sábado, 3 de septiembre de 2005

Aguirre o la ira de la Pachamama


Conciencia crítica y ruptura en el libro Historietas
[Publicado en La Revista, año 2, nº 16, setiembre de 2005. San Salvador de Jujuy]

El libro Historietas de Ernesto Aguirre es una obra clave. No sólo para su autor (es su primer libro) sino para una generación, ya que marcó lo que vendría después. Ahora, la historia es conocida: fue publicado en 1978, en los talleres gráficos Gutenberg, los mismos donde se imprimieron los dieciséis números de la clásica revista Tarja. Fue escrito en medio de la peor dictadura que tuvimos que soportar y tiene el desparpajo y la rebeldía que da la libertad bajo palabra.

Recién en el 2003, acompañado por dos de sus hijos que integran una banda de rock, Aguirre presentó públicamente su obra. Él argumentó que el acto merecía una banda como fondo y, cuando apareció, no existían -o, por lo menos, el poeta no las conocía- agrupaciones locales de esa música. En realidad, había otras razones y de eso quiero hablar.

El 78 es el año que, para los argentinos, la palabra mundial se carga de significación. Esto es así no sólo porque el ex jugador de Gimnasia y Esgrima, José Daniel Valencia, estaba en el equipo titular que debutó en el mayor campeonato de fútbol que se desarrolló en este país; sino porque en el año anterior, los jujeños habíamos conocido el término internacionalización. Recordemos que el 19 de abril de 1977 se inauguraron los vuelos internacionales del aeropuerto (entonces llamado) “El Cadillal”. Estos dos acontecimientos prefiguran lo que después sería la globalización. ¿Y qué tiene que ver la poesía de Aguirre con estos hechos? No hay ningún verso que los recuerde pero sí existe un espíritu de época que se refleja en esta obra.

Por aquellos años la plata se volvía dulce y algunas familias jujeñas decidían hacer caso al pedido de sus hijas que empezaban a convertirse en mujeres: trocaban la tradicional fiesta de los quince años por un viaje a Disneylandia. Mientras tanto, Aguirre, que entonces pisaba los veinticinco, marcaba distancia con la tradición escrita local: escribía, por citar uno de sus temas, sobre Jimmy Hendrix, guitarrista que no terminó freezado como el creador del Pato Donald y -por el contrario- le imprimió una calentura indiscutible a las guitarras que sonaban por distintas partes del mundo.

Cuando salió Historietas pocos lectores se dieron por enterado. Uno de ellos fue Jorge Calvetti, autor que Aguirre no soportaba y lo vociferaba (el tiempo modificará ese punto de vista, tanto que unas de las palabras más sentidas por el fallecimiento de Calvetti serán las del propio Aguirre), el escritor de Maimará respondió de manera lúcida: cuando la universidad local decide hacerle un homenaje, lo invita a Aguirre como gesto de amistad. Néstor Groppa fue otro que lo leyó con buena leche, éste debe haber sonreído satisfecho cuando vio aquel libro inicial; unos años antes, el autor de Obrador le había aconsejado que no escriba sobre el indio ni cerros. “¿Vos creés que tenés algo nuevo para decir”, le dijo y Aguirre, en vez de irse al mazo, barajó de nuevo sus sentimientos y mezcló sus letras con toda la rabia del rock.

No se embarcó solo en la tarea de renovar la poesía de esta región. Junto a Javier Soto y Saúl Solano, dos años más tarde, publicó Espejo astillado. Ambos libros son un tincazo a los testículos de la poesía tradicional jujeña. En ellos hay un ataque directo a la manera de escribir de la mayoría de sus contemporáneos, pero no se trata de una rebeldía sin causas. Para esa época, Aguirre ya había leído toda la literatura jujeña y tenía motivos más que suficientes para oponerse a una tradición que estaba más muerta que una momia de un Omaguaca. Por eso, él la provocó cuando escribió, en 1980, que “los cerros y burros pardos estaban incluidos en el holocausto”.

Después, mucha tinta corrió por los papeles de Aguirre: publicó varios libros que marcaron un cambio en su propia producción. Creo que no soy injusto con su obra si afirmo que los poemas de aquellos primeros libros no son los mejores que escribió. No obstante que los últimos poemas de Espejo astillado ya configuran el autor que vendría después, son poemas de iniciación, de conciencia crítica y de ruptura, pero no los más logrados de su producción poética. Son textos de iniciación porque, salvo los poemas de Versos que escribí para que tocara Jelly (1975) del cordobés Daniel Salzano, casi no hay textos de la literatura argentina con tanta influencia de la beat generation.

Es posible que Aguirre no tenga conciencia del momento que inauguró, ni las cosas que se atrevió a escribir. En una entrevista que, en mayo del 2003, le realizó Jorge Boccanera, el autor minimizó aquella irrupción: “Fue mi primer libro, salió en el 78 con muchas ganas de putear al universo, algo inevitable en tiempo de rebeldía. Yo no creo que marque el comienzo de una nueva poesía en Jujuy. Quizá tenga la virtud de haber sido publicado antes que otros que ya estaban escritos y que compartían el mismo mensaje de ruptura”.

Se equivoca: claro que marcó el comienzo de una nueva poesía. Lo que pasa es que él no tiene la distancia crítica -a pesar de que sí la tiene para dar cuenta de una sociedad opresiva- para mirarse a sí mismo. Por otro lado, no es una tarea fácil aceptar que un libro marca un comienzo, ni siquiera para el propio autor. Además, me consta que tanto Historietas como Espejo astillado estaban arrumbados en alguna librería y casi nadie se interesó por ellos hasta cerca de una década después de su publicación.

A fines de la década del ochenta, realicé una encuesta, a ocho poetas nacidos entre 1949 y 1959, en la que me animé a preguntar -de manera condicional- si Historietas marcó un cambio de rumbo estético. (Aclaro que yo la planteé en condicional porque entonces cada vez que nombraba a aquella obra como de ruptura, lo hacía en voz baja.)

¿Qué decían los poetas encuestados? Alejandro Carrizo generalizó su respuesta y negó que el libro pueda ser considerado como “un eje histórico”; Ramiro Tizón no contestó esa pregunta; Jorge Accame esquivó la respuesta con habilidad (“Me resulta difícil contestar a esta pregunta porque condiciona la respuesta”); Estela Mamaní no argumentó sobre el libro en cuestión pero ubicó a su autor como integrante de una nueva generación poética; Aguirre se guardó la respuesta “por razones obvias”; Álvaro Cormenzana, al igual que las otras preguntas de la encuesta, no contestó nada. Solamente Nélida Cañas y Pablo Baca arrimaron el bochín. La primera contestó que el libro fue “un hito trascendente en la literatura jujeña porque abandona la tradición literaria vigente y el color local que la caracterizaba”. El segundo afirmo que: “Historietas ha sido un libro valioso por muchas razones. Ingresa a la poesía de Jujuy una época, signada por el creciente predominio de la imagen. Es también el reflejo de Jujuy, de cambios culturales que estaban ocurriendo en todo el mundo. Además apareció en el silencio de la dictadura, con el mayor desparpajo y rebeldía, como para recordar a todos el sentido de la libertad”.

El libro tiene el mérito nada desdeñable de ser una parte fundamental de la escasa vanguardia local. Como marca Baca, refleja los cambios culturales que sucedían en el mundo, utiliza el collage gráfico (contiene historietas y dibujos) e incluye temáticas poco desarrolladas hasta ese momento en Jujuy (el rock, la alucinación, el sexo). Cuestiones éstas que hacían impresentable a este libro hace más de veinticinco años.

Presentar Historietas en el año de “nuestro” Mundial de Fútbol hubiese sido imposible o, en caso de haber sucedido, un verdadero fracaso. Los lectores de Aguirre aparecerían recién varios años después[1]. También hubiera resultado peligroso hacer la presentación de un libro que incluye un poema que narra cómo de la ventanilla de un auto aparece una mano “que tiene luz y es de acero”. Y, en una líneas más abajo, sigue con la prohibición de girar a la izquierda porque: “Su cabeza tiene precio./ Es un hermoso paisaje para agregar un pedazo de plomo”.

¿Quién tiene la culpa de este desencuentro entre una obra y sus lectores? No su autor precisamente. Es posible que la falta de instituciones educativas que ayuden a entender obras contemporáneas sea unos de los motivos principales; el otro gran factor -qué duda cabe- es la falta de libertad de expresión.

Con pocos lectores iniciales, aquel libro cuestionó a los libros de poesía que entonces existían, se presentaban y difundían por los medios. Historietas circuló en algunos bares de San Salvador de Jujuy y, a su manera, realizó una acción cultural lenta que años después permitiría que sea presentado en sociedad y -lo más importante- dejó abierta una puerta por la que entró toda una generación.

[1] Un ensayo de Graciela Frega fue el primer trabajo crítico sobre la obra de Aguirre, para más detalles véase Reynaldo Castro (1988), El escepticismo militante: Conversaciones con Ernesto Aguirre, Córdoba: Alción editora.

2 comentarios:

tinku dijo...

Probá poniendo algunas minas en bolainas, este sitio es de un autobombo imbancable; ofrezco fotos de mi cuñada, que está más que buena.

Reynaldo Castro dijo...

Mandame el mail de tu cuñada y el sitio habrá cumplido su objetivo

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