domingo 4 de marzo de 2012

Curso “Literatura en Jujuy: De la oralidad al hipertexto”

Dictado por Alejandra Nallim y Reynaldo Castro.

La oralidad. La literatura anónima: leyendas, cuentos, mitos, relatos, etc. El campo y la ciudad. Los primeros escritores y los fundadores del campo literario local: la Generación X. Literatura de viaje, femenina, testimonial y autobiográfica. La construcción de la figura de un escritor de fronteras. Nuestros años setenta: ¿una vanguardia local? La Generación Y.  La poesía de posdictadura: entre la utopía democrática y la indignación por las atrocidades de la dictadura. Campo literario de los 90: El fin de la inocencia. Los pliegues de las memorias de la represión dictatorial. La Nueva Historia: la consolidación de un campo de investigación regional. La generación Z: estéticas del nuevo milenio. La aldea blogal.

La capacitación tiene una duración de 60 horas cátedras y cuenta con una evaluación final.

Empieza el 14 de marzo.

Más información: Dirección de Cultura de la UNJu, Av. Bolivia 1685 Barrio los Huaycos, teléfono 4244101 de 08,00 a 13,00 horas y de 15,00 a 19,00 horas, mail: cultura@unju.edu.ar.

jueves 27 de octubre de 2011

Las flores de Nélida

Ayer se condenaron a doce genocidas a prisión perpetua, entre ellos a Alfredo Astiz. Todos sabemos, en líneas generales lo que hicieron estos criminales; pero varios desconocen cómo impactó aquel genocidio en nuestros vecinos. Por eso, vamos a rescatar esta nota que fue publicada en el número 7 de la revista Nadie olvida nada, en marzo del 2006.



José Luis Mangieri, Nélida, RC e Inés Peña, marzo de 2004

“¿Alcanzaré a verlo?”, me interrogó con gran esfuerzo y no supe qué contestarle. En sus últimos días, Nélida ─la compañera de toda la vida de Andrés Fidalgo─, apenas podía hablar. Una enfermedad terminal se había apoderado de ella, de manera evidente, en la primera mitad del año pasado.

Es probable que el tumor maligno haya empezado el 20 de noviembre de 1974, el día que Andrés fue detenido por personal de la Policía Federal y quedó a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN). Si esto fue así, la flor del mal creció en 1976, durante la segunda detención del abogado defensor de presos políticos. No tengo dudas de que flores malignas se metieron en el cuerpo de Nélida el 4 de diciembre del año siguiente, cuando su hija mayor, Alcira, fue secuestrada por Alfredo Astiz en la entrada a un cine de Buenos Aires.

Entonces, el matrimonio Fidalgo estaba en su accidentado exilio de Venezuela (allí trabajaron duramente y uno de ellos se enfermó de dengue). La desaparición de Alcira, fue sentida por ambos como una muerte recién podada. Esa manera de morir ─es decir, ser desaparecido─ floreció con más muertes; digamos, con alrededor de treinta mil muertes.

¿Cómo pelearon los Fidalgo contra las flores del mal? Andrés, con sus mejores armas: las palabras; el escritor tomó datos, clasificó y escribió un libro fundamental donde se apoyaron varios trabajos de memorias. Nélida, por su parte, no sólo hizo habeas corpus cuando los abogados que debían hacerlo estaban presos o atemorizados; también se sumó a otros familiares de detenidos-desaparecidos en una lucha desigual contra los dictadores. Y, cuando la dictadura empezó a tambalear, los dos volvieron al país.

Una vez en su casa, Nélida limpió, ordenó y ─una cuestión fundamental─ llenó su jardín con flores de distintos colores.

Un buen día, cuando Andrés estaba por terminar su libro sobre la dictadura en Jujuy, ella me propuso publicar el libro de poemas de Alcira. Yo, que creía que iba a tener una tarea sencilla (para alguien que tenía alguna experiencia en la edición de libros de poemas), me sorprendí con lo que me esperaba. Nunca vi a una madre con tanta dedicación y esmero con las cosas de las hijas. No sólo edité el libro de poemas Oficio de aurora, aquel impulso me llevó a recopilar, editar y publicar un libro de las integrantes más activas de madres y familiares de detenidos-desaparecidos de esta ciudad. Y, como si fuera poco, también armamos esta revista que sólo faltó, en diciembre pasado, a la cita con sus lectores. El huracán Nélida, además, alcanzó para la producción del video documental que dirigió Ariel Ogando y que tomó el nombre de esta publicación.

Ahora ella no está. No podrá ver el libro que tendrá por título, no gratuitamente, Andrés Fidalgo: Una marca en la memoria. En sus páginas habrá poemas escritos en servilletas que Nélida sacaba clandestinamente de la cárcel. Son textos de dolor, es verdad; pero también de esperanzas por un futuro mejor.

“No sé si vas a poder ver el libro”, le contesté. “Sólo sé que va a ser un libro editado con mucho cuidado, respeto y amor. Andrés se lo merece; sus lectores se lo merecen”. Esas deben haber sido las últimas palabras que pude decirle a Nélida. Ella asintió y apenas sonrió. Nélida no verá el libro. Nosotros lo haremos y, en cada jardín, veremos su jardín.

Un jardín con flores de todos los colores.


San Salvador de Jujuy, 7 de diciembre de 2005.

miércoles 5 de octubre de 2011

La ambición extrema

¿Quién no ha querido escribir el poema que lo redima? ¿Quién no ha querido escribir la página imposible de escribir? Por eso, el bueno de Ciorán escribió: "Somos fervientes de la obra abortada, abandonada en el camino, imposible de concluir, minada por sus propias exigencias". Hay que ser muy lúcido para entender que esa imposibilidad es lo que nos empuja a escribir. Que ser poetas es un manera de comportarse en el mundo. Una manera de caminar. O, para decirlo con una palabra altisonante, una ética. Y detrás de toda ética hay una estética. Ya sé que parece confuso esto que escribo. Pero, por favor, créanme, es preferible ser oscuro y no atarse a lo que peligrosamente nos acostumbra la rutina. Es preferible la ambición extrema, imposible de lograr, y no la mediocridad que siempre nos peina con sangre.

miércoles 28 de septiembre de 2011

Ilob de Paula Soruco

Tapa del libro
Las editoriales Black & Vermelho (Buenos Aires) y Perro Pila (San Salvador de Jujuy) invitan a la presentación del libro de poemas Ilob de Paula Soruco. El para nada solemne acto será en el Centro Cultural Héctor Tizón (Hipólito Yrigoyen esq. Junín), el jueves 29 de setiembre, a horas 20. Conjuntamente se inaugurará una muestra de dibujos de Bruno Rojo y otras actuaciones imperdibles (performance de Charlee Espinosa y sus ADN shockitos, Mistol Algarroba y sus canciones + Dj Mendoxa y fotografías de la mismísima poeta y de Walter Mendoza).
Ilob (coedición de Perro Pila y Black & Vermelho, 2011) de Paula Soruco (PS) es quizás el libro de poemas más radical del conjunto de autores de este nuevo milenio. Los poemas componen este libro, cuyo título ya es desconcertante para el lector ingenuo, están realizados con total libertad de los mecanismos inconscientes que rigen en la vida de toda actividad creativa. Al igual que su título, cada verso exige una posición activa del lector (¿es que acaso existe otra posición para el buen lector de poesía?) y su autora sabe que corre un riesgo grande. Por eso, ella violenta al lenguaje, rompe con normas de sentidos y crea su verdadera posesión: el riego de escribir. Así, PS es capaz de hablar sobre “una avenida en rojos donde todo se va poniendo verde sin que nunca nunca tengas que frenar”. Esa vertiginosidad de la imagen es la transformación de una realidad por medio de las palabras. La realidad que se puede leer en estos poemas es inseparable de los que ellos son en el continuo cambio.
Con una escritura ágil, los textos de este libro logran ampliar el horizonte estético al que estábamos (peligrosamente) acostumbrándonos. Para despertarnos de la modorra local, PS escribe textos que desencadenan palabras. Des-encadenan palabras, lo repito, por si quedan dudas. Ella borra los límites espaciales y marca, de alguna manera, los extremos que permite tocar la poesía:

“Piernas haciéndose nudo con otras piernas. Dormir trenzados y amanecer, en el cuerpo de la conciencia de la trenza. Ese tipo de elasticidad para llevar. Erguidos y lejanos continuar trenzados y que lluevan meteoritos. Vos allá, yo acá.”

Sobre la autora:
PS, autorretrato con sombra
Nació en Jujuy. Residió (y reincidió) varios años en Córdoba, donde se recibió de Psicóloga. Anteriormente, publicó Illinois (Córdoba, La Creciente, 2005) y Cornisa (Córdoba, Llanto de mudo, 2008). Poemas de PS forman parte de las siguientes antologías: Espuma de rabia: plaqueta de poesía perra (Córdoba, La Creciente, 2003), Poetas argentinas 1961-1980, compilado por Andi Nachon (Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2008), Quince – Antología de poetas mujeres de Córdoba (Córdoba, Tinta de Negros, 2010), Once – Salpicón de poesía jujeña (San Salvador de Jujuy, Intravenosa, 2011) y Peligro inflamableAntología de poesía contemporánea (Buenos Aires, Folia ediciones, 2011). Es, además, fotógrafa. Ejerce su profesión universitaria en el barrio separatista de Alto Comedero, San Salvador de Jujuy.





domingo 4 de septiembre de 2011

Lectores 3.0


Los lectores no son lo opuesto a los escritores; son complementarios: los unos no pueden existir sin los otros, aunque a veces los lectores llegan tarde al encuentro.
Los buenos escritores hacen escuela. Los buenos lectores, a lo sumo, son difusores; pero no por eso son menos importantes.
Los que leen son paseantes en ciudades extranjeras. Algunos se pierden y, con gusto, viven en sus laberintos. Otros son callejeros que arrebatan ideas, conceptos o metáforas que ya fueron escritas para, después, dejar que terceros las vuelvan a robar.
Los que tienen incorporado el hábito de la lectura pueden reconocer a un buen escritor con sólo leer una frase. Esa velocidad para descubrir es su orgullo secreto. Es, además, su maldición porque saben que todo buen texto debería haber sido escrito por ellos.
Para zafar del orgullo del solo o no caer en la maldición, algunos comienzan a escribir. Pero sólo unos pocos -o mejor: muy pocos- van a quedar en la historia.

sábado 27 de agosto de 2011

Piedras, editores y otros sujetos de moral dudosa

Cuando lleguéis a viejos, respetaréis la piedra,
si es que llegáis a viejo,
si es que entonces quedó alguna piedra.
(Joaquín Pasos, “Canto de guerra de las cosas”).


Néstor Groppa, creador de la editorial de la UNJu

Es posible que muy pocas personas conozcan los versos que acabo de citar. Pertenecen a Joaquín Pasos (Nicaragua, 1914-1947) y están incluidos en su único libro Poemas de un joven (FCE, 1962). Parto de este poeta porque me parece emblemática su historia: formó parte de un país atrasado, como nosotros, vivió tan solo 33 años en los que no llegó a ver su obra publicada (“Sólo poetas, putas y picados conocieron sus versos”, expresó en un verso memorable Ernesto Cardenal que después musicalizó Joan Manuel Serrat) y, sin embargo, su obra trasciende.

¿Por qué digo que trasciende? Porque sus poemas están incluidos en las más importantes antologías latinoamericanas. Porque su único libro tiene un prólogo muy esclarecedor de Cardenal. Repito lo que dije antes: es posible que pocos conozcan la obra de Joaquín Pasos, pero estoy seguro de que todos saben de la importancia del prologuista para la poesía de idioma español.
Quizás, la práctica concreta de una política editorial sea lo que les acabo de contar: un poeta reconocido rescata del olvido a otro autor por medio de un prólogo que contextualiza, pondera y posiciona al poeta olvidado. Esta acción –nunca estará de más decirlo– va acompañada de un sello editorial que otorga prestigio ( en este caso el FCE).
La segunda cuestión, entonces, es cómo armar un sello editorial que otorgue respaldo a sus autores. Creo que para lograr este objetivo hay que cuidar extramadamente la edición. Esto es: corregir, mejorar lo más que se pueda el estilo, buscar una diagramación adecuada al contenido y –quizás lo más importante– armar un catálogo coherente al perfil de la editorial.
El catálogo es importante no sólo por lo que se publica; también es importante por lo que no publica. Me explico: si yo soy editor de la Universidad, debo armar un catálogo con obras que estén directamente ligadas con la cultura universitaria (trabajos de investigación, obras literarias muy bien escritas y obras de divulgación científica). Esto que digo parece una obviedad, pero creánme si les digo que en la actividad concreta no todos entienden esto. Están los que se presentan a la editorial y dicen que son parientes del rector o (lo que es casi lo mismo) que han colaborado en su campaña política para que el supremo jefe ocupe el lugar que bien se merece.
En más de una oportunidad he recibido a sujetos con esa prepotencia del acomodo. Cierta vez, harto de la insistencia de un mal escritor le contesté que el rector tenía una idea general de toda la Universidad, pero que en el producción de libros el responsable era yo. Que su obra ya había sido rebotada dos veces por el comité editorial y, si él no aceptaba los cambios sugeridos, tendría que buscarse otra editorial.
Llegados a este punto nos conviene definir qué es un editor. Un editor es alguien que, a menudo, tiene que convivir diariamente con diseñadores gráficos que se creen artistas incomprendidos, autores que sienten que ocupan el lugar dejado vacante por Borges, imprenteros que buscan sacarte ventaja con respectos a los insumos, libreros que te miran con desconfianza cuando le llevás una obra de un autor local, abogados que colocan tantas claúsulas en el contrato de edición que, cuando firmás, sentís que estás vendiendo tu alma al diablo, contadores que te entregan el cheque para la edición meses después de que el libro fue presentado y otros personajes similares que forman parte de las delicias de la vida laboral.
Volvamos a la importancia del sello editorial. El sello más importante del fin de milenio fue el de nuestra Universidad. Y aquí hay que destacar la tarea ejemplar de Néstor Groppa, el creador, empujador y, cuando llegó el caso, el que plantó la renuncia cuando veía que la cuestión laboral empezó a resultar insostenible.
Un sello resulta importante cuando tiene un catálogo que enorgullece a sus editores. Un sello será dudoso cuando se averguence de algunos títulos que publica o los niegue públicamente. La construcción de un sello prestigioso se realiza de manera lenta y sostenida. Tan importante como determinar qué títulos se van a publicar, es explicitar aquellos que no se quieren publicar. Los sellos que publican según la lógica del dinero a lo sumo pueden aspirar a un lugar en la literatura comercial. No niego su derecho a existir, pero digo que no es la empresa que a mí me interesa mirar. Tampoco me parece mal que una editorial gane algún dinero. Pero esa ganancia tiene que ser una consecuencia del armado de un buen catálogo. Nunca se debe armar un catálogo que marque los pasos que dicta el gobierno o el poder de turno (hablo de los familiares que me visitaban y empezaban con una frase gastada: “Dice el rector”).
Por otro lado, gestionar una editorial con un espíritu transgresor es una actividad que muy pocas personas están preparadas para desarrollarla. Y lo peor que puede ocurrirle a una propuesta editorial que busque ser subversiva en el campo intelectual es tener éxito.[1] Porque de esa manera su espíritu buscará –conscientemente o no– repetir ciertas fórmulas que le hicieron conocer las mieles del éxito y es, en ese preciso momento, que su rebeldía se transforma en norma. La consecuencia lamentable es que toda la invención subversiva original se transforma en aquello que sus editores decían combatir.
Pero entonces, ustedes se preguntarán si una editorial transgresora es posible. Si vale la pena intentar subvertir el estado actual de las cosas. Si todo no está cooptado por el mercado. La cuestión –me parece– es mirarse críticamente y responder: ¿qué estoy haciendo?, ¿responde lo que hago a mi voz interior?, ¿estoy traicionando los ideales que me llevaron a escribir, a editar, a amar la literatura?
Esta sociedad parece condenar de antemano todo intento de subversión, pero eso no significa que tengamos que renunciar a nuestros ideales. Me explico: toda nuestra educación nos prepara para vencer. Desde nuestros padres que nos decían: “Estudiá para que seas alguien en la vida y la gente te respete”; no decían estudiá para que te superes vos mismo. Ni hablar de las competencias que existen en algunos colegios para determinar quién llevará la bandera y estupideces por el estilo. Desgraciadamente, estamos educados para vencer, no para cooperar. Me pregunto, entonces, ¿no será mejor cooperar aunque seamos el último orejón del tarro de la cooperación?, ¿qué hay de malo en ser el último de la fila?
Creo que las vanguardias literarias le han hecho mucho bien al arte en general. Han ampliado el horizonte estético y abierto nuevos caminos, pero –me pregunto– si ese modelo que abrió todo el siglo XX sigue aún vigente. Quizás no. Quizás estamos entrando en otro tipo de modelo, aunque el viejo aún se resiste a ser enterrado definitivamente.
La idea del pelotón que se filtra por las líneas enemigas para golpear en el corazón del adversario ya está decadente. A lo mejor tenemos que confundirnos con las personas comunes que caminan por nuestras calles. Ser, como bien lo había definido Walter Benjamin, un perfecto paseante: “Estar fuera de casa, y sentirse, sin embargo, en casa en todas partes, ver el mundo, ser el centro del mundo y permanecer oculto al mundo, tales son algunos de los menores placeres de esos espíritus independientes, apasionados, imparciales, que la lengua sólo puede definir torpemente”.
Postulo, por la tanto, la existencia de pequeñas editoriales independientes que se contrapongan a los postulados oficiales. No por una opisición dogmática, pero sí para garantizar una diversidad literaria. ¿Hace falta decir que este modelo de editorial independiente debe tener una autonomía de cualquier tipo de poder? Hace falta porque deben tener una creciente autonomía para no ser cooptadas, para que el poder nos las envuelva.
Hablo de pequeñas editoriales que tengan fluidez para desplazarse, “para burlar los controles y hacer temblar la estructuras”, como define Ricardo Pochtar al término “Alternativo”[2]. Hablo de diversidad literaria y no de autores que corren a escribir los que los lectores o editores –o, lo que es peor, el mercado– le piden que escriban. Hablo de diversidad y no de búsqueda de un best-seller. Los autores que ceden a la presión del mercado no tienen pudor en abrazarse al cheque que les ofrecen. Nos tienen verguenza: se muestran complacientes frente a los concursos. Posan para las fotos para que otros escritores los envidien o, en el mejor de los casos, los admiren.
La diversidad literaria, por el contrario, nos permite reflexionar y ganar en autonomía. No convertirnos en dependientes del poder. Sí en constructores de ciudadanía. La reflexión nos empuja –necesariamente– hacia el camino de la creatividad, hacia la instación de valores éticos, hacia la defensa de los derechos humanos. La diversidad, para Jesús Martín Barbero, está muy ligada con el concepto de comunicación plural:

Frente a ese tramposo pluralismo, que cofunde diversidad con fragmentación, y al fundamentalismo de los nacionalistas étnicos que transforman la identidad en intolerancia, comunicación plural significa el reto de asumir la heterogeneidad como un valor articulable a la construcción de un nuevo tejido de lo colectivo.[3]

Hablé de editoriales que posean fluidez; hablé de la importancia de reflexionar. Digo, entonces, que toma mucha importancia la gestión que pueden hacer estas editoriales independientes y la reflexión sobre esa importancia.
Gestión y reflexión, por lo tanto, son dos práctica necesarias. Hasta el momento, muchos hemos estado más preocupados en la forma de gestionar nuestras editoriales, ahora, gracias a la oportunidad de este foro, tenemos que preocuparnos también de reflexionar. Romper con esa idea de que “los que hacen  no reflexionar y los que reflexionan no hacen”. Toda gestión editorial merece ser reflexionada.
No dudo de que estamos aún en una etapa inaugural de la profesionalización de la edición en esta región. Es posible que aún nos esperen pruebas mucho más dura que las que hemos superado, pero ya el sólo hecho de estar reflexionando y gestionando constituye un horizonte prometedor que nos empuja hacia adelante. De esta manera, trataremos de llegar a viejos con nuestras editoriales; no arrojaremos piedras, las respetaremos; como nos respetaremos más entre nosotros.

(Este texto fue leído en el 1er Simposio Regional sobre la Literatura del Noroeste Argentino, organizado por la Universidad Nacional de Jujuy, en San Salvador de Jujuy, el 19 de octubre de 2010. El título con el que se expuso fue “Política editorial, políticos y editores”.)




[1] Al respecto, afirma Elfriede Jelinek que “el peor lugar para un artista es la fama y que la marginación es el lugar del escritor”, en “El hábito de la irreverencia”, revista Ñ, Clarín, Buenos Aires, sábado 5 de febrero de 2005.
[2] En Hugo E. Biagini y Arturo A. Roig (directores), Diccionario del pensamiento alternativo. Buenos Aires: Biblos, 2008.
[3] Jesús Martín Barbero, “Comunicación: el descentramiento de la modernidad”, en revista Anàlisi, n° 19, Universidad Autónoma de Barcelona, 1996: 94.

viernes 29 de julio de 2011

Traicionar a la tradición

Dibujo de Manuel Ortega
Los sucesos trágicos de Libertador General San Martín llevaron, rápidamente, a varias personas a relacionarlos con los siniestros apagones en la que se secuestró, torturó y asesinó a varias decenas de trabajadores y estudiantes de esa ciudad. Tienen razón en, por lo menos, un punto de coincidencia: existen fuerzas represivas que actúan en favor de una empresa que apoyó a desaparecedores (la carta que Carlos Pedro Blaquier enviara a su amigo "Joe" Martínez de Hoz, el 29 de junio de 1978, es prueba suficiente).
Ahora bien, el hecho de que uno de los muertos sea de la misma policía y que muchos jóvenes estén enrolados en esa fuerza a falta de una posibilidad laboral, nos debería hacer pensar sobre la situación que viven muchos de ellos. Obligados a ser fuerza de choque, muchas veces frente a sus propios amigos ya que en Jujuy, no lo olvidemos, la gran mayoría podemos reconocernos o, por lo menos, tener referencia de las personas con las que tratamos o vemos.
Supongo que, en su formación, a los futuros policías les enseñan que hay que proteger la vida de los ciudadanos. Lo que dudo es sobre lo que no se le enseña al futuro miembro de la fuerza policial: cuál es la imagen negativa que portará por el solo hecho de formar parte de una institución que tienen una tradición de reprimir, torturar y matar personas. No nos olvidemos que, a fines de los setenta, la escuela de Policía funcionaba en el mismo predio donde estaba el tenebroso Centro Clandestino de Detención de la localidad de Guerrero. Esa marca, lamentablemente, es muy fuerte.
Ningún oficial de estos tiempos democráticos puede afirmar que es conveniente torturar a los sospechosos, pero no todos los discursos circulan en afirmaciones explícitas, también hay discurso que circulan secretamente y se filtran en eso que los pedagogos llaman currículum oculto.
Los que investigamos sobre cuestiones referidas a las atrocidades de la dictadura somos, en alguna medida, responsables de que ciertas prácticas no sean desterradas. Digo esto porque no nos metemos en la institución que forma a los policías. No opinamos sobre el aspecto formativo. No exigimos que la institución policial revise su accionar. ¿Es que acaso nos olvidamos que el torturador más despiadado de Jujuy se llamó Ernesto Jaig y estaba al frente del comando Radioeléctrico en los tiempos de la dictadura?
¿Por qué ninguno de nosotros no dijo nada cuando, hace unos años, la Policía editó un libro institucional con un prólogo justificatorio de Jorge Albarracín, por entonces presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) filial Jujuy?
No me estoy olvidando de que murieron cuatro personas. Que el gobernador se llama Walter Basilio Barrionuevo. Que el ingenio Ledesma sigue siendo una empresa tan poderosa desde hace varias décadas. No me olvido de ellos, simplemente quiero decir que hay otras cuestiones en las que no tenemos que involucrar los que tenemos algún tipo de formación y responsabilidad.
Ser solidarios con las víctimas hoy no es suficiente. Como tampoco lo es escribir esta nota o colocar "me gusta".

domingo 24 de julio de 2011

Estela Mamaní o la centralidad de los marginales

Pablo Baca, RC y Estela Mamaní, en el CC Héctor Tizón
El reciente 20 de julio, en el Centro Cultural (CC) Héctor Tizón, me tocó moderar una mesa de poetas en la que estuvieron: Pablo Baca, Estela Mamaní, Pablo César Espinoza Lafuente y Juan Pablo Salinas Guillén; los dos primeros de esta provincia y los restantes de Cochabamba, Bolivia. Fue la primera vez que visité el CC Héctor Tizón y debo reconocer que me agradó mucho. Un público numeroso siguió la lectura de los poemas que no fue para nada acartonada, ni aburrida. (Aclaro esto porque mi amiga Nati sólo conoce lecturas plúmbicas que hacen que ella, cuando las recuerda. afirma que se "pegaba unos emboles importantes". Algún día, alguien deberá juzgar a muchas de nuestras instituciones, en especial a las "sádicas", por el crimen de lesa poesía).

La cuestión es que fue un gusto conocer a poetas del otro lado de la frontera que manejan bien las palabras y el humor. Lo mismo que reencontrarnos públicamente con Pablo Baca y Estela. A los dos los había leído intensamente antes que de que editaran sus primeros libros. Creo que nunca más volví a leer con tanta voracidad. Ellos, desde entonces, eran buenos poetas y yo tenia veintipico de años y creía en la revolución y en la poesía; ahora sólo creo en la poesía, pero no crean que es poca cosa.

De la poesía de Pablo siempre me gustó su manera enigmática de narrar. La capacidad para crear climas internos y conmover. Me parece que actualmente la política gana mucho más que lo que aparentemente pierde la poesía al verlo tan diputado provincial . Aquella noche afirmé que él es la gran esperanza blanca de la intelectualidad del radicalismo jujeño y, como dijo alguien aquella noche, dará pelea dentro del ring.

Con Estela tengo otro tipo de relación. Desde el vamos, cuando la conocí, ella cuestionó su propia condición de profesora de letras ("para lo único que sirve una profesora es para corregir la ortografía y hasta ahí", me acuerdo que decía).  Que alguien haya estudiado la carrera de Letras en la Universidad, que además no haya matado la creatividad que tiene adentro y que sea capaz de mirar críticamente a sus pares y a ella misma, no es algo muy común. Y que encima escriba buenos poemas, ya está.

Para no ser un plomazo, como diría mi amiga Nati, voy a cerrar este entrada con un texto que escribí, en 1997, para la reedición de una antología que por distintas razones no llegó a tal.


EL SILENCIO DE LOS JUJEÑOS



En una galería de arte -que ya no está más- de la calle Belgrano, un chanta porteño (de cuyo nombre no quiero ni acordarme) organizaba reuniones en las que se hablaba de poesía. Ahí fue donde conocí a Estela Mamaní. Por alguna razón que ignoro, ella no era -ni aparentaba- ser amigable. Un día, todos -o casi todos- leímos cosas propias. Cuando le tocó el turno a ella nadie daba ni cinco. Y nos sorprendió a cada uno de los que estábamos presentes.

Después, me acuerdo, hablamos de la actuación de Charly García en el estadio del Parque San Martín; comentamos un poema de Juan Gelman (“Lamento por gallagher bentham”) y ella me preguntó si quería conocerlo. Le dije que sí y sus palabras fueron tajantes: “Andá a La Quiaca y entrá a la comisaría. Debajo de un cartel que dice BUSCADO, está la foto”. Entonces estábamos en la primavera alfonsinista y todavía Gelman no podía regresar al país.

No sé en qué momento decidimos armar un grupo para publicar poemas. El hecho es que con Estela y otros amigos descubrimos lo que significa trabajar para la poesía. Después nos separamos; ella se fue con sus hijos a Tilcara, yo encaré hacia Córdoba.

Sus poemas todavía no tienen libro propio. Quizás, porque lo que ella escribe no se parece en nada a lo que hay publicado. En sus versos -como en ella- se nota un gran respeto al silencio. Es más: su poder reside en el silencio. Sus poemas valen por lo que dicen, pero más por lo que dejan de decir.

Sus silencios, además de ser representativos (los jujeños, en general, no somos de hablar mucho -excepción hecha de los políticos y los animadores televisivos, tan parecidos últimamente), son signos secretos que esperan a lectores atentos para ser descifrados. Por eso si alguien quiere conocer profundamente nuestra provincia tiene que recorrerla esquivando los circuitos hechos para turistas y meterse a compartir cosas con sus habitantes. Pero también tiene que leer, por ejemplo, “En Jujuy”; en ese poema Estela habla un lenguaje secreto que es de esta tierra. Testimonio de un silencio que muy pocos han expresado.

Muchas veces yo le hablé de publicar. Y ella, sistemáticamente, no le dio importancia. Lo que sí le importa es escribir sin traicionar. Escribir de sus cosas, de sus alegrías y tristezas, del amor.

Debe ser por lo anterior que en un poema les habla a los borrachos de la vereda y, con una especie de sequedad expresiva, les hace un lugar para que metan la espalda. Habla de un sueño que “la ciencia nunca podrá descubrir” y muestra no sólo la precariedad del prestigio científico sino que ella misma confiesa no poder descubrirlo; esa precariedad está en su lenguaje y -aunque parezca irónico- ése es su poder. La búsqueda de este poema no es la belleza como se la entiende generalmente, o es otra clase de belleza que se parece mucho a una especie de totalidad en el vacío.

Y también ha escrito himnos. “Ave fénix” es un canto generacional, una escritura donde entran los años de plomo que nos transformaron en un amor acuchillado y en los que existir equivalía a resistir. En tanto, “Es tolteca” significa una forma de conocimiento que bien podría ser un texto de antropología poética; los espacios en blanco adquieren en la página significados expresivos, tanto que parece un dibujo muy preciso. En estos poemas -como en la mayoría de su obra- hay dos fuerzas que actúan en paralelo: el silencio se expresa con plenitud, a la vez que el lenguaje calla con exactitud.

En estos días, con motivo de trabajar en la reedición de este libro, nos volvimos a reunir. Está contenta de trabajar en Tilcara, aumentó un poco de peso y sigue siendo muy auténtica. Hablamos unas cuantas horas; durante varios minutos el silencio cortaba nuestras palabras. Entonces me di cuenta: el silencio no es el simple hecho de callarse, sino el acto de prescindir de todo ruido especulativo que interrumpa una conexión completa con el mundo.

Estela, armada con la desnudez de los sentidos, sigue viviendo en coherencia con su espacio. Tiene un código cortito: no aparentar, no traicionar.

miércoles 13 de julio de 2011

Cristina Mucci habla de la Feria del Libro de Jujuy



La conductora del programa Los siete locos (Canal 7, Buenos Aires) habla de su visita a la Feria del Libro de Jujuy. Cristina Mucci, además de prestarse para una entrevista que recorrió su trayectoria como periodista cultural y sus libros de ensayos, habló -sin ningún tipo de almidón- con escritores, libreros y vecinos que se interesan por la literatura de la región.

Fue todo un acierto invitar a esta periodista (felicitaciones a María Eugenia Jaldín y Rodolfo Pacheco) por varios motivos. El más importante, quizás, es que ella -dueña de una imagen y voz muy fuerte en el campo mediático- puedo tener un pantallazo de la literatura que se escribe en esta tierra de fronteras. Otro motivo es que la Feria, al ser comentada en unos breves minutos por la televisión pública, gana en repercusión nacional.

Vale la pena destacar el excelente trabajo de difusión que realizó Amalia Eizayaga, ya que este año hubo mucho más noticias de la Feria, tanto en medios locales como en algunos de Buenos Aires. También es bueno decir que, en varias presentaciones y mesas de debate, estuvo el intendente de San Salvador de Jujuy, Raúl "Chuli" Jorge; lo vi un par de veces: una vez acompañado de su esposa y, en otra oportunidad, tomando nota, en medio del público (hace bien en ir solo y no con algunos de los diputados de su partido que no tienen el hábito de la lectura y mucho menos de la escritura, a excepción de Pablo Baca).

Ya son siete los años que ininterrumpidamente ser realiza esta fiesta literaria. Y no hubo ninguna picazón, como algunos esperaban. Por el contrario, sus organizadores están proyectando repetir esta valiosa experiencia en provincias vecinas y también en Bolivia. Para ellos, ya no se trata sólo de aglutinar esfuerzos en el mes de Julio; ahora van por más. No una, sino dos, tres, muchas ferias de libros. La teoría del foco cultural ya está elaborada y probada en Jujuy.

La praxis literaria de esta gran región -el norte del sur- está en marcha.

La generación de la dictadura

Logo de la revista de memorias que dirigió Andrés Fidalgo
Ahora que dio negativo el primer cruce de muestras genéticas de Marcela y Felipe Noble Herrera con los datos del Banco Nacional de Datos Genéticos, es oportuno reflexionar sobre qué sucede, en Jujuy, con algunos de nuestros vecinos que nacieron en la última dictadura.

Para empezar, no es lo mismo crecer en un ambiente sin libertades y con un régimen terrorífico que hacerlo en democracia. El chileno Humberto Maturana expresa que los niños que crecieron bajo una dictadura lo hicieron corporalmente de manera diferente. Por eso, muchas veces, expresamos que muchos de los integrantes de esa generación tienen incorporada el estigma de la opresión.

Pensemos en los hijos de torturadores. ¿Qué cuestiones pasan por sus mentes cuando se enteran que un progenitor es un violador de los derechos humanos? Existen pocas investigaciones sobre estos casos. La primera vez que se me ocurrió pensar esta cuestión fue cuando conocí a una mujer que había vivido en Brasil, realizado un posgrado en Barcelona y antes había vivido en distintos lugares de nuestro país. Al comienzo de nuestra charla, me gustó cierto desenfado y algunos giros discursivos que sugerían su periplo trashumante. Una luz de atención se prendió dentro de mí cuando le pregunté a qué se debía tanta migración. Temía la respuesta. Sus palabras confirmaron mi temor: era hija de un oficial del Ejército Argentino. Además, su apellido no era común y por eso le pregunté el origen. No recuerdo si me dijo serbio o croata. Más tarde, busqué información en mi computadora y me enteré que por esos días juzgaban a su padre por crímenes de lesa humanidad. Sé muy bien que los hijos no tienen que pagar la culpa de los padres, pero no pude evitar la sensación de incomodidad que sentí. Después, perdí su rastro.

Hace unos años me visitó una persona que figura en mi libro sobre la dictadura en Jujuy. Había sido increpado por su hija que leyó una página en la que él aparece como delator de compañeros. “¿Y ahora qué le digo a ella?”, me dijo. En ese momento me di cuenta de que había hecho mal en atenderlo y le contesté: “Eso tendría que haberlo pensado antes”.

Transcribo ese breve diálogo para expresar que no me interesa analizar lo que pasa en la psiquis de un torturador o un delator. Me parece que tenemos que concentrarnos en la generación de sus hijos. No para que los odien, pero sí para que aprendan a desaprender las marcas nefastas que les dejaron sus padres.

¿Por qué no hablamos de la generación de la dictadura? Quizás porque esta herida aún no terminamos de cicatrizarla. Los psicólogos saben que en cuestiones traumáticas los silencios desempeñan un papel importante. Cierta vez, un amigo que había sido torturado en Tucumán, en su época de estudiante universitario, llevó a su hijo a conocer la Finca Agronómica ya que éste iba a estudiar en la universidad de aquella provincia. En la entrada, mi amigo recordó un episodio en el que tiraban terones para que cayera la caballería represiva, pero –recuerda él– “algo raro pasaba, porque los que caíamos éramos nosotros”. La emoción le jugó una mala pasada y algunas lágrimas se hicieron presentes. Esto le hizo mucha gracia a su hijo porque creía que estaba frente a un viejo sensiblero y le largó un comentario cáustico: “Qué blando que sos. Te emocionás de cualquier cosa”.

Qué buena ocasión para hablar de la dictadura, le dije. “Para nada –contestó–, no puede contarle nada. ¿Por qué? Porque no quiero que sufra por lo que yo tuve que pasar”.

Algo grave nos ha pasado como sociedad. La dictadura fue tan terrorífica que rompió el diálogo entre padres e hijos. Trabajar esta cuestión es una deuda que tenemos para con los hijos de los que sobrevivieron a la Historia en su más extrema crueldad.

Releo lo que escribí y me doy cuenta de que no hablé de nada nuevo. Ya en el Deuteronomio, capitulo 32, versículo 7, se puede leer: “Acuérdate de los días pasados, recuerda a las generaciones anteriores. Interroga a tu padre, que te cuente, a tus ancianos, que te expliquen”.

Amén.

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