algunos de ustedes saben que escribí un libro sobre la dictadura de Jujuy, en esas páginas figura un capítulo denominado “Las maestras y la cadenita”. Ésa fue una de las historias que escribí llorando. Les pido disculpas porque no puedo evitar citarme:

Hay algo más intenso que la tortura en el propio cuerpo: el dolor en el de un ser querido. Seguramente eso pensaron [Ernesto] Jaig y sus esbirros cuando amenazaron a Juana con apoderarse de su beba; ellos pretendían hacer "cantar" a la detenida. ¿Tenía ella alguna información importante para los represores? ¿Estaba comprometida con algún grupo revolucionario? Es posible que sí, aunque nada permite confirmarlo. Pero, hay algo que no admite dudas: ella sabía bien cuál sería su fin. Por eso, le entregó a Gladys [Artunduaga] una cadenita: "Para mi hija, para cuando sea grande".


Cuando escribí el libro no sabía cuál era el nombre de la hija de Juana. Conocí a pocos hijos de detenidos-desaparecidos, pero siempre sospeché que un feroz hachazo se había incrustado en sus subjetividades. Ahora, quiero llamar a Laura; felicitarla por el valor de haber asumido la búsqueda de la verdad, contarle la historia de la cadenita porque seguramente fue incautada por algún carcelero y decirle que no todo está perdido.


Paso a la historia de Tulio. Él había estado casado con Alcira Fidalgo, nuestra poeta detenida-desaparecida. Después volvió a estar en pareja y de esa unión nacieron, presuntamente, mellizos. Se cree que el varón murió a los pocos días, en tanto que la hija, Sabrina, fue entregada en adopción (el final de Tulio y su segunda esposa fue trágico). Hace unos días, las Abuelas de Plaza de Mayo confirmaron que Sabrina había encontrado su verdadera identidad.


He tratado de reconstruir la vida de Alcira y sé lo importante que fue él para ella. Todos sabemos lo importante que son los seres queridos. Estamos unidos a ellos de múltiples maneras. Por eso, Juana intentó dejarle una cadenita a Laura, un simbolo de la unión entre ambas.


Es casi seguro que aquella cadenita ya no exista. Que sus eslabones estén desperdigados. Pero lo que nos demuestran Laura, Sabrina y los hijos que buscan cerrar las heridas de la peor dictadura que tuvimos que soportar es que no todo está perdido.


Ellos son los eslabones de una historia que no termina de pasar.


Fotografía: Casamiento de Tulio Valenzuela y Alcira Fidalgo, San Salvador de Jujuy, 1970. Imagen tomada del libro de poemas Oficio de aurora (Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 2002) de Alcira Fidalgo.

Nota publicada en El Tribuno de Jujuy del viernes 26 de diciembre de 2008.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Editores

Desde hace algunos años tengo la costumbre de criticar por escrito. Lo hago por dos razones: en un debate me arrebato y, además, mi escritura es tan lenta que esa lentitud me permite ensayar alguna reflexión.

Digo esto porque hace unos días, después de participar en el Festival de Poesía del Norte Grande que organizó la Secretaría de Cultura de Salta, manifesté mi disconformidad por la antología que hizo la editorial Hanne y por el prólogo de Gregorio Caro Figueroa. Al primero le reproché la falta de reciprocidad hacia los poetas que le enviaron sus poemas; al segundo, que calificara de generosa la participación de la citada editorial cuando ni siquiera había retribuido a cada autor con un libro.

Después, recibí respuestas de ambos. Caro Figueroa me expresó que recién tomaba conocimiento del asunto y él creía que la editorial iba a entregar por lo menos seis ejemplares a cada autor. Unos días después, Verónica Ardanaz, colaboradora de Caro Figueroa, mandó un mail informando que la cantidad de libros se reducía a un ejemplar.

Víctor Hanne también contestó mi reclamo. Él se excusó con el siguiente argumento:

La señorita, la niña, a quien pedí por favor que atendiera esa mesa, no tenía los conocimientos ni el manejo de las relaciones como para brindar una respuesta satisfactoria y espero Ud. sepa entenderlo y disculparla.
Es decir, tiró la pelota para otro lado. Es una lástima que él no haya pensado en la relación con los autores de la antología que editó.

Es interesante, por lo tanto, volver a pensar cuál es la función de editor. La tarea básica de este tipo de profesión es tratar con escritores que a veces tienen el ego demasiado desarrollado ("hay varios autores que se creen que son Borges", dijo el Carlos Gazzera, el editor de la Universidad Nacional de Villa María, en aquella reunión de Salta); imprenteros que buscan sacar la mayor ganancia a sus máquinas; libreros que miran con desconfianza a todo libro que no signifique una ganancia rápida; funcionarios públicos que buscan promover políticas culturales que dejen una marca en las historias de las instituciones; distribuidores que, por lo general, son los que llevan la mayor parte de lo que recauda y otros profesionales (diseñadores, correctores, etc.) que nos hacen pensar que es casi injusto que al autor de un libro le corresponda el diez por ciento del precio de tapa del libro. A lo mejor, por eso Víctor Hanne considera innecesario establecer buenas relaciones con los autores.

La antología que trata esta nota se realizó con extrema rapidez. Hubo una cantidad de ejemplares que fueron entregados a la Secretaría de Cultura de Salta, pero faltó una actitud similar hacia los escritores. Por otro lado, el editor no consideró importante la relación que debe establecer con los escritores. Por eso, el confío esa relación a una señorita ("una niña") que no estaba capacitada para hacer esa tarea.

Concluyo esta nota con lo que le contesté a Víctor Hanne: la culpa no es de la señorita.

Fotografía: Escritores en el Festival de Poesía del Norte Grande (¿quién pagó el libro que está en el centro de la imagen?). Gentileza del blog La nebulosa de fercita.


lunes, 15 de diciembre de 2008

Respuesta a un editor

Estimado Víctor M. Hanne:

Recibí su invitación y celebro su rapidez, pero no puedo dejar de expresarle mi disconfomidad con su trato hacia los poetas que integran la antología. No crea usted que estoy hablando en representación de ningún grupo, apenas hablo por mí -si bien pienso que esta disconformidad es un sentimiento generalizado.

Usted presentó un proyecto a la Secretaría de Cultura de Salta y ese gesto ha sido calificado como generoso de su parte por el mismo Gregorio Caro Figueroa. Me parece muy bien que se establezcan relaciones entre una institución oficial y una empresa privada, pero creo que esas relaciones no deberían dejar de lado a una parte importante de todo hecho cultural: a los autores.

Digo esto porque los poetas tuvieron que pagar para obtener un ejemplar. Los escritores son, sin dudas, muy buenos compradores de libros; pero no por eso deben ser confundidos por parte de un editor. No dudo que esto usted lo sabe muy bien: por un lado, están los autores de una obra y, por otro, están sus lectores o, si prefiere, los compradores de libros.

A menudo, el trabajo intelectual no es reconocido por algunas instituciones y determinadas empresas privadas. Muchos consideran al escritor como un trabajador fuera del sistema laboral y, como el personal de limpieza que trabaja en muchos hogares, no recibe un salario digno.

Cuando la Secretaría de Cultura convocó a los autores para enviar un poema y un breve CV en ningún momento expresó la convocatoria que cada autor tenía que aportar dinero si quería tener un libro donde figuraban versos de su autoría. No me voy a meter en cuestiones legales (o no lo haré por ahora); si quiero decir que usted debería haber entregado -en un gesto de reciprocidad antes que de generosidad- por lo menos un ejemplar de la antología a cada autor que posibilitó la existencia de ese libro.

Entiendo que una empresa privada no tiene por qué ser generosa. Nadie le pide eso. Sí le reclamo a la Secretaría de Cultura que no le otorgue ese título a alguien que para "recuperar costos" (así me lo expresó una vendedora de la citada antología) tiene que cobrar a los propios autores.

Sé muy bien que muchas veces las ediciones se gestan con el aporte económico del autor y el trabajo solidario del editor, pero esa gestación está pautada desde el vamos entre la editorial y el autor. Esas gestaciones las encaran, a menudo, las editoriales independientes que funcionan por fuera del circuito comercial.

Lo vuelvo a felicitar por su rapidez y agradezco tardíamente su invitación. Por mi parte, lo invito a reflexionar sobre la situación que usted planteó: ¿le parece bien que el autor de un poema reciba una invitación para pagar y así leer su propia obra impresa? ¿Usted le pediría a un trabajador de limpieza que pague por barrer los talleres gráficos donde imprime tan rápido los libros?

Atentamente.

Reynaldo Castro

Leer el doble prólogo de la antología: la presentación del editor, Víctor Hanne, y un texto del Secretario de Cultura de Salta, Gregorio Caro Figueroa.

lunes, 24 de noviembre de 2008

¿Por qué escribe, señor Castro?

el primer poema que publiqué
apareció en el suplemento literario que dirigía néstor groppa
yo no quería reflexionar ni opinar
sólo trataba de expresar lo que sentía
y nada más

pero aquel texto trajo a otro
que también ng publicó
(él siempre fue generoso con los poetas iniciales)
y así empecé a gozar de una sana marginalidad:
me leía muy poca gente
(a pesar de que el diario tenía un tirada mayor que la de cualquier libro de poemas)
esos pocos lectores
eran
por lo tanto
lectores de fierro
algunos hasta se animaban a hacerme preguntas
entre esas estaba la ya clásica cuestión:
“¿por qué escribe usted?”
a lo que yo contestaba:
“escribo porque una palabra puede cambiar el mundo”

nunca decía cuál era esa palabra
pero la buscaba incansablemente
siempre tuve la vana ilusión de encontrarla
(no se lo digan a nadie: creo que nunca la voy a encontrar)
pero eso no invalida que siga escribiendo

escribir es como pelear sabiendo que uno será derrotado

hubo un tiempo en que yo creía que por mi boca podían hablar las bocas muertas
lo creía sinceramente
como creía en la revolución
hasta que un día me puse a escribir sobre la masacre que vivimos
entonces supe que el valor pasa por el cuerpo
que lo que uno escribe (o dice)
lo tiene que defender
que nada nos ha sido dado de manera gratuita

a lo mejor por eso invadí varios géneros
publiqué crónicas, historias privadas
comentarios en blogs dudosos
entrevistas a escritores, escribidores y otros sujetos de moral ligera
investigaciones con tufillos académicos
poemas para una mujer que nunca tendré
graffitis, solicitadas
y algunos panfletos

pero nada de eso fue suficiente
y aquí estoy escribiendo un poema más

entonces
que quede claro:
escribo
para saber
por qué escribo






miércoles, 19 de noviembre de 2008

Mercado poético

La poesía no se vende, dice un memorable poema de Guillermo Boido. Al mercado editorial le interesan solamente los libros que pueden convertirse rápidamente en dinero. ¿Por qué, entonces, persistir en una actividad que aparentemente no tiene posibilidades de persistencia?


Participé en el XVI Festival Internacional de Poesía que se realizó recientemente en Rosario. El primer día participé con una lectura junto a Sergio De Matteo y Clara Rebotaro. Después formé parte de un panel de editores de poesía junto a Alejandro Pidello (Papeles del Boulevard) y José Luis Volpogni (Universidad Nacional del Litoral). El título era un reconocimiento a la dificultad que tiene todo editor de poesía: “Editar poesía y no morir en el intento”. Significaba, además, reconocer que muchas editoriales de poesía se convirtieron en cadáveres.

Allá, comparé las ediciones regionales con las nacionales. Dije que nuestros autores centrales, Néstor Groppa y Héctor Tizón, son un buen ejemplo de esos alcances. Que el poeta edita sus libros con su propio sello editorial y con tiradas que no superan los cuatrocientos ejemplares. En tanto que el narrador llega a un público mayor ya que sus libros tienen una tiradas diez veces mayor. Los números de ambos, para un país que tiene más cuarenta millones de habitantes, inciden muy poco.

Llevé libros de la editorial de la Universidad Nacional de Jujuy, de la editorial alternativa Perro Pila y uno de Ernesto Aguirre. Vendí varios ejemplares (un Tizón, un Calvetti, un Aguirre, un Castro, una Encuesta a la literatura jujeña, un Tarja) y regalé otros (Nassr, Ortiz, Leguizamón, Osvaldo Aguirre, Castro). Recibí más de lo que di: Herejía Bermeja de Juan Carlos Bustriazo Ortiz (Ediciones en Danza y Espacio Hudson, Buenos Aires, 2008); La Vieja Usina: Cuentos y poemas de autores pampeanos (CPE, Santa Rosa, 2008); Nadie cerca o lejos: El centralismo cultural en la Argentina de Eduardo D’Anna (Identydad, Rosario, 2005); El prójimo: pieza maestra de mi universo de Sergio De Matteo (Fondo Editorial Pampeano, Santa Rosa, 2006); Soy fiestera de Mercedes Gómez de la Cruz (La creciente y Junco y Capulí, Córdoba, 2006); Las 40: Poetas santafesinas 1922-1981 de Concepción Bertone (compiladora) (Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 2008); Poesía argentina contemporánea, Tomo I, parte decimoséptima de AAVV (Fundación Argentina para la Poesía, Buenos Aires, 2008); Un taxi a Bucarest de Cecilia Fontán (Papeles de Boulevard, Rosario, 2007); Estuario de Marisa Negri (Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2008); Áspero cielo de Jorge Isaías (Ciudad Gótica, Rosario, 2006), La demora de Carlos Battilana (Siesta, Buenos Aires, 2003); El lado ciego de Carlos Battilana (Siesta, Buenos Aires, 2005); Síndrome del verso libre de Alberto R. Bautista (Amaru, Lanas, 2006); Otra vez labranza de Mercedes Yapar (Papeles de Boulevard, Rosario, 2007); Zombar de Guilherme Zarvos (Mansalva, Buenos Aires, 2008); Contra o chao e o vento de Paulo Fichtner (Confraria do vento, Río de Janeiro, 2007); Estación de animales buenos de Alejandro Pidello (Papeles de Boulevard, Rosario, 2007); Manual del agua de Nora Hall (Papeles de Boulevard, Rosario, 2007); Desde el hastío de Victoria Novell (Papeles de Boulevard, Rosario, 2007); Capital de nada: Una historia literaria del Rosario / 1801-2000 de Eduardo D’Anna (Identydad, Rosario, 2007); A los amigos de Jorge Isaías (Ciudad Gótica, Rosario, 2007, 2ª ed.); Spoon in Rosario de Philip Meersman (DAstrugistenDA, Bélgica, 2008) , y también recibí varias revistas: La buhardilla de papel, editor: Enrique D. Gallero (Rosario) y Museo Salvaje, dirigida, editada y diseñada por Sergio De Matteo (Santa Rosa).

Algún día, alguien debería contabilizar la cantidad de dinero que circula en encuentros como el de Rosario. Me refiero al trueque de libros y a los libros que se regalan para que poesía camine.

Yo ya hice mi propio balance y ratifico lo ya escrito: el resultado es positivo. Puedo sobrevivir un tiempo más con la lectura de buenos poemas.



+ INFO:
Suplemento Lea

sábado, 1 de noviembre de 2008

Un histórico

Sabíamos que estaba en los metros finales. Pero eso no calma la tristeza que tenemos. Hoy murió José Luis Mangieri.

Fue un poeta de verdad, un maestro de editores y, fundamentalmente, un amigo.

Estuvo pocas veces por Jujuy. Esas visitas fueron suficiente para apuntalar acciones poéticas y políticas. Vio como arrancó Tarja, editó gran parte de la obra de Andrés Fidalgo y también tres libros referidos a las memorias de la represión dictatorial en Jujuy.

En la fotografía, es el primero de la izquierda, el que mira al público que asiste a la presentación de uno de los libros que él editó. Lo acompañamos Pablo Baca, Inés Peña y yo. Más arriba, fotos de detenidos-desaparecidos de Jujuy.

Así fue su vida, un nexo entre los lectores, los escritores, la poesía, la memoria y la política.

Un histórico.

+ INFO:
Un asado en la biblioteca
Final para el editor de la entrega y pasión absoluta

martes, 21 de octubre de 2008

Octogenario, las pelotas!

Es el 7 de marzo de 1999, en el barrio Ciudad de Nieva de San Salvador de Jujuy. Es el cumpleaños número 80 de Andrés Fidalgo, el escritor más querido de la ciudad. Desde el día anterior, su amigo, el editor José Luis Mangieri, está de manera clandestina en la provincia. Es el invitado especial.



Aquella vez, varios amigos nos confabulamos junto a Nélida, la compañera de Andrés, para armar una fiesta digna del escritor. Yo tenía una flamante cámara que me otorgó la suerte de todo principiante que hace sus primeras tomas.

La cuestión funcionó de esta manera: primero le hice unas tomas a Andrés que recibía una llamada desde su aparato inalámbrico. Apreté la pausa y corrí hacía el interior de la casa. Ahí estaba José Luis que simulaba hablarle desde Buenos Aires: "Hacé de cuenta que estoy en tu casa festejando con todos". Después volví a filmar la escena del patio y salió como si hubiese sido editada pero no fue así. Les dije: es la suerte de todo principiante.

Hay que destacar la gran simulación de todos los invitados (en el patio se ve a Elena Mateo, integrante de Madres y Familiares de Detenidos-Desaparecidos, a Nélida, al poeta Ángel Negro y también la complicidad activa de Alejandro Carrizo).

La fiesta fue al mediodía y duró hasta que llegaron las primeras sombras de la noche.

jueves, 2 de octubre de 2008

Viejos chotos

Un lector que leyó una nota que escribí hace un tiempo sobre los jóvenes que no leen (“Pendejos”), escribe un comentario en el que usa cinco veces la expresión “viejos chotos”. Luis Wayar, el lector en cuestión, dice que está “cansado de ver cómo en todos los medios se trata de denostar a la juventud” y también afirma que está convencido de que “los jóvenes actuales leen más de lo que leían los de nuestra generación”. El comentario parece escrito al correr del teclado y sugiere, efectivamente, el cansancio del comentador.


Me acuerdo que, en aquella nota, escribí que uno no puede postular su propia experiencia como lector para tratar de entender lo que pasa hoy. Aún sigo defendiendo esa postura. No intenté hablar en nombre de “nuestra generación”. Apenas intenté contar mi propia experiencia con algunas lecturas prohibidas. Eso sí: escribí –y generalicé, con los riegos que eso implica– que los jóvenes no leen libros.


Corrí un riesgo con la pretensión de que algún pendejo contestara mi provocación. Pero no. Ningún joven contestó. Nadie llamó para putearme. No llegó ni un mail anónimo a la redacción de la revista donde fue publicada la provocación.


Escribo, por lo tanto, para vos, Luis. Me parece que te equivocás, tanto como yo, al generalizar. Decir que los jóvenes actuales leen más que nosotros es también una actitud que tiene sus riesgos. Acepto que está bien correrlos. Eso hicimos los dos porque sabemos que hay cosas por las que conviene exponerse.


Expongo, por lo tanto, los motivos que me llegaron a generalizar. En el 2006 apareció la Encuesta a la literatura jujeña contemporánea, libro que contiene respuestas de veinte escritores. Las promociones más numerosas fueron las de los nacidos en la década del cincuenta (ocho escritores) y los nacidos en la década del setenta (seis escritores). Los más jóvenes, en la pregunta que solicitaba los nombres más valiosos, no mencionaron a escritores ya fallecidos. Casi todos respondieron con nombres contemporáneos. Es decir, no han asumido ninguna herencia (ni siquiera para repudiarla). ¿Por qué ocurre esta falta de conexión entre estas generaciones? Sospecho que existen varia cuestiones, quizás la más importante sea que ellos no han leído lo suficiente a Jorge Calvetti, a Libertad Demitrópulos, a Raúl Galán o a Andrés Fidalgo. Tienen huecos en su formación y, sin embargo, seis se exponen a contestar. (No es un mérito menor, hubo quienes arrugaron sus respuestas para no correr el riesgo que ahora corremos nosotros.)


Por otro lado, tengo quince años de antigüedad como docente (para mis alumnos –aquí generalizo sin correr ningún riesgo– soy un viejo). Estos años no me confieren ninguna autoridad, apenas sí me permiten rescatar la experiencia de lecturas de un reducido grupo –los pendejos a lo que me refiero en mi nota anterior. Te cuento algunas anécdotas en los párrafos siguientes.


Una. Les leí un poema de Juan Gelman que habla de seis enfermeras locas de Carolina del Norte. El texto dice que las habían visto salir de hospedajes sospechosos con una mirada triste en la boca. Que las habían visto fornicando con sastres, zapateros y carniceros del lugar. ¿Qué entendieron los jóvenes lectores? Algo que no figura en ninguna parte del poema y que solamente puede estar en las mentes de viejos chotos: que las enfermeras eran prostitutas.


Dos. Frente a un poema de Octavio Paz que contiene la palabra “putas” no pudieron ocultar la risita nerviosa que produce el sexo cuando es considerado un tema del que no se habla demasiado. Es más, hubo una alumna que hacía como que no escuchaba bien lo que yo había dictado por lo que me solicitaba que repitiera la palabra de nuevo. La repetí y otra también pidió la misma confirmación. Grité “putas” y ya no tuvieron dudas.


Tres. Les pedí que lean un reportaje sobre la tensión cultura entre Buenos Aires y las provincias que apareció en la revista Ñ. Les dicté unas consignas para que analicen los nombres que aparecían en publicación y, para mí sorpresa (porque, al igual que vos, Luis, creía que eran diestros en el uso de las nuevas tecnologías) no pudieron dar con la nota en cuestión.


Hasta aquí las anécdotas.


Quizás sea necesario dejar en claro que sería saludable que los escritores jóvenes expresen sus ideas –es decir: que se expongan–, que existe una generación que espera ser leída por los jóvenes como sólo ellos pueden hacerlo; esto es: con el impulso que da el entusiasmo y la novedad que tienen las miradas nuevas.


También quiero dejar constancia que mis alumnos son muy generosos. Me escuchan hablar sobre la literatura de Jujuy y eso ya es un privilegio que agradezco. Pero que poco saben del uso de palabras de provocación y que los que no saben buscar en los libros ignoran cómo se hacen las búsquedas en el ciberespacio.


Que la verdadera literatura no sirve para calmar nada. Que si es verdadera nos tiene que golpear en el ojo y repercutir en el cerebro. Que si está en Internet tiene que ser como un martillazo que sale de la pantalla para golpear en el teclado. Que un buen texto tiene que cuestionar los supuestos que se manejan. En fin, que la buena literatura es tan tajante que hace que los viejos chotos se traguen todas sus palabras.


Imagen: Luis Felipe Noé

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