jueves, 14 de junio de 2007

Olvidáte de olvidar

Texto que será leído mañana en el Congreso de Escritores del NOA que se realiza en Salta.






Ludmila Catela da Silva, Elizabeth Jelin y el autor de este texto en radio Nacional, San Salvador de Jujuy, 2006.




Este encuentro tiene objetivos ambiciosos. Sus organizadores pretenden que los invitados reflexionemos sobre lo regional y lo global; que analicemos las tensiones entre la literatura, la sociedad y la educación; que establezcamos relaciones entre la oralidad y la escritura, entre otras cosas.

Desde ya les digo que no esperen gran cosa de mí. Tampoco crean que vine para escaparme de la rutina laboral y llegué hasta aquí para saludar a amigos queridos y reclamarle algún libro que dejé en consignación al librero de Rayuela. He trabajado para preparar esto que digo. Aún así, insisto en que los objetivos son enormes y mis resultados son deformes.

Para empezar, voy a cambiar el lugar del acento del título de este trabajo. En el programa que ustedes tienen, donde dice: “Olvídate”, tan gramaticalmente correcto, debe decir: “Olvidáte”. Nosotros, en el norte –o, para no ser tan pretencioso, en Jujuy– no hablamos con un español correcto. No decimos: “Mozuelo, anda al almacén”; nuestra oralidad se expresa de la siguiente manera: “Chango, andá al almacén”. ¿Entienden las profesoras de lengua por qué solicito una licencia para cambiar el lugar del acento? Espero que sí, y si no la seguimos al final, en el momento reservado para las preguntas y la discusión.

Pasemos ahora al trabajo propiamente dicho. No creo que exista ningún ser humano sensible que pueda ignorar el sufrimiento de una madre. Si el testimonio de la madre es desgarrador por vivir una situación límite, es casi imposible que lo podamos ignorar. Algo de estos nos pasó seguramente a todos; algo de esto me pasó a mí.

Después de escuchar el relato de una madre sobre su hijo o hija que fue víctima de la dictadura, es muy difícil permanecer como si nada; en mi caso sentí que algo debía hacer. Además, me considero un buen lector de poesía –género subversivo por excelencia– en el que las palabras muchas veces hacen estallar un polvorín en el interior del que las lee; arsenal que hasta entonces era ignorado por el propio lector. Con esto quiero decir que, por mi formación lectora, no puedo ignorar esas palabras que me contaron las mujeres de Jujuy y explotaron en mi interior: dictadura, desaparecidos, madres, vida, verdad, justicia.

Memorias de una decisión

En 1980, un entonces desconocido arquitecto ganó el Premio Nobel de la Paz y a mí, como a gran parte de los argentinos, ese acontecimiento me descolocó. Tres años después, a mediados de abril, Adolfo Pérez Esquivel llegó a Jujuy para dar una serie de conferencias. Asistí a una de ellas y, cuando él afirmó que en Jujuy existieron lugares donde se torturaba, yo miré a quien estaba a mi lado y los dos pusimos caras de asombro. En rigor, casi todos los asistentes nos sorprendimos.

Enseguida, una mujer ya grande y morocha se puso de pie, era Eublogia Cordero de Garnica, madre de dos jóvenes detenidos-desaparecidos y sobreviviente del Centro Clandestino de Detención (CCD) de Guerrero. Ella se levantó la pollera, nos miró con la tranquilidad de no ser mal interpretada y expresó: “Yo fui torturada. Éstas son las marcas de la picana”. Yo ya había leído una entrevista[1] de Mona Moncalvillo a varias integrantes de Madres de Plaza de Mayo, pero sentía que la represión ocurría allá lejos. El testimonio de Eublogia me hizo ver lo cerca que estaba todo.

Después, me enteré que dos escritores jujeños habían estado en el exilio. Uno de ellos se llama Andrés Fidalgo; el otro, Héctor Tizón, el reconocido narrador. Ellos volvieron en 1982. Entre 1984 y 1986, formaron parte de la Comisión Extraordinaria de la Legislatura de Jujuy que se encargó de registrar las denuncias de las personas que fueron mal tratadas por la dictadura. Después de las leyes de “punto final” y “obediencia debida”, la Comisión se disolvió y Tizón se dedicó a consolidar su obra, ya reconocida por la crítica[2] y el gran público. Por su parte, Fidalgo retomó sus anotaciones, profundizó sus investigaciones y, varios años más tarde, publicó su libro Jujuy / 1966-1983.

Bueno, antes de seguir, tengo que hacerle una confesión pública a mi amigo Ernesto Aguirre que debería estar aquí presente. Hace veinte años, tuvimos una conversación de varias horas que yo después desgrabé y edité. En un momento del diálogo, el poeta expuso una idea que durante mucho tiempo me acompañó y –a la vez– me incomodó:

Yo creo que no puede haber nadie que afirme que no ha sido contaminado por los ocho años de dictadura militar, por ejemplo. Es imposible. A pesar de que en la poesía no exista la denuncia de la tortura, de la desaparición, no importa; pero que somos afectados por la circunstancia que vivimos, eso creo que está fuera de toda discusión.

Esta idea quedó en algún subsuelo de mi mente. Tuvieron que pasar muchos años para que yo empezara a reflexionar sobre la cuestión de la dictadura, nuestros desaparecidos y la construcción de las identidades narrativas. Recién el año pasado, cuando presenté los resultados de una encuesta a escritores de Jujuy, tomé conciencia que existía una promoción de jóvenes autores que nacieron alrededor de 1976. [3]

Los primeros años de la democracia marcan el tiempo en que Olga Márquez de Aredez no marchaba sola (después una imagen de un film documental la dejaría congelada en soledad); Andrés Fidalgo preparaba las primeras nóminas de detenidos y desaparecidos, y también preparaba la primera lista de represores y personas vinculadas con actos de represión que alguna vez la justicia deberá investigar. Era el tiempo en que casi todos nos indignábamos con las atrocidades cometidas durante la dictadura. Pero llegaron la obediencia debida y punto final o, para decirlo sin eufemismos, las leyes de protección al torturador. Leyes que aprobaron los legisladores que supimos votar, como por ejemplo los tres jujeños que a fines de 1986 aprobaron la ley que puso un límite de ¡dos meses! a las citaciones judiciales y posibilitaron que los torturadores sigan en libertad. Y, en ese momento, casi se enfría todo.

Los familiares siguieron con su discurso inclaudicable que resumieron en tres palabras clave: memoria, verdad y justicia. No olvidar para no repetir, dice el primer mandato; conocer qué paso, por qué sucedió y quiénes estuvieron involucrados en esos sucesos trágicos; y, finalmente, buscar la justicia, sentar en el banco de los acusados a los responsables de los crímenes de lesa humanidad y –aunque pocos los dicen– a los ideólogos, los empresarios que los solventaban y a los funcionarios religiosos que perdonaron lo que no había que perdonar y que no denunciaron lo que había que denunciar.

El clima intelectual de fines de los ochenta se mostró oscuro para el movimiento de Derechos Humanos. En esa oscuridad, Carlos Menem, el 6 de octubre de 1989, firmó los decretos de indulto que beneficiaron a 216 militantes y 64 civiles. En Jujuy, una funcionaria del gobierno provincial (y con un pasado de agitación cultural que todavía es posible reivindicar) expresó a la televisión local que ella estaba de acuerdo con la medida presidencial; a pesar de la firmeza de su enunciado, ella sabía que su decisión sería repudiada por el ambiente cultural que frecuentaba.

Con mucho tacto, los familiares de los desaparecidos buscaban posibles firmantes al petitorio que, en vano, enviarían al Presidente. Es necesario aclarar que la diplomacia empleada por aquellos se debía a que muchos jujeños se negaban a firmar el pedido de nulidad del indulto. Las tres palabras seguían inclaudicables; pero muchos hacían como que no las oían.

En 1999, Andrés Fidalgo, uno de los faros de la intelectualidad jujeña, me convocó para colaborar con él (mi tarea fue muy secundaria, por cierto) en su libro sobre los años de plomo en Jujuy. Trabajar con él es un honor y le debo gran parte de lo que sé sobre la dictadura a él. Vaya desde acá, un agradecimiento al maestro.

El 2001 marcó un punto de inflexión en las luchas por los Derechos Humanos. El juez Gabriel Cavallo declara la “inconstitucionalidad y la nulidad insanables” de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. En nuestra provincia, los familiares de los detenidos-desaparecidos solicitaron la apertura del Juicio por la Verdad (un puente para superar el vacío de justicia que habían creado las leyes del perdón y los indultos), pero las audiencias recién comenzarían dos años después. En la conmemoración de los 25 años del Golpe, –además de las organizaciones de DDHH– participaron activamente: ex presos políticos, periodistas, poetas, músicos. La convocatoria a los actos fue una de las más numerosas y también ese año se presentó la primera investigación sobre la dictadura en Jujuy: el libro Jujuy, 1966-1983 de Andrés Fidalgo. A partir de esta obra se elaboraron otros libros, revistas y documentales. La máquina de rememorar se activó y muchos destaparon sus orejas.

Dos años después asumió Néstor Kirchner. Una de sus primeras medidas fue ordenar el retiro a las cúpulas militares. Ese año se anularon las leyes de la impunidad. En Jujuy, muchos políticos (que todavía no sabían cómo pronunciar el apellido presidencial) cambiaron su discurso. Seguramente los buenos lectores recordarán aquello que Paul Valery opinaba sobre la corrección literaria: se trata, en rigor, de la reforma espiritual de uno mismo. Nuestros hombres públicos ignoraron al poeta francés y, con mucho empeño, buscaron las palabras y los gestos más suntuosos para quedar bien con su nuevo líder. Es decir, se volvieron políticos ornamentales.

El 24 de Marzo de 2004, la ESMA fue transformada en Museo de la Memoria y fueron retirados, de las paredes del Colegio Militar, los retratos de Jorge Rafael Videla y Reynaldo Benito Bignone, ex directores y también dictadores. Un día antes, en el salón Auditórium que está al comienzo de la calle Independencia, habíamos presentado nuestro libro de memorias Con vida los llevaron. Unos meses después apareció el primer número de la revista Nadie olvida nada; al año siguiente, un video documental que tiene el mismo nombre y, al poco tiempo, otro titulado Retazos de la memoria.

El 2005 el movimiento de Derechos Humanos sufrió un golpe duro: Nélida Pizarro, la compañera de Andrés Fidalgo murió a fines de ese año. En marzo del año siguiente aparecería el último número de la revista que ella había empujado.[4]

En marzo del año pasado, el principal vocero del Partido Justicialista de Jujuy afirmó que “si es necesario, haremos una autocrítica”. Muchos creen –erróneamente, por supuesto– que todas las atrocidades ocurrieron en cualquier lugar menos aquí; que el horror estuvo concentrado en la ESMA o en otro lugar, pero nunca en Jujuy. Por eso no se animan a afirmar que es necesario hacer una autocrítica. Mirar el pasado con coraje implica reconocer que José López Rega, alias “El Brujo”, fue un militante peronista; que la banda parapolicial denominada Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) operaba antes del golpe del 24 de Marzo; y que Avelino Bazán, dos años antes de aquel infausto día ya estaba cuestionado y por esa razón tuvo que renunciar a su cargo en la Dirección Provincial del Trabajo. ¿Acaso es un detalle menor pensar que los integrantes de la Triple A se sumaron a los Grupos de Tareas que detenían, torturaban y arrojaban a los militantes al mar? ¿Acaso es un detalle ínfimo decir que Bazán fue tildado de subversivo y que un compañero senador por Jujuy –que sabía perfectamente lo estaba sucediendo– no hizo nada por defenderlo? No, nada de esto es menor como tampoco lo es que Avelino Bazán, el dirigente obrero más respetado de Jujuy, figure en las listas de desaparecidos.

El deber de todo aquel que trabaje con ideas es pensar en todo aquello que escapa a la lógica del mercado, la prudencia de las instituciones o el razonamiento fugaz de los medios masivos. Un trabajo intelectual digno consiste en ir en contra de lo políticamente correcto, oponerse a aquello que se cree seguro y examinar las certezas propias con el mismo rigor con el que examinan las ajenas. Pero expresarlo es más fácil que instrumentarlo.

No es una tarea simple reconocer que uno tuvo que esperar muchos años para investigar un tema que nos concierne a todos; que uno pensó a la tortura desde una lógica binaria: el detenido es un mártir que aguanta todo –incluso la muerte– o es un delator que entrega sus compañeros y su dignidad. La militancia de los setenta, ahora lo sé, no se reduce a un padrón de héroes y entregadores.

En un momento, mientras investigaba algunos datos de unas detenidas-desaparecidas, tuve indicios –nada más que eso– de que una mujer había delatado a varias de sus compañeras. Revisé las circunstancias, me concentré durante varias semanas para encontrar pruebas o testimonios definitorios, pero no encontré nada que confirmara aquella suposición. Sí comprendí que, frente a la tortura sin límites, uno no tiene ninguna autoridad para condenar la decisión que tomó la persona torturada. A partir de ahí, sentí que aquella lógica binaria dejaba de tener existencia.

Ahora, está instalada la idea de que el actual presidente promueve una política de DDHH que produce una ruptura con las ideas instaladas en la sociedad. Eso, con perdón de la investidura presidencial, es una tontería. Lo que el gobierno nacional hace es insistir en una búsqueda que hace rato fue enunciada: memoria, verdad y justicia. Algunas medidas, en especial las realizadas en Buenos Aires, tienen un carácter notable por cierto; pero la política de DDHH que prevalece, desde el 2003, es la de una acentuación contundente de una línea prefigurada, pero no es una política de ruptura. Por otro lado, ¿alguien (re)conoce una medida concreta del gobierno nacional que se aplique en las provincias? Yo, que soy parte interesada, conozco sólo una: el preseminario regional de NOA “A treinta años del golpe” que se desarrolló durante dos días de julio de 2006. Y nada más.

En estos tiempos, la construcción de ideas es un derecho de todos. Esa tarea, para no pocos de nosotros, es también una obligación. Sospecho que, con distintas variantes, los familiares de los detenidos-desaparecidos, ex presos políticos, periodistas y poetas de Jujuy, hemos empezado a pagar esa deuda que no deja de crecer.

Narrativas del horror: ¿un realismo trágico?

La construcción de las narrativas acerca de las violaciones a los DDHH es un trabajo que llevó –y que lleva aún porque es un proceso nunca terminado, siempre en constante construcción– años. Ya hemos visto que tuvieron que pasar varios lustros para que el tiempo de la rememoración y la reflexión se haga presente.

Existen distintas disciplinas del conocimiento que permiten acercarse a esas narrativas. Tanto la sociología, la historia, la antropología, la teoría política, la crítica cultural[5], la psicología, el psicoanálisis, el periodismo de investigación, la economía y otras, permiten enfocar esta problemática desde sus especificidades (demás está decir que sería saludable que lo realicen). No obstante esta riqueza metodológica y, por razones de formación, he trabajado con la metodología que brinda el análisis del discurso.

No se trata de un análisis descriptivo y analítico, es también un análisis social y político. Esto significa que como investigadores tenemos una tarea importante con la sociedad: dilucidar, comprender sus problemas, y el Análisis Crítico del Discurso se ocupa más de problemas que de teorías particulares.[6]

El problema de estos familiares ha sido cómo narrar el horror que les tocó vivir. Para eso tuvieron que reconstruir los acontecimientos trágicos, rememorar aquellos hechos y ordenarlos de manera de ser comunicables. Todos los testimonios tratan de seguir un desarrollo temporal de manera lineal. Para esto, se apoyan en estructuras narrativas conocidas que van desde una leyenda regional[7] a películas de vasto alcance.

Cada vez que un relato llegaba al nudo o complicación, parecía como si tiempo se “engrosara”. Es decir, narraban sobre un pasado expandido que se diferenciaba notablemente de los otros momentos. Era, en esos momentos, cuando las mujeres presentes en la reunión asentían, agregaban y complementan los dichos de la que relataba. Se trataba de una complicación por la que todas tuvieron que pasar. Las huellas de esos hechos están en las mentes de estas mujeres y, posiblemente, sean esos momentos los que más celosamente cuidan y tratan de repetir casi de la misma manera para no deformarlos.

Ahora bien, ¿cómo se deben narrar estos hechos que son traumáticos? ¿Pueden los familiares ser objetivos cuando recuerdan el horror? ¿Es posible ser objetivos de lo que se descubre al escuchar y sobre las consecuencias de escuchar ese sufrimiento?

Para responder estas cuestiones partamos de una situación difícil de negar: las aberraciones de la última dictadura –hechos que están probados no sólo en el Juicio a las Juntas– existieron. Por lo tanto, contar lo que sucedió es inevitable; eso hicieron los testigos que dieron su testimonio, eso hicieron los entrevistados que aparecen en libros recientes y eso hacen estas mujeres de Jujuy. Digamos más: los propios familiares quieren que estos hechos se sepan. Para que se afirme: “Así ocurrió”.

Ahora bien: no todos los relatos tienen una estructura argumentativa completa y además tienen algún vacío temático ya que es imposible la reconstrucción total. Por lo tanto, los testimonios grabados –por más que traducidos al papel insuman un millar de páginas o las que sean– no pueden formar una memoria grupal ni mucho menos se les debe exigir que comprendan la situación contextual del momento. Pero no por estas deficiencias son innecesarios; por el contrario, constituyen narraciones claves para entender “lo que no debió ocurrir”.

Ya mencionamos que existen distintas disciplinas científicas que pueden aportar para el análisis de los aquellos trágicos años. En consecuencia, mucha sería la exigencia que estaríamos colocando sobre los hombres de estas mujeres si, aparte de pedirles que rememoren lo ocurrido, les exijamos que sus relatos se articulen de manera objetiva, articulada y completa[8].

La narración, por otra parte, es una actividad propia de los narradores; es decir, de los escritores. A ellos deberíamos remitirnos para exigirles una completa estructura que cuente sobre lo ocurrido. (Escribí “estructura” y no contenidos porque ya sabemos que la reconstrucción total es una ilusión inútil.)

De la misma manera que, en la década del sesenta, se hablaba del “Realismo mágico”[9] que daba a conocer a un numeroso grupo de escritores que renovaron el campo literario; la literatura posterior a la dictadura recién empieza a tener una presencia sólida a fines de la década del ochenta. Entre ambos momentos hay diferencias notables ya que,

si el espléndido y múltiple movimiento de los sesenta venía generado por una gran confianza en el sentido de la Historia y en las posibilidades de la cultura de contribuir a un cambio social ─la Revolución Cubana, el boom de la literatura latinoamericana, el peso que en América y en el mundo tenían los debates entre intelectuales, eran algunos de los factores que actuaron como estímulo─, si esa narrativa, en suma, fue compelida por la esperanza, la narrativa actual, si viene de algo, viene del desencanto y de la muerte.[10]

Sin embargo, una de las claves de esta narrativa es que no contiene escenas de tortura explícita, no se trata ahora ─para hacer un parangón con la década del sesenta─ de un “Realismo trágico”. Sucede, eso sí, que las tragedias realizadas por la dictadura están en el imaginario de muchos creadores y “emerge solapadamente, como a contrapelo del relato”, como afirma Heker.

Tanto en las narraciones de los autores que fines de los ochenta como las de estas mujeres de Jujuy, se pueden encontrar no sólo reconstrucciones de escenas duras sino que existe, además, una deliberada intención de reflexionar sobre lo ocurrido (“contar para que no vuelva a ocurrir). Ellas, con sus relatos, van más allá de decir: “Así pasaron las cosas”. Con los años han tratado de entender porqué se dieron muchas de las acciones que tuvieron que vivir. De esa manera, construyen una explicación a lo vivido, que es como decir: “Esto no debió pasar”

Entender el sufrimiento por el que tuvieron que pasar (y cuyas consecuencias recién empezamos a percibir) es el primer paso que enfrentamos los que las escuchamos. Por eso son necesarias investigaciones que expliquen lo sucedido. No solamente para que no vuelva a suceder, sino, fundamentalmente, para que la pesada carga histórica no sea soportada sólo por ellas.

Por medio de diversos soportes (placas, videos, boletines, libros, murales, etc.) ellas tratan de mantener vigente la problemática de los desaparecidos de Jujuy. Para eso re-viven lo sucedido. Para que ese trabajo no sea en vano y se convierta en un re-morir es necesario que las escuchemos.

Una literatura de la oralidad

Realicé entrevistas a familiares de desaparecidos durante dos años seguidos. Fueron entrevistas de todo tipo. En algunas, en especial las que correspondían a las madres de mayor edad, todo ─hasta lo más trágico─ estaba envuelto con un sentimiento de ternura e incluso con una vuelta de humor. Al comienzo, yo no podía creer que me estaban relatando algo tan doloroso y, en medio del relato, contaban un chiste como si nada.

Otras entrevistas fueron muy densas y estaban cargadas con silencios muy significativos. Costaba mucho llegar a las situaciones del secuestro o de violencia sobre los cuerpos. Con Nélida, la mujer de Andrés Fidalgo, unas horas después que ocurrieron algunas de estas entrevistas teníamos la necesidad de hablarnos por teléfono para compartir algunas impresiones y descargar un poco la tensión acumulada. Hubo momentos en que todos necesitábamos un psicólogo y, de alguna manera, esas entrevistas funcionaron también como terapia grupal; claro que estuvieron coordinadas muy defectuosamente por mí.

Cuando las entrevistas se editaron y adquirieron la forma de páginas encuadernadas, las personas que me habían dado su testimonio pudieron verse a sí mismas en un ordenamiento cronológico que hasta entonces no lograban vislumbrar en su totalidad. Recién entonces la oralidad de aquellos testimonios se materializó en un libro.

Al momento de privilegiar qué partes incluir, preferí incorporar las historias de la vida privada de los desaparecidos y de sus madres. No me propuse investigar sobre memorias “encuadradas”, es decir discursos que ya están institucionalizados y que gozan de buena presencia en la opinión pública, aunque no así con las memorias particulares. En muchos casos, los rituales de conmemoración actúan por repetición y no dejan espacio para construir las memorias locales que, en general, entran en conflicto con las memorias oficiales (tal es el caso de las disputas que existen entre las distintas versiones que buscan explicar los actos de violencias que ocurrieron a fines de julio de 1976 y se conocen como el “Apagón de Ledesma”).

Por otro lado, como expresa Walter Benjamín, las construcciones de que hacen la mayoría de los historiados son comparables a instrucciones militares que acuartelan y acorazan la verdadera vida. Mientras que la anécdota funciona como un levantamiento callejero. La anécdota nos acerca a lo que se narra, permite que las historias entren en nuestras vidas.

Final abierto

Los años que nos separan de la última dictadura son los que nos permiten recomponer la fractura que la Junta Militar impuso a sangre y fuego. La sutura narrativa de las consecuencias del autoritarismo proporciona una lectura reflexiva que no escapa a los debates políticos, ni a las tensiones que produce en el campo académico e intelectual. No hay solución redentora al problema de los desaparecidos; esto es así porque nunca los problemas complicados se resuelven con soluciones fáciles y rápidas.

Por eso, he vuelto sobre un tema que es imposible negarlo, por más dolor que produzca. No creo haber encontrado alivio a la molesta ─pero no por ello menos cierta─ opinión de Aguirre.

Por último, quisiera decir que investigar esta cuestión me ha cambiado a mí. No he podido cerrarla y todavía sigo juntando testimonios y relatos. La máquina de narrar no sólo se activó en los lectores. Ya dije que desde que escuché el primer relato de un familiar supe que esta historia me llamaba, ahora siento que me sigue llamando y con más fuerza aún.


[1] Revista Humor, Nº 92, octubre de 1982. Buenos Aires: Ediciones de la Urraca.

[2] Uno de los aspectos por lo que se destaca la obra de Tizón es el tratamiento que el narrador otorga al paisaje y la memoria popular. Para profundizar el pensamiento de este autor sobre la condición del exilio, véase la entrevista que le realizó Boccanera (1999).

[3] Así, resulta emblemática la fecha de nacimiento de Fernanda Escudero, poeta salteña que vive en Jujuy, ella nació el 24 de marzo de 1976. Tanto esta poeta como muchos de sus compañeros de generación han sido niños bajo la dictadura y han crecido corporalmente de manera distinta de los niños que crecen bajo una democracia. Esto está demostrado por biólogos y discursivamente nosotros hacemos referencia a esta circunstancia cuando expresamos “lo tiene incorporado”.

[4] En el editorial de aquel último número escribimos: “Hay golpes en la vida que son muy fuertes. Esto lo sabemos muy bien los lectores de esta revista y quienes la hacemos. Cada detención es un golpe, cada desaparición es un golpe, cada militante que nos falta es un golpe. El peor golpe -también lo sabemos- comenzó en aquel 24 de marzo de 1976. Nélida Pizarro de Fidalgo, el motor principal de esta revista, murió el 6 de diciembre pasado. Cuando José Luis Mangieri propuso que hagamos un boletín para informar las actividades de madres y familiares de detenidos-desaparecidos de Jujuy, ella se encendió y no paró de activarnos. Todavía hoy sus palabras siguen sonando sobre los que tenemos deudas con ella. No sabemos cómo seguirá esta revista. Nos sobran los motivos para dudar acerca de su continuidad. Lo dijimos: hay golpes en la vida que son muy fuertes”.

[5] Además de las disciplinas que se detallan se podría analizar el aporte que realizan las obras de carácter estético que se introducen en la problemática en cuestión. Como veremos más adelante, la literatura puede ─y, de hecho, lo hace (aunque de manera incipiente)─ contribuir a crear marcos de representación de la masacre.

[6] Teun van Dijk (2000), El discurso como estructura y como proceso. Barcelona: Gedisa.

[7] En su ensayo sobre el “Apagón de Ledesma”, Ludmila da Silva Catela resalta que la figura de “los ladridos de los perros” es una constante que se repite en los relatos de sus entrevistados. Posiblemente esa repetición se deba a que la leyenda del Familiar, muy presente en la zona, contiene una escena similar. El ensayo (“Apagón en el ingenio, escrache en el Museo”) forma parte del libro de Ponciano del Pino y Elizabeth Jelin (comps.) (2003), Luchas locales, comunidades e identidades. Madrid: Siglo XXI.

[8] “Quizás estemos asignando demasiado valor a la memoria y demasiado poco valor al pensamiento” afirma Susan Sontang (2003) en Ante el dolor de los demás. Madrid: Alfaguara.

[9] Héctor Tizón, con un tono no carente de ironía, manifestó al respecto que el “Realismo mágico” es un invento para europeos entusiastas: “Yo simplemente recordé que mi abuela cuando se acercaba la noche, tocaba las manos y les decía a los peones: ‘Saquen las víboras de los cuartos que se van a acostar los niños’. Eso en Holanda es realismo mágico; en mi tierra es realismo pedestre”. Más detalles en Speranza (1995).

[10] Heker, Liliana (comp.) (1996), Después: Narrativa argentina posterior a la dictadura. Buenos Aires: Ediciones Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.


domingo, 10 de junio de 2007

Recomendaciones para rendir un examen

El autor de esta nota fracasó en varias carreras universitarias. Por algunas de las vueltas del destino, su trabajo más constante es ser docente; aunque no tiene título pedagógico que lo habilite (como alguna vez se lo recordó un funcionario rencoroso). No tiene formación docente pero, como aquel atorrante de barrio que es detenido reiteradamente y que por eso mismo conoce el movimiento interno de la seccional policial, nuestro columnista se mete con un tema que conoce con la sapiencia de un ladrón.


Nota publicada en
La Revista, nº 33, San Salvador de Jujuy, junio de 2007.



1. No se presente sin dormir.

2. Si estudia hasta tarde consuma coca (la hoja, no la gaseosa) porque evita el sueño. Al otro día no se olvide de cepillarse bien los dientes.

3. Coloque un buen despertador o hable con alguien para que lo despierte (y que éste a su vez coloque un buen despertador o hable con alguien para que lo despierte y así sucesivamente).

4. No desayune un termo completo de mate cebado. Graves consecuencias no deseadas pueden sucederle.

5. Trate de llegar por lo menos diez minutos antes al aula. Considere el hecho de que vive en Jujuy. Que a menudo hay corte de calles. Que el colectivo urbano no siempre pasa. Que muchos de los que pasan no tienen freno. Mejor vaya en bici.

6. Antes de entrar al aula pase por el baño. En situaciones como éstas, las propiedades diuréticas juegan en contra.

7. Ya en el aula verifique que tiene lapicera. Por alguna razón inexplicable, los estudiantes cuando tienen hojas suficientes no tienen con qué escribir. Compruebe que la lapicera tenga tinta.

8. Si no tiene con qué escribir, coloque su mejor cara de idiota y diga en voz alta: “¿Quién tiene dos lapiceras?” o “¿A quién le sobra una lapicera?”.

9. Si, a pesar de lo ya expresado, usted llega tarde, no espera que su profesor corra presuroso hacia usted a dictarle las consignas de la evaluación. Por lo menos, ponga cara de desesperado.

10. Si no tiene idea nada, no ponga cara de examinar intensamente la manera en que se viste su profesor o, si es profesora, si ya se le han caído las gomas.

11. No se presente a un recuperatorio diciendo: “¿Me puede decir la nota de mi parcial porque yo no vine en toda la semana y no sé si me corresponde rendir?”.

12. No espere que el cielo le mande una señal sobre cómo contestar. Ni san Expedito lo va a ayudar.

13. Tampoco espere que descienda una musa inspiradora y le agarre la mano para que usted tenga buena letra. Lamento desilusionarlo: las únicas musas que existen son las de carne y hueso. Por lo general, sus nombres figuran en el baño de varones.

14. Si llegó una hora tarde al examen, y a pesar de eso lo dejan pasar, no solicite permiso para ir al baño. Aguántese que ya termina.

15. Si usted es mujer y está en edad de merecer, no se haga la seductora con el profesor. No muestre las piernas, ni se desabroche la blusa. No es el momento ni el lugar más adecuado.

16. No duerma en el parcial.

17. Si estuvo todo el tiempo analizando la geometría del capuchón de su lapicera, cuando el profesor solicite que presenten las hojas, no pida “cinco minutitos más”.

18. Si llegó hasta aquí, dedíquese a otra cosa y no simule estudiar. Siempre será mejor leer cualquier libro que esta pésima nota.

jueves, 7 de junio de 2007

Día del periodista

Este aviso aparece hoy, 7 de junio de 2007, en los dos periódicos de San Salvador de Jujuy. También fue enviado como salutación a periodistas, comunicadores sociales y otros gestores de la información.

Se aceptan comentarios. Si no lo hacen, tendrán que soportarme. Hasta luego.


lunes, 21 de mayo de 2007

Néstor Groppa: "Amo la claridad y busco la claridad"

Néstor Groppa (Leandro Álvarez) nació en Laborde, Córdoba, en 1928, y reside desde 1951 en Jujuy. Fue maestro de grado, bibliotecario, periodista y editor, y estuvo entre los fundadores de Tarja (1955-1960), una de las revistas más importantes en la historia literaria argentina. Su obra incluye, entre otros títulos, Taller de muestras (1954), Indio de carga (1958), En el tiempo labrador (1966), Carta terrestre y catálogo de estrellas fugaces (1973), Almanaque de notas (1978), Obrador (1988), Abacería (1991), Libro de Ondas con abrecaminos y final de pálidas (2000) y ocho tomos de Anuarios del tiempo (1998-2007). Además de poesía, tiene un libro de memorias: Este Otoño (2006).

Entrevista realizada en colaboración con Osvaldo Aguirre

-En sus memorias, al hablar de Laborde, su pueblo natal, dice que “aquellos años siguen estando en algún lugar de esta mirada”. ¿Qué es lo que fue determinante en su infancia respecto de su visión del mundo y de la poesía?

-La luz y la sombra. El mundo que se inicia con ellas. Tal como comenzó para todo ser; un mundo que luego poblaron las cosas. Algunas se evaporaron, otras continúan y hacen la particularidad de los ojos en la mirada de cada cual (¿así el universo?) Cada uno lo es. En mí, puedo hablar de la soledad y las distancias (entre éstas: el tiempo).

-Usted comenzó a escribir los poemas de Taller de muestras en Buenos Aires. Cuando llegó a Jujuy, ¿que le pasó con la escritura?

-Cuando vine acá conseguí lo que no había conseguido en Buenos Aires: poder leer. En Buenos Aires hice varios trabajos. La historieta es larga. Haciéndola cortita: trabajaba en casa Harrods, en la dirección de personal, era el que controlaba las tarjetas de ingreso. De noche estudiaba Bellas Artes, en la Manuel Belgrano. Ahí los conocí a (Domingo) Onofrio y a (Andrés) Lizarraga. Con Lizarraga nos hicimos grandes amigos. Y Onofrio era compañero de colimba de (José Luis) Mangieri. Entonces andábamos siempre los cuatro juntos. Era estar todos los días juntos. Te estoy hablando de los años 43, 44, 45, 46, hasta que empezó a ponerse un poco pesado políticamente. Que fue más o menos ya cerca del 50. Entonces nos rajamos. Con Onofrio nos vinimos para el norte y Mangieri y Lizarraga se fueron para el sur, a Bariloche. Los poemas están fechados en los cafés, “café la Facultad”, en “el viejo hospital de Clínicas”. Uno trabajaba y vivía en el café. En ese tiempo, la lechería. Los mozos te conocían, sabían que vos ibas de 9 a 11 de la mañana y tomabas un café y leías. Ahí me acuerdo de haberme entreverado con El ser y la nada, recién aparecido. Y me acuerdo de haber leído a Simone de Beauvoir, todo el existencialismo, que estaba de moda. Pero a los saltos. Y cuando vine acá, con el silencio y la tranquilidad, y el trabajo de maestro, que me dejaba media tarde libre, primero en Purmamarca y después en Tilcara, como decíamos con Onofrio o con (Jorge) Calvetti, nos hacíamos una panzada de lecturas. Y ahí leí cosas que me marcaron para siempre: todo Aníbal Ponce, un escritor injustamente olvidado. ¿Lo conocés?

-Tengo referencias, pero no lo leí.

-Ah, ¿ves? (sonríe). Yo tengo la colección de la revista Dialéctica, que dirigía José Ingenieros. Aníbal Ponce fue su discípulo preferido; murió a los 41 años en un accidente de automóvil, en mayo del ’38, en México. Lo persiguieron y expulsaron del país en la época de los conservadores. Leí todo Pablo Rojas Paz, y ¿quién lo conoce hoy a Rojas Paz? En una encuesta que me hicieron sobre literatura regional y literatura nacional, yo digo y lo sigo sosteniendo: ¿Por qué la literatura argentina siempre son los escritores de Buenos Aires? Una cosa es vivir en Bahía Blanca, en Rosario, en Córdoba, que es el interior y otra cosa es el interior de Tierra del Fuego, de Santa Cruz, de Chaco o de Jujuy. Todo es interior, pero hay interior que está a dos horas de Buenos Aires y hay interior que estaba -en aquel tiempo- a dos días de tren de Buenos Aires. “En este país, suponiendo que se pueda ser famoso sin Buenos Aires…”, como decía Macedonio Fernández, y es la verdad. Si hay un escritor prolífico, ése es Juan Filloy, pero Filloy no tiene la trascendencia de cualquier chango que se pone a escribir en Buenos Aires.

-¿Cuál era el ambiente literario en Jujuy en el momento en que usted llegó a la provincia?

-En el ochenta y pico hice un censo de la literatura en Jujuy, (donde discriminaba) los que firmaron y ya no firman, es decir, los que desaparecieron y los actuales. Los autores clásicos y los escritores ocasionales…

-¿Se refiere al libro Abierto por balance (de la literatura en Jujuy y otras existencias), que apareció en 1987?

-Sí. En ese libro están clásicos como (Daniel) Ovejero y otros que no eran literatos sino gente que se acercaba a la literatura de una manera muy particular: eran poetas o escritores alusivos; se manifestaban con respecto al aniversario del Éxodo jujeño, la bandera, etcétera. Hacían discursos escolares con mentalidad adulta. Pero eran cosas que no tenían ninguna trascendencia ni estaban empalmadas con la actualidad literaria, no había una búsqueda. En realidad, la literatura empezó mucho después con Libertad (Demitrópulos), con (Raúl) Galán, con (Jorge) Calvetti pero no con Calvetti acá precisamente porque Calvetti inició su obra en Buenos Aires. (Tito) Maggi, que fue un excelente escritor, dividía el escritor ocasional del escritor vocacional. Los que eran escritores ocasionales hacían su discurso con motivo de tal festividad, siempre “tocaban de oído”. Y después estaba el vocacional, que se inicia con Libertad, el caso de Galán, el de Calvetti. También estaba Miguel Ángel Pereyra, narrador; Carlos Figueroa, sonetista, el caso de Rubén Alejo Barros. Nadie se acuerda de Rubén Alejo Barros. Yo lo conocí, presidiendo una sociedad de escritores que venía a ser un sucedáneo de la Sade. Pero se llamaba Asociación de Escritores Jujeños. Cuando llegamos nosotros, dio la coincidencia que nos hicimos grandes amigos con Calvetti en Tilcara, amigos de convivir diariamente con Medardo Pantoja, y ahí tuvimos la idea de hacer una revista.

-Hubo alguien que decía, refiriéndose a usted cuando daba clase: “En Tilcara hay un maestro que escribe versos en secreto”.

-Sí. “Un maistro”, decía. Era Donato Peloc, un personaje extraordinario. Donato era el asistente de Calvetti, que vivía en Maimará y se venía todos los días a trabajar vestido de gaucho, con bombachas y botas, al centro de salud de Tilcara. Dejaba el caballo atado, sacaba la corralera, se ponía el guardapolvo blanco y ejercía sus funciones administrativas. A mediodía, cuando él terminaba y yo salía de la escuela, nos encontrábamos a tomar un vino, con alguna otra cosita en el mercado.

-¿Cómo llegaron a hacer Tarja a partir de aquella idea de publicar una revista?

-Tarja fue algo especial. Te estaba contando que éramos tres los que teníamos la idea de la revista, en Tilcara: Calvetti, Pantoja y yo. No sabíamos cómo y dónde imprimirla. Bajábamos seguido desde Tilcara a Jujuy, nos alojábamos en una fonda cerca de la estación, La Estrella, ya desaparecida. Ahí tomábamos unos vinos mansos, como decíamos, tranquilos. Y un día Calvetti dice: “hay un doctor, un abogado, que escribe, y creo que es bueno. ¿Por qué no le hablamos? Es un tal (Mario) Busignani”. Y yo me acordé de Mario De Lellis. Él me publicó el primer poema, “Los molineros”, en Buenos Aires. En ese tiempo Mario de Lellis estaba con Nira Etchenique y alguien que había sido profesor mío en el secundario, creo que apellidado Lara. Y Mario De Lellis una vez me dijo: “Mirá, yo sé que andás por Tucumán, si llegás a Jujuy tratá de ver a un abogado que conozco que es buen tipo y escribe. Se llama (Andrés) Fidalgo”. Entonces dijimos “veamos a esta gente, que está radicada acá y conoce bien el ambiente. Nos guiarán, les puede interesar”. Busignani se entusiasmó y casualmente tenía como cliente de su estudio jurídico al único “imprentero” que se animó a poner el pecho, (José Francisco) Ortiz. Y por medio de “Kachorro” (Modesta Álvarez Soto) conocimos a Fidalgo.

-¿Tarja fue un punto de relación con escritores de otras regiones?

-Sí. Me acuerdo, y tengo las cartas por ahí, que yo lo refloté a León Benarós. Porque cuando vino la Libertadora a León Benarós poco menos que lo proscribieron y no publicó en ningún lado. Me mandó esas décimas encadenadas que tenía él y se las publiqué. (Carlos) Mastronardi era muy amigo de Calvetti. Después había gente amiga de (Luis) Pellegrini –un artista de Buenos Aires que vivía aquí y se sumó a nuestro entusiasmo–, como Castagnino, Policastro, Soldi, Pons, Rebuffo. Por medio de Pantoja, vinieron más artistas. Es una cadena de historia tan larga y llena de detalles. Tengo el número 17 armado, que no llegó a salir.

-¿En ese momento seguía viviendo en Tilcara?

-No, ya estaba en Jujuy. Me trasladaron como secretario de escuela primaria. El primer lugar al que fui a rebotar fue a la Escuela Experimental, frente al Parque San Martín, que era el antiguo y lujoso Hogar Evita. Y, además, vine porque me mandó a llamar el rector del Colegio Nacional para que organizara la biblioteca, que estuvo cerrada como diez años, ahí trabajaba a la mañana. A la tarde, en la Escuela Experimental. Después, podía seguir trabajando en la imprenta y haciendo la revista. De la escuela me trasladaron, porque yo tenía fama de la zurda y había entrado un monaguillo, Filiberto Carrizo, en el Consejo de Educación. Filiberto Carrizo no me pidió la renuncia pero me revoleó de frente del Parque a la Escuela Alberdi, en San Pedrito. En ese tiempo había una sola línea de ómnibus que salía para San Pedrito. Y yo tenía que trabajar de 8 a 12.30 en el Colegio Nacional y a la una de la tarde entrar en la otra punta de la ciudad, en el “gran Jujuy”; tenía que tomar el ómnibus que pasaba a la una menos cuarto indefectiblemente por Lavalle y Belgrano. En aquel portafolios, que todavía lo tengo (lo señala, sobre una mesa con libros y recortes), llevaba una petaquita con un cuarto de vino y un sandwich de milanesa. Durante dos años estuve almorzando eso, en la última hora de la biblioteca del Nacional. Entonces la tranquilidad que tenía para leer desapareció, porque salía de San Pedrito a las seis de la tarde y me enganchaba en la imprenta hasta las ocho. De la Escuela Alberdi, al tercer año me rebotaron a Villa San Martín. Allá era más jodido todavía, porque del Nacional a Villa San Martín no tenía en qué ir, tenía que ir a pata. Voy al Consejo de Educación y estaba Raúl Galán como presidente. “Mirá lo que me pasa -le digo-, ¿qué quieren, que renuncie?”. Para sorpresa mía, me dice: “Y sí, renunciá”. Galán era poeta, yo lo respeto como poeta, pero como ser humano... Ahora, ¿cómo se diferencia el ser humano del poeta? No sé. Y renuncié. Me quedé con la biblioteca del Nacional y me tiró un salvavidas Pantoja, con unas horas de Historia del Arte en la escuela de Artes que recién se había creado. Mientras tanto seguía laburando en la revista. Porque la revista la armaba yo. Me encargaba de controlar los pliegos, diagramar, hacer “los monos”, etcétera.

-El nombre de la revista alude al trabajo del peón, a la faena concluida. Las referencias al trabajo campesino son asimismo frecuentes en su poesía.

-Contesto con un párrafo de Este Otoño: “Siempre pensé que a nuestros poetas habría que obligarlos a tomar una pala, proveerlos de una lonja de tierra y que cultiven. Trabajar la tierra enseña mucho; lo que nace gracias a nuestras manos, purifica y es una gran sensación de utilidad regar con acequia, dar de comer a la semilla en el surco, hecho que nos pule de ripios interiores y por tanto de ripios poéticos. Yo no sé qué pasaría en Literatura el día en que los campesinos llegaran como creadores, como llegaron Jules Renard y Miguel Hernández. Toda la ciencia natural está en ellos. Todo el misterio y gozo de la vida y también los conocimientos de la muerte”. El trabajo manual -especialmente el campesino- purifica más que demasiadas lecturas. Desintelectualiza. Así lo sostienen desde los clásicos hasta Pablo Rojas Paz y Draghi Lucero.

-¿El hecho de estar en el grupo editor de Tarja determinó en algo su propia obra?

-Yo siempre fui un poco renuente a las charlas, a los debates. Cada uno respetaba su manera de componer, de ser. Vivíamos en esferas diferentes. Busignani era un profesional acomodado, abogado de la mina Aguilar, del Ingenio Ledesma. Fidalgo, en ese tiempo, llegó a ser juez, incluso del Superior Tribunal. Calvetti siguió siendo empleado del Centro de Salud Pública y después se fue a trabajar a La Prensa, a Buenos Aires. Medardo fue director de la Escuela de Bellas Artes, y yo seguí como bibliotecario nomás. Entonces te das cuenta que a pesar de ser chico Jujuy y ser amigos y estar unidos por esa vocación común todos actuábamos en niveles distintos, corríamos en pistas diferentes. Las amistades de Busignani no eran las mismas que podía tener yo, por ejemplo. Ninguno incidía sobre los conceptos literarios del otro, trabajábamos mancomunados en hacer la revista.

-¿Cómo se fueron definiendo sus ideas con respecto a la poesía?

-Hay un dicho latino: Ars longa, vita brevis. Conrado Nalé Roxlo lo había traducido así: “La vida es corta, el arte es largo… y además no importa”. Más que la tecnocracia que hay en toda literatura, en todo arte, está lo existencial, la vida. Ahora, cómo te manifestás, cómo le das forma a esa vida está en tu origen, en la formación tuya, en tu conformación, en la información que hayas acumulado. Pero esencialmente tenés que ser o seguir siendo vos. Imitaciones o influencias todos pueden tener, decir me ha gustado tal poeta o tal cosa, e inconscientemente uno puede estar escribiendo y tratar de no imitar pero influenciado por el ritmo, por las imágenes, por el tipo de creación de tal autor. Pero lo fundamental es la vivencia de uno, lo intransferible que hay en uno, desinfectado de las influencias de los demás. A eso hay que agregarle el puente, que lo de uno sea de interés, sea accesible y compartible con el probable lector. Yo no puedo ser hermético; para ser hermético me guardo lo que tengo para decir. Tengo que ser completamente accesible. De ahí lo que admiro, como decíamos siempre con el viejo (Carlos) Giambiagi: “Amo la claridad y busco la claridad”. ¿Por qué no se puede ser claro? ¿Por qué ser hermético y raro? Hoy encontrás poetas a los que les tapás la firma y no sabés quién es quién. Pero tomás un poema de Ortiz, te das cuenta que es Ortiz; si tomás un Tuñón, un Rega Molina, un Manuel Castilla, lo mismo.

-¿Cómo entiende el dar forma a eso intransferible?

-Creo que lo principal de un poema es la imagen en sí, la imagen total (la sorprendente observación que puede tener un niño, por ejemplo), no la metáfora que es otra cosa, y tratar de utilizar las palabras corrientes, las palabras del habla común, no buscar tecnicismos ni rebuscamientos. Simplemente hablar como se está hablando, con toda la claridad, naturalidad. No creo que haya otra forma de comunicarse. Lo demás es estar en el lugar común de la moda. ¿Cómo sigue teniendo vigencia Walt Whitman? ¿Cómo tiene vigencia Antonio Machado? ¿Por qué? Y no hablemos de los anteriores, ni de la Edad Media. (Toma un libro de la biblioteca) Mirá lo que descubro: la edición original de Los lanzallamas, y Los siete locos. Esperá que te muestro una especie de incunable (sigue buscando). Guardando cosas siempre aparecen otras raras. Uno va guardando y no sabe por qué. Y me gustan las sorpresas que se reciben.

-Ese material que usted guarda aparece luego en los libros. Por ejemplo los recortes o sueltos periodísticos que inserta en Abacería y que son sorprendentes para una idea convencional de lo que es un libro de poesía. Parece, además, que no le diera demasiada importancia a la vieja concepción del poeta como un ser iluminado. Es significativo lo que dice en el colofón de Abacería: “el hombre poeta/ resulta sólo un operario más”. El taller, el obrador, el almacén, términos que aluden al trabajo duro, son los que utiliza para hablar de poesía.

-La poesía no sólo es aligerar el polvillo de las alas en las mariposas. La poesía nace también de la dureza y diversidad del vivir, “el estar”. Cuando tengo que transmitir algo no pienso si lo hago en poesía o en prosa, simplemente lo escribo. A veces toma el camino de la poesía y otras, el de la prosa, convencionalmente hablando. En esto existen muchos imponderables que dificultan separar (formas y reglas clásicas) a uno del otro (propósitos, sentimientos, etc.). También se dice líneas antes que: “El poeta es secretario del Tiempo” (...) “Y el hombre poeta / resulta sólo un operario más” en este Obrador del mundo. Cualquier trabajo a conciencia, siempre es duro. Y en este caso a veces resulta como caminar la cuerda floja sin red debajo

-¿Cómo publicó su primer libro?

-Por medio de Pompeyo Audivert. Porque Audivert iba a Tilcara con el grupo de grabadoras que tenía y nos hicimos muy amigos. “Pues hombre, me dice –como hablaban los catalanes (imita el acento)-, yo tengo unos amigos en Buenos Aires, les voy a hacer unas líneas y te voy a dar una presentación para que los veas a ellos”. Y le digo: “¿Quiénes son? Yo no conozco, hace cuatro o cinco años que me fui de Buenos Aires y nunca frecuenté los círculos literarios ni nada por el estilo”. Eran Arturo Cuadrado y Luis Seoane, de la colección Botella al Mar.

-¿Por qué lo firmó como Néstor Groppa?

-Audivert decía “bueno, qué nombre le pondremos”. Y le digo, “Leandro Néstor Álvarez, es mi nombre”. “No, es muy largo: Néstor Álvarez”, decía Audivert. Pero no me gustaba. Pensé: de mi madre no hay familia, no hay descendencia. El único hijo fui yo. “¿Y si como homenaje a mi madre pongo mi apellido materno, Groppa?”, le digo. “Pues sí, suena, hombre, suena”. Y de ahí salió Néstor Groppa.

-Ese homenaje parece recorrer su obra. A propósito de la muerte de su madre, en Este Otoño usted dice: “Y yo escribo sobre el paño velado que deja la muerte. Sobre el polvo definitivo que nace ese día. Sobre mi madre y mi casa que ya no están”. A la vez recuerdo un verso del Libro de Ondas: “Hacia el pasado vamos”, dice.

-Un universo en blanco que pretendo llenar. Lo hago de acuerdo a “la gramática de los sentimientos”. Y con la conciencia de que me espera un futuro que también (ya lo está siendo) será pasado.

-¿Su experiencia como docente tuvo incidencia en su escritura?

-Tuvo mucha influencia, porque traté de adaptar la enseñanza de la poesía a “lo que pide el programa”, como dicen las maestras y las directoras, con los chicos de la escuela primaria. De ahí saqué los poemas infantiles que publicamos en Tarja más todos los que tengo. Y dibujos, también. Yo tenía que enseñar lengua, matemáticas, historia, ciencias naturales. Al mismo tiempo había ideado, en el armario donde se guardaba la regla, la escuadra, las pizarritas y las tizas de colores, que cada uno tuviera un cuadernillo. Y les hablaba a los chicos de otra cosa que no fuera la materia. Les daba la materia en quince o veinte minutos, y el resto les hablaba de otras cosas, les iba creando un clima y les decía que al que se le ocurriera algo, y en el momento que se le ocurriera, que no me pidiera permiso, que se levantara del banco, fuera al armario, sacara el cuadernito y escribiera lo que se le ocurría. Fue un poco sorprendente porque estuvieron Mané Bernardo y Sara Bianchi, que eran los titiriteros de esa época, se asombraron de todo eso y pidieron hacer una separata en Tarja, con los poemas infantiles y las ilustraciones de los niños. Fue por primera vez que se hizo, en Jujuy, una exposición de poemas y dibujos infantiles. La organizó Kachorro, legendaria maestra de la Normal de Jujuy y no recuerdo quién más.

-Leyendo Libro de Ondas pensé en la primera parte de Taller de muestras. La ciudad vuelve a aparecer como tema de su poesía, pero en este caso se trata de Jujuy. Un recorrido que va del café La Facultad al café Los Dos Chinos, “un cómodo exilio donde se puede escribir”. Tengo entendido que hizo entrevistas y grabaciones de conversaciones en la calle en función de escribir algunos textos.

-Las usaba para el libro (busca en la biblioteca) Abierto por balance. Yo siempre digo: orden y progreso (sigue buscando en la biblioteca, toma un libro). Acá está (lo hojea). Por ejemplo, Barbarita Cruz, ollera de Purmamarca; se acuerda poco de mí, porque es famosa. Félix de Balois Leaño, guitarrero y pintor. Este es una joya, fue el primer luthier que tuvo Jujuy, primer premio nacional de luthería. Hacía guitarras y charangos, y en ese tiempo le hizo guitarra y el charango a Jaime Torres. Después está Ortiz, el impresor. José Amador, el primer chofer que tuvo Salvador Mazza, sabio que estudió el mal de Chagas y que originariamente en su honor se llamó mal de Chagas-Mazza (sigue hojeando el libro). Y los viboreros (vendedores ambulantes).

-¿Qué le atraía de los viboreros?

-Ah, el lenguaje. Este es un libro que no circuló, se hicieron pocos ejemplares. Acá están los horóscopos populares, las catitas. Y esto, mirá, “En la calle que no engaña”. Te lo leo tal como hablaban ellos para ofrecerte el producto: “Llegados a los 45, 50 años señores, empezamos a sentir señores debilidad por ese pedacito de carne que vemos acá (muestra una lámina de álbum manoseado) a la que justamente no la cuidamos que nosotros la conocemos señores con el nombre de próstata. Alguna vez han escuchado hablar señores de la próstata hay cosas que muchos saben y otros no, por eso señores yo les voy a explicar para su conocimiento señores el niño que se orina en la cama se piensa que está completamente enfermo y la señora tiene que cuidar en la casa señores lavar a cada rato señores no hay que darle señores solamente que tome vino para su cumpleaños, a la señora hay que atenderla o la va a llevar el médico para que le haga el papanicolau a la mujer hay que cuidarla si bien no tiene próstata tiene su matriz y sus ovarios que deben ser observados y regulados convenientemente así señores tiene que cuidarse porque la mujer más pura llega cierta edad señores donde va al sanatorio a ver al médico para que le haga el papanicolau...”. Es una joya porque está la venta del “pela-papas sin peligro de dedo”, porque están “los hermanos que buscaban a Dios los domingos a las 7 de la tarde desde un altoparlante en la capota de un coche” y están los que vendían “la quitería” para quitar “la lombricera”, y los inefables cánticos de los de “la Sanidad Divina”, la barra de “soldarín” para las chapas del techo. Y el que vendía “grasa de caimán, mezclada con grasa de boa para curar la artritis, la tos, el catarro, las quemaduras, los golpes, los riñones, el mal de las articulares…

-¿Cómo tomaba esos registros?

-Yo iba con mi grabador dentro de mi cartera. La llevaba así (se incorpora, algo rígido, y coloca la cartera bajo su axila). Me paraba, entre toda la gente, y cuando empezaba a laburar el tipo, yo prendía el grabador. Y grababa todo. Después desgrababa tal cual decían ellos sin agregar absolutamente nada.

-¿Como se va dando la publicación de los Anuarios? Da una idea de mucha escritura.

-Mirá, yo inicié la página literaria o el suplemento cultural del Pregón en el año 60. Trabajé en el diario cuarenta y un años. Hacía una nota todos los domingos. Algunos dicen que me daba el lujo de escribir un poema todos los domingos (sonríe). Un día decidí recopilarlo, lo fui pasando a máquina y lo publiqué de esta manera. Año por año, desde el 60. Hacen diez volúmenes de 200 páginas cada uno. Me faltan sólo tres. Llegan hasta el año ’96. Estos Anuarios del tiempo resultan una historia “afectiva” de San Salvador de Jujuy.

-En “De una ciudad de la poesía” dice: “Yo soy uno que pasa, como pasa cualquiera,/ acaso con distinta ventura en la mirada;/ que se va como hablando con sus cosas notables/ aunque piense en aquellas que viven olvidadas”. ¿Qué es esa “distinta ventura”?

-Ventura: dicha, fortuna, felicidad, suerte. Pienso en la gente que “mira, mira y no ve. Y yo no sé cómo otros no ven. Yo veo”. Explicaba un rastreador, creo que en Facundo.

-Usted habla de la poesía como un lugar y una compañía, y también como un ángel de la guarda. ¿Cómo lo explicaría?

-Sencillo: “Habré sido la vida/ en la incontable vida,/ en la muerte incontable.// Con una presencia insospechada/ nos sobreviven los mundos infinitamente pequeños/ e infinitamente grandes./ Todo es sencillo/ en la interminable armonía que nos asombra y comprende./ En algún interín estamos” (Fragmento del colofón de En el tiempo labrador). Pienso que no hay que complicarse. Siempre huí de las “biopsias” (llamadas análisis) de la imagen para diagnosticar la anatomopatología del poema. De ahí que amo la claridad y busco la claridad. “Di, nó”, como dice el criollo de aquí, se cae en la tediosa disputa casi judicial de la intertextualidad, lo bizantino, lo banal y de nunca acabar, para explicar la presunta composición del agua o del aire. Te lo digo en terminología legal, jurídica-policíaca. Y por fin, como decía Albert Camus: hablar del oficio trae mala suerte y espanta a las musas.

Entrevista publicada en Diario de Poesía Nº 74, Buenos Aires y Rosario, mayo a julio de 2007.

sábado, 19 de mayo de 2007

Internet y el estudio del pasado reciente

Hace unos meses, con la profesora Marina Fernández realizamos una propuesta docente para el curso "Webquest en la gestión de la información" que se desarrolló en el campus virtual de la plataforma e-learning de Educ.ar. La webquest es una metodología que tiene por objetivo enseñar a usar la información de internet en forma creativa y productiva. Se basa en técnicas de trabajo en grupo por proyectos y en la gestión de la información, como actividades básicas de enseñanza y de aprendizaje. A continuación nuestra propuesta.

La comunicación de las violaciones a los Derechos Humanos en la última dictadura: Una propuesta contrafáctica




Dibujo de Carlos Alonso





INTRODUCCIÓN

En esta actividad les proponemos que realicen un ejercicio de imaginación: trasladarse a aquella época y pensar cómo hubiesen influido el uso de las TICs en las denuncias a las violaciones de los DDHH durante la última dictadura argentina.

Para tal fin, deberán tomar contacto con el documento más significativo de denuncia que se realizó a un año de la instauración de aquella dictadura: la carta del escritor Rodolfo Walsh. También leerán la información adicional que figuran en los sitios mencionados en los recursos.

TAREA

Tendrán que trasladar el espíritu de aquella famosa carta a varios mails de denuncia y a mensajes de texto por celulares. Aquí se trata de rediseñar un mensaje de denuncia extenso (la carta) en varios mensajes cortos. El resultado será expuesto en un blog. Se dividirán en grupos de trabajo y cada uno desarrollará su trabajo en una computadora.

PROCESO

Primera etapa:

  • Conocer el contexto político y social en el que se desarrollaron los sucesos que empujaron al escritor a redactar esa carta.
  • Para ello buscarán información en http://www.me.gov.ar/efeme/24demarzo/
Segunda etapa:


Tercera etapa:


  • Identificar las pequeñas piezas discursivas según la temática que tocan y transformar esas estructuras argumentativas en mensajes cortos del tipo publicitario, propios del lenguaje juvenil y que funcionen como latiguillos. Éstos tendrán la forma de mensaje de texto, de los que circulan en la telefonía celular, los cuales escribirán en un procesador de textos.
  • Recomponer las piezas –recuerden respetar el espíritu de la carta original- y crear un mail que circule en el ciberespacio y que difunda la denuncia que encara el escritor.
  • Diseñar un blog que incluya las producciones anteriores. Para ello seguirán las sencillas instrucciones de la página: http://www.blogger.com/ Simular la lectura y respuesta de mensajes navegando por algunos de los blogs creados en clase.
  • Simular la lectura y respuesta de mensajes navegando por algunos de los blogs creados en clase.
RECURSOS:

http://www.me.gov.ar/efeme/24demarzo/http://www.nuncamas.org/investig/articulo/walsh_carta.htm http://www.rodolfowalsh.org/
http://www.pagina12.com.ar/1999/suple/radar/99-03/99-03-21/nota1.htm
http://www.blogger.com/

EVALUACIÓN:

Se considerará:


  • La participación de todos los integrantes de cada grupo en todas las instancias.
  • La aplicación de estrategias de comprensión lectora.
  • El relevamiento y reconstrucción de información.
  • La extrapolación de conceptos a otros escenarios.
  • La creatividad en el uso del discurso.
  • La aplicación correcta de TICs.
  • El manejo correcto del tiempo.
CONCLUSIONES:

La situación de los derechos humanos en Argentina sigue estando aún en debate. La impunidad y el silencio han imperado sobre la verdad y la justicia. Solo unos pocos han dado difusión de las irregularidades en oposición al estruendoso silencio de muchos. Por eso hemos tomado la carta del escritor Rodolfo Walsh como un instrumento que encarna la denuncia como la más valiente actitud posible que cabría esperar de un intelectual.

Hoy en día contamos con otros instrumentos que suman fuerza al mensaje y que hemos tratado en este trabajo. El weblog muestra el potencial de la tecnología para permitir una mejor comunicación a los interesados, y también el poder que esta tecnología específica tiene para aumentar las posibilidades de debate y confrontación de ideas. Esto no quiere decir, automáticamente, que las ideas se debatirán, o que los que participen de este debate vivirán mejor o fomentarán el espíritu democrático de la discusión. Pero es un comienzo.

Por eso los invitamos a reflexionar acerca de este fenómeno a partir de la propia experiencia desarrollada en esta instancia, considerando la fuerza del mensaje y la fuerza de la herramienta de difusión, intercambio y transformación.

Ojalá hayan disfrutado hacer este trabajo como lo disfrutamos los que los planeamos.

miércoles, 2 de mayo de 2007

Un hito histórico en Tucumán

Acto por los desaparecidos de Jujuy
Hoy, 2 de mayo, en el Juzgado Federal de Tucumán, comenzarán las indagatorias a genocidas por los delitos de lesa humanidad cometidos en el Centro Clandestino de Detención (CCD) Arsenales de esa provincia. A las nueve de la mañana deberá declarar Luciano Benjamín Menéndez, quien actuó como comandante del III Cuerpo desde 1975 hasta 1979. Las provincias que estaban bajo la responsabilidad de este genocida eran: Córdoba, San Luis, Mendoza, San Juan, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy.

Laura Figueroa, integrante de la Asociación de Abogados por los Derechos Humanos de Tucumán, expresó que es la primera vez que se indagará a genocidas por las causas referidas con un CCD y esta acción constituye “un hito histórico para Tucumán y para todo el país”. Según expresa Figueroa, Arsenales fue “el centro de exterminio más grande del norte (cientos de personas oriundas de distintas provincias) dentro de Jurisdicción militar, que operó como tal desde 1976 a 1981”. Es necesario, en este punto, recordar que Tucumán tiene el triste privilegio de ser la provincia donde empezaron a operar institucionalmente los CCD.

Hasta el momento, existen certezas absolutas (aportadas por testigos que también estuvieron detenidos) que, en el CCD Arsenales, 154 personas fueron detenidas-desaparecidas y asesinadas. A esta cifra deben agregarse otros nombres que habían sido detenidos-desaparecidos en otros CCD y que posteriormente fueron trasladados a Arsenales.

Entre las personas de la primera lista figuran personas vinculadas con Jujuy (ya sea porque son nacidas en esta provincia o porque sus secuestros ocurrieron aquí): Juan Carlos Pastori, Juan Ángel Baca, Víctor Hugo Safarov, Julio Rolando Álvarez García (“Pampero”), José Manuel Cabrera, Rubén Molina, Hugo Antonio Narváez Herrera, Juan Gerardo Jarma, Rubén Edgardo Canseco, Juan Carlos Espinoza, Roberto Alejandro Polanco y Osvaldo Giribaldi. Entre los que fueron vistos en otros CCD y luego traslados a Arsenales están: Víctor Orlando Farfán y Ezequiel Matías Claudio Pereyra.

La responsabilidad de los militares que tuvieron actuación en Tucumán será indagada a partir de hoy. En días posteriores, otros represores deberán declarar en días posteriores; tal vez, la cita más esperada sea la del 10 del mayo, cuando declare Antonio Domingo Bussi, ya que existen sobrados motivos para no olvidar su paso por aquella provincia.

En distintos tramos de la sentencia de la Corte Suprema de Justicia de la Nación que condenó a los comandantes de de las Juntas Militares, se expresa que “cada uno de los jefes militares obró con autonomía sin someterse a ninguna autoridad superior” y que “cada Comandante en jefe actuó con independencia y fue soberano en sus decisiones”. Estas indagaciones que comienzan hoy no cerrarán una historia, la desaparición de personas es algo que no tiene solución, la herida nunca se convertirá en cicatriz; pero la saludable revisión judicial del pasado nos permite coincidir con lo expresado por la abogada Laura Figueroa: la citación de estos genocidas marca un hito histórico en la larga lucha por la justicia en este país.



Cumpleaños en Tucumán*

Hugo Antonio Narváez Herrera estudiaba Agronomía en la Universidad Nacional de Tucumán. Alquilaba, junto a otros estudiantes jujeños, un departamento. La noche del 16 de julio de 1976, él estaba en las vísperas de cumplir veintitrés años, así que salió a festejar junto a sus comprovincianos Rubén Canseco, Rubén Molina, José Manuel Cabrera y Juan Gerardo Jarma.

A la medianoche, mientras los jóvenes se divertían en la peña Alto La Lechuza, un grupo de encapuchados allanó el departamento. Buscaban a Eduardo Cáceres, pero no lo encontraron; sólo estaban Osvaldo Jayat, Gerardo Herrera y Víctor Lemme, quienes se habían quedado estudiando. Los obligaron, mediante amenazas, a decir dónde se encontraban los otros; luego los dejaron, en calzoncillos, en medio de los cañaverales de un paraje llamado El Manantial.

En la peña, a las dos de la madrugada, seis encapuchados ingresaron con armas de distinto calibre y obligaron a los jujeños (ese día, también fueron detenidos dos jujeños en San Miguel de Tucumán: Juan Carlos Espinoza, estudiante de Derecho y Ciencias Exactas, y Roberto Alejandro Polanco, estudiante de Medicina) a salir y se los llevaron en dos autos (Ford y Torino), sin patentes. Sobre el frente de acceso a un galpón estaba la siguiente leyenda: “Tucumán: cuna de la independencia, sepulcro de la subversión”.

* Fragmento de mi libro Con vida los llevaron: Memorias de madres y familiares de detenidos-desaparecidos de San Salvador de Jujuy, Argentina. Buenos Aires, La Rosa Blindada, 2004.

domingo, 29 de abril de 2007

Leer/escribir, ¿una pasión de minorías?

LECTORES SILENCIOSOS. Nélida Cañas y Pablo Baca.

Las actividades artísticas –en esta provincia, en este país– no son fáciles de impulsar. Existe una desconfianza a todo trabajo donde el hacedor manifiesta públicamente que siente algún placer al realizarlo. Quizás, esta cuestión sea consecuencia de aquel mandato bíblico que resuena como una maldición: ganarás el pan con el sudor de tu frente. Lo que casi nadie dice es que la transpiración puede estar –y de hecho lo está– ligada a una profunda necesidad.

¿Hace falta decir que escribir en esta región no es una actividad reconocida? ¿Es necesario expresar que es más fácil identificar a un futbolista que reconocer a un escritor? Con el fútbol sucede algo, por lo menos, curioso: miles de pibes se dedican a una práctica en la que triunfa sólo un puñado que tienen condiciones notables y, en no pocas veces, sus adicciones les juegan en contra. Es decir, el fútbol es una práctica frustrante para la mayoría de sus seguidores. “Pateáme que me gusta”, diría si fuese futbolística. Pero no lo soy.

Apenas soy un cualquiera que sabe que escribir equivale a pensar. Y esta equivalencia significa cuestionar al poder de turno. Por lo tanto, escribir es una actividad peligrosa. Casi tanto como leer y creerse el destinatario de ese texto para aceptar sus mandatos.

(Antes de seguir una aclaración: es fácil creerse un perseguido por el poder o por algunas instituciones que lo representan. La imagen de burócratas que postergan a los creadores ejerce una seducción grandísima. Por eso, muchos escritores se sienten tentados a usar sus palabras en nombre de colectivos que según –estos literatos– no se pueden expresar: los pobres, los marginados, los chicos de la calle y la lista sigue. A juzgar por los resultados, sería más conveniente una acción mucha más directa, antes que poemas que denuncien una situación social injusta.)

Escribir, en esta región, significa convivir con inteligencia con un sistema que está preparado para que el fútbol no se detenga nunca (¿se acuerdan cuándo ocurrió aquel corte de agua que dejó a gran parte de esta ciudad sin el “liquido elemento” durante varios días y que, aún en esas circunstancias, un camión regador llegaba puntualmente al estadio “23 de Agosto”?) y que carece de políticas que incentiven a la creatividad y la reflexión. Por lo demás, sería ilusorio pensar que existiesen tales políticas porque se trataría de un sistema que se vulnera a sí mismo. Escribir, en Jujuy, significa tener un espíritu crítico frente a las consecuencias de un sistema injusto que se rechaza pero con el que no se puede dejar de convivir.

¿Qué es lo que puede hacer un escritor con este panorama? Quizás, la primera tarea sea criticarse a sí mismo. Parece algo muy obvio, pero créanme que no lo es. El campo literario, en un punto, coincide con el campo político: es el lugar donde más sobran la trascendencia, la pedantería y el lameculismo.

Uno escritor puedo autocriticarse cuando conoce la diferencia entre escribir bien y escribir mal. Y, cuando sabe la diferencia trascendental que existe entre escribir bien y producir una obra de arte, hasta puede llegar a reírse de sí mismo. Llegado a este punto, no puedo dejar de aceptar algo: escribo mal. Pero, a diferencia del fútbol, la escritura es una actividad en la que uno aprende más del fracaso que del éxito.

¿Cómo alguien que escribe mal puede terminar esta nota? No es tan difícil si se cuenta con lectores atentos, entonces uno puede solicitarles ayuda. Eeehh… ¿Por qué se van? ¿Hay alguien frente a estas palabras? ¿Alguien se anima a decirme que libros le parecen escritos por necesidad? ¿Y a cuáles considera una obra de arte? ¿Hay alguien allí o se fueron a jugar al fútbol?

martes, 24 de abril de 2007

Meliza Ortiz: “La poesía es inevitable”

[Nota publicada en La Revista, San Salvador de Jujuy, año 4, nº 31, abril de 2007]

Esta joven autora es, además, dramaturga y el año pasado presentó su primer libro de poesía: Poemas para sacármelos de encima (Editorial Perro Pila). El hartazgo de la Facultad, darse cuenta de lo inevitable de la muerte, lo cotidiano: he aquí una lista rápida de los temas que contesta en esta entrevista. No es una poeta convencional ya que no sólo consume literatura, también se atreve a afirmar “aguante el dibujo animado”.


DETRÁS DEL ESPEJO. Meliza Ortiz, 2007.


¿Por qué escribís poesía? Después de escribir una obra de teatro, cuentos, ¿por qué es necesario escribir (y leer) poesía?
La poesía es inevitable. Es algo que no se elige y de lo que hay que hacerse cargo porque no queda otra. De manera que la poesía ha estado desde el principio. Lo otro vino después (aunque lo haya mostrado antes). Sin restarles importancia, el teatro y la narrativa tal vez sean más juego que otra cosa. A lo mejor eso sí es algo que se elige, una decisión que se toma. Pero la poesía no. La poesía lo elige a uno –sin que por esto uno tenga que andar haciéndose el importante por la vida, claro–. Lo otro va y viene de a ratos, me parece. Lo otro puede evitarse. Con respecto a la necesidad de leer poesía, ahí sí ya no sé. No sé si será necesario. Lo que sí, hay que estar con el ánimo predispuesto. No es fácil leer poesía y leerla bien.

¿Cómo fue la gestación de Poemas para sacármelos de encima?
Estos poemas empezaron a salir con el hartazgo de la facultad, escribiendo en un cuaderno verde, sobre todo en horas de clase, y terminó con el hartazgo de la vida y su conjunto, en un cuaderno Rivadavia de forro araña rojo. Como le pasa a cualquier persona común y silvestre, me sentí llegar al final de un momento y entonces la necesidad de sacarme de encima todo esa etapa para pasar a otra cosa. Y ahí nació el libro.

La muerte es un tema que atraviesa tu libro. ¿Por qué?
¿No es tremendo darse cuenta de lo cierto que es que nos vamos a morir?

En tus poemas se nota mucho la mirada de una mujer joven. ¿Pensás que existe alguna especificidad femenina dentro de la poesía actual?
Creo que las mujeres, en general, escriben desde ahí. A mí me parece que yo no. O al menos no es mi intención adoptar esa postura. (Igualmente debe ser inevitable eso, ¿no?: soy mujer. Por algún lado se me debe filtrar).

En tu "presentación" decís que luchas contra la carrera de Letras, ¿podés explicarte un poco más?
Demasiado académica la cuestión. Mucho análisis y poca sensibilidad. No digo nada nuevo: en las universidades falta arte. (Esto, dicen, es la reacción típica del alumno de primer año que se puso a estudiar Letras porque le gustaba la literatura. Sin embargo yo ya pasé primero hace rato y todavía no se me pasa…). Me cansa que esto sea así. Pero bueno, tampoco era de esperar que fuera de otro modo.

¿Qué aspectos de la realidad te interesan para escribir?
Si se trata de poesía, no se lo piensa mucho, me parece. Pero supongo que a mí se me da por lo cotidiano. La simpleza, la naturalidad de lo cotidiano. Las pequeñas soledades de todos los días. Lo cómico que resulta lo trágico de la vida misma. (¡Ja!)

¿Qué autores te han marcado?
Me he sentido a gusto con varios. De chica, Verne, Stevenson, Saint-Exupéry, Conan Doyle, Casona; después, García Márquez, Bradbury, Carroll, Kafka, Sabato, Cortázar, Unamuno, Beckett, Pinter, qué sé yo. De todos modos no es sólo la literatura lo que deja marcas. (¡Aguante el cine, la historieta, el teatro, algún amigo loco que uno tuvo por ahí, algún buen profe de literatura en el colegio, la gente que charla en el supermercado! ¡Aguante el dibujo animado!).

¿Te sentís incluida en alguna línea estética local? ¿Cómo es tu relación con otros escritores?
No, al contrario. No me relaciono mucho con nadie, ¡ja! Pero en general, bastante buena. Mejor con algunos que con otros.

¿Cómo imaginás que se leerá tu primer libro? ¿Cómo quisieras que se leyera?
¡Ojalá que se lea! Y si se lee, me imagino que tal vez se leerá con curiosidad. (¡Para mí misma no deja de ser una cosa curiosa!) Y quisiera que se leyera así. Y con el ánimo predispuesto. Sin teles prendidos alrededor ni madres hablando por teléfono sin parar. Tomándose el lector su tiempo. De un solo tirón y prolijamente empezando por el principio y terminando por el fin. ¡Y que todos lloren!... Bueno: con que se leyera y alguna palabra o sonrisa o cosa triste quedase dando vueltas en la mente, en la boca o en el pecho de alguno, ya estaría muy bien.


Presentación

Meliza Ortiz (que no se llama Meliza sino María Elizabeth) nació en Jujuy en 1982. Ganó algunos concursos literarios –cuando creía en ellos- y le han publicado algún que otro poema y algún que otro cuento en alguna revista y en algún libro que andan circulando por ahí. Un poco reacia a mostrar sus escritos, Poemas para sacármelos de encima es lo primero que saca a la luz. Estudia Letras –o lucha contra eso- y hace teatro. La mezcla de literatura y escenario la han llevado a interesarse en la dramaturgia (escribió Duele que fue puesta en escena por el grupo de teatro La Rosa). En estos días está escribiendo otra obra de teatro.

martes, 13 de marzo de 2007

Memoria contra memoria

[Nota publicada en La Revista, San Salvador de Jujuy, año 4, nº 30, marzo de 2007]

Una trayectoria de las ideas referidas a la represión dictatorial en Jujuy

Era un gilastro en estado natural. Estaba en medio de la dictadura más feroz y observaba las piruetas que hacían los aviones en la inauguración del entonces aeropuerto internacional, pero no miraba que –en ese mismo momento– Nélida y Andrés Fidalgo empezaban su doloroso destierro. Sí, era un gil; hablo de mí, naturalmente.
Nélida Fidalgo, Reynaldo Castro e Inés Peña; 2004.


Hay momentos o circunstancias en que ciertas ideas están en las mentes de casi todos. O, por lo menos, se trata de ideas parecidas. Esas ideas, por lo general, circulan por los medios de gran alcance, en especial –qué duda cabe– por la televisión. Pero antes de ser imagen hace falta la letra, que alguien diga o escriba qué se debe decir, qué se debe mostrar. Esta construcción, digámoslo ya, no es para nada inocente.


En aquella nefasta época, la construcción era exclusiva del poder. Costosas campañas que monopolizaron la información repetían lo que había conceptualizado Jorge Rafael Videla, presidente de facto y genocida, “los desaparecidos son eso, desaparecidos”. O sea, de “eso” no se hablaba.


Sólo un grupo pequeño de mujeres se animaron a protestar. Y, en esa protesta, se organizaron y se convirtieron a sí mismos en una respuesta excepcional contra el régimen asesino, también excepcional. Hablo del símbolo de la resistencia: las Madres de Plaza de Mayo. Y hablo también de un pequeño grupo de hombres y mujeres de Jujuy; más mujeres que hombres, justo es decirlo.


Cuando terminó la dictadura, las organizaciones de Derechos Humanos (DDHH) fueron quienes hicieron factible que Raúl Alfonsín ordenara, en diciembre de 1983, el Juicio a las Juntas Militares. Después, ya sabemos lo que ocurrió. Todos nos enteramos que aquí también se torturaba, que aquí también existían Centros Clandestinos de Detención, que aquí desaparecieron más de cien personas y que contamos con el triste record de tener el pueblo con mayor cantidad de desaparecidos por densidad poblacional: Tumbaya.


Era el tiempo en que Olga Márquez de Aredez no marchaba sola (después una imagen de un film documental la dejaría congelada en soledad); Andrés Fidalgo preparaba las primeras nóminas de detenidos y desaparecidos, y también preparaba la primera lista de represores y personas vinculadas con actos de represión que alguna vez la justicia deberá investigar. Era el tiempo en que casi todos nos indignábamos con las atrocidades cometidas durante la dictadura. Pero llegaron la obediencia debida y punto final o, para decirlo sin eufemismos, las leyes de protección al torturador. Leyes que aprobaron los legisladores que supimos votar, como por ejemplo los tres jujeños que a fines de 1986 aprobaron la ley que puso un límite de ¡dos meses! a las citaciones judiciales y posibilitaron que los torturadores sigan en libertad. Y, en ese momento, casi se enfría todo.


Los familiares siguieron con su discurso inclaudicable que resumieron en tres palabras clave: memoria, verdad y justicia. No olvidar para no repetir, dice el primer mandato; conocer qué paso, por qué sucedió y quiénes estuvieron involucrados en esos sucesos trágicos; y, finalmente, buscar la justicia, sentar en el banco de los acusados a los responsables de los crímenes de lesa humanidad y –aunque pocos los dicen– a los ideólogos, los empresarios que los solventaban y a los funcionarios religiosos que perdonaron lo que no había que perdonar y que no denunciaron lo que había que denunciar.


El clima intelectual de fines de los ochenta se mostró oscuro para el movimiento de Derechos Humanos. En esa oscuridad, Carlos Menem, el 6 de octubre de 1989, firmó los decretos de indulto que beneficiaron a 216 militantes y 64 civiles. En Jujuy, una funcionaria del gobierno provincial (y con un pasado de agitación cultural que todavía es posible reivindicar) expresó a la televisión local que ella estaba de acuerdo con la medida presidencial; a pesar de la firmeza de su enunciado, ella sabía que su decisión sería repudiada por el ambiente cultural que frecuentaba.


Con mucho tacto, los familiares de los desaparecidos buscaban posibles firmantes al petitorio que, en vano, enviarían al Presidente. Es necesario aclarar que la diplomacia empleada por aquellos se debía a que muchos jujeños se negaban a firmar el pedido de nulidad del indulto. Las tres palabras seguían inclaudicables; pero muchos hacían como que no las oían.


El 2001 marcó un punto de inflexión en las luchas por los Derechos Humanos. El juez Gabriel Cavallo declara la “inconstitucionalidad y la nulidad insanables” de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. En nuestra provincia, los familiares de los detenidos-desaparecidos solicitaron la apertura del Juicio por la Verdad (un puente para superar el vacío de justicia que habían creado las leyes del perdón y los indultos), pero las audiencias recién comenzarían dos años después. En la conmemoración de los 25 años del Golpe, –además de las organizaciones de DDHH– participaron activamente: ex presos políticos, periodistas, poetas, músicos. La convocatoria a los actos fue una de las más numerosas y también ese año se presentó la primera investigación sobre la dictadura en Jujuy: el libro Jujuy, 1966-1983 de Andrés Fidalgo. A partir de esta obra se elaboraron otros libros, revistas y documentales. La máquina de rememorar se activó y muchos destaparon sus orejas.


Dos años después asumió Néstor Kirchner. Una de sus primeras medidas fue ordenar el retiro a las cúpulas militares. Ese año se anularon las leyes de la impunidad. En nuestra provincia, muchos políticos (que todavía no sabían cómo pronunciar el apellido presidencial) cambiaron su discurso. Seguramente los buenos lectores recordarán aquello que Paul Valery opinaba sobre la corrección literaria: se trata, en rigor, de la reforma espiritual de uno mismo. Nuestros hombres públicos ignoraron al poeta francés y, con mucho empeño, buscaron las palabras y los gestos más suntuosos para quedar bien con su nuevo líder. Es decir, se volvieron políticos ornamentales.


El 24 de Marzo de 2004, la ESMA fue transformada en Museo de la Memoria y fueron retirados, de las paredes del Colegio Militar, los retratos de Jorge Rafael Videla y Reynaldo Benito Bignone, ex directores y también dictadores. Un día antes, en el salón Auditórium que está al comienzo de la calle Independencia, habíamos presentado nuestro libro de memorias Con vida los llevaron. Unos meses después apareció el primer número de la revista Nadie olvida nada; al año siguiente, un video documental que tiene el mismo nombre y, al poco tiempo, otro titulado Retazos de la memoria.


El 2005 el movimiento de Derechos Humanos sufrió un golpe duro: Nélida Fidalgo murió a fines de ese año. En marzo del año siguiente aparecería el último número de la revista que ella había empujado.


En marzo del año pasado, el principal vocero del Partido Justicialista de esta provincia afirmó que “si es necesario, haremos una autocrítica”. Muchos creen –erróneamente, por supuesto– que todas las atrocidades ocurrieron en cualquier lugar menos aquí; que el horror estuvo concentrado en la ESMA o en otro lugar, pero nunca en Jujuy. Por eso no se animan a afirmar que es necesario hacer una autocrítica. Mirar el pasado con coraje implica reconocer que José López Rega, alias “El Brujo”, fue un militante peronista; que la banda parapolicial denominada Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) operaba antes del golpe del 24 de Marzo; y que Avelino Bazán, dos años antes de aquel infausto día ya estaba cuestionado y por esa razón tuvo que renunciar a su cargo en la Dirección Provincial del Trabajo. ¿Acaso es un detalle menor pensar que los integrantes de la Triple A se sumaron a los Grupos de Tareas que detenían, torturaban y arrojaban a los militantes al mar? ¿Acaso es un detalle ínfimo decir que Bazán fue tildado de subversivo y que un compañero senador por Jujuy –que sabía perfectamente lo estaba sucediendo– no hizo nada por defenderlo?


El deber de todo aquel que trabaje con ideas es pensar en todo aquello que escapa a la lógica del mercado, la prudencia de las instituciones o el razonamiento fugaz de los medios masivos. Un trabajo intelectual digno consiste en ir en contra de lo políticamente correcto, oponerse a aquello que se cree seguro y examinar las certezas propias con el mismo rigor con el que examinan las ajenas. Pero expresarlo es más fácil que instrumentarlo.


No es una tarea simple reconocer que uno fue un gilastro; que uno pensó a la tortura desde una lógica binaria: el detenido es un mártir que aguanta todo –incluso la muerte– o es un delator que entrega sus compañeros y su dignidad. La militancia de los setenta, ahora lo sé, no se reduce a un padrón de héroes y entregadores.


En un momento, mientras investigaba algunos datos de unas detenidas-desaparecidas, tuve indicios –nada más que eso– de que una mujer había delatado a varias de sus compañeras. Revisé las circunstancias, me concentré durante varias semanas para encontrar pruebas o testimonios definitorios, pero no encontré nada que confirmara aquella suposición. Sí comprendí que, frente a la tortura sin límites, uno no tiene ninguna autoridad para condenar la decisión que tomó la persona torturada. A partir de ahí, sentí que aquella lógica binaria dejaba de tener existencia.


Ahora, está instalada la idea de que el actual presidente promueve una política de DDHH que produce una ruptura con las ideas instaladas en la sociedad. Eso, con perdón de la investidura presidencial, es una gilada. Lo que el gobierno nacional hace es insistir en una búsqueda que hace rato fue enunciada: memoria, verdad y justicia. Algunas medidas, en especial las realizadas en Buenos Aires, tienen un carácter notable por cierto; pero la política de DDHH que prevalece, desde el 2003, es la de una acentuación contundente de una línea prefigurada, pero no es una política de ruptura. Por otro lado, ¿alguien (re)conoce una medida concreta del gobierno nacional que se aplique en nuestra provincia? Yo, que soy parte interesada, conozco sólo una: el preseminario regional de NOA “A treinta años del golpe” que se desarrolló durante dos días de julio de 2006.


En estos tiempos, la construcción de ideas es un derecho de todos. Esa tarea, para no pocos de nosotros, es también una obligación. Sospecho que, con distintas variantes, los familiares de los detenidos-desaparecidos, ex presos políticos, periodistas (algunos todavía con cierta vergüenza por un pasado de gil) y poetas de Jujuy, hemos empezado a pagar esa deuda que no deja de crecer. ¿No será necesario, entonces, que otros actores reflexionen sobre aquel pasado que aún se resiste a pasar?



Referencias

En esta nota he utilizado referencias absolutas (nombres y apellidos, instituciones) y referencias relativas (senador, diputados nacionales y otros funcionarios) de hombres y mujeres de esta provincia. Este recurso discursivo tiene un objetivo preciso: en el primer caso, busqué resaltar los nombres de aquellos que tuvieron una participación activa en la construcción de la memoria colectiva; en el segundo, reforzar el papel pasivo de algunos actores y que, por esa razón, no consideré necesario escribir sus nombres, aunque no resulta difícil deducirlos. Éstos, no obstante el cargo que detentaron o detentan, recitaron un guión que fue escrito por otros y que –en su interior lo saben bien– es difícil de asumir. Sería más que interesante que ellos reflexionen y se conviertan en sujetos activos de lo que dicen, de lo que asumen y de lo que elaboren.

Forma y contenido

ENTRE LIBROS. Aguirre, 2004.
Aguirre, Ernesto. Cuatro cartas de un puntero izquierdo, Ediciones Culturales San Salvador de Jujuy, San Salvador de Jujuy, 2006.


[Nota publicada en La Revista, San Salvador de Jujuy, año 4, nº 30, marzo de 2007]


Ernesto Aguirre (1953) es un poeta con una obra consolidada, éste es su sexto libro (tiene, además, dos en colaboración con otros autores), sus poemas han sido incluidos en las principales antologías de poemas del noroeste argentino: estos datos no figuran en esta publicación. Sí figura que trata del primer premio del concurso organizado en el 2004 y que “la publicación de esta obra es un esfuerzo de la Municipalidad de San Salvador, en la gestión de la Intendencia Martiarena”. También se puede leer en la contratapa: “En el Día del Escritor, el Arq. José Luis Martiarena, Intendente de la Municipalidad de la ciudad de San Salvador de Jujuy, tuvo la feliz iniciativa, de anunciar para los Escritores de Jujuy, la publicación de cinco libros. Este gesto, poco común, casi sin antecedentes de un funcionario político, preocupado por la actividad creativa de los escritores de Jujuy, nos habla de una sensibilidad particular y que mérita su accionar en el campo de la Cultura de la Provincia”. Tantas mayúsculas y adjetivos dan ganas de vomitar, así que pido permiso para ir al baño y vuelvo.


Ya volví. El libro tiene un prólogo donde el autor da cuenta del apodo de su infancia: “Yudica” (José Luis de nombre, “Piojo” de apodo), delantero que debutó en la primera de Newells en 1954 y que después jugó en Boca, Vélez y el fútbol colombiano; entre 1974 y 1978 fue director técnico de Altos Hornos Zapla.


El niño “Yudica”, en la Carta 1, escribe: “Ernesto: Esperé que cumplieras mis cincuenta para enviarme estas líneas con noticias tuyas de hace tanto tiempo atrás. Todos los días, frente al espejo del dormitorio, practico diferentes caras de sorpresa imaginándome la nuestra al recibirlas. No es fácil decidirme por alguna”. Después, siguen trece poemas cargados de recuerdos sobre los padres, el patio, la pomada de los zapatos, la escuela, la plaza, el río y la radio.


La segunda Carta comienza así: “Yudica: Tu adulto recibió mi niño que enviaste por correo. ¿Cómo supiste la dirección donde podías encontrarte? (¿Seguiste la línea de mis garabatos en tu cuaderno?) El barrio tuyo que ahora te cuento, es mío. (Yo sí puedo imaginar nuestra sorpresa en tu carta. Mi ventaja son cuatro hijos tuyos que tuvimos en estos años de silencio. Hay gestos de ellos que vienen de un espejo con Yudica mirándose mi niño)”. Ahora es el turno de la descripción poética del poeta que pasó los cincuenta años y que tanto respeta los sueños del niño que fue “que jamás trabajaría para concretarlos”. Está otra vez la plaza, pero al frente ahora existe un cyber, el sida está a la orden del día y el pavimento ya está frente a la iglesia.


Las dos cartas siguientes repiten el esquema anterior. Por razones de espacio no las vamos a comentar. Sí hay que decir que sus páginas están pésimamente diagramadas sobre un papel casi transparente (ahora entiendo aquello de la “sensibilidad particular” del intendente) y que está asegurada la nula difusión de la obra.


Como hay que ser justos con las responsabilidades compartidas, hay que señalar que el libro es una acción conjunta entre la Dirección Municipal de Cultura y la Sociedad Argentina de Escritores de Jujuy.


En resumen, buenos poemas en un libro deformado por el trabajo editorial (un gesto –de verdad– “poco común”); cartas escritas por dos remitentes que, en rigor, son uno. Y todo en un sobre cargado de pegajosas estampillas municipales de muy mal gusto. No obstante la poética de la cotidianidad de aquel niño y el dibujo de Berni reproducido en la tapa, las ganas de vomitar continúan.


Por favor, intendente, no se esfuerce tanto.

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