martes, 21 de octubre de 2008

Octogenario, las pelotas!

Es el 7 de marzo de 1999, en el barrio Ciudad de Nieva de San Salvador de Jujuy. Es el cumpleaños número 80 de Andrés Fidalgo, el escritor más querido de la ciudad. Desde el día anterior, su amigo, el editor José Luis Mangieri, está de manera clandestina en la provincia. Es el invitado especial.

video

Aquella vez, varios amigos nos confabulamos junto a Nélida, la compañera de Andrés, para armar una fiesta digna del escritor. Yo tenía una flamante cámara que me otorgó la suerte de todo principiante que hace sus primeras tomas.

La cuestión funcionó de esta manera: primero le hice unas tomas a Andrés que recibía una llamada desde su aparato inalámbrico. Apreté la pausa y corrí hacía el interior de la casa. Ahí estaba José Luis que simulaba hablarle desde Buenos Aires: "Hacé de cuenta que estoy en tu casa festejando con todos". Después volví a filmar la escena del patio y salió como si hubiese sido editada pero no fue así. Les dije: es la suerte de todo principiante.

Hay que destacar la gran simulación de todos los invitados (en el patio se ve a Elena Mateo, integrante de Madres y Familiares de Detenidos-Desaparecidos, a Nélida, al poeta Ángel Negro y también la complicidad activa de Alejandro Carrizo).

La fiesta fue al mediodía y duró hasta que llegaron las primeras sombras de la noche.

jueves, 2 de octubre de 2008

Viejos chotos

Un lector que leyó una nota que escribí hace un tiempo sobre los jóvenes que no leen (“Pendejos”), escribe un comentario en el que usa cinco veces la expresión “viejos chotos”. Luis Wayar, el lector en cuestión, dice que está “cansado de ver cómo en todos los medios se trata de denostar a la juventud” y también afirma que está convencido de que “los jóvenes actuales leen más de lo que leían los de nuestra generación”. El comentario parece escrito al correr del teclado y sugiere, efectivamente, el cansancio del comentador.


Me acuerdo que, en aquella nota, escribí que uno no puede postular su propia experiencia como lector para tratar de entender lo que pasa hoy. Aún sigo defendiendo esa postura. No intenté hablar en nombre de “nuestra generación”. Apenas intenté contar mi propia experiencia con algunas lecturas prohibidas. Eso sí: escribí –y generalicé, con los riegos que eso implica– que los jóvenes no leen libros.


Corrí un riesgo con la pretensión de que algún pendejo contestara mi provocación. Pero no. Ningún joven contestó. Nadie llamó para putearme. No llegó ni un mail anónimo a la redacción de la revista donde fue publicada la provocación.


Escribo, por lo tanto, para vos, Luis. Me parece que te equivocás, tanto como yo, al generalizar. Decir que los jóvenes actuales leen más que nosotros es también una actitud que tiene sus riesgos. Acepto que está bien correrlos. Eso hicimos los dos porque sabemos que hay cosas por las que conviene exponerse.


Expongo, por lo tanto, los motivos que me llegaron a generalizar. En el 2006 apareció la Encuesta a la literatura jujeña contemporánea, libro que contiene respuestas de veinte escritores. Las promociones más numerosas fueron las de los nacidos en la década del cincuenta (ocho escritores) y los nacidos en la década del setenta (seis escritores). Los más jóvenes, en la pregunta que solicitaba los nombres más valiosos, no mencionaron a escritores ya fallecidos. Casi todos respondieron con nombres contemporáneos. Es decir, no han asumido ninguna herencia (ni siquiera para repudiarla). ¿Por qué ocurre esta falta de conexión entre estas generaciones? Sospecho que existen varia cuestiones, quizás la más importante sea que ellos no han leído lo suficiente a Jorge Calvetti, a Libertad Demitrópulos, a Raúl Galán o a Andrés Fidalgo. Tienen huecos en su formación y, sin embargo, seis se exponen a contestar. (No es un mérito menor, hubo quienes arrugaron sus respuestas para no correr el riesgo que ahora corremos nosotros.)


Por otro lado, tengo quince años de antigüedad como docente (para mis alumnos –aquí generalizo sin correr ningún riesgo– soy un viejo). Estos años no me confieren ninguna autoridad, apenas sí me permiten rescatar la experiencia de lecturas de un reducido grupo –los pendejos a lo que me refiero en mi nota anterior. Te cuento algunas anécdotas en los párrafos siguientes.


Una. Les leí un poema de Juan Gelman que habla de seis enfermeras locas de Carolina del Norte. El texto dice que las habían visto salir de hospedajes sospechosos con una mirada triste en la boca. Que las habían visto fornicando con sastres, zapateros y carniceros del lugar. ¿Qué entendieron los jóvenes lectores? Algo que no figura en ninguna parte del poema y que solamente puede estar en las mentes de viejos chotos: que las enfermeras eran prostitutas.


Dos. Frente a un poema de Octavio Paz que contiene la palabra “putas” no pudieron ocultar la risita nerviosa que produce el sexo cuando es considerado un tema del que no se habla demasiado. Es más, hubo una alumna que hacía como que no escuchaba bien lo que yo había dictado por lo que me solicitaba que repitiera la palabra de nuevo. La repetí y otra también pidió la misma confirmación. Grité “putas” y ya no tuvieron dudas.


Tres. Les pedí que lean un reportaje sobre la tensión cultura entre Buenos Aires y las provincias que apareció en la revista Ñ. Les dicté unas consignas para que analicen los nombres que aparecían en publicación y, para mí sorpresa (porque, al igual que vos, Luis, creía que eran diestros en el uso de las nuevas tecnologías) no pudieron dar con la nota en cuestión.


Hasta aquí las anécdotas.


Quizás sea necesario dejar en claro que sería saludable que los escritores jóvenes expresen sus ideas –es decir: que se expongan–, que existe una generación que espera ser leída por los jóvenes como sólo ellos pueden hacerlo; esto es: con el impulso que da el entusiasmo y la novedad que tienen las miradas nuevas.


También quiero dejar constancia que mis alumnos son muy generosos. Me escuchan hablar sobre la literatura de Jujuy y eso ya es un privilegio que agradezco. Pero que poco saben del uso de palabras de provocación y que los que no saben buscar en los libros ignoran cómo se hacen las búsquedas en el ciberespacio.


Que la verdadera literatura no sirve para calmar nada. Que si es verdadera nos tiene que golpear en el ojo y repercutir en el cerebro. Que si está en Internet tiene que ser como un martillazo que sale de la pantalla para golpear en el teclado. Que un buen texto tiene que cuestionar los supuestos que se manejan. En fin, que la buena literatura es tan tajante que hace que los viejos chotos se traguen todas sus palabras.


Imagen: Luis Felipe Noé

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